Álvarez del Vayo, pariente lejano

1. Hay vínculos sutiles que fortalecen una relación superficial y esporádica, como proceder de un mismo pueblo, aunque no se haya vivido nunca en él. Julio Álvarez del Vayo y Luis Buñuel eran parientes lejanos por parte materna. Se deduce de lo que el primero contó en sus memorias y de la puerta entreabierta que dejó el segundo en alguna ocasión.

Vayo, en The Last Optimist, sus primeras memorias publicadas en los Estados Unidos en 1950, se presenta como un producto arquetípico de la oligarquía española. La familia de su padre era de militares, distinguidos liberales en el XIX. La materna de nobles carlistas, que habían tomado las armas por la religión. Los Olloqui, apellido materno, procedían de Lumbier, cerca de Sangüesa, en la Navarra límitrofe con las aragonesas Cinco Villas. Por una de sus ramas, el antepasado más preclaro de los Olloqui no había sido carlista, pero sí cardenal y nacido en Calanda.

Allí nació Antonio María Cascajares y Azara en 1834. Fue el hijo más preclaro del pueblo, junto con el músico Gaspar Sanz, anterior a Buñuel. Noble de cuna por ambos costados, fue militar antes de ordenarse a los 27. Vayo, en su libro, cree recordar la cruz de amatista sobre el pecho del príncipe de la Iglesia cuando su madre le llevó a Zaragoza para que lo bendijera. Tuvo que ser en Valladolid, donde estuvo de arzobispo desde el año de nacimiento de Vayo y de cardenal desde 1895. Murió en Calahorra en 1901, cuando se dirigía a tomar posesión de su nueva archidiócesis aragonesa. Entre 1884 y 1891, había sido obispo de Calahorra. María Portolés Carezuela, la madre de Buñuel, nacida en 1881, perdió a su madre, se dice, con tres años. La familia contaba que había sido enviada para que fuera educada junto a un pariente obispo. Buñuel le dijo a Aub (p. 45) que “un tío abuelo, por parte de mi madre, fue obispo de Pamplona.” Según su sobrino, Pedro Christian, lo fue de Logroño.

No se recuerda a otro nativo de Calanda que alcanzara la prelatura por esos años y no hubo otra diócesis en la zona que la histórica de Calahorra-La Calzada. Pudo ocurrir que los Cerezuela, apellido materno de María Portolés, estuvieran vinculados con los Cascajares o los Bardají o que el vínculo fuera más complicado y que el tío sacerdote, hermano de la madre de María, sobrino del prelado, estuviera en su séquito. ¿Por qué no lo resaltaron más? La respuesta ha de ser novelesca. Pudo haber algún tipo de sombra, real o imaginaria, en aquella relación. El tío de su madre, Santos Cerezuela, vivió en Calanda al margen de la orden en la que había profesado, las Escuela Pías, y fue administrador de los Buñuel en el pueblo hasta su muerte en 1918. Por una carambola, el Centro Cultural Buñuel de Calanda se instaló en la casa solariega de los Fortón Cascajares, los únicos grandes terratenientes del pueblo, de siempre, cuya herencia había ido a parar a manos de la iglesia. Como fuese, sus familias estaban conectadas por el cardenal nacido en Calanda y fallecido cuando Buñuel contaba un año y Vayo diez. No hay respuesta para la pregunta de por qué Buñuel llegó a recordar que un tío abuelo de su madre había sido obispo de Pamplona y nunca mencionó al cardenal Cascajares, tan famoso en Calanda.

 

2. Álvarez del Vayo fue el enchufe inicial y la coartada que le permitió a Buñuel pasar dos años en París, cerca de su familia y lejos de los horrores y las privaciones del frente y de la retaguardia. La guerra civil fue la etapa más oscura de su vida, sobre la que no arrojó ninguna luz, sino todo lo contrario, un bosque de invenciones y anécdotas, la mayoría de segunda mano, y pocos datos fiables. La pieza más increíble, y hay muchas, de su delirio mitómano es el relato de la liberación de su colaborador Sáenz de Heredia de una checa. Se le crea o no, durante la guerra fue un fantasma. Como cineasta, si hizo algo, no lo firmó. Como político, actuó como para-comunista sin pisar ningún charco. Faltaría a la verdad quien dijera que durante la guerra se empleó al máximo, con lo mejor de sus capacidades, en la defensa de su bando. El primer año estuvo más ocupado. El segundo, no hizo casi nada más que escurrir el bulto. No hay pruebas de lo contrario.

Para explicar su conducta es tentador recurrir a hipotéticos ataques de pánico instintivo y buscar el paralelismo entre su conducta y lo que hizo su padre, al abandonar Cuba, donde había vivido más de veinte años, unos días antes de que empezara la guerra con los Estados Unidos. Previamente lo había dejado todo listo para que el negocio siguiera funcionando durante su ausencia. Pueden aducirse otros datos relevantes conectados para atenuar la voluntariedad de su poco airosa conducta. Como que su bando no era el del resto de su familia, de la que, en ausencia, seguía siendo el jefe, el varón con más autoridad, a diferencia de lo que ocurría en las familias de Mantecón o Sánchez Ventura. Como terratenientes agrícolas, los Buñuel fueron despojados de sus propiedades en Calanda. Como propietarios urbanos, las conservaron en Zaragoza. Su hermano, en octubre, se alistó voluntario con los nacionales. Su hermana, a la que dejó en Madrid con sus hijos en casa y su marido en la cárcel, en noviembre, ayudada por Hidalgo de Cisneros, logró llegar a Alicante, de allí a París y regresar en compañía de su madre a Zaragoza, cuya cárcel visitó en dos ocasiones.

El 18 de julio, en Madrid, había dejado lista para ser estrenada tras las vacaciones la cuarta película de Filmófono, Centinela, alerta. El 16 tuvo un anticipo angustioso de lo que se avecinaba por la petición de ayuda de Juan Piqueras, retenido en Venta de Baños por una hemorragia intestinal y al que Antonio del Amo quería ayudar a toda costa. Su mujer y su hijo de veinte meses se habían ido a París, donde pensaba reunirse con ellos más tarde. No se sabe si tuvo noticias de Zaragoza. Se quitó el coche porque lo hacía sospechoso por opulento y estaba incómodo en su casa como cualquiera que viviera en aquellos momentos en un piso burgués. De los recuerdos de Bello, se deduce que tuvo pronto la idea de marcharse. Tardó cuarenta y cinco días en conseguirlo, durante los cuales lo único que se recuerda que hizo fue firmar un manifiesto de la Alianza de Intelectuales, darle una cámara a Del Amo para que filmara y una visita a Claudio de la Torre.

Nunca explicó qué documentos le permitieron abandonar Madrid y llegar a París en la primera quincena de septiembre. Aub le preguntó (p. 80): “Entonces, ¿no llevabas una misión del Gobierno, del Ministerio?” y respondió: “No. Bueno, sí, a medias”, antes de insistir en lo que ya había dicho, que alguien le había dado 400 libras para Munzenberg. Más adelante, lo complica al introducir a Ogier Preteceille, (socialista, jefe de prensa de la UGT, que fue a París como asesor de Araquistain), el cual, presciente, le habría recomendado que se fuera al galope a París para tener todo listo cuando llegaran, quince días antes del nombramiento de Araquistain. En otro lugar (p. 84), dice que llevaba una carta de recomendación de Mundo Obrero. ¿Para qué?, ¿para quién? No se sabe.

En Mi último suspiro se quiere hacer creer que en Madrid recibió instrucciones para ir a Ginebra para entrevistarse con Vayo a finales de septiembre de 1936. Se entrevistó con él el 19 o el 20 de septiembre, pero llegó desde París, adonde llevaba diez días. En la aduana suiza, presentó un pasaporte diplomático que le había sido expedido ese día. Eso significa que ya estaba enchufado en París cuando vio a Álvarez del Vayo. Le habían buscado acomodo sus mejores amigos, los Viñes y Joaquín Peinado, segundo en la Oficina de Turismo. Además, tenía muy buenas relaciones con miembros prominentes del PCF, en especial Louis Aragon.

Las libras esterlinas para Munzenberg son una invención bien curiosa. Se puede aventurar que procede de las memorias de Koestler, impulsor en la posguerra del mito del Hearst rojo eliminado por Stalin. Buñuel pudo darle en persona a Koestler, el 10 de octubre de 1936, los 3000 francos que le costó a la embajada un viaje por encargo de Otto Katz, segundo de Munzenberg. Pudo llegar a ver a este, recién llegado a París, o se lo contaron. El alemán tomó alguna iniciativa en los asuntos españoles, pero, en octubre, fue llamado a Moscú. Fue su último viaje a la URSS. Hay una carta a Araquistáin de finales de ese mes, cuando todavía seguía allí. Logró regresar en noviembre, pero todos sus cometidos en París fueron fiscalizados y asumidos por otro burócrata de la IC, el checo Bohumir Smeral, que confirmó a Katz en su puesto.

Sobre la otra parte de la historia, las libras esterlinas, hay otros indicios. Es muy posible que viajara de Madrid a París con 400, más o menos, en el bolsillo. Gubern y Hammond dan la solución en su libro, pero algo les ciega y no lo relacionan. Una semana antes de marcharse, el cuñado de Juan Vicens, Leo Fleischman, un norteamericano que moriría en octubre luchando para el Quinto Regimiento, le prestó 490 libras esterlinas para la compra de material cinematográfico. Un préstamo o una coartada para justificar si hacía falta que viajara con tanto dinero encima, equivalente, más o menos a unos 30.000 euros actuales.

Para el viaje a París, la hipótesis más verosímil, por simple, es que Buñuel consiguió un salvoconducto por mediación de Elie Faure. El fundador y presidente de la Sociedad de los Amigos de España, nacida en 1934 para apoyar a los represaliados por la revolución de octubre, visitó Madrid en la segunda quincena de agosto. El 18, acompañado por Margarita Nelken, estuvo en la Sierra. El 20, habló por Unión Radio. Recordó Buñuel la visita que hizo a Elie Faure en su hotel, pero no que hablaran de este asunto. Elie Faure, entonces 63, era el mejor amigo de Francis Jourdain. Ambos habían evolucionado desde el pacifismo proanarquista al antifascismo procomunista. Faure era el padrino de la hija de Jourdain, Lucie, la mujer de Hernando Viñes. A través de Faure, el Comité Franco Espagnol, cuyo secretario era Viñes, Buñuel fue invitado a alguna importante reunión o acto en París, e hizo el viaje con un salvoconducto de Mundo Obrero.

Por esa vía, con Buñuel ya en París, el Comité Franco Espagnol, o sea, la familia Jourdain-Viñes, le habría propuesto como vínculo entre las autoridades españolas y las organizaciones “espontáneas” de izquierdas de apoyo a la República con sede en París. Eran impulsadas y controladas por la Internacional Comunista, según modelo que todavía se sigue utilizando, pero gozaban de cierta autonomía. Eran poco más que una dirección y un nombre ilustre, respaldado por un grupo de ellos, heterogéneo para acentuar su independencia. El día a día de la organización lo llevaban los colaboradores del número uno, si los tenía, junto a comunistas cualificados, discretos, anónimos.

Al margen del pasaporte diplomático, Buñuel no tuvo nombramiento oficial para su colaboración con la embajada. Pudo no hacer nada por tenerlo, para mejor pasar desapercibido. Su función, sabida por Araquistain y Álvarez del Vayo, se diluyó con el cambio de gobierno y la llegada del nuevo embajador, Ossorio, que prescindió del antiguo bloque de colaboradores. Coincidió con que Vicéns fue designado para dirigir la oficina de Turismo, integrada en el organismo de Propaganda, con lo que obtuvo una nueva cobertura como asesor oficioso en temas cinematográficos. Vicéns, viejo amigo de los Viñes, siguió contando con las organizaciones de apoyo, pero con otro organigrama. Ossorio era interlocutor directo de la IC como miembro español de la Unión Universal por la Paz. Al regresar Vayo a Estado y llegar Pascua a París, se revisó todo, la tarea de Vicéns fue cuestionada y Buñuel se quedó sin cobertura. Decidió marcharse a los Estados Unidos cuando empezaron a llamar a quintas cercanas a la suya y su pasaporte iba a caducar. Sánchez Ventura le recomendó que se fuera y, en parte, le financió el viaje.

3. Es sabido que el mejor amigo español de Munzenberg fue, hasta octubre de 1936, Julio Álvarez del Vayo. Para la autora de una tesis doctoral inédita sobre él: “No hay muchos personajes en la historia contemporánea de España en los que se de una tal cantidad de elementos y circunstancias como en la figura de Julio Álvarez del Vayo y Olloqui. Diplomático, ministro de Estado durante los Gobiernos de Francisco Largo Caballero y Juan Negrín, periodista, diputado por el PSOE, activista político, viajero incansable e incluso para muchos, presunto agente soviético”. Lo de presunto sobra, salvo que se refiera a si lo hizo o no por contrato o estipendio, cuestión secundaria. Fue agente prosoviético en el sentido más simple. Lo fue a conciencia, consecuente con su ideario socialista revolucionario, adaptado desde los años veinte al realismo soviético.

Vayo hizo las primeras gestiones en Berlín, en el otoño de 1927, para importar a España títulos de cine soviético (Kowalski). Por ahí pudo llegar el primer contacto con Buñuel, cineclubista y admirador del cine soviético. Vayo era culturalista, cosmopolita y esnob. Escribió bastante sobre teatro y presumía de haber asistido al cabaret Dada en Zurich. En los años 20, cuando trabajaba para La Nación de Buenos Aires y para el Manchester Guardian, era, dijo, el periodista mejor pagado de España. Había nacido en Boadilla del Monte (1891) y estudiado en El Escorial, donde su padre era jefe militar. Licenciado en Derecho, se afilió al PSOE en 1912. También ese año, la Junta de Ampliación de Estudios le financió para que estudiara en la London School of Economics. No estudió mucho, pero hizo mucha vida social y relaciones duraderas. Su segundo año becado lo paso en Leipzig, donde tuvo que coincidir con Juan Negrín, el estudiante español más destacado de la ciudad. Había hecho la carrera de Medicina a una edad muy temprana, y se matriculó luego en Química y  Económicas. Años más tarde, en Madrid, serían socios en la editorial España. Vayo y su cuñado Araquistáin apadrinaron a Negrín en su incorporación al partido socialista a comienzos de los treinta, junto con Quintanilla.

Al estallar la primera guerra mundial, se trasladó a los Estados Unidos. Volvió a Europa en 1916 y asistió en Alemania al fracaso de la revolución del 18. Esta parte de su vida la cuenta, apenas velada, en La senda roja. Hizo su primer viaje a Rusia en 1922, invitado por la comisión internacional Nassen, una de las primeras iniciativas de Munzenberg, para paliar una trágica hambruna agravada por los primeros experimentos soviéticos. Regresó en varias ocasiones. Escribió dos libros de propaganda, con alguna crítica, sobre sus experiencias (La Nueva Rusia, 1926, y Rusia a los doce años, 1929). En 1936 había sido nombrado embajador en Moscú, pero no llegó a tomar posesión. Vayo alardea en sus escritos de que conocía a todo el mundo importante en Moscú. Allí coincidió con Louis Fischer, el corresponsal de The Nation, que vivió más de diez años en Rusia y luego tuvo una destacada participación en la guerra española. En su autobiografía publicada en  1941, Men and Politics, Fischer le hizo un regalo en forma de retrato, en el que le pinta inteligente, buen escritor de discursos, simpático, cercano y en estrecha relación con Pablo de Azacárate y con él mismo.

Fue un agente de Moscú, porque siempre que pudo favoreció los intereses soviéticos. Lo hizo con la mayor naturalidad, consecuente con su posición teórica. Se consideraba socialista revolucionario, estaba con la clase obrera y en España el partido que mejor la representaba, por más numeroso, era el socialista, el suyo desde 1912. Hubiera hecho un mal negocio si se hubiera integrado en el Partido Comunista, ya que su capital personal estaba ligado a su papel en el PSOE. Como corresponsal en Europa para diversos periódicos españoles, argentinos e ingleses, asistió a innumerables encuentros internacionales, convirtiéndose en la personalidad española de izquierdas más conocida y con mejores contactos, destacándose como impulsor del espíritu de la Sociedad de Naciones. La amistad entre Willi Munzenberg y Vayo pudo remontarse a los días de Zurich y se alimentó durante sus siete años en Berlín y en alguno de sus viajes a Moscú. Según Babette Gros, su viuda, les invitó a pasar las navidades de 1934 en Madrid y en Torremolinos. El verano de 1935, volvió Munzenberg a Madrid para sondear a los comunistas y a los socialistas pro-rusos. Ese mismo año, Vayo, como invitado de última hora, habló en París en el I Congreso de intelectuales para denunciar la represión de Asturias y pedir la amnistía.

Con la República, fue embajador en México. Más tarde, participó en una comisión internacional para alcanzar la paz en la guerra del Chaco. Con el primer gobierno de Largo Caballero, fue nombrado ministro de Estado. No fue precisa ninguna conspiración. Araquistain era la antítesis de la diplomacia, un hombre de ideas que daba miedo, mientras que su cuñado siempre iba con la sonrisa por delante. Poco después, Caballero se empeñó en que asumiera el Comisariado, la institución de adoctrinamiento y vigilancia  en el Ejército, con lo que multiplicó sus oportunidades de ineficacia. Salió de Estado con el primer gobierno de Negrín y volvió en el otro.

Es difícil trazar su retrato psicológico. Para unos era medio bobo y para otros lo fingía, el colmo del maquiavelismo. Tras su impostada  humildad, no careció de autoestima, como prueba que aceptara con entusiasmo tareas imposibles. Tenía aptitudes para el trato humano y las relaciones públicas. Era trabajador, perseverante en sus ideales y viajero infatigable. Vivió en Londres, Nueva York, Leipzig, Berlín y París suficiente tiempo como para expresarse con fluidez, aunque no siempre con claridad, en inglés, alemán y francés, así como hacerse entender en otras lenguas.

Dos años antes de su muerte, 1973, se publicaron en España los restos de sus memorias, En la lucha, muy distintas de su anterior versión francesa, Les batailles de la Liberté, 1963, el cual, a su vez, contiene curiosas variantes, supresiones y añadidos, de las primeras publicadas, The Last Optimist, NY, 1950. Un filón para trabajos escolares. Su versión de la guerra civil, la versión canónica de lo ocurrido al Frente Popular (Freedom’s Battle / La guerra empezó en España, 1940), es un libro curioso. La versión española fue traducida del original inglés. Se puede sospechar que fuera redactado por Allen, Southworth y compañía, su equipo de apoyo en Nueva York. Vayo pudo limitarse a introducir correcciones mínimas y firmarlo.

Tras la derrota del 39, Vayo se instaló en París. Era un hombre con suerte. La entrada del ejército alemán en Francia le pilló mientras estaba retenido en Nueva York por problemas con su visa de regreso. Allí pasó la guerra y permaneció hasta bien entrada la década de los 50 y siguió siendo un personaje muy influyente. Su ángel de la guarda durante esos años fue Freda Kirchwey, la editora de The Nation durante muchos años. La relación entre ambos es un asunto difícil de entender. Su obstinación por mantener a Vayo como editor de política internacional acabó con su carrera al frente del semanario. Su  biógrafa llega a decir: “Nadie puede estar seguro, pero tras una exhaustiva investigación en sus papeles y muchas entrevistas, he llegado a la conclusión de que Freda Kirchwey y J. Álvarez del Vayo no fueron amantes; sus relaciones eran platónicas.”  En la última versión de sus memorias, Vayo la recuerda con afecto: “Escribía brillantemente y corregía con gran facilidad. Así, cuando recibía un artículo demasiado engorroso de alguien que tenía algo que decir, aunque sin saber decirlo, ella sabía transformarlo completamente, aireándolo, pero respetando fielmente el pensamiento de su autor.” Sin una correctora como ella, difícilmente habría llegado a ocupar en Nueva York el papel que desempeñó en aquellos años.

The Nation, uno de los semanarios más antiguos de los Estados Unidos, era entonces el órgano más destacado de la izquierda radical. Vayo comenzó a publicar en él en 1940, por Louis Fischer. En 1942, se incorporó a la redacción como responsable  de política internacional. Durante más de diez años, Vayo fue el faro internacional de la izquierda americana prosoviética y estuvo muy bien pagado. En 1951, cobró más de ocho mil dólares. Viajó repetidas veces por Europa y volvió a Moscú. Con la muerte de Roosevelt, su estrella empezó a declinar y siguió hasta la guerra de Corea. En 1951, Clement Greenberg, que empezaba a ser un crítico de arte original y prestigioso, envió una carta al semanario en el que llevaba años colaborando en protesta por el filosovietismo de Vayo. No fue publicada y dio lugar a la primera gran controversia sobre si una sociedad abierta debe proteger a los intelectuales que apoyan a una potencia enemiga en guerra. Greenberg, que apenas intervino luego en el debate político, procedía del trotskismo y se había integrado en el Comité Americano por la Libertad Cultural. Unos meses más tarde, cuando el matrimonio Vayo regresaba a los Estados Unidos de uno de sus viajes por Europa, fueron retenidos en la isla de Ellis. Kirchwey logró sacarles, pero empezaron a pensar en cambiar de aires.

No se sabe su vida en detalle tras la muerte de Stalin. Regresó a París en algún momento, donde reanudó la relación con su cuñado Araquistáin, rota en 1937. En 1956, viajó a la China de Mao, donde era recibido con honores de jefe de estado. Sobre la China comunista escribió dos libros semejantes, más entiusiastas, a los que había escrito sobre Rusia. En 1957 se le prohibió la entrada en los Estados Unidos, aunque siguió entrando amparándose en su acreditación ante las Naciones Unidas.

Un año antes de morir, Vayo publicó The March of socialism, un recorrido histórico que termina con una profesión de fe: “Las masas, con su potencial revolucionario y su creatividad garantizarán el futuro del socialismo”.  Ramón Chao fue el último periodista que le entrevistó, el 26 de abril de 1975. Esa misma noche sufrió un ataque cardíaco del que falleció el 3 de mayo. Luisa Graa, su mujer, había fallecido seis meses antes. Según Chao, presidía el FRAP desde 1964, pero ocurrió más tarde. Dos meses después de fallecer Vayo, el FRAP pasó a la lucha armada. Entre julio y septiembre, asesinó a tres policías nacionales y a un teniente de la Guardia Civil. El 27 de septiembre fueron fusilados los cinco últimos condenados a muerte del franquismo. Tres eran miembros del FRAP y dos de ETA. En 1978, se disolvió el FRAP, pero el PCE (m-l) sobrevivió hasta 1992.

Buñuel sólo menciona a Álvarez del Vayo con motivo de la entrevista que tuvieron en Ginebra en septiembre de 1936. Nada dice de antes ni después. Mientras vivió en Nueva York, era el español más conocido de cuantos residían en la ciudad. Paolo Duarte, el compañero brasileño de Buñuel en el Moma, vino a España con encargos de Vayo. Fue expulsado del PSOE, con Negrín y otros, entre ellos Aub, en 1946. En 2009, fueron readmitidos.

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Ione Robinson, pintora y fotógrafa

¿Le prestó cien mil francos Ione Robinson a Buñuel en 1938 para financiar su viaje y estancia en los Estados Unidos? No se puede descartar por completo. Si lo hizo, tan admirable es que se los pidiera como que se los diera. Si no, sólo pudo ayudarle, una vez más, como fuera, su madre y nos queda la duda de por qué se lo atribuyó a Robinson en sus recuerdos. En MUS aparece como “una americana que había hecho mucho por la República española”. Cuando la conoció, sólo tenía la intención. Con Aub, mencionó su nombre, añadiendo que era querida de Quintanilla y del secretario del Tesoro norteamericano. Lo segundo es una exageración.

Robinson y Quintanilla se conocieron en Nueva York, el 9 de julio de 1938. Dos meses más tarde, recién llegada a Europa, fue a la embajada de España para entregarle a Buñuel una carta que le había dado para él Quintanilla. Aunque la guerra estaba ya en su tramo final y los voluntarios extranjeros iban a ser retirados en breve, Robinson experimentaba en aquel momento la llamada de España, como tantos americanos desde 1936. Necesitaba un visado. Si hubiera sido hombre, dijo, habría ido como voluntario para luchar por la República. Siendo mujer y artista, lo que tenía que hacer era dibujar y mostrarlo para que el mundo se enterara de lo que estaba ocurriendo. Buñuel no estaba en la embajada, pero aquella noche, Ione y una amiga cenaron con Buñuel y este le preparó un entrevista con el segundo secretario de la embajada, Sánchez Ventura, el cual trató de disuadirla, sin éxito. A Ione, la gente que trabajaba en la embajada le pareció de otro mundo, estresada, con las caras tensas y flacas.

Se volvieron a ver, diez días después, cuando Buñuel acompañó a Quintanilla, recién regresado a Europa, a pasar un fin de semana en una casa, cerca de Fontainebleau, donde Robinson veraneaba con una amiga. En sus memorias, Robinson aporta, de pasada, un dato curioso. “En la cena, los dos españoles tuvieron una acalorada discusión sobre la guerra. Quintanilla, socialista, acusaba a los comunistas (especialmente franceses) de haber dilapidado el dinero del gobierno republicano enviado a París en publicar el diario Ce Soir. Buñuel, simpatizante comunista, se lo discutía”. Robinson siguió allí el resto de julio y la mayor parte de agosto. Luego, viajó a Ginebra. Volvió a París el 30 de agosto y el 2 de septiembre estaba en Londres camino de Escocia. De haberlo dado, el sablazo tuvo que ocurrir el 31 de agosto. Apenas se conocían. Robinson pasaba las vacaciones acogida por una amiga en mejor posición. Vivía de la pensión que le pasaba su millonario ex-marido y padre de su hija. Se disponía a viajar a Barcelona, donde faltaba de todo para todo el mundo. Más tarde, tenía que regresar a Nueva York. Son indicios que la hacen una candidata poco idónea para hacer un préstamo de 100.000 francos a un recién conocido que, además, se disponía a alejarse del conflicto en el que ella quería participar.

Antes de dirigirse hacia el sur, Robinson pasó una semana de cacería en Escocia y allí conoció a Churchill, con el que conversó a solas, aprovechando para exponerle, de pintor a pintor, se supone, sus inquietudes. Le invitó a la fiesta un amigo al que había conocido en abril en Nueva York, en casa de Condé Nast, el editor de Vogue. Este amigo era Bernard Baruch -al que se debe de referir Buñuel—, un hombre de negocios nacido en 1870, que había colaborado con Wilson durante la primera guerra mundial y volvió a hacerlo con Roosevelt en la siguiente. Robinson anduvo siempre con un pie en la bohemia y otro en la mejor sociedad de Nueva York.

Si la historia de su vida que contó en A Wall to paint on se hubiera llevado al cine, Nicole Kidman podría haber sido la actriz escogida para encarnar su personaje. En las fotografías que de ella se conservan, se da un aire, rubia, piel muy blanca, apariencia frágil, con una mirada en la que se deja adivinar capacidad para salirse con la suya, fuera lo que fuera. Nació en el estado de Oregon en 1910 y pasó la adolescencia en Los Ángeles, con sus dos hermanos y su madre, separada. Inquieta, curiosa, inconstante, frívola, sociable, emotiva, era atractiva de un modo que estimulaba el instinto de protección en hombres mayores que ella. Sin profundizar mucho, se podría relacionar con la ausencia de la figura paterna en su hogar.

El título de sus memorias, A wall to paint on, (Una pared para pintar), hace referencia a su empeño, no consumado, de pintar murales al fresco. Es difícil de resumir, pero necesario para hacerse una idea del personaje. Publicado en 1946, cuenta lo que le sucedió entre los 16 y los 29 años. Comienza cuando, siendo estudiante de Bellas Artes, salió de casa de su madre el verano de 1927, para asistir a un curso vacacional al otro lado de los Estados Unidos. Termina con una escena en el puerto de Le Havre en diciembre de 1939, donde se embarcó para volver a México. Es una colección de cartas que, primero, dirige a su madre, hasta que fallece en 1933, junto a su hermano mayor, en un accidente de automóvil. Su otro hermano, menor que ella, es el nuevo destinatario hasta que, al nacer su hija Anne, en 1935, la convierte en su confidente con la intención de que pueda leerlo cuando cumpla los dieciséis años.  En esos doce años le ocurrieron tantas cosas curiosas y conoció a tanta gente interesante que podría haber pasado el resto de su vida contándolas. Desde muy joven quiso ser pintora y el aprendizaje fue uno de sus estímulos, pero la intensidad de su vida social le robó tiempo a su arte.

Desde el campamento del curso veraniego, visitó New York un fin de semana y no regresó. Se quedó en la ciudad y se introdujo en los ambientes bohemios de Greewich Village, donde pronto conoció a todo el mundo. En 1928, hizo su primer viaje a Francia e Italia. Regresó a Nueva York pensando en su nuevo destino, México, a donde fue con una recomendación para Diego Rivera. Fueron cuatro meses intensos. Fue ayudante, modelo y amante del muralista. Cuando compartía piso con Tina Modotti, se enamoró de ella un muchacho americano, John Freeman, que leía a Proust, era corresponsal de la agencia Tass y amigo de Victorio Vidali, el futuro comandante Carlos Contreras del Quinto Regimiento. Se casó con Freeman por el rito judío en Brooklyn en noviembre de 1929. Los problemas de la pareja empezaron inmediatamente, pero resistieron juntos algo más de un año.

Volvió a México por segunda vez en la primavera de 1931. Rivera estaba ausente e, invitada por un ayudante, estuvo trabajando un mes en un fresco del Palacio Nacional. Cuando regresó, Frida le amenazó de muerte si le veía cerca de su marido, que deshizo lo que la americana había pintado en su ausencia. Siguió allí casi un año, pintando algo, conociendo a gente interesante, bohemios, hacendados y turistas, como Eisenstein o Elie Faure, teniendo experiencias indigenistas, montando a caballo, etc. Divorciada y de nuevo en los Estados Unidos, volvió a casarse en la primavera de 1933, supo de la muerte de su madre y de su hermano, se enfadó con su marido, estuvo enferma una larga temporada, volvió al hogar, quedó embarazada, dio a luz, se divorció y volvió a la vida artística de Nueva York, implicándose en los proyectos para artistas de Rossevelt.

A Luis Quintanilla, que andaba muy deprimido, le encontró poco antes de conocer a Bernard Baruch. Tenía para él muchas preguntas sobre la guerra de España y le encantó conocer a sus amigos Hemingway, Elliot Paul y Jay Allen. En julio, viajó a Francia con su hija, pensando en ir a España cuando la niña regresara a los Estados Unidos para pasar los meses anuales con su padre. El último año de los narrados en A wall to paint on ocupa un tercio del libro.  Quintanilla fue a recogerla con un coche oficial a Perpignan en el que llegaron a Barcelona el 20 de septiembre de 1938, donde empezó a dibujar y a conocer a todo el mundo: Constancia de la Mora, Álvarez del Vayo, Malraux, viejos conocidos mexicanos, etc.  Fue de visita al frente y asistió a las últimas escaramuzas en el Ebro. Allí conoció y se enamoró de Osorio Tafall, comisario general del Ejército de la República. A ella le sorprendió que hablara inglés. Osorio estaba harto de los turistas de guerra, pero hizo una excepción con ella que contribuyó a que fueran más llevaderos aquellos momentos tan duros. Siguió conociendo gente: Líster, Modesto, Cordón, Tagüeña, un jovencísimo Juan Grijalbo… Un mes muy intenso.

Volvió a París y de allí a Londres para hablar con su embajador, Joseph Kennedy, sobre la situación en España. Luego estuvo en Berlín, volvió a París y regreso a Nueva York para recoger a su hija, fue a Washington y luego a México, donde mostró sus dibujos barceloneses en la universidad y aprovechó para  retratar a los niños de Morelia. En marzo estaba de nuevo en París, movilizada a favor de los republicanos derrotados encerrados en campos del sur de Francia. Rafael Sánchez Ventura seguía allí, viviendo en un piso de la hija de Elie Faure. También Osorio Tafall, dedicado al SERE, el socorro para los refugiados republicanos. Le pidieron que levantara acta de las circunstancias en que se encontraban los refugiados y lo hizo, dibujando y tomando fotografías, siendo el suyo uno de los escasos testimonios de aquella situación tan dramática. Viajó de nuevo con Osorio a Argel, pasaron un mes en París y el 9 de septiembre tomó el barco de regreso que cierra el libro.

Robinson se casó en América con Osorio, pero éste descubrió al poco tiempo, para su sorpresa, o eso se dijo, que no era viudo como había creído. Su mujer y sus tres hijos habían quedado en Pontevedra al empezar la guerra. No se conocen los detalles de la ruptura y los pasos inmediatos de Osorio. Robinson siguió relacionándose y durante la guerra trabajó para la OSS cerca de Donovan y fue ayudante del conde Sforza, personajes cuyo perfil alargaría innecesariamente esta semblanza. Apenas se sabe nada más de su vida hasta el momento de su fallecimiento en París en 1989.

Luis Quintanilla terminó de redactar sus memorias en 1960, aunque no se publicaron hasta 2004 (Pasatiempo, la vida de un pintor). El retrato que en su libro hace de Ione Robinson es hijo del despecho, por haber estado enamorado de ella o por haber creído que ella lo había estado de él.  “Después de mi exposición en el Museo Modern Art (sic) empezó a perseguirme en Nueva York una típica y por tanto convencional “glamour girl”; alta, esbelta, rubia, ojos azules, facciones correctas, dulzonas y la sonrisa enseñando brillante dentadura; más era “glamour” que girl, pues había cumplido 28 años (él tenía entonces 45). Se dedicaba a la pintura y por un cronista de arte consiguió meterse en mi estudio y, sin él, en algo más, cosa para ella nada extraordinaria, ya que inició su vida de mujer vendiendo la virginidad a uno de esos pintores sociales, más sátiros que artistas, por una beca a Europa de la fundación donde él mangoneaba; después saltó a México a cambiar sus caricias con el muralista de facciones indias que estaba en plena boga, al admitirla de discípula; luego se unió a un judío responsable de una célula comunista, buscando el medre político, hasta que el comunista se separó de ella y el partido la expulsó harto de sus enredos; y vuelta al positivismo capitalista y a Nueva York, forzó a casarla a un retrasado mental, de familia muy rica, antes de nacer la hija que se dejó engendrar. Poco tardó la familia de él en enterarse de los precedentes de ella, obligándole a divorciarse, lo cual le entusiasmó: quedaba libre del retrasado mental y disponiendo de abundante dinero mensual de la “alimony” por la custodia de la hija, ya podía emprender su camino hacia el día de gloria soñado”. Falta lo peor: “A mí me sirvió de descongestión glandular bastante agradable, de diversión algunas veces y de observar ese ejemplar llamado ‘mujer fatal’ que todavía sólo conocía de referencias. Pronto comprendí el motivo de aproximarse a mí: quería vivir la gran aventura del momento yendo a la España republicana, ver un poco de guerra y, siguiendo mis pasos, hacer también su colección de dibujos que le darían fama singular”. Veinte años después, la herida de Luis Quintanilla seguía abierta, manando hibris.

Osorio Tafall

Se llamaba Bibiano ( y tres nombres más) Fernández Osorio Tafall, siendo este el segundo apellido de su padre. Nació en Salcedo, Pontevedra, en 1902. Se licenció en Ciencias Naturales en Madrid, donde vivió en la Residencia. Fue becario de la JAE en varios países europeos. Volvió a Pontevedra como catedrático del Instituto de Enseñanza Media, del que fue director. A pesar de su intensa vida docente y política, siempre encontró huecos para investigar en su campo, la biología marina.

Por la izquierda republicana regionalista, en 1931, fue alcalde republicano de Pontevedra, presidió su Diputación, representó a su provincia en el Congreso y tuvo cargos en el gobierno. El galleguismo le recuerda como impulsor del Estatuto de autonomía. El 18 de julio, era subsecretario de Gobernación. Cesó en septiembre y quedó como cabeza visible de Izquierda Republicana y director de su periódico, Política. Reapareció en 1938, cuando Negrín le nombró Comisario general y se convirtió en los ojos del presidente en el Ejército. Fue negrinista estricto. Tras la derrota, fue secretario del SERE, el primer servicio de ayuda a los refugiados. Dimitió en octubre, por diferencias de las que no habló, y se olvidó de la política. Su primera mujer quedó en Pontevedra, con los tres hijos habidos del matrimonio. Por lo que se dice, no supo de ella y de sus hijos durante la guerra, hasta que se enteró en Nueva York. No es muy creíble. Su madre, la señora Osorio, una mujer muy religiosa, se había ocupado de los tres niños mientras su mujer permaneció detenida.

No se sabe con exactitud cuando dejó Nueva York y se instalo en México. Se vuelve a saber de él en 1942. Ha vuelto a su profesión y enseña Bioecología en la Ciudad de México. En poco tiempo, fundó una nueva familia, pasó a ser académico y asesor del gobierno en materia pesquera, lo que le condujo a entrar en contacto con los organismos internacionales. Como mexicano se incorporó a la ONU en 1948. Cabe la posibilidad de que Gustavo Durán intercediera por él, sin disminuir su idoneidad, su capacitación y prestigio. Trabajó primero para la FAO en Chile, Indonesia y Egipto. Dejó las tareas agropecuarias por los cascos azules. En 1964 ocupó en el Congo el puesto de Gustavo Durán cuatro años antes. Tres años después, fue destinado a Chipre como delegado, donde estuvo hasta 1974. Se jubiló con el rango de subsecretario general. En los primeros años de la transición se pensó en él como un Tarradellas gallego. No lo vio claro, tras tantos años de ausencia y líos familiares de los que nunca caducan. Falleció en la Ciudad de México en 1990.

Una ferretería en La Habana

Primeras páginas de “Trabajos de restauración”

Leonardo Buñuel González nació en Calanda el 6 de noviembre de 1854[i]. Así consta en la hoja de filiación que se conserva en los archivos militares de Segovia. Es un año antes de lo que habitualmente dicen los biógrafos del director. Pudo haber ocurrido que rebajara en un año su fecha de nacimiento al inscribirse. El 17 de octubre de 1870, o sea, a punto de cumplir los dieciséis años, poco antes de que los progresistas eligieran a Amadeo de Saboya como rey de España, se alistó como voluntario “para servir al gobierno constituido por la nación” por seis años en el Regimiento Infantería de Estremadura (sic) nº 15 –que estaba radicado en Jaca y Zaragoza. Dijo ser de profesión labrador, midió 159 centímetros, tenía el pelo negro, los ojos pardos y una cicatriz sobre el ojo izquierdo. Un año después, ascendió a cabo 2º. En febrero, le concedieron la cruz de plata sencilla del Mérito militar para premiar servicios especiales. A finales de noviembre de 1871, recién cumplidos los diecisiete, pasó voluntario por dos años al Ejército de Ultramar y, a los pocos días, se embarcó hacia Cuba. La última noticia reseñada es una instancia que elevó en octubre de 1875, cuando era cabo 1º en el regimiento de Artillería de Montaña en Cuba, para que se le invalidara una nota negativa por haber pernoctado un día fuera del cuartel. A finales de 1876, terminó su compromiso con el Ejército. Pudo haberse licenciado entonces.

Un expediente tan vacío, habiendo sido militar en un escenario de guerra durante cinco años, sólo se explica por haber permanecido lejos de donde se logran los ascensos y las medallas, del combate. Es un dato relevante para imaginarle. Se conserva un retrato de 1877, vestido de paisano. Uno de sus nietos dijo que había llegado a capitán, recibido heridas y medallas, así como que se había ido de corneta con catorce años, como también lo creía un paisano y coetáneo de Buñuel, Mindán Manero (2000), que se hizo sacerdote y, cercano a los noventa, dictó unos recuerdos de su infancia. Pudo ser que, como también creía su nieto, hubiera conocido a Ramón y Cajal, que estuvo de capitán médico en Camagüey, zona de combates, entre 1874 y 1875. Uno y otro hablan de empresas navieras, de las que no hay rastro.

Leonardo llegó a Cuba el tercer año de una guerra que seguía activa cuando se licenció. La respuesta al conflicto de Cuba del gobierno progresista instalado en Madrid tras la revolución de 1869 nacía debilitada. La esclavitud, abolida en la península en 1836, seguía vigente en Cuba por exigencia de los españoles instalados allí, cuyo mayor negocio, la caña de azúcar, reposaba en ella. Como no había dinero para afrontar las compensaciones por la abolición, el gobierno republicano se veía obligado a defender una posición en la que no creía. En Madrid estaban absorbidos por encontrar una salida al lío institucional en que se habían metido. Al asesinato de Prim, al fracaso de Amadeo I y al creciente desorden, se añadió, en 1872, la tercera guerra carlista, lo que favoreció que la de Cuba se estancara.

Fue un conflicto prolongado de baja intensidad, entre fuerzas muy desiguales, con algunos episodios de gran violencia por ambos bandos. Entre los españoles, las enfermedades tropicales causaron más bajas que los machetes y la pólvora. A pesar del hincapié inicial en la abolición, los revolucionarios no consiguieron que los Estados Unidos les reconocieran, pues eran, a su vez, los mayores valedores del cambio de régimen sobrevenido en España en 1868. Los independentistas capitularon en febrero de 1878 y, tras un episodio menor, la isla gozó un prolongado periodo de paz. En 1880 se abolió, por fin, la esclavitud, aunque no del todo hasta casi diez años después. Con el ferrocarril, la industria del azúcar se transformó y llegó a su apogeo para caer luego por la remolacha. Para el comercio, fueron años de prosperidad durante los que se fue imponiendo la geografía. Los intercambios con Estados Unidos fueron en aumento hasta superar los mantenidos con la península. A finales del siglo, la economía cubana dependía de la norteamericana.

Segundo Casteleiro Pedrosa (1952) nació en La Coruña en 1875. Con 16 años, algunos estudios y una corta experiencia laboral, embarcó rumbo a Cuba, adonde llegó el 6 de octubre de 1891. Gracias a las redes familiares, pronto encontró trabajo. Antes de que pasara un año, le colocaron en Cagigal y Compañía, una importadora de ferretería en la calle Oficios 8, esquina Lamparilla, de La Habana, propiedad de dos hermanos santanderinos y de un aragonés, en la que entró como auxiliar del tenedor de libros. En 1893, la sociedad en la que trabajaba cambió de nombre para llamarse Cagigal y Buñuel. En 1896, Leonardo Buñuel se hizo con la totalidad de la empresa. Desde el año anterior, la isla estaba de nuevo en guerra. No se habían hecho reformas políticas en tiempos de paz ni se había previsto la posibilidad de una nueva insurrección. Sagasta dimitió por un pequeño incidente militar y le pasó el problema de la guerra a Cánovas. Este mandó al general Martínez Campos, el artífice de la paz de Zanjón en 1878. Pronto vio que el nuevo conflicto no se podía resolver con un acuerdo y él mismo propuso a Weyler, por su fama de duro, como el más indicado para sustitutirle. Weyler llegó a disponer de 200.000 soldados y en unos meses frenó el avance de los independentistas. Tenía el apoyo incondicional de los españoles residentes, pero sus métodos fueron criticados por el tercer protagonista del conflicto, los Estados Unidos, protector de sus intereses en la isla.

La situación cambió al ser asesinado Cánovas el 8 de agosto de 1897. Ese mismo mes, Buñuel nombró, por lo bien que hacían su trabajo, a Segundo, apoderado, y jefe de almacén a Gaspar Vizoso, otro gallego casi de la misma edad que Segundo, que había entrado en la empresa en 1888. En octubre, Sagasta volvió al gobierno, sustituyó a Weyler, con disgusto de los españoles residentes, por un general menos resolutivo y puso en marcha la autonomía de la Isla en guerra. Leonardo Buñuel se embarcó para España el 20 de abril de 1898. El 15 de febrero anterior, tras una gran explosión, el Maine se había hundido en el puerto de La Habana. La ferretería estaba a dos pasos del puerto y Leonardo pudo haber sido testigo ocular del suceso. Hubo 256 víctimas. La guerra tomó un giro inesperado. Leonardo se embarcó hacia España tres días antes de que los Estados Unidos declararan la guerra a España, que terminó el 1 de enero de 1899.

Unos meses  después, el 12 de abril de 1899, Leonardo se casó en Calanda con María Portolés Cerezuela, hija del propietario de la única fonda del pueblo, nacida el 11 de septiembre de 1881, según el registro parroquial de la boda. Su madre había muerto cuando ella tenía tres años y había pasado una temporada en casa de un tío abuelo y luego se había encargado de su educación otro tío, Santos Cerezuela, escolapio que vivía al margen de la orden en Calanda. Según Buñuel, era obispo de Pamplona y según su sobrino de Logroño. El obispado pudo ser el de Calahorra. En 1884 fue nombrado obispo de esa ciudad un hijo de la principal familia de Calanda, Antonio María Cascajares, que lo fue hasta que le hicieron arzobispo de Valladolid en 1891. Buñuel lo menciona de pasada en alguna parte, pero es extraño que la familia no alardeara del vínculo, si lo tuvo, con el hijo más ilustre de la villa, en cuya casa solariega se alza hoy el Centro Luis Buñuel de Calanda. Sin mayor base, pudo ser que el tío escolapio, también pariente del prelado, trabajara con él mientras estuvo en La Rioja. Mindán dice que, antes de casarse, su futuro marido la envió unos meses a un convento para mejorar su formación, pero su familia lo negaba.

Fueron de viaje de bodas a París y el 22 de febrero de 1900, en Calanda, nació su primogénito, Luis. A los cuatro meses de nacer, se instalaron en Zaragoza. Casteleiro dijo que Leonardo regresó a la isla en noviembre de 1900. El 8 de agosto de 1901, formó una sociedad en comandita con sus empleados, Casteleiro y Vizoso S. en C., para un periodo de tres años y medio. De los 87.000 dólares de capital con que nació la compañía, 77.000 fueron aportados por Buñuel y el resto, de sus ahorros, a partes iguales, por los socios y empleados. Le quedaron a Buñuel más de 100.000 dólares, de los que se llevó en efectivo la mitad y el resto le fue abonado en trece pagos trimestrales de 4.000, obligación con la que sus socios cumplieron religiosamente. Casteleiro y Vizoso trabajaron duro y les fue muy bien con la nueva situación que favoreció todavía más las relaciones con los Estados Unidos. En 40 meses, multiplicaron las ventas y superaron los 100.000 dólares de beneficios. Volvió Buñuel al notario, cabe que no estuviera en la isla, en 1905, al vencimiento de la sociedad, para dar lugar a otra con el mismo nombre, pero ahora con 190.000 dólares de capital. 80.000 eran de Buñuel, 50.000 de un comanditario llamado Laureano Falla y con 30.000 cada uno participaban los gerentes, Casteleiro y Vizoso. El último viaje de Leonardo Buñuel fue en 1911. No entró en la nueva sociedad, a la que sus antiguos empleados aportaron 150.000 dólares cada uno y Falla siguió de comanditario con 100.000. No se sabe por qué desistió, es posible que no estuviera de acuerdo con las condiciones que le propusieron. Buñuel recuperaría su capital y la parte de los beneficios que no hubiera percibido.

Como antes Cagigal y Buñuel, Casteleiro y Vizoso se dedicaron a la importación y venta de ferretería, instrumentos agrícolas, aperos de labranza y efectos navales. Su éxito fue en aumento y ampliaron el catálogo. En 1907, se instalaron en un edificio nuevo construido por ellos en la calle Lamparilla, 4, un chaflán con las calles Oficios y Baratillo. El edificio sigue en pie, rehabilitado como estacionamiento. En el tercer y último piso residían los empleados solteros en régimen de internado. Vizoso dejó la compañía en 1920 y se instaló en Madrid. Casteleiro siguió adelante con familiares de confianza y en 1930 abrió un edificio mucho mayor. Hizo una brillante carrera empresarial. Perteneció a la cámara de comercio, fue consejero de bancos e hizo negocios en múltiples sectores: seguros, azúcar, papeleras, pesca, alimentación, eléctricas,  etc. En 1958, estaba entre los cien mayores empresarios de Cuba.

Al margen de lo manejado en las diversas comanditas, no se sabe la cuantía de los ahorros y las inversiones de Leonardo Buñuel cuando decidió volver a España la víspera de la guerra. La ferretería, durante los años que estuvo ausente, 1901-1911, le aportó, como mínimo, unos 300.000 dólares. Con el cambio del dólar en torno a las seis pesetas, su fortuna sabida rondaría los dos millones de pesetas de entonces. Para hacerse una idea aproximada, el capital social de la Nueva Azucarera de Zaragoza, que se constituyó en 1899, fue de 2,7 millones de pesetas. Poco más se sabe de su fortuna y de sus inversiones. Es posible que tuviera otros ahorros y hubiera hecho otros negocios, de fletes e importación, de los que se habla sin concretar. Según Mindán, después de casarse, compró “fincas, huertas, montes y casas, todo lo que se le quiso vender.” Se convirtió en el segundo contribuyente del pueblo. Un cochero , un encargado de la Torre y cuatro hombres más trabajaban para él en exclusiva. En la casa, había cocinera, ama de leche y tres doncellas. Tenía tres coches de caballos. Cuando se trasladaron a Zaragoza, un administrador se responsabilizó de las propiedades. Primero fue el tío escolapio de María, Santos Cerezuela, hasta que falleció en 1918. Vivían en Calanda entre junio y octubre. Luis iba a veces en Navidades y con más frecuencia en Semana Santa.

Buñuel evitó dar noticias veraces del origen del 50% de sus genes. Leonardo fue padre a los 46 años, cuando los de su quinta eran abuelos, por lo que es posible que fuera ambas cosas para su hijo. Su muerte temprana favoreció el olvido de un padre del que entonces no estaba muy orgulloso. Pero se sigue llevando encima en automatismos rutinarios, tendencias y pautas de conducta arraigadas en la primera infancia. Buñuel no dejó indicios ni anécdotas sobre el carácter y la manera de ser ni de cómo fue la relación entre ellos, que pasaría por los estadios habituales. Durante la infancia le escucharía contar cómo era la Calanda de su juventud, hazañas bélicas cubanas y anécdotas de la vida colonial, un mundo imaginario, un sistema de valores más del siglo pasado que del suyo. Fue un hombre hecho a sí mismo, que todo lo había aprendido en el ejército y en la ferretería. Al abandonar el pueblo a los dieciséis años, sabía leer, las cuatro reglas y tenía buena caligrafía. En el cuartel debió aprender tareas de furriel. En seis años de guerra no recibió ni un rasguño ni un ascenso. Al licenciarse, puede que antes, entró en un almacén de ferretería. Las claves del éxito de un ferretero, además de ambición y salud, son laboriosidad, formalidad, rigor contable y un cierto don de gentes para tratar con clientes, proveedores y subordinados. Con tesón y suerte, veinte años después, el negocio fue suyo. Tuvo que ser un hombre satisfecho de sí mismo, seguro de su criterio, sus intuiciones y sus manías. Sin que haya mayores indicios, se dice que era liberal, que se codeó con la intelectualidad y que cumplía lo justo con la iglesia. El único amigo conocido, el senador Estevan, era conservador.

Hubo dos etapas claras de la misma duración aproximada en los veinticuatro años que vivió en Zaragoza. La primera estuvo presidida por la hiperactividad: se casó, tuvo cinco hijos, compró todos los campos que le ofrecieron y edificó dos casas en Calanda, amuebló dos pisos en Zaragoza; haría otras inversiones, solicitado por la banca local; se implicaría en el negocio agrícola, del que había estado alejado treinta años, hasta enterarse de su rentabilidad; pudo viajar más de una vez a la Isla. Ese fue su padre hiperactivo, muy distinto del que recordó. Como todo el mundo, apenas conservó recuerdos de la infancia, los que nos conforman sin darnos cuenta. Durante esos años, Leonardo Buñuel tenía un chollo en La Habana, donde sus empleados-socios habían mejorado sus previsiones, su dinero no dejaba de producir en el nuevo mundo sin dar ni golpe. En su último viaje a la isla en 1911, se percató de que habían decidido proseguir sin él.

Luis, el mayor y el único varón hasta que, cumplidos los diez años, nació su hermano Leonardo, debió ser la mayor satisfacción e ilusión de los mejores años de su padre. La única anécdota que repitió sobre él es la del embutido guardado en la caja fuerte y reservado para consumo masculino, que pudo ser la adaptación de un chiste ajeno o una broma ocasional sin trascendencia. Conservó su imagen de regreso a casa con un criado que llevaba el paquetito de caviar adquirido en su paseo matinal. Por las tardes, jugaba a las cartas en el casino. Pertenece a la segunda mitad de su vida zaragozana, la de la entrada en la adolescencia del futuro director. Cuando fueron a buscarle acomodo en Madrid, le avergonzó su manera de vestir, pero puede ser una elaboración posterior. No estaba orgulloso de él, como resulta casi inevitable a esa edad. Un hijo puede conservar el resto de su vida una imagen negativa del padre que interfiere en sus proyectos adolescentes. Se desmorona como modelo a imitar, se olvidan los escasos recuerdos de la confianza y el cariño que inspiró en los primeros años.

Buñuel tuvo una especie de don, natural o adquirido, para el cálculo de producción, facilidad para poner números a decorados, cámaras, película virgen, horas de trabajo de actores y técnicos, imprevistos, etcétera, optimizando costes. Pudo haberla adquirido en la infancia de su padre, de su periodo hiperactivo. La afición al chascarrillo, la socarronería y la anécdota exagerada como recurso descriptivo cínico y bienhumorado pudo ser otro rasgo heredado o aprendido. El paralelismo con la conducta de su padre se hace intrigante en el asunto de la huida ante las amenazas. Leonardo estuvo cinco o seis años en la guerra de Cuba, salió ileso, sin pasar de cabo, sin medallas y sin una mancha en su expediente. Tres días antes de que se declarara una guerra mayor, se marchó de Cuba, abandonando el negocio en manos de sus empleados. Su hijo se vio sumergido en otra guerra, 38 años después, y, en cuanto pudo, se alejó de los combates. Otras huidas sonadas fueron la marcha a París en enero del 25, el viaje a Estados Unidos en 1930, en vísperas del estreno de La Edad de Oro; la salida precipitada de París al enterarse del embarazo de su novia y la marcha a los Estados Unidos en octubre de 1938. Es posible que también fuera otra huida su marcha a México en 1946.


[i] El diccionario de Madoz es de 1850. Informa de que tenía 1632 almas. El siglo anterior había llegado a 3.000, pero la primera guerra carlista (1838-9) había reducido la población a la mitad. También durante el conflicto fue destruido el castillo que fuera del administrador de la encomienda de Calatrava, a la que estuvo supeditada la zona durante siglos. Tenía dos conventos suprimidos, uno en la población y otro alejado. Había una posada grande pero con pocas comodidades. Contaba con hospital y escuelas, una buena iglesia parroquial de fines del XVII, con su servidor y once beneficiados, alguno vacante; un templo dedicado a la Virgen del Pilar, con cuatro capellanes. En los alrededores, había molinos de aceite, harineros, batanes, fábricas de jabón y alfarería. Destacaba por la huerta, los frutales, olivos y moreras. Los caminos estaban descuidados. Producía trigo, cebada, avena, aceite, vino, cáñamo, seda, frutas, legumbres y hortalizas, ganado lanar y cabrío. Se cazaban perdices, liebres y conejos. Había cuatro tiendas textiles y doce de comestibles.