El Buñuel de Gibson

Me enteré de que lo estaba escribiendo, poco después de que me hubiera puesto a hacer el mío (La otra vida de Luis Buñuel), a finales de 2010. El retrato de Sender lo hice a partir de un artículo de periódico suyo. Él estaba haciendo la biografía. Mi empeño era más modesto, se limitaba a repasar lo sabido de sus primeros 50 años para establecer si falsificó su vida. Lo di por terminado dos años después, aunque seguí con él parte del año siguiente. Cuando se lee un libro, escrito en paralelo, sobre el mismo asunto, es inevitable amplificar los defectos del otro. Dicho sea para justificar las desmesuras en las que pueda incurrir.

Las biografías de Gibson de Lorca y Dalí son imprescindibles para fijar los pasos juveniles de Buñuel. Son libros importantes, no superados, al margen de cuestiones, sabidas, de método o de detalle. Su dimensión pública, sectaria y exhibicionista, se confunde con sus estrategias de promoción como vendedor de libros. Se formó en Irlanda como historiador literario contemporáneo en los años sesenta, en la línea socio-historicista y comprometida de moda entonces, que no ha variado mucho. Como ocurre con muchos escritores profesionales, en su larga trayectoria ha forzado su industria y repetido mucho en formatos menores sus temas mayores de investigación. No es un estilista y en sus libros menos elaborados hay demasiados tópicos, estereotipos y prejuicios moralizantes.

Una biografía legible no debería pasar de las 400 o 500 páginas si no quiere tener problemas de clientela, salvo que el autor sea un narrador prodigioso o lo requiera el personaje. Las biografías de Gibson de Lorca (1.300 páginas en dos tomos) y Dalí (casi mil en bolsillo), son enormes, monumentales, se ajustan a las reglas académicas, se referencia hasta el mínimo detalle, la bibliografía es exhaustiva y la amenidad se sacrifica al detalle puntilloso. Que las haya vendido como productos de consumo masivo se puede deber a la popularidad de los personajes elegidos, un caso de estudio para la sociología de la lectura. Su libro sobre Buñuel también impresiona por su tamaño. Tiene 940 páginas. El texto llega hasta la 717. Las restantes se van en notas, casi cien, donde referencia 2.500 datos y citas; las fuentes y la bibliografía ocupan otro centenar y el índice, el resto. Habría sido un tamaño más que respetable si se hubiera ocupado de toda su vida, pero resulta que se detiene en el año 38, cuando Buñuel y su familia se fueron a los Estados Unidos. El director para entonces no había llegado a la mitad del camino de su vida. Había hecho tres películas de arte (que suman menos de dos horas de proyección) que no había visto casi nadie y cuatro productos comerciales, mucho más vistos, pero realizados desde el anonimato vergonzante. Faltaban doce años todavía para que hiciera Los olvidados, su primera obra de madurez.

Detuvo el libro en esa fecha porque no encontró financiación adecuada a sus necesidades para proseguir su indagación en archivos y otras fuentes en el extranjero, donde el director residió durante los 45 años que le quedaban de vida cuando le despide Gibson. La historia económica del libro la ha contado Juan Cruz: “Su historia es ejemplo de lo difícil que es para un investigador llevar a cabo su oficio. Para esta vida de Buñuel firmó un contrato en 2007: 80.000 euros por siete años de trabajo. La ayuda prevista (30.000 euros anuales a lo largo de tres años) del Gobierno de Aragón nunca se sustanció, “aunque nunca dijo no”. Mientras, vivió, viajó, buscó. “Gasté mucho. Y el anticipo, además, se descuenta de posibles ganancias. Ya sin dinero, “después de largas y costosas estancias en Zaragoza y Calanda, además de en París”, tuvo que escribir otro libro, Lorca y el mundo gay (2009), “para obtener los ingresos necesarios para seguir”. No se sabe si ya tenía escrita o hizo de propósito La berlina de Prim (2012), por la que recibió el premio Fernando Lara. Llamó a muchas puertas en busca de ayuda financiera, sin éxito. Hubo de renunciar a tres años más de trabajo, con estancias para documentarse como él precisa en México y en los Estados Unidos. Adaptó su proyecto y detuvo su relato en 1938.

En la historia del libro pudo influir también que, en 2008, falleció su agente literario Ute Korner. Ese año también murió otro de sus inductores, Pedro Christian García Buñuel, sobrino del director, un tipo peculiar que, durante años, en connivencia con instituciones aragonesas, administró parte del legado documental. El caso es que, al final, en lugar de hacer un libro de un tamaño semejante al que habría ocupado en su proyecto original de conjunto, que no tendría por qué haber superado las mil páginas, decidió que tuviera el tamaño de otras de sus biografías, aunque sólo se ocupara de menos de la mitad de su vida. Como si lo hubiera vendido al peso, por así decirlo. El resultado es desmedido y podría significar que, de haber obtenido financiación, la biografía completa de Buñuel se le podría haber ido fácilmente a las tres mil páginas. No hay datos para tanto. Si a Mi último suspiro se le quitan las páginas dedicadas a las películas, al contexto y a las anécdotas ajenas, se queda en nada.

Ni que decir tiene que con ese tamaño, escrito por un especialista veterano y cualificado, toda su vida metido en el estudio del periodo, el libro estará lleno de noticias de hemeroteca, datos, anécdotas, personajes, etcétera, relacionados con la infancia y la juventud del director que, seguramente, mucha gente ignora. De hecho, se puede ver como un compendio de todo lo publicado con anterioridad. Cabe que los aspirantes a lectores de un libro tan grueso, los muy interesados en su vida, probablemente conozcan ya la mayoría de las referencias en las que, como no podía ser de otra manera y lo reconoce, se apoya. Poco añade a lo dicho por estos y con frecuencia no hace más que repetirlo, resumido e indubitado. Hay algún dato nuevo, no demasiado relevante, de la familia y la infancia y recoge algunas piezas de su archivo que no habían sido publicadas (salvo en mi semi-clandestino libro, unos meses antes), como las cartas de su mujer y de su madre, pero sus aportaciones de fuentes primarias y lo que estas le sugieren no son muy relevantes.

Muchas de sus características son consecuencia del método de composición, la acumulación documental, que confía en que los materiales hablen por ellos mismos. Funciona cuando responde a una línea argumental clara. Pero en este los documentos apenas dejan sitio al subrayado de la trama. De entrada, se echa en falta una mínima apología inicial del personaje, donde se justifique el empeño y se aclaren los presupuestos de partida. “LB está considerado hoy, con razón, como uno de los grandes creadores del siglo XX.” Es la primera frase de la Introducción y no vuelve a intentarlo. Repasa los precedentes en lo que se ha basado y entra en materia. Las escasas conclusiones que, como en otros libros suyos, condensa en el Epílogo son una relación apresurada de las presuntas obsesiones de su personaje: el erotismo, la religión, la muerte, los curas, el humor, el onirismo, la frustración sexual, la vergüenza, punteadas con apuntes semiológicos de sus películas. Era un hombre de obsesiones, concluye, “que venían de lejos, insistentes, inmisericordes, y que, gracias al milagro del cine, y a su enorme talento, pudo convertir en materia de arte y profundización en la condición humana.” Eso es todo. El resto, se supone, va de sí.

Hay una cierta tendencia a la elefantiasis entre quienes escriben sobre el director, que, me temo, también alcanza a esta reseña. Sus antecedentes son los tomos editados en torno al centenario de su nacimiento, el libro de Gubern y Hammond y el Fernando Gabriel Martín. Gibson dedica a los años treinta, más o menos, las mismas páginas que Gibson y Hammond. La tendencia a la obesidad erudita se debe, en parte, a lo que parece ser usual en el gremio de la Historia del Cine y que consiste en no dejar sin una larga explicación llena de datos, incluida en el texto principal, todos los título de películas y nombres propios del oficio que se mencionan. Si fueran a pie de página o al final, ocuparían mucho más espacio que el relato argumental. Cuando se repite mucho, se pierde el hilo.

El otro factor desencadenante de las enormes empresas indagatorias sobre la vida de Buñuel es su voluntad de dejar a oscuras o en la penumbra su conducta en diversas ocasiones. Aunque no ha sido bien explicado, hay acuerdo entre los expertos en que, en sus diversos relatos autobiográficos, olvidó, embrolló y falsificó personajes y circunstancias. Un nuevo relato de su vida debería incorporar una crítica severa del material documental que utiliza, tener alguna hipótesis sobre las transgresiones en las que pudo incurrir. El asunto, la desconfianza que inspiran muchos de sus cuentos, está presente a lo largo del libro, pero no se aborda como problema. Menciona nada más empezar algunas de las dificultades que plantean, pero, al final, a todos los textos que utiliza concede semejante crédito, salvo las apostillas que se ve obligado a añadir, lo dijera a los 39, a los 70, lo poco de su puño y letra, lo que escribió Carrière, o lo que editó Álvarez.

Dalí y Buñuel

Su vida de Buñuel es muy distinta de su vida de Dalí. En la introducción, nada más empezar, dice: “Como fuente de información sobre sí mismo, Salvador Dalí no es nada fiable. Todavía adolescente, decidió dedicar todos sus esfuerzos a ser un mito. (…) Sean las que fueren las otras cualidades del libro (La vida secreta), el rigor autobiográfico no es una de ellas. Al contrario, Dalí hace allí todo lo posible por torcer, tergiversar o silenciar hechos cruciales de su vida, con el resultado de que la narración –a veces muy entretenida, por otro lado— se convierte en campo minado para el biógrafo que no anda con extrema precaución.” Lo mejor de la biografía de Dalí que escribió Gibson se debe a que mantuvo una profunda desconfianza hacia lo que el pintor había contado de sí mismo. Lo peor de la biografía de Buñuel se origina en que con él no ha tenido la misma precaución, debido, se supone, a que han sido otros sus prejuicios o intuiciones de partida sobre el personaje.

Al margen de que se manifestaran en registros retóricos o expresivos muy distintos, casi contrapuestos, Buñuel merece tanta desconfianza como Dalí en lo que contó de su vida. Ambos eran enormes egotistas, con un narcisismo rayano en la patología. Narcisismo y egotismo implican discursos delirantes sobre sentirse especial y elegido. Dentro del trastorno narcisista, se identifican dos grandes grupos, explícito y encubierto, en inglés overt y covert. Dalí pertenece al primer grupo y Buñuel al segundo. Dalí tenía aptitudes para el dibujo y habilidades retóricas fuera de lo común, aunque con faltas de ortografía. Buñuel no tenía las habilidades naturales de Dalí, o de Lorca, sus admirados amigos, pero estaba casi tan convencido como ellos de que su destino era alcanzar grandes logros. En la otra punta de los comportamientos vitales habría que situar a José Bello, aquejado de un déficit profundo de ambición.

Por lo que quiera que sea, intuiciones o prejuicios, Gibson no se fiaba de Dalí, al que veía como un Jano bifronte capaz de lo mejor y de lo peor, algo aplicable a todo hijo de vecino, incluido el de Calanda. Para explicar su presunta duplicidad, acaso inducido por las obsesiones de Rafael Santos Torroella, llegó a la conclusión de que la clave tenía que estar en algo que se había empeñado en ocultar, un poco al modo freudiano. “Dalí era un personaje dominado, en lo más hondo de su ser, por sentimientos de vergüenza tan agudos y tenaces que casi literalmente “le hacían la vida imposible” y que sólo pudo sobrellevarlos expresándolos en su obra, creando una máscara exhibicionista para tratar de ocultarlos, y comportándose a veces de manera vergonzante.”

Dice que los prejuicios que animaron su biografía fueron una evidencia que se le apareció mientras trabajaba: “Las dos terceras partes de este libro se dedican a los primeros treinta y seis años de la vida de Salvador Dalí. Tal estructura no se escogió de antemano, sino que se fue imponiendo imperiosamente a medida que avanzaba mi investigación. La obra de Dalí, después de que él y Gala se desplazaran a Estados Unidos en 1940, se hizo cada vez más banal y repetitiva, o así me lo fue pareciendo. Trazar su decadencia paso a paso habría sido extremadamente aburrido (…) la necesidad de comprimir se hizo inapelable.” Explica así que hubiera dedicado más de 500 páginas a contar su vida antes de los 36 y la mitad, 250, a los cincuenta restantes, durante los cuales su obra no hizo más que declinar, se supone que en proporción a como aumentaban su fama, riqueza y prestigio. Según Gibson, Dalí empezó a joderse en 1940.

Es evidente que no ha utilizado con el de Calanda la vara de medir que le aplicó al de Figueras:  “Dalí no fue un genio total. Su muy cacareado conocimiento de los avances científicos era, como él mismo admitió en más de una ocasión, tenue (…) Su misticismo (…) era poco más que un engaño. Su obra literaria es a menudo enmarañada y confusa (…) aunque indudablemente tenía talento como escritor.” Le reconoce sentido del humor y ser un buen cuentista. “Pero repetía las mismas anécdotas hasta la saciedad, en la radio, en la televisión, en revistas, en cenas.” Luego le acusa de rodearse de gente mediocre, para que no le hicieran competencia ni “cuestionaran” al hombre que se escondía tras la máscara. Tenía una teoría sobre las relaciones de Dalí con la verdad: “El pintor mantuvo su máscara a lo largo de su vida –o casi–, y al hacerlo se mostró con frecuencia brutalmente indiferente a las demandas de la decencia, de la honradez y de la confianza. Su pose implicaba estar siempre dispuesto a tergiversar la verdad cuando hiciera falta, y a veces hasta traicionar a los que se creían sus amigos. Implicaba minimizar su deuda para con Breton y el surrealismo, negar que hubiera contribuido al contenido anticlerical de la Edad de oro, o dárselas de místico católico. Implicaba prostituir su talento en aras de la rápida ganancia.”

Con Buñuel, Gibson procede de otro modo. De entrada, le cae bien, mucho mejor que Dalí, le inspira confianza y le compra casi cualquier cosa que contó. Lo más llamativo del caso es cómo lo hace. La cita que abre el libro es aquella en la que Max Aub llegó por escrito a la conclusión de que Buñuel sólo se sentía libre “escondido, protegido por la mentira”, que es mucho decir. En la introducción, nos advierte que estamos ante “a dark horse”, un caballo oscuro, alguien que oculta “la verdad íntima de sí mismo”, y para disfrazarla y protegerse puede tergiversar los hechos. Aunque de modo confuso, Gibson deja constancia de que no ignora los problemas que plantean el libro de su mujer, las conversaciones con Aub, la fidelidad de Carrière a la letra del presunto autor de su relato y lo que ponen de manifiesto, entre otros, las correspondencias con Noailles y con Urgoiti. Dice que Buñuel colaboró con Aranda en su biografía, pero reconoce luego que la anotó y la dejó pasar, sin precisar lo que en ella se decía, como hizo, aunque no lo diga, con otras muchas entrevistas y libros con datos falsos procurados por él mismo. Admite que no sólo “le encantaba tomarles el pelo a los demás”, sino que era “incapaz (…) de resistir la tentación de la jactancia o la mentira con fines encubiertamente “desorientadores””. A sabiendas de todo eso, sus conclusiones son que Mi último suspiro es caótico en la cronología porque no consultó la adecuada documentación y por “la constante posibilidad de “falsos recuerdos” e incluso de mentiras, amén de olvidos y silencios deliberados”. Tras reconocer todo eso, sigue utilizando las manifestaciones del director sin precaución, salvo las apostillas que se ve obligado a añadir cuando lo que cita es escandalosamente llamativo o recuerda otras versiones contradictorias suyas de los mismos asuntos. En definitiva, el hagiógrafo acaba silenciando al biógrafo crítico.

La mala memoria, por buena

Por ahí vienen los reparos más graves a su trabajo. Hijo del sesgo hagiográfico es el empeño en presentar indicios de contaminación surrealista en el Buñuel de 1925. Cuenta la conferencia de Louis Aragon en la Residencia ese año, con Buñuel en París y Lorca y Dalí de vacaciones. Nadie se enteró. Se entretiene durante una página con un falso recuerdo con una bofetada a un escritor ilustre. No estuvo, pero infiere que “al León de Calanda, enemigo mortal, como Dalí y Lorca, de los “putrefactos” burgueses, fueran españoles o franceses, le encantaría la contundencia de los métodos surrealistas”. Cita en su apoyo al poco fiable Ontañón, divaga un poco más y concluye: “Llegado el verano de 1925 la curiosidad que a Buñuel le suscitaba el grupo capitaneado por Breton debió ser ya considerable”.

Unos días después de haber estado Buñuel con él, Dalí, en 1926, “se encargó de que le expulsaran de una vez por todas de la Real Academia de San Fernando” (…) ¿lo había estimulado Buñuel para que rompiera con la venerable y tan conservadora institución de la calle de Alcalá? Es muy posible”, concluye Gibson, pero no dice por qué. Con frecuencia, se le dispara el énfasis. En el otoño de 1933, “ya llevaba un año dirigiendo los doblajes españoles de la Paramount en París.” Verificado, no hay mucho más de un trimestre en tareas diversas. Un poco más adelante: “Consolidado su puesto con la Warner como jefe de doblajes con un estupendo sueldo de cuatro mil pesetas semanales, Buñuel demuestra su alta profesionalidad en la materia a lo largo de los siguientes meses.” Lo que se sabe es que, durante seis meses más o menos, coordinó en Madrid los doblajes de la Warner que hacían empresas especializadas.

La excesiva sujeción al esquema cronológico y las escasas recapitulaciones impiden ver con claridad la evolución de algunas relaciones en diversos momentos. Por ejemplo, su celebérrima amistad con Lorca. Todo lo que sabemos de ella procede de relatos improvisados por un anciano sobre un personaje muy mitificado, sobre cosas ocurridas cincuenta años antes, contaminadas por el mito propio y el ajeno. A pesar de que los datos están en otros libros suyos, no se molesta en establecer que hubo, como mínimo, dos etapas en su relación. Una, durante el primer curso que Lorca pasó en Madrid (1920-21), y la otra, desde que volvió de Granada avanzado 1923. En el primer encuentro, Buñuel era un mal estudiante (preparaba por cuarta vez, el examen de ingreso en la escuela de Ingenieros), un tipo brutote que posaba mucho vestido de deportista. Cuando Lorca volvió a la Residencia, casi dos años después, Buñuel había hecho el servicio militar y abandonado el deporte. Estudiaba Filosofía y Letras y había publicado dos o tres cosas. La amistad del primer año pudo ser propiciada por Lorca, atraído por el exhibicionismo del joven deportista. “Cuando le conocí, en la R. De E., yo era un atleta provinciano bastante duro.” En la segunda etapa, el más interesado en la relación, pudo ser el Buñuel aspirante a escritor. En la carta que Lorca escribió a sus padres nada más llegar a Madrid, les dijo que le habían recibido muy bien, “sobre todo el estupendo Buñuel, que se ha portado con nosotros como no tenéis idea”.

Gibson le ha dado muchas vueltas a la relación que mantuvieron Lorca y Buñuel, pero el único argumento que sigue transitando es la presunta homofobia del calandino. Repite otra vez que Buñuel habría sido el amigo más homófobo de Lorca. Si fuera cierto, no hay modo de explicar cómo fueron tan amigos en la juventud, salvo que su homofobia no se hubiera activado todavía o la hubiera controlado mientras le interesó ser su amigo. Repite la anécdota de cuando le preguntó a Lorca si era maricón. Muestra cierta inquietud por su verosimilitud, pero el sesgo hagiográfico le impide ver que, en lo esencial, es una invención de ancianidad, recreada de varias maneras, con delirios delante de Aub.

Como todas las suyas sobre Lorca, son fabulaciones a posteriori improvisadas para acomodar su posición retrospectiva junto a la máxima referencia de sus años de formación, escandalosamente vacíos. Como si el talento aletargado de Buñuel se hubiera despertado al entrar en contacto con el granadino. A los setenta, poco después de que Marcelle Auclair hubiera aireado el asunto de la homosexualidad de Lorca, quería dejar claro que su profunda amistad inicial con él, de la que había alardeado, no había supuesto desdoro de su prístina orientación heterosexual. Lo único que se le ocurrió fue añadir, casi con técnica cinematográfica, la historia de los urinarios y la del homosexual conocido en el tranvía. Son estereotipos, relatos de dominio público, leyendas urbanas, sin base en la experiencia. Lo llamativo es el empeño con que, a su edad, quiso dejar claro que no había actuado como un calientapollas para beneficiarse de su amigo. Lo suyo había sido pura amistad. Como para sospechar.

Nunca contó que el alejamiento de Lorca y el desprecio con que lo trató en las cartas a Bello se originó cuando sólo llevaba unos meses en París. Gibson menciona el asunto, pero apenas lo sigue ni le concede importancia. En contra de lo que contó desde la Autobiografía, su vocación cinematográfica nació cuando, sin ninguna experiencia, se le antojó debutar en el cine haciendo una película sobre Goya financiada por sus paisanos con motivo del centenario. Puede que el factor decisivo para adjudicarse el proyecto fuera la colaboración de Lorca. Buñuel, en Francia, desde el verano de 1925, trató de recuperar la amistad del poeta, que acaso se había deteriorado a finales de 1924, con postales y cartas. Le tuvo que pedir en persona su colaboración en mayo de 1926, cuando se vio en Madrid con él y con Dalí, un encuentro sobre el que Gibson ha escrito por largo repetidas veces, pero en el que no incluye esta circunstancia. Son los días del ménage à trois en el que no participó Buñuel sino Margarita Manso. Debieron ser días de alcohol y fiesta. Se gastó el dinero que llevaba y Federico le tuvo que pedir 125 pesetas a Claudio de la Torre para que Buñuel pudiera llegar a Zaragoza. En algún momento de esa estancia en Madrid, Federico les pudo leer una primera versión de Amor de don Perlimplín, cuyos protagonistas tienen una edad semejante a la que tenían los padres de Buñuel cuando se casaron. En su cuento, le dijo  que era muy mala con violencia y Dalí le secundó. Es muy difícil que hiciera eso si le había pedido que le escribiera el  argumento sobre Goya. Durante unos meses, Buñuel se lo reclamó, sin éxito. Con él, podría haber debutado varios años antes. La carta que le escribió Buñuel muy enfadado estuvo en el archivo de Lorca. Quienes la leyeron no dejaron constancia de su contenido. Lo cita, pero no lo relaciona con las barbaridades que sobre él le dijo a Bello.

En otro orden de cosas, repite que, como contó desde la Autobiografía, tuvo dos amagos de vocación adolescente frustrada por su padre, en cuya figura no profundiza. Su hermana Conchita dejó el testimonio más claro de que no ocurrió nada semejante. Está en Mi último suspiro: “Luis había empezado a hablar de estudiar para Ingeniero Agrónomo. La idea complacía a mi padre”. En la Autobiografía, se inventó las vocaciones estranguladas por la oposición de su padre para adelantar su rebeldía y discrepancia con él, así como para añadir algún indicio temprano de creatividad a su currículo juvenil vacío. Poco dice de los primeros años de Buñuel en Madrid. Vuelve a olvidar lo dicho por él mismo en Mi último suspiro y no quiere enterarse de que, antes de matricularse en Filosofía y Letras suspendió cuatro años seguidos el ingreso en las escuela de Ingenieros, tres en la de Agrónomos y una en Industriales. En 1923, al morir su padre, el de Buñuel estaba entre los peores expedientes académicos de la Universidad central: en seis años de estudio en Madrid, sólo había aprobado dos asignaturas de Filosofía y Letras, Lengua y literatura española y Lógica fundamental.

Como se ha dicho, cree que el surrealismo flotaba en el ambiente y que así se preparó Buñuel para su memorable presentación en sociedad en 1929. Abre el capítulo dedicado a Un perro andaluz con lo que publicó en octubre del 28 en La Gaceta literaria, prueba irrefutable de por dónde andaba entonces, muy lejos de donde se situaría poco después. No hay modo de relacionarlo con el espíritu de los secuaces de Breton. Para el número siguiente quedó un artículo de Dalí, “Realidad y sobrerrealidad”, el cual, en noviembre, en Barcelona, se proclamó, por primera vez, surrealista. El encuentro en Figueras en enero de 1929 no fue entre iguales. No hay ni un indicio sólido de que Buñuel, antes de esa fecha, pensara en La revolution surrealiste como fuente de enseñanzas útiles para él. Otras pruebas concluyentes son que escribía un libro que se titulaba Polismos y quería rodar un guión muy convencional de Ramón Gómez de la Serna. Dalí le explicó a Buñuel en Figueras su gran descubrimiento y le cambió sus planes. Gracias al entusiasmo de converso de su amigo, Buñuel se hizo, primero, daliniano. Colaboró en el guión, según las pautas marcadas por el otro. Vio que lo podía hacer con el dinero que le había prestado en agosto su madre, ante notario, del que ya se había gastado una parte, su mayor preocupación. Le debía más de lo que fue capaz de admitir.

Apenas le da vueltas a su incorporación a filas el año del Desastre de Annual. En su lugar, le dedica más de dos páginas al viaje de Alfonso XIII a Las Hurdes mientras Buñuel andaba de uniforme. Lo convierte en una especie de ejercicio de presciencia. “El joven Buñuel, atraído por el anarquismo y sin duda recordando la dureza de la vida de los campesinos en su Calanda nativa, así como el aspecto sahariano de la comarca de los Monegros, tan cerca de Zaragoza, no pudo ser ajeno a la vergüenza y la rabia experimentadas por muchos españoles ante las revelaciones de aquellos días, comentadas con particular indignación, cabe suponerlo, en la Residencia de Estudiantes.” Ni Barbáchano osó suponer tanto. “No sería casualidad que una década después se encargara Buñuel de rodar un documental sobre aquella comarca extremeña, todavía sumida en la miseria.” En cuanto a su dedicación a la escritura, no le intriga, como si fuera una emanación natural de su espíritu.

El asunto de Las Hurdes lo resume con cierto descuido. Incluye que fue un proyecto heredado de Allegret, junto con el cámara, Lotar, pero, una vez más, apenas saca consecuencias. No le intriga que el confinado doctor Albiñana fuera retirado de la comarca pocos días antes de que llegaran ellos. No puede determinar cuándo leyó el libro de Legendre, pero especula a su favor. A pesar de que los datos son muy confusos, ni sospecha que pudiera ser Buñuel el responsable de que la película no se viera, ni en España ni el extranjero. Quedó inacabada. Es posible que no fuera prohibida sino que alguien le recomendara que no la volviera a proyectar y, simplemente, la hizo desaparecer. Menciona la carta a Unik de enero de 1934, en la que le dijo que había “sido prohibido en todas partes, en España y en el extranjero”, tras un intento de chantaje a la embajada por parte de Lucien Vogel. “La embajada ha sido alertada y a petición suya el ministerio del Interior ha prohibido el film. He obtenido estas informaciones de fuentes absolutamente verídicas.” No le preocupa por qué no trasladó esa información a Ramón Acín y a Sánchez Ventura, que meses después le animaban todavía a terminarla. Parte de la respuesta está en otro apartado. 1934 fue un año muy complicado en la vida de Buñuel, sobre todo después de quedar Jeanne embarazada. ¿Pudo tener alguna relación el que tuviera un empleo fijo bien pagado, estuviera esperando un hijo y viviera en España con que evitara el escándalo de reivindicar Las Hurdes? Son muchas las preguntas de este tipo que no se hace.

Son muy difíciles de leer los interminables comentarios sobre Un perro andaluz o La edad de oro, en los que recurre a la heurística freudiana más abstrusa y caricaturesca. Salvo que se defienda una teoría expresionista del talento cinematográfico, no se pueden utilizar sus artificiosas películas como documentos primarios en los que rastrear sus conflictos personales o deducir planteamientos que nunca hizo muy explícitos. Están más amañadas que sus recuerdos de anciano, trufadas de mediaciones. Como freudiano confeso, Gibson concede mucha importancia al complejo de Edipo en Buñuel, pero no explica con claridad nunca a qué se refiere, si habla de la escena infantil hipotética e inverificable en la que Freud basó su esquema de la evolución del alma humana o, de un modo difuso, se refiere a los diversos conflictos vitales que lo hijos varones, desde la infancia, e incluso antes, hasta el último día de sus vidas tienen con sus madres. La psicología freudiana está muy devaluada y es inútil utilizada de modo tan vago.

Cuando habla de la guerra, reconoce que sobre ese punto fue hermético y que Aranda le había interrogado sin éxito. Ha de admitir que “nunca aclararía del todo su actuación en Madrid durante las primeras semanas de la contienda, y hay que tratar sus observaciones en torno a las mismas con la debida cuatela.” Al mencionar la presunta visita a Carrillo, tras aclarar que el dirigente de las JSU no llegó a Madrid hasta finales de agosto, ha de reconocer que “una vez más, se difumina la linde entre exactitud histórica y fantasía”. Pero, sin cautela, recoge todas sus fabulaciones sobre el periodo. No tendría que haber vuelto a contar, aun con salvedades, la historia de la heroica liberación de Sáenz de Heredia que protagonizó, porque es la más increíble de sus invenciones, un guión de cine mudo que dispara todas las alarmas, si no están desconectadas.

En ese tramo de la vida de Buñuel, sigue con fidelidad a Gubern y Hammond. Por ejemplo, como ellos, cree que los números 24 y 26 de la rue de la Pepinière de París corresponden a portales distintos. El asunto tiene su importancia, ya que les impidió sospechar que el Comité Franco-Espagnol, el que llevaban Jourdain y los Viñes, y Propagande par le film, la entidad para la que trabajaba la secretaria de Buñuel estaban en el mismo local. También les sigue en el lío de las libras esterlinas. En su cuento, muy difícil de creer, se las dio un tal Arias para Münzenberg. En el archivo de Juan Vicéns, hay un recibo (GyH), firmado por Buñuel a su cuñado, Leo Fleischman, por valor de 490 Libras esterlinas. G y H dan los datos por separado y no los relacionan. Tampoco Gibson. Se pregunta de dónde procedían las de Fleischman y se contesta por elevación: “Parece difícil no deducir que de alguna agencia internacional comunista”, para la que Buñuel actuaba “de administrador, gestor u organizador”. A continuación, Gibson cuenta lo de Münzenberg, lo que le permite explayarse a modo, sin asomo de sospecha de incredulidad. De ser cierto lo que dicen, unos días antes de irse a París, sin ningún tipo de misión oficial, una autoridad le habría dado 400 libras esterlinas para el alemán en París. Por esos mismos días, un desconocido Fleischman, a título particular, le prestó una cantidad muy parecida de la misma moneda para algo tan difuso como la “compra de material cinematográfico”, especificando Buñuel que se hacía responsable, a título particular, “para saldarlas en su día”. Contó lo de Arias para ocultar que el 25 de agosto le dio un sablazo, a Vicéns o a su cuñado, para viajar a París. Hizo lo mismo con Sánchez Ventura cuando se fue a Nueva York dos años más tarde. Otra posibilidad es que el recibo fuera una especie de coartada para justificar que viajaba con ese dinero encima.

Son ejemplos recogidos un poco al azar. Podrían multiplicarse, pero las claves de la confusión son las mismas. En el último apartado, “Con el pie en el estribo”, cuenta sus pasos antes de coger el barco rumbo a los Estados Unidos el 17 de septiembre de 1938, en plena batalla del Ebro. Sigue creyendo que Buñuel trabajó de espía comunista durante toda su estancia en París y con esa actividad relaciona dos rastros que quedaron en su pasaporte en 1937 y 1938. También cree que en 1938 era capaz de pronunciar un discurso en inglés. A pesar de que es otra chapuza evidente, y le parece “sacada de una película de James Bond” ha de volver a contar otro de sus delirios más patentes, un viaje a Estocolmo, con regreso en barco y en tren hasta Bayona, acompañado por una sueca estupenda tentadora, fichada por él para ejercer de espía en Bayona y que más tarde se supo que era trotskista.

Más difícil de entender es cómo comprende y complementa los argumentos que pudo barajar para marcharse. Aunque faltaban seis meses de guerra, asume que seguir no tenía ya ningún sentido. “Se entiende la preocupación de Buñuel por su posible llamada a filas”. Volver a España tenía “un enorme peligro” para él, “máxime si le cogían los franquistas”, añade. La tentación de huir, “como tendía a ser el caso cuando los problemas arreciaban”, que da por sabida pero no ha explicado adecuadamente en el libro, “se hizo imperiosa”. Su generosidad va más allá de las pruebas: “Quizá entendía, además, que había hecho ya todo lo posible por ayudar a su manera a la República, y que dar ahora su vida por ella sería una locura.” Imagínese lo que podría haber ocurrido si esa convicción se hubiera generalizado en las filas republicanas. “¿Cómo se generó el proyecto de volver a cruzar el Atlántico?” Para responderse, Gibson vuelve a repetir lo que contó en todas sus variantes. Debería haber repasado el libro de Martín, que le dedica varias páginas al asunto, para llegar a la misma conclusión que Max Aub (que no llegó a las Conversaciones): “Sencillamente vio que perdimos la guerra y se fue a ganar su vida a otra parte, sin remordimientos.”

La otra vida

Vuelta al comienzo, a La otra vida de LB, mi libro. Deduzco que invertí menos tiempo en buscar nuevos documentos y en hablar con gente que en darle vueltas a lo más conocido. De partida, contaba con los indicios de que su vida, antes de los cincuenta, había sido distinta de cómo la contó muchos años mas tarde. Me propuse determinar si la había falsificado, cuánto y por qué. Busqué inconsistencias y ausencias en sus diversas declaraciones. Con ello fui haciendo un nuevo resumen de su vida en el que sobresalen las divergencias entre sus diversos relatos y lo que, según otros indicios, pudo ocurrir.

El mayor enigma de fondo que traté de resolver, en paralelo, fue el de su mala memoria, determinar si fue un mentiroso compulsivo o de otro tipo. Al final, encontré las lecturas adecuadas. Una vez que se da con la clave, tiene una respuesta relativamente sencilla. Un grupo de estudiosos del cerebro está cambiando el modo de ver esa facultad. La memoria es activa y dinámica. Los recuerdos se rehacen una y otra vez en función del momento, son frágiles y muy influenciables. Michael S. Gazzaniga lo ha dicho de modo provocador: “La configuración del cerebro humano es casi una garantía de que los recuerdos del pasado serán erróneos”. Daniel L. Schacter, en Los siete pecados de la memoria, cuenta cómo la mente recuerda, olvida, se contamina y se confunde. Tal vez seamos, en efecto, nuestros recuerdos, pero el sentido cambia mucho cuando se sabe el crédito que merecen.

Los fallos de su memoria cuando contó su vida se debieron a que era muy mayor, a que había transcurrido mucho tiempo desde que habían ocurrido los hechos y al empeño por mostrarse a la altura del excelente concepto que llegó a tener de sí mismo, magnificado por el éxito, que le hacía maquillar los episodios de su vida en los que salía desfavorecido. Los laberintos de la identidad llevan a percibirse con optimismo, en proporción a la confianza en sí mismo de cada cual.  Aub le puso en aprietos al airearle lo que le ofuscaba y supo, desde el primer día que habló con él, que mentía. Lo justo. Le dio muchas vueltas y al final no supo qué hacer con ese dato. La mentira tiene muy mala fama intelectual y está penada en los tribunales en algunos casos, pero las definiciones de verdad relacionadas con la conducta son muy precarias y dejan un amplio margen al autoengaño: “Conformidad de las cosas con el concepto que de ella forma la mente o de lo que se dice con lo que se siente o piensa (DRAE)”. La experiencia nos familiariza con el engaño más que con la verdad. Está presente a todas horas, por acción o por omisión, en todos grados y manifestaciones, desde el maquillaje a la mentira piadosa. Practicamos el engaño y creemos en la verdad, la nuestra. Tarde o temprano, descubriremos que hemos vivido engañados y lo acabaremos justificando.

Sus cuentos más disparatados y escandalosos parecen hijos de la disonancia cognitiva, estimulada por el alcohol, la medicina contra el apocamiento. Es imposible no padecer disonancia si lo primero que se hace en la vida, a los treinta años, es sentar plaza de artista radical intransigente en París y luego se sigue dependiendo del dinero familiar veinte años más. Añádase que los valores que le transmitieron su padre y su tío Santos, el cura, más profundos que los de los jesuitas, fueron los de una generación anterior, la nacida a mediados del XIX. Además, hasta muy tarde, su madre estuvo siempre presente en su vida. Tenía la llave de la caja fuerte familiar y le inspiraba una mezcla de amor y temor. Pudo ser la causa de que prodigara tan poco su radicalismo en España. Su relación funcionó gracias a ciertas dosis de engaño recíproco. Sus ideales extremistas eran para su madre “sus tonterías”.

Buñuel mintió, ocultó o modificó datos sobre sus relaciones con su padre, con su madre, con sus hermanos, con otras mujeres, si las hubo, con Lorca y con Dalí; sobre su paso por el surrealismo y el comunismo; sobre la huida a Hollywood en vísperas del estreno y el remontaje posterior de La edad de oro; sobre diversas circunstancias en torno a Las Hurdes; sobre el embarazo de su mujer y su matrimonio; sobre las películas de Filmófono; sobre la salida del Madrid en guerra; sobre sus actividades en París y sobre la salida hacia los Estados Unidos. No son todos, pero sí algunos de los puntos principales que olvidó o confundió al contar su vida. Todos son episodios conflictivos, situaciones contradictorias. Al revisar los hechos y cómo los contó mucho más tarde, aparece su dimensión chapucera, pícara, tramposa y los espejismos del engreimiento.

La criatura de Gibson tiene algo de frankensteiniano. Como si esta entrega, debido a las circunstancias adversas, hubiera quedado en un estado previo, inacabado, a falta de las conclusiones a las que tendría que haber llegado tras completarla. También puede haber influido la prisa por terminarlo como fuera tras ponerse de manifiesto lo inviable del plan de negocio. Escribir corto precisa mucho más tiempo que escribir largo. Por su tamaño y haber renunciado a otro hilo argumental que el cronológico, es una interminable relación de fichas hilvanadas en precario. El sentido de las incidencias significativas queda neutralizado por otras muchas que no lo son tanto o sólo superfluas. El resultado es un enorme sufflé con lo siempre: Calanda, los jesuitas, el complejo de Edipo, la Residencia, Lorca, Dalí, etcétera. Puesto al día y exhaustivamente referenciado, pero sin variar el esquema hagiográfico en el que todas las etapas son peldaños en la escala hacia al Parnaso. Cuenta la infancia y juventud de Buñuel como si su genialidad hubiera sido innata y desde sus primeros pasos hubiera empezado a emitir señales anunciadoras de lo que llegaría a plasmar muchos años después.

Su biografía está llena de indicios de la otra vida de Buñuel, pero apenas se detiene y explica nada de ella. La sospecha de que ocultaba algo fue la clave de su biografía de Dalí. Se equivocó al no hacer lo mismo con Buñuel. El biógrafo que prescinde del abogado de diablo se condena al fracaso. Las confesiones son siempre, en primer lugar, relatos autopromotores y exculpatorios. El que cuenta su vida, no busca la verdad, sino quedar lo mejor posible.

Buñuel seguirá siendo el mejor director de cine español, aunque llegue a rebajarse la calificación de su conducta en diversas circunstancias. A pesar de que se ha abusado de ello en muchas exégesis, sólo en casos muy raros, la vida personal de un artista resiste su exaltación como héroe moral o como maestro de vida. Fuera de su especialidad, pocas enseñanzas para el común se obtienen de la vida de la inmensa mayoría de maestros del arte contemporáneo. Bastaría con aceptarlo. Buñuel sólo fue un héroe detrás de la cámara. Del otro lado, fue un ser humano común y corriente, con muchas debilidades. De unas, por ejemplo su estalinismo, alardeó y otras quiso ocultarlas. A juzgar por el libro de Gibson, no ha llegado todavía el momento de explicarlas. Entre tanto, el cuento de nunca acabar de la vida de Buñuel nos puede matar de aburrimiento. Ha estado a punto de ocurrir varias veces mientras esta reseña se hacía, a su vez, interminable.

Álvarez del Vayo, pariente lejano

1. Hay vínculos sutiles que fortalecen una relación superficial y esporádica, como proceder de un mismo pueblo, aunque no se haya vivido nunca en él. Julio Álvarez del Vayo y Luis Buñuel eran parientes lejanos por parte materna. Se deduce de lo que el primero contó en sus memorias y de la puerta entreabierta que dejó el segundo en alguna ocasión.

Vayo, en The Last Optimist, sus primeras memorias publicadas en los Estados Unidos en 1950, se presenta como un producto arquetípico de la oligarquía española. La familia de su padre era de militares, distinguidos liberales en el XIX. La materna de nobles carlistas, que habían tomado las armas por la religión. Los Olloqui, apellido materno, procedían de Lumbier, cerca de Sangüesa, en la Navarra límitrofe con las aragonesas Cinco Villas. Por una de sus ramas, el antepasado más preclaro de los Olloqui no había sido carlista, pero sí cardenal y nacido en Calanda.

Allí nació Antonio María Cascajares y Azara en 1834. Fue el hijo más preclaro del pueblo, junto con el músico Gaspar Sanz, anterior a Buñuel. Noble de cuna por ambos costados, fue militar antes de ordenarse a los 27. Vayo, en su libro, cree recordar la cruz de amatista sobre el pecho del príncipe de la Iglesia cuando su madre le llevó a Zaragoza para que lo bendijera. Tuvo que ser en Valladolid, donde estuvo de arzobispo desde el año de nacimiento de Vayo y de cardenal desde 1895. Murió en Calahorra en 1901, cuando se dirigía a tomar posesión de su nueva archidiócesis aragonesa. Entre 1884 y 1891, había sido obispo de Calahorra. María Portolés Carezuela, la madre de Buñuel, nacida en 1881, perdió a su madre, se dice, con tres años. La familia contaba que había sido enviada para que fuera educada junto a un pariente obispo. Buñuel le dijo a Aub (p. 45) que “un tío abuelo, por parte de mi madre, fue obispo de Pamplona.” Según su sobrino, Pedro Christian, lo fue de Logroño.

No se recuerda a otro nativo de Calanda que alcanzara la prelatura por esos años y no hubo otra diócesis en la zona que la histórica de Calahorra-La Calzada. Pudo ocurrir que los Cerezuela, apellido materno de María Portolés, estuvieran vinculados con los Cascajares o los Bardají o que el vínculo fuera más complicado y que el tío sacerdote, hermano de la madre de María, sobrino del prelado, estuviera en su séquito. ¿Por qué no lo resaltaron más? La respuesta ha de ser novelesca. Pudo haber algún tipo de sombra, real o imaginaria, en aquella relación. El tío de su madre, Santos Cerezuela, vivió en Calanda al margen de la orden en la que había profesado, las Escuela Pías, y fue administrador de los Buñuel en el pueblo hasta su muerte en 1918. Por una carambola, el Centro Cultural Buñuel de Calanda se instaló en la casa solariega de los Fortón Cascajares, los únicos grandes terratenientes del pueblo, de siempre, cuya herencia había ido a parar a manos de la iglesia. Como fuese, sus familias estaban conectadas por el cardenal nacido en Calanda y fallecido cuando Buñuel contaba un año y Vayo diez. No hay respuesta para la pregunta de por qué Buñuel llegó a recordar que un tío abuelo de su madre había sido obispo de Pamplona y nunca mencionó al cardenal Cascajares, tan famoso en Calanda.

 

2. Álvarez del Vayo fue el enchufe inicial y la coartada que le permitió a Buñuel pasar dos años en París, cerca de su familia y lejos de los horrores y las privaciones del frente y de la retaguardia. La guerra civil fue la etapa más oscura de su vida, sobre la que no arrojó ninguna luz, sino todo lo contrario, un bosque de invenciones y anécdotas, la mayoría de segunda mano, y pocos datos fiables. La pieza más increíble, y hay muchas, de su delirio mitómano es el relato de la liberación de su colaborador Sáenz de Heredia de una checa. Se le crea o no, durante la guerra fue un fantasma. Como cineasta, si hizo algo, no lo firmó. Como político, actuó como para-comunista sin pisar ningún charco. Faltaría a la verdad quien dijera que durante la guerra se empleó al máximo, con lo mejor de sus capacidades, en la defensa de su bando. El primer año estuvo más ocupado. El segundo, no hizo casi nada más que escurrir el bulto. No hay pruebas de lo contrario.

Para explicar su conducta es tentador recurrir a hipotéticos ataques de pánico instintivo y buscar el paralelismo entre su conducta y lo que hizo su padre, al abandonar Cuba, donde había vivido más de veinte años, unos días antes de que empezara la guerra con los Estados Unidos. Previamente lo había dejado todo listo para que el negocio siguiera funcionando durante su ausencia. Pueden aducirse otros datos relevantes conectados para atenuar la voluntariedad de su poco airosa conducta. Como que su bando no era el del resto de su familia, de la que, en ausencia, seguía siendo el jefe, el varón con más autoridad, a diferencia de lo que ocurría en las familias de Mantecón o Sánchez Ventura. Como terratenientes agrícolas, los Buñuel fueron despojados de sus propiedades en Calanda. Como propietarios urbanos, las conservaron en Zaragoza. Su hermano, en octubre, se alistó voluntario con los nacionales. Su hermana, a la que dejó en Madrid con sus hijos en casa y su marido en la cárcel, en noviembre, ayudada por Hidalgo de Cisneros, logró llegar a Alicante, de allí a París y regresar en compañía de su madre a Zaragoza, cuya cárcel visitó en dos ocasiones.

El 18 de julio, en Madrid, había dejado lista para ser estrenada tras las vacaciones la cuarta película de Filmófono, Centinela, alerta. El 16 tuvo un anticipo angustioso de lo que se avecinaba por la petición de ayuda de Juan Piqueras, retenido en Venta de Baños por una hemorragia intestinal y al que Antonio del Amo quería ayudar a toda costa. Su mujer y su hijo de veinte meses se habían ido a París, donde pensaba reunirse con ellos más tarde. No se sabe si tuvo noticias de Zaragoza. Se quitó el coche porque lo hacía sospechoso por opulento y estaba incómodo en su casa como cualquiera que viviera en aquellos momentos en un piso burgués. De los recuerdos de Bello, se deduce que tuvo pronto la idea de marcharse. Tardó cuarenta y cinco días en conseguirlo, durante los cuales lo único que se recuerda que hizo fue firmar un manifiesto de la Alianza de Intelectuales, darle una cámara a Del Amo para que filmara y una visita a Claudio de la Torre.

Nunca explicó qué documentos le permitieron abandonar Madrid y llegar a París en la primera quincena de septiembre. Aub le preguntó (p. 80): “Entonces, ¿no llevabas una misión del Gobierno, del Ministerio?” y respondió: “No. Bueno, sí, a medias”, antes de insistir en lo que ya había dicho, que alguien le había dado 400 libras para Munzenberg. Más adelante, lo complica al introducir a Ogier Preteceille, (socialista, jefe de prensa de la UGT, que fue a París como asesor de Araquistain), el cual, presciente, le habría recomendado que se fuera al galope a París para tener todo listo cuando llegaran, quince días antes del nombramiento de Araquistain. En otro lugar (p. 84), dice que llevaba una carta de recomendación de Mundo Obrero. ¿Para qué?, ¿para quién? No se sabe.

En Mi último suspiro se quiere hacer creer que en Madrid recibió instrucciones para ir a Ginebra para entrevistarse con Vayo a finales de septiembre de 1936. Se entrevistó con él el 19 o el 20 de septiembre, pero llegó desde París, adonde llevaba diez días. En la aduana suiza, presentó un pasaporte diplomático que le había sido expedido ese día. Eso significa que ya estaba enchufado en París cuando vio a Álvarez del Vayo. Le habían buscado acomodo sus mejores amigos, los Viñes y Joaquín Peinado, segundo en la Oficina de Turismo. Además, tenía muy buenas relaciones con miembros prominentes del PCF, en especial Louis Aragon.

Las libras esterlinas para Munzenberg son una invención bien curiosa. Se puede aventurar que procede de las memorias de Koestler, impulsor en la posguerra del mito del Hearst rojo eliminado por Stalin. Buñuel pudo darle en persona a Koestler, el 10 de octubre de 1936, los 3000 francos que le costó a la embajada un viaje por encargo de Otto Katz, segundo de Munzenberg. Pudo llegar a ver a este, recién llegado a París, o se lo contaron. El alemán tomó alguna iniciativa en los asuntos españoles, pero, en octubre, fue llamado a Moscú. Fue su último viaje a la URSS. Hay una carta a Araquistáin de finales de ese mes, cuando todavía seguía allí. Logró regresar en noviembre, pero todos sus cometidos en París fueron fiscalizados y asumidos por otro burócrata de la IC, el checo Bohumir Smeral, que confirmó a Katz en su puesto.

Sobre la otra parte de la historia, las libras esterlinas, hay otros indicios. Es muy posible que viajara de Madrid a París con 400, más o menos, en el bolsillo. Gubern y Hammond dan la solución en su libro, pero algo les ciega y no lo relacionan. Una semana antes de marcharse, el cuñado de Juan Vicens, Leo Fleischman, un norteamericano que moriría en octubre luchando para el Quinto Regimiento, le prestó 490 libras esterlinas para la compra de material cinematográfico. Un préstamo o una coartada para justificar si hacía falta que viajara con tanto dinero encima, equivalente, más o menos a unos 30.000 euros actuales.

Para el viaje a París, la hipótesis más verosímil, por simple, es que Buñuel consiguió un salvoconducto por mediación de Elie Faure. El fundador y presidente de la Sociedad de los Amigos de España, nacida en 1934 para apoyar a los represaliados por la revolución de octubre, visitó Madrid en la segunda quincena de agosto. El 18, acompañado por Margarita Nelken, estuvo en la Sierra. El 20, habló por Unión Radio. Recordó Buñuel la visita que hizo a Elie Faure en su hotel, pero no que hablaran de este asunto. Elie Faure, entonces 63, era el mejor amigo de Francis Jourdain. Ambos habían evolucionado desde el pacifismo proanarquista al antifascismo procomunista. Faure era el padrino de la hija de Jourdain, Lucie, la mujer de Hernando Viñes. A través de Faure, el Comité Franco Espagnol, cuyo secretario era Viñes, Buñuel fue invitado a alguna importante reunión o acto en París, e hizo el viaje con un salvoconducto de Mundo Obrero.

Por esa vía, con Buñuel ya en París, el Comité Franco Espagnol, o sea, la familia Jourdain-Viñes, le habría propuesto como vínculo entre las autoridades españolas y las organizaciones “espontáneas” de izquierdas de apoyo a la República con sede en París. Eran impulsadas y controladas por la Internacional Comunista, según modelo que todavía se sigue utilizando, pero gozaban de cierta autonomía. Eran poco más que una dirección y un nombre ilustre, respaldado por un grupo de ellos, heterogéneo para acentuar su independencia. El día a día de la organización lo llevaban los colaboradores del número uno, si los tenía, junto a comunistas cualificados, discretos, anónimos.

Al margen del pasaporte diplomático, Buñuel no tuvo nombramiento oficial para su colaboración con la embajada. Pudo no hacer nada por tenerlo, para mejor pasar desapercibido. Su función, sabida por Araquistain y Álvarez del Vayo, se diluyó con el cambio de gobierno y la llegada del nuevo embajador, Ossorio, que prescindió del antiguo bloque de colaboradores. Coincidió con que Vicéns fue designado para dirigir la oficina de Turismo, integrada en el organismo de Propaganda, con lo que obtuvo una nueva cobertura como asesor oficioso en temas cinematográficos. Vicéns, viejo amigo de los Viñes, siguió contando con las organizaciones de apoyo, pero con otro organigrama. Ossorio era interlocutor directo de la IC como miembro español de la Unión Universal por la Paz. Al regresar Vayo a Estado y llegar Pascua a París, se revisó todo, la tarea de Vicéns fue cuestionada y Buñuel se quedó sin cobertura. Decidió marcharse a los Estados Unidos cuando empezaron a llamar a quintas cercanas a la suya y su pasaporte iba a caducar. Sánchez Ventura le recomendó que se fuera y, en parte, le financió el viaje.

3. Es sabido que el mejor amigo español de Munzenberg fue, hasta octubre de 1936, Julio Álvarez del Vayo. Para la autora de una tesis doctoral inédita sobre él: “No hay muchos personajes en la historia contemporánea de España en los que se de una tal cantidad de elementos y circunstancias como en la figura de Julio Álvarez del Vayo y Olloqui. Diplomático, ministro de Estado durante los Gobiernos de Francisco Largo Caballero y Juan Negrín, periodista, diputado por el PSOE, activista político, viajero incansable e incluso para muchos, presunto agente soviético”. Lo de presunto sobra, salvo que se refiera a si lo hizo o no por contrato o estipendio, cuestión secundaria. Fue agente prosoviético en el sentido más simple. Lo fue a conciencia, consecuente con su ideario socialista revolucionario, adaptado desde los años veinte al realismo soviético.

Vayo hizo las primeras gestiones en Berlín, en el otoño de 1927, para importar a España títulos de cine soviético (Kowalski). Por ahí pudo llegar el primer contacto con Buñuel, cineclubista y admirador del cine soviético. Vayo era culturalista, cosmopolita y esnob. Escribió bastante sobre teatro y presumía de haber asistido al cabaret Dada en Zurich. En los años 20, cuando trabajaba para La Nación de Buenos Aires y para el Manchester Guardian, era, dijo, el periodista mejor pagado de España. Había nacido en Boadilla del Monte (1891) y estudiado en El Escorial, donde su padre era jefe militar. Licenciado en Derecho, se afilió al PSOE en 1912. También ese año, la Junta de Ampliación de Estudios le financió para que estudiara en la London School of Economics. No estudió mucho, pero hizo mucha vida social y relaciones duraderas. Su segundo año becado lo paso en Leipzig, donde tuvo que coincidir con Juan Negrín, el estudiante español más destacado de la ciudad. Había hecho la carrera de Medicina a una edad muy temprana, y se matriculó luego en Química y  Económicas. Años más tarde, en Madrid, serían socios en la editorial España. Vayo y su cuñado Araquistáin apadrinaron a Negrín en su incorporación al partido socialista a comienzos de los treinta, junto con Quintanilla.

Al estallar la primera guerra mundial, se trasladó a los Estados Unidos. Volvió a Europa en 1916 y asistió en Alemania al fracaso de la revolución del 18. Esta parte de su vida la cuenta, apenas velada, en La senda roja. Hizo su primer viaje a Rusia en 1922, invitado por la comisión internacional Nassen, una de las primeras iniciativas de Munzenberg, para paliar una trágica hambruna agravada por los primeros experimentos soviéticos. Regresó en varias ocasiones. Escribió dos libros de propaganda, con alguna crítica, sobre sus experiencias (La Nueva Rusia, 1926, y Rusia a los doce años, 1929). En 1936 había sido nombrado embajador en Moscú, pero no llegó a tomar posesión. Vayo alardea en sus escritos de que conocía a todo el mundo importante en Moscú. Allí coincidió con Louis Fischer, el corresponsal de The Nation, que vivió más de diez años en Rusia y luego tuvo una destacada participación en la guerra española. En su autobiografía publicada en  1941, Men and Politics, Fischer le hizo un regalo en forma de retrato, en el que le pinta inteligente, buen escritor de discursos, simpático, cercano y en estrecha relación con Pablo de Azacárate y con él mismo.

Fue un agente de Moscú, porque siempre que pudo favoreció los intereses soviéticos. Lo hizo con la mayor naturalidad, consecuente con su posición teórica. Se consideraba socialista revolucionario, estaba con la clase obrera y en España el partido que mejor la representaba, por más numeroso, era el socialista, el suyo desde 1912. Hubiera hecho un mal negocio si se hubiera integrado en el Partido Comunista, ya que su capital personal estaba ligado a su papel en el PSOE. Como corresponsal en Europa para diversos periódicos españoles, argentinos e ingleses, asistió a innumerables encuentros internacionales, convirtiéndose en la personalidad española de izquierdas más conocida y con mejores contactos, destacándose como impulsor del espíritu de la Sociedad de Naciones. La amistad entre Willi Munzenberg y Vayo pudo remontarse a los días de Zurich y se alimentó durante sus siete años en Berlín y en alguno de sus viajes a Moscú. Según Babette Gros, su viuda, les invitó a pasar las navidades de 1934 en Madrid y en Torremolinos. El verano de 1935, volvió Munzenberg a Madrid para sondear a los comunistas y a los socialistas pro-rusos. Ese mismo año, Vayo, como invitado de última hora, habló en París en el I Congreso de intelectuales para denunciar la represión de Asturias y pedir la amnistía.

Con la República, fue embajador en México. Más tarde, participó en una comisión internacional para alcanzar la paz en la guerra del Chaco. Con el primer gobierno de Largo Caballero, fue nombrado ministro de Estado. No fue precisa ninguna conspiración. Araquistain era la antítesis de la diplomacia, un hombre de ideas que daba miedo, mientras que su cuñado siempre iba con la sonrisa por delante. Poco después, Caballero se empeñó en que asumiera el Comisariado, la institución de adoctrinamiento y vigilancia  en el Ejército, con lo que multiplicó sus oportunidades de ineficacia. Salió de Estado con el primer gobierno de Negrín y volvió en el otro.

Es difícil trazar su retrato psicológico. Para unos era medio bobo y para otros lo fingía, el colmo del maquiavelismo. Tras su impostada  humildad, no careció de autoestima, como prueba que aceptara con entusiasmo tareas imposibles. Tenía aptitudes para el trato humano y las relaciones públicas. Era trabajador, perseverante en sus ideales y viajero infatigable. Vivió en Londres, Nueva York, Leipzig, Berlín y París suficiente tiempo como para expresarse con fluidez, aunque no siempre con claridad, en inglés, alemán y francés, así como hacerse entender en otras lenguas.

Dos años antes de su muerte, 1973, se publicaron en España los restos de sus memorias, En la lucha, muy distintas de su anterior versión francesa, Les batailles de la Liberté, 1963, el cual, a su vez, contiene curiosas variantes, supresiones y añadidos, de las primeras publicadas, The Last Optimist, NY, 1950. Un filón para trabajos escolares. Su versión de la guerra civil, la versión canónica de lo ocurrido al Frente Popular (Freedom’s Battle / La guerra empezó en España, 1940), es un libro curioso. La versión española fue traducida del original inglés. Se puede sospechar que fuera redactado por Allen, Southworth y compañía, su equipo de apoyo en Nueva York. Vayo pudo limitarse a introducir correcciones mínimas y firmarlo.

Tras la derrota del 39, Vayo se instaló en París. Era un hombre con suerte. La entrada del ejército alemán en Francia le pilló mientras estaba retenido en Nueva York por problemas con su visa de regreso. Allí pasó la guerra y permaneció hasta bien entrada la década de los 50 y siguió siendo un personaje muy influyente. Su ángel de la guarda durante esos años fue Freda Kirchwey, la editora de The Nation durante muchos años. La relación entre ambos es un asunto difícil de entender. Su obstinación por mantener a Vayo como editor de política internacional acabó con su carrera al frente del semanario. Su  biógrafa llega a decir: “Nadie puede estar seguro, pero tras una exhaustiva investigación en sus papeles y muchas entrevistas, he llegado a la conclusión de que Freda Kirchwey y J. Álvarez del Vayo no fueron amantes; sus relaciones eran platónicas.”  En la última versión de sus memorias, Vayo la recuerda con afecto: “Escribía brillantemente y corregía con gran facilidad. Así, cuando recibía un artículo demasiado engorroso de alguien que tenía algo que decir, aunque sin saber decirlo, ella sabía transformarlo completamente, aireándolo, pero respetando fielmente el pensamiento de su autor.” Sin una correctora como ella, difícilmente habría llegado a ocupar en Nueva York el papel que desempeñó en aquellos años.

The Nation, uno de los semanarios más antiguos de los Estados Unidos, era entonces el órgano más destacado de la izquierda radical. Vayo comenzó a publicar en él en 1940, por Louis Fischer. En 1942, se incorporó a la redacción como responsable  de política internacional. Durante más de diez años, Vayo fue el faro internacional de la izquierda americana prosoviética y estuvo muy bien pagado. En 1951, cobró más de ocho mil dólares. Viajó repetidas veces por Europa y volvió a Moscú. Con la muerte de Roosevelt, su estrella empezó a declinar y siguió hasta la guerra de Corea. En 1951, Clement Greenberg, que empezaba a ser un crítico de arte original y prestigioso, envió una carta al semanario en el que llevaba años colaborando en protesta por el filosovietismo de Vayo. No fue publicada y dio lugar a la primera gran controversia sobre si una sociedad abierta debe proteger a los intelectuales que apoyan a una potencia enemiga en guerra. Greenberg, que apenas intervino luego en el debate político, procedía del trotskismo y se había integrado en el Comité Americano por la Libertad Cultural. Unos meses más tarde, cuando el matrimonio Vayo regresaba a los Estados Unidos de uno de sus viajes por Europa, fueron retenidos en la isla de Ellis. Kirchwey logró sacarles, pero empezaron a pensar en cambiar de aires.

No se sabe su vida en detalle tras la muerte de Stalin. Regresó a París en algún momento, donde reanudó la relación con su cuñado Araquistáin, rota en 1937. En 1956, viajó a la China de Mao, donde era recibido con honores de jefe de estado. Sobre la China comunista escribió dos libros semejantes, más entiusiastas, a los que había escrito sobre Rusia. En 1957 se le prohibió la entrada en los Estados Unidos, aunque siguió entrando amparándose en su acreditación ante las Naciones Unidas.

Un año antes de morir, Vayo publicó The March of socialism, un recorrido histórico que termina con una profesión de fe: “Las masas, con su potencial revolucionario y su creatividad garantizarán el futuro del socialismo”.  Ramón Chao fue el último periodista que le entrevistó, el 26 de abril de 1975. Esa misma noche sufrió un ataque cardíaco del que falleció el 3 de mayo. Luisa Graa, su mujer, había fallecido seis meses antes. Según Chao, presidía el FRAP desde 1964, pero ocurrió más tarde. Dos meses después de fallecer Vayo, el FRAP pasó a la lucha armada. Entre julio y septiembre, asesinó a tres policías nacionales y a un teniente de la Guardia Civil. El 27 de septiembre fueron fusilados los cinco últimos condenados a muerte del franquismo. Tres eran miembros del FRAP y dos de ETA. En 1978, se disolvió el FRAP, pero el PCE (m-l) sobrevivió hasta 1992.

Buñuel sólo menciona a Álvarez del Vayo con motivo de la entrevista que tuvieron en Ginebra en septiembre de 1936. Nada dice de antes ni después. Mientras vivió en Nueva York, era el español más conocido de cuantos residían en la ciudad. Paolo Duarte, el compañero brasileño de Buñuel en el Moma, vino a España con encargos de Vayo. Fue expulsado del PSOE, con Negrín y otros, entre ellos Aub, en 1946. En 2009, fueron readmitidos.

Juan Larrea, vida de profeta, 1

Sigue siendo el más peregrino y peor conocido de los escritores españoles de su generación, tan celebrada. En su caso, como suele ocurrir, los tópicos del colectivo no se cumplen. Ni Larrea se sintió vinculado con sus compañeros de capítulo en la historia de la poesía española ni los impulsores del mito de la generación, los que a la condición de poeta unían la de profesor, tuvieron mucho empeño en tenerle cerca. Con dos excepciones, Gerardo Diego, su hermano literario, y Cernuda.

Siempre fue poeta oscuro y minoritario. Parte de su obra, su poesía propiamente dicha, la escribió en francés y no participó en los actos promocionales de sus colegas españoles. Vivió en París desde 1926 y cuando regresó a España en 1934, había dejado de escribir versos, pero lo había hecho como una consecuencia inevitable de su evolución poética. Su poesía y su primera obra en prosa quedaron inéditas por la guerra. En el exilio, escribió varios libros de ensayo sobre una temática difícil de encajar en el marco de los saberes reglados, una especie de filosofía de la historia de la cultura animada por un impulso redentor del alma colectiva de los hispanohablantes.

Nada frívolo, con poco sentido del humor, no era simpático ni le preocupaba lo que la gente pensara. Hubo siempre en él una cierta soberbia, la del que cree que sabe cosas que los demás ignoran por pereza, que asomaba bajo su humilde corrección. Como poeta, no pudo ser bien leído en su momento por lo poco que publicó y se prodigó. Como ensayista, en la segunda y definitiva etapa de su vida, fue a contrapelo de su público objetivo, el de sus camaradas republicanos, socialistas y comunistas en su mayoría, poco sensibles a las trascendencias del espíritu. Al calificarlo de profético, se desaconsejaba su lectura. Los fundamentos religiosos de su visión hispánica podrían tener algún vínculo con el teísmo institucionista de, entre otros, Gaos y Gallegos, pero fue una rama metafísica que se perdió en el exilio. Fue la tragedia de católicos y teístas, empeñados en hacerle la competencia a la jerarquía de la iglesia. Los argumentos de fondo en los que se basaban sólo podían ser comprendidos por el ala derecha de su auditorio, para los que eran herejes y comunistas, en bloque. Para sus amigos, los rojos propiamente dichos, que los utilizaban en prueba de tolerancia, eran unos sueñatortillas, líricos, metafísicos, incomprensibles. Se quedaron sin público.

Era un fantasma olvidado en España cuando, en 1970, se publicó su poesía juvenil, reunida en el libro Versión Celeste, que un año antes había aparecido en Italia. Fue el hallazgo de un fragmento perdido, difícil de encajar en el mosaico de la edad de Plata de la poesía española. Era más joven que Salinas y Guillén y muy distante de ellos en muchos sentidos. Era ajeno a Juan Ramón -y a Ortega-, y estaba vinculado a Huidobro, que fue recibido en Madrid con un rechazo algo xenófobo. Como él, escribía en francés. En París, había sido amigo de cubistas y dadaístas antes de que apareciera el primer manifiesto surrealista, una escuela que no le entusiasmó. La escritura automática le parecía una superchería. En 1929, cuando Buñuel presentó su película en París, Larrea, que la vio, andaba en su propia crisis, pensando en comenzar una nueva vida al otro lado del mundo. Cuando los más jóvenes de la generación célebre empezaron a utilizar recursos surrealistas, él había dejado de escribir versos. Cernuda le había elogiado cuanto había sido menospreciado por los poetas profesores, en especial, Dámaso Alonso, que debió tenerle por un fantasma chiflado. El interés por su poesía en 1970 no alcanzó a su obra ensayística y regresó al olvido.

Volvió a España, muerto Franco, para presentar su libro, escrito treinta años atrás, sobre el Guernica de Picasso. La edición fue amparada por el crítico Santiago Amón, muy influyente entonces. La visita a Bilbao salió en los periódicos. Regresó a su Córdoba argentina y volvió al olvido. La noticia de su muerte, el 9 de septiembre de 1980, la dio José Miguel Ullán en El País dos meses después. Nadie se había enterado.

Para entender el papel que pudo jugar Larrea en la carrera de Buñuel, es preciso recordar que, cuando llegó a México a finales de 1946, llevaba diez años fuera de la circulación, después de las cuatro películas de Filmófono. Gran Casino, es, entre otras cosas, hijas de las circunstancias, exponente de su desorientación entonces.

Sólo llevaba tres o cuatro meses en México cuando se puso a trabajar con Juan Larrea en un ensayo de cine poético, algo semejante a lo que había hecho en 1930, cuando las películas todavía eran, en sus fundamentos, mudas. Es el primer tanteo mexicano para hacer una película “de arte”. No se había hecho nada semejante en el cine sonoro. Buñuel confiaba en que Gran Casino, que no se había estrenado, sería un éxito, cosa que no ocurrió. Pensaba en marcharse a Francia, o sea, que no había decidido radicarse en México. El 13 de enero de 1947, proyectó en su casa Un perro andaluz. No se sabe quiénes eran los amigos presentes que les indujeron a colaborar. Quince días después, Larrea le entregó una sinopsis hecha a partir de lo que recordaba de una novela, Ilegible, hijo de flauta, de la que había llegado a escribir 400 páginas en 1927 y cuyo original había perdido durante la guerra. Al de Calanda le pareció muy interesante y, durante veinte días, trabajaron en cordial armonía, para darle forma cinematográfica al relato, respetando el mensaje profético de Larrea.

Tan importante o más que el propio argumento pudo ser la introducción que elaboraron juntos. Algunas ideas parecen de Buñuel, pero la formulación fue de Larrea. El cine está dominado, decían entonces, por el realismo, por el cine-novela, que se dedica a repetir lo que la novela y el teatro han dicho en infinidad de ocasiones. No se aprovechan las potencialidades del cine para expresar contenidos poéticos, relacionados con el mundo de los sueños y el subconsciente, para reflejar así las inquietudes y esperanzas de la humanidad. En el pasado, se hicieron films poéticos, films de vanguardia que se veían en los cine-clubs. Esos locales han proliferado ahora en varios países, de lo que se deduce que hay público, pero falta producto. Ilegible se propone como un ejemplo de un género nuevo. Es la primera recapitulación de ideas sobre la creación cinematográfica en muchos años, previa a su periodo de madurez. Sin citar a Larrea, Buñuel repetirá estas nociones, en una conferencia que pronunció diez años más tarde.

Que se sepa, Buñuel habló de Larrea por primera vez en una carta a José Bello del 14 de septiembre de 1928. Faltaban tres meses para el viaje a Figueras. Estaba terminando el decoupage del guión sobre relatos de Gómez de la Serna, mientras andaba en conversaciones para que una productora le contratara. Para criticar El romancero gitano, recién aparecido, le dice que el libro de Lorca es muy malo, fino y aproximadamente moderno, “al gusto de Andrenios, Baezas, poetas maricones y cernudos de Sevilla”. Lo contrario eran los verdaderos, exquisitos y grandes poetas de hoy. “Nuestros poetas exquisitos, de élite auténtica, antipopulacheros son: Larrea, el primero”. Coloca en segundo lugar a Garfias (“limitado y escaso de imaginación”), luego a Huidobro, del que no dice nada, y por último “al histrión de Gerardo Diego”. Quizá fue la única vez que se aplicó ese adjetivo al poeta de Santander. Es un ejemplo de que Larrea siempre tuvo gran prestigio, aunque hubiera publicado muy poco. Faltaban cuatro años para que Diego lo incluyera en su antología. Pudo haber leído sus poemas en Carmen, la revista de Diego, o haber visto alguno de los dos números de Favorables, la revista que editó Larrea en París. Tal vez coincidieron en alguna ronda nocturna parisina, la temporada que Larrea se dio a la bohemia etílica en compañía de un grupo de peruanos.

Juan Larrea Celayeta nació en Bilbao en marzo de 1895. Era hijo de un rentista cuyo padre había hecho fortuna y fundado otra familia en América. No había impedido que heredara, pero esa circunstancia, cuyos detalles se desconocen, debió ser una nube negra íntima familiar, cuya sombra llega hasta el título de la colaboración con Buñuel: hijo de… ilegible. Tampoco se sabe cómo, Francisco Larrea conoció y casó con Felisa Celayeta, una navarra de Riezu, a 40 kilómetros de Pamplona hacia Estella. Se deduce que ella tenía más carácter y que lo canalizaba en una intensa vivencia religiosa. Un hermano suyo, Marcelo, fue párroco destacado en Pamplona, impulsor allí de la nueva pedagogía católica del padre Manjón. A otro pariente, Sabas Sarasola, dominico, lo mandaron a misiones y Larrea se lo encontró en el Perú cuando era obispo de Urubamba y Madre de Dios. Comparada con la de Larrea, la educación religiosa de Buñuel fue muy leve. Doña Felisa vivía apremiada por la salvación de su alma, que hacía extensible a cuantos le rodeaban. Su marido no le disputó el timón de los hijos. Cuando Larrea, el quinto de siete hermanos, se comparaba con ellos, admitía que había salido más a ella que a su padre. El mayor se hizo jesuita y dos hermanas, monjas. Su personaje se entiende mejor como una consecuencia imprevista, aleatoria, del catolicismo hiperactivo de la familia de su madre, relacionado con el celo misionero que embargó a muchos navarros a finales del XIX y que acaso también fuera algún tipo de resaca por las guerras carlistas.

El otro ingrediente familiar es su tía Micaela, hermana de su padre, que vivía en Madrid, casada con un hombre de posición holgada, sin hijos. Estuvo viviendo con ellos entre los cuatro y los siete años. El carácter apacible y complaciente de sus tíos era lo opuesto a la beatería apremiante de su madre. Por huir de ella, estudió el bachiller interno en Miranda de Ebro con los corazonistas, recién llegados, que le enseñaron francés. Sin entusiasmo, hizo Letras en Deusto, la universidad de los jesuitas. Allí conoció en 1913 al colaborador necesario de su carrera literaria, Gerardo Diego, cómplice, admirador y promotor. Gracias a él y a tener la vida resuelta se pudo permitir ser, en un primer momento, uno de los poetas más despreocupados por su proyección, por darse a conocer y participar de los oropeles sociales. En Deusto fueron dos jóvenes católicos, cumplidores, sin entusiasmos, que se dedicaban a la literatura como otros iban a bailar o jugaban al fútbol. Diego recordó que Larrea era más fervoroso y comprometido que él, que nunca parece haber perdido la cabeza por nada. Larrea se debatía entre la indolencia y la ansiedad, marcado en lo profundo por el modo materno de enfocar la existencia, reforzado por los ejercicios ignacianos. Se puso a estudiar las oposiciones a archivero para vivir en Madrid, lejos de la casa familiar de Bilbao. En 1919, por Gerardo Diego, supo de Vicente Huidobro, el fundador del creacionismo, un personaje con una autoestima descomunal. El chileno tenía una visión grandiosa de la misión de los poetas en el siglo XX. Fue un combustible prodigioso para la mente de Larrea, que le hizo renacer como poeta.

Sacó las oposiciones, varias veces aplazadas, cuando ya trabajaba como archivero. En 1923, en París, Huidobro le presentó al pintor Juan Gris, al escultor Jacques Lipchitz, con el que siguió vinculado el resto de su vida, y a escritores como Tristan Tzara y Pierre Reverdy. También conoció a César Vallejo, a cuyo reconocimiento dedicó gran parte de su esfuerzo posterior. La amistad entre ambos se fortaleció en Madrid en 1925. Había empezado a escribir en francés sus poemas. En 1922, murió su padre y tres años después su tía Micaela. Con lo heredado, dejó los archivos madrileños y en 1926, se fue a vivir a París, para “entrar en poesía”. Durante varios años, editó dos números de una revista y compaginó la escritura con la vida bohemia, el alcohol y otros excesos como las carreras de caballos. Estaba convencido de que tenía anticipaciones de lo que iba a ocurrir y había ganado alguna vez. En 1929, conoció a Marguerite Aubry y en mayo tuvo una revelación que le impulsó a dar un giro radical a su vida en la otra punta del mundo. Se casaron el 11 de junio. El día anterior, ella había cumplido los 21.

A comienzos de 1930, se fueron, ella embarazada, al Perú. Quería empezar una nueva vida en un lugar remoto. Junto con un amigo peruano, uno de los hermanos More, personajes memorables, al que había conocido en París, iba a establecerse cerca del lago Titicaca. El fundamento del plan falló, pero allí se enteró del fallecimiento de su madre y de la herencia que le correspondía. Nació su hija y, mientras decidía qué hacer, fue a reunirse con su tío Sarasola, el obispo de Urubamba, en Cuzco. Allí tuvo otra experiencia trascendente, cayó bajo el síndrome de Cuzco, semejante al descrito de Stendhal o de Jerusalem. Ante los restos de las grandes construcciones incas, entremezclados con los edificios coloniales, se le aparecieron de golpe las complejidades de la evolución cultural. Estaba predispuesto. La arqueología de la civilizaciones exóticas perdidas hacía furor en el París de esos años. En 1923, a Malraux le habían detenido cerca de Angkor. En 1925, Marcel Mauss había fundado en París el Instituto de Etnología. Su amigo Jacques Lipchitz era coleccionista de arte aborigen. En 1928, había tenido lugar en París la exposición “Las artes antiguas de América”, la primera montada por Georges Riviere, el futuro segundo de Paul Rivet en el Museo de Etnografía.

Las consecuencias del crack de Nueva York habían hundido la economía peruana. Los efectos turísticos del redescubrimiento del Machu Pichu apenas se habían hecho notar en Cuzco, la antigua capital del imperio inca, todavía. La estancia de Larrea, junto a su tío, en una pequeña ciudad de treinta mil habitantes, no pasó desapercibida. La arqueología incaica estaba en sus comienzos y las mejores colecciones de antigüedades andaban en manos privadas. Sus propietarios confiaban en venderlas, tarde o temprano, al Estado. Fue visto por los anticuarios como un comprador alternativo, cuando parecía muy difícil encontrar otro.

El teniente coronel Sánchez Cerro se alzó en agosto de 1930 en Arequipa y terminó con los once años de la segunda presidencia de Leguía, cuando Larrea ya había comprado parte de su colección. El resultado fue que, en dos o tres meses, invirtió la mayor parte de lo que acababa de heredar en la adquisición de casi 600 objetos antiguos. Él mismo hizo la selección entre las muchas ofertas que tuvo, buscando la variedad con sentido etnográfico: eligió recipientes de madera y de piedra, cerámicas, figurillas de metal y de concha, pequeñas esculturas, tejidos, armas, utensilios diversos y, en el último momento, la joya de la colección, una cabeza de piedra oscura que, pensaba él, podría haber sido la del Inca Viracocha. La mayor parte de los objetos eran incaicos o coloniales, con piezas aisladas de la culturas Tiahuanaco, Nazca y Trujillo. Ahora se sabe que había más coloniales que incaicos y que la cabeza puede ser una falsificación moderna, pero esa es otra historia. El conjunto de su colección sigue siendo muy importante.

Se desconoce la cifra de la herencia y cuánto de ella invirtió en la adquisición de antigüedades peruanas. Bien administrada, le habría permitido vivir el resto de su vida sin preocupaciones. Se la jugó. Apostó a multiplicar la fortuna heredada o a perderla. En París, se había aficionado a hacerlo en las carreras, movido siempre por corazonadas. Estaba convencido de su poder de anticipación, de prever acontecimientos, una presunción que acabó integrando en su proyección profética. En su delirio interpretativo posterior, situará aquella apuesta en una dimensión superior, la convertirá en espiritual. Impresionado por los restos de la civilización perdida de los incas, sabiendo poco sobre ella, se gastó la mayor parte de su fortuna en unos objetos, dándolos por muy buenos, ligando su destino a la colección, obligándose a profundizar en la cultura precolombina.

Es posible que se sitiera incómodo al recibir la herencia familiar. Por un lado, había llegado al Perú buscando una vida retirada y humilde. Por el otro, el eco de las conflictivas relaciones que había mantenido con su madre, de la que había huido toda su vida. Antes de dejar el Perú, tuvo que ser operado de una úlcera. Convaleciente, logró sacar del país los voluminosos embalajes mediante varios lances novelescos. La colección estaba cambiando el rumbo de su vida.

Terminaba el verano de 1931 cuando regresó a París. Empezaba a ver lo que le ocurría como un ejemplo significativo de lo que le estaba ocurriendo a la Humanidad, lo que le llevaba, por paradoja, a sentirse menos él mismo por más supeditado al destino universal, del que se proponía ejercer de intérprete. Ese mismo año y el siguiente estuvo dedicado a ultimar los poemas que había escrito en Perú, con los que ponía fin a su dedicación poética convencional, por así decirlo. Seguía añadiendo cuartillas a un diario íntimo-literario que había empezado en 1926. Orbe sigue siendo una obra casi desconocida. Sólo se ha publicado una antología, discutida, en 1990.

Alquiló en Boulogne sur Seine una casa amplia y encargó unos muebles para mostrar y guardar la colección. Lipchitz llevó a verla a Paul Rivet, director del Museo Nacional de Etnografía, un médico militar convertido a la nueva ciencia tras una expedición al Ecuador, donde se había casado con una nativa. Por su consejo, Larrea, para saber qué había adquirido, empezó a estudiar arqueología americana y para entenderlo, leyó a los cronistas, todavía mal conocidos. Poma de Ayala, por ejemplo, fue publicado por primera vez por Rivet en 1936. En abril de 1933, nació su segundo hijo, Juan Jaime. En junio, se abrió en el Palacio del Trocadero de París la exposición Art des incas, la colección J. L. Se presentó como el mejor conjunto europeo de antigüedades incaicas y estuvo abierta más de cinco meses.

Su mujer cayó enferma y para cambiar de aires en 1934 se instalaron en Madrid, en el Plantío, tras pasar unos meses en los Pirineos franceses y en La Granja. Ese año apareció el único libro de poesía que publicó, antes de 1969, Oscuro dominio editado en México, a instancias de Gerardo Diego, con una tirada de cincuenta ejemplares. Larrea fue más conocido por los poemas aparecidos en la antología de Gerardo Diego, editada con éxito en 1932 y reeditada, aumentada, dos años después. A la vuelta a Madrid, algo había cambiado en Larrea. Había dejado atrás el nihilismo y otros excesos de subjetivismo juvenil. Por su experiencia americana, había vuelto a pensar en España. A partir de entonces, compaginó su dedicación literaria con actividades institucionales. Era archivero, bibliotecario y arqueólogo. Compañeros de oposición trabajaban en el Museo Arqueológico, donde organizó una memorable exposición de su colección en 1935. Quiso vincularla al impulso de la arqueología precolombina en España, para lo que fundó la correspondiente asociación, presidida por el catedrático Rafael Altamira, el hombre para esos temas del Centro de Estudios Históricos. Larrea se ocupó de la secretaría. A instancias de la Academia de la Historia, la colección se mostró de nuevo en Sevilla, con motivo del XXVI Congreso de americanistas.

En lo literario, esos años fueron los de la amistad con Bergamín y los proyectos para publicar en Cruz y Raya su poemario, Versión celeste, como condición para que se publicara Orbe, el diario íntimo en el que se afanaba desde 1926. No llegaron a editarse. Dejó Madrid el 7 de julio, para reunirse con su familia en casa de los padres de su mujer, en Francia, donde llevaban dos meses. Allí le sorprendió la guerra.

Su toma de posición fue lenta y meditada, como se deduce de la cartas a Diego y a Vallejo. Ante el santanderino, que seguía en Francia, en el pueblo de su mujer, llegó a argumentar su decisión en decenas de cuartillas, en las que está en germen gran parte de su obra posterior, como si Diego fuera su interlocutor ideal. La que le envió el 28 de febrero de 1937 le llevó 18 días y ocupa 40 páginas impresas. Cuando, finalmente, eligieron bandos enfrentados, la comunicación entre ellos se interrumpió durante diez años. En enero de 1937, Vallejo le dice en una carta que ha hablado de su situación con Bergamín, el cual espera en París su llamada. Un mes después, seguían pendientes de los viajes del presidente de la Alianza de Intelectuales y de los Alberti, que también andaban por París. Bergamín le dice a Vallejo que Larrea tenía que precisar lo que quiere hacer. En junio, todavía no se había concretado su incorporación al aparato de propaganda de la República en París. Vallejo había hablado de su caso con Renau, director general de Bellas Artes, y Bergamín se había ido a Valencia a organizar el encuentro de intelectuales y regresaría tras su clausura, al mes siguiente. Por esos días, tal vez la víspera de la inauguración del pabellón de la Exposición Internacional, se pudo incorporar a sus nuevas tareas en París. Su posición había cambiado cuando, en la siguiente carta, Vallejo le recomienda a una persona que quería acceder a Picasso.

Como había invertido el grueso de su fortuna en la colección peruana, parece lógico que, al verse en apuros, confiara Larrea durante algún tiempo en llegar a un acuerdo económico con el Estado para su cesión. Cuando la guerra duraba ya un año y no se veía el final, se hizo de su donación un acto simbólico de apoyo al bando republicano. Puede que, como contraprestación, entrara en nómina. Para publicitarlo, se editó un folleto, que fue presentado en Valencia, y se anunció la creación de un Museo de Indias, un brindis al sol a aquellas alturas. Franco refundó algo semejante en 1941, aunque el Museo de América se inauguró más veinte años después. El 15 de abril, viernes santo de 1938, Larrea asistió en París a la muerte de César Vallejo. Sus últimos libros, publicados póstumos por Larrea, tratan de España. Él vinculó su agonía con la de la España republicana. Vallejo fue una pieza clave en su visión profética. Por acumulación de circunstancias, dedicó una gran parte de su vida a reivindicar su memoria.

 

El último viaje de Juan Piqueras

Juan Piqueras tomó la peor decisión de su vida cuando aceptó, a primeros de julio de 1936, una invitación para ir a Asturias, la tierra de su mujer. Se la había hecho José Ramón Cabezas, un camarada del PCE al que había conocido en París tras la revolución de octubre. No está claro si hizo el viaje por motivos personales o en misión de partido. Para llegar a Oviedo en tren desde París, había que hacer transbordo en Venta de Baños, cerca de Palencia, a donde llegó el 15 de julio de madrugada. Hacía poco que le habían operado de una úlcera de estómago. En el tren, se le reprodujo y vomitó sangre. Los médicos locales le recomendaron dieta y reposo. Se quedó en la fonda de la estación –pensaba que serían dos días—y allí le atendieron amigos políticos locales. No le dijo nada a su mujer para no alarmarla, pero ese mismo día envió tres telegramas para comunicar su situación a Luis Buñuel, a Cabezas, su anfitrión, y a Vicente Escudero, el bailarín, padrino de su hija, con el que había intimado en París.

El mismo día 15, Antonio Del Amo, un muchacho que había sido ayudante de Piqueras en Madrid en la segunda época de Nuestro Cinema y que militaba, como ellos, en el Partido Comunista, visitó a Buñuel para pedirle que fueran en su coche a socorrerle. Buñuel le tranquilizó, le pidió que le enviara un telegrama y le dio largas. Después del 18, insistió Del Amo, y Buñuel le hizo ver que ya no se podía salir de Madrid hacia el Noroeste. Los recuerdos posteriores de Del Amo son algo confusos, pero destacó el nerviosismo de Buñuel. Cabezas respondió al telegrama y visitó a Piqueras en Venta de Baños el 16 o el 17. Cuando, en la misma estación, se enteró del alzamiento, organizó a los ferroviarios y tomaron el cuartel de la Guardia Civil. Marcharon luego a Palencia, donde fueron detenidos y llevados al penal de Burgos.

También Vicente Escudero acudió a su llamada. Parece que llegó el día 17 y le convenció de que, aunque ya tuviera el alta, lo mejor era trasladarle a un hospital de Valladolid –ciudad natal de Escudero, a 37 kilómetros-  en una ambulancia. Ese mismo día se fue a la capital castellana, tras convenir en que volvería a recogerle a las dos del día siguiente. Tras apalabrar el viaje con el conductor, se retiró a descansar al hotel Inglaterra. Esa misma noche, se escucharon en Valladolid los primeros disparos. Escudero quedó recluido en el hotel, con otros huéspedes, durante varios días. Consiguió abandonar la ciudad, gracias a un médico amigo, y salir hacia Francia. Cuando cruzó la frontera, se enteró de la muerte de Antonia Mercé, La Argentina, de cuya compañía era primer bailarín y con la que tenía previsto hacer una gira por los Estados Unidos. Escudero volvió de París a Barcelona después de la guerra. Siguió bailando con mucho éxito hasta 1966, cuando se retiró con 78 años. Murió en la capital catalana en 1980.

Se cree que Piqueras permaneció preso en la habitación de la fonda de la estación de Venta de Baños hasta la noche del 28 de julio, cuando un guardia civil, un militar y un falangista se lo llevaron en un furgón. No regresó. Pudo ser fusilado esa misma noche en Dueñas o en Cubillas de Santa Marta. No se ha localizado su cadáver. En los papeles que llevaba consigo, y que se incorporaron a su expediente, que se conserva, había una copia de una carta que Piqueras le había escrito a Buñuel, la que le envió Del Amo el día 16 de julio, en la que se mencionaba al de Calanda y el telegrama que ambos le habían enviado ese mismo día. Buñuel aparecía como el contacto de Piqueras en Madrid.

La vida de Piqueras tiene ingredientes folletinescos. Nació en 1904 en un caserío cercano a Requena, hijo de un jornalero. Fue poco a la escuela y a los 9 años la abandonó para ayudar a sus padres en el campo. Algo más estudió en la escuela nocturna, pero el resto de su formación fue autodidacta. Con 13 años, entró de aprendiz en una tienda de ultramarinos y empezó a escribir. A los 15, publicó sus primeros versos en La Voz de Requena. Poco después se instaló en Valencia y con 16 años fundó su primera revista literaria. En 1925, lanzó Vida Cinematográfica, que duró dos números. Se ganaba la vida trapicheando con libros y escribiendo cada vez más de cine. Dejó Valencia en 1928 para instalarse en Madrid, tras pasar por Barcelona. Empezó a publicar en La Gaceta Literaria y en las publicaciones especializadas de la capital. Se introdujo en los cineclubs. Empezó a asesorar a Ricardo Urgoiti para Filmófono.

En mayo de 1930, se instaló en París. Escribía para El Sol con regularidad y colaboraba en  La gaceta y Popular Film, de Barcelona. También hacía gestiones para Urgoiti y los cineclubs. Terminó convirtiéndose en el crítico de cine español más influyente. Durante un tiempo tuvo su propia revista, Nuestro Cinema, de la que aparecieron trece números entre 1932 y 1933 y cuatro más en 1935. Aunque enemigo del arte por el arte y partidario decidido del realismo socialista, parecía más abierto a la vanguardia que otros camaradas. Era hiperactivo, simpático y persuasivo. Durante 1932, se fue haciendo más intransigente. En la segunda etapa de Nuestro Cinema se ve una adaptación a los criterios posibilistas del Frente Popular.

Buñuel ocultó en sus recuerdos casi todo lo relacionado con Juan Piqueras, con el que tuvo una relación intensa en París. Tenían amigos comunes, como Giménez Caballero, le admiraba como realizador y había elogiado sus películas. Por origen social y educación, les separaba un abismo, pero el cine y, a partir de 1932, el Partido les unió. Es posible que el asesinato de Piqueras y el temor a que se le pudiera incriminar de algún modo por los papeles que llevaba encima fueran dos importantes motivaciones añadidas para el nerviosismo que se apoderó de Buñuel en Madrid hasta que se marchó a París.

Como curiosidad, los ecos de la peripecia de Piqueras se escuchan en una de las pesadillas recurrentes de Buñuel: “Voy en tren, no sé a donde voy, las maletas están en la red. De repente el tren entra en una estación y se para. Yo me levanto para estirar las piernas y tomar una copa en el bar de la estación. No obstante, soy muy precavido, pues he viajado ya muchas veces en este sueño y sé que cuando ponga el pie en el andén, el tren arrancará bruscamente. Es una trampa que se me tiende. Por eso desconfío, pongo lentamente un pie en el suelo, miro a la derecha e izquierda silbando para disimular, el tren está quieto, otros viajeros bajan tranquilamente, entonces me decido a poner el otro pie y ¡zas!, el tren sale disparado como una bala de cañón y lo peor es que se ha llevado mi equipaje. Suelto un taco.”

También hay ingredientes novelescos en la vida de Juan Manuel Llopis, el  biógrafo que rescató del olvido a Juan Piqueras. Antiguo sacerdote en Requena, tras dedicarle mucho tiempo y esfuerzo a investigar su vida, falleció dejando un borrador desmedido e inacabado, que finalmente fue publicado por Muñoz Suay.

Hernando Viñes

Sobrino, yerno, guitarrista flamenco y pintor

Los tres mejores amigos de Buñuel nacieron en el mes de mayo de 1904. Dalí, el 11; José Bello, el 13 y Hernando Viñes, el 20. En junio de 1934, Hernando y su mujer fueron los testigos de su boda y en las cartas de Jeanne de ese año son la pareja con la que tienen una relación más íntima. Se conocían desde 1925, pero no se sabe cuándo se afianzó la amistad entre ellos. Aunque no se vieron entre 1938 y 1950, la amistad no se interrumpió.

Hernando Viñes nació en París. Su padre, José, ingeniero, era hermano del pianista Ricardo Viñes. Ambos se habían instalado en la capital francesa para que el menor perfeccionara sus estudios de piano. Ricardo llegó a ser una estrella de la interpretación y estrenó obras de los mejores compositores –Debussy, Granados, Falla, etc. Los Viñes habían nacido en Serós, en la provincia de Lérida. La madre de Hernando era hija de un político hondureño que llegó a presidente, Marco Aurelio Soto, y de una guatemalteca.

En 1916 o 17, huyendo de la guerra, los Viñes se instalaron en Madrid, donde Hernando hizo sus primeros dibujos de las reproducciones del Casón. Cuando regresaron a París, según la leyenda familiar, Picasso animó a su padre a fomentar la vocación del muchacho. Hasta 1925, estudió, primero, en la escuela de arte sacro con Maurice Denis y luego con André Lothe y Gino Severini. Elvira, su hermana, fue bailarina clásica española, muy aficionada al flamenco, de moda entonces en París. Hernando, que había estudiado, como Buñuel, violín, aprendió a tocar la guitarra flamenca.

Por esa vía, por la amistad entre su tío Ricardo con Falla y los múltiples contactos familiares con los españoles que vivían en París, nació su amistad con Manuel Ángeles Ortiz, granadino, amigo de Picasso y de Falla y cantaor notable. Por él conoció a Joaquín Peinado, Pancho Cossío, José María Ucelay, Ismael de la Serna, Francisco Bores, el grupo de pintores que después de la guerra se conocerá como la escuela española de París. Viñes, el menor, se llevaba nueve años con Ortiz y uno con Ucelay. Con ellos convivió, en 1924, varios meses el hermano de Federico, Paco, y al grupo se sumó Buñuel al llegar a París en 1925. Buñuel conoció a su mujer en el estudio de Joaquín Peinado, en el que también trabajaba Viñes.

Hernando Viñes debutó en 1923, cuando todavía era estudiante, gracias a Falla. Para cumplir con el encargo de una aristócrata, el músico confió los decorados del Retablo de Maese Pedro a dos pintores granadinos, Manuel Ángeles Ortiz y Hermenegildo Lanz. No es raro que a ellos se sumara Hernando, porque el responsable de la puesta en escena fue su padre, que se encargó de producir los decorados, el vestuario y las marionetas. La familia Viñes al completo intervino en la representación de la obra. Por cartas de Lorca se sabe que, más tarde, un grupo de amigos –en Zaragoza, Juan Vicens–, ayudaron a Falla a llevar la obra por varias ciudades españolas.  En 1926, por empeño de Ricardo Viñes, remozada, la obra se volvió a montar en Amsterdam. De nuevo, toda la familia Viñes intervino en el montaje e implicaron en él a los amigos de Hernando, Pancho Cossío y Joaquín Peinado. Puede que el papel de Buñuel no fuera tan relevante como lo presentó en sus recuerdos, que apareciera como actor-presentador y que el primer día los fallos fueran graves.

Sería difícil encontrar personalidades más contrapuestas que la de Buñuel y la de Viñes. Nacido en un ambiente de músicos y pintores, poblado de bichos raros, aristócratas esnobs, bohemios indigentes, la flor y nata del París musical y los ambientes canallas del flamenco, fue sociable pero discreto y reservado. De natural apacible y poco dado a las confidencias íntimas, siempre fue amable y discreto. A su manera, parece que siempre fue creyente. Negado para la auto-promoción, ofrece la imagen del artista probo, de humildad franciscana, que hizo lo que creía honestamente que sabía hacer, aunque pareciera muy poca cosa en comparación con lo que decían que hacían sus coetáneos.

Nunca dejo de pintar, pero su carrera expositiva fue muy irregular. Entre 1928 y 1936, mostró sus cuadros con regularidad y se vendieron bien. A partir de ese año, los asuntos españoles le tuvieron demasiado ocupado y se desentendió de su carrera. Entre las muchas molestias que trajo la guerra, se hundió el mercado del arte. Después de la guerra, expuso muy poco. Hasta 1965, sólo expuso en solitario en dos ocasiones.

En lo estético, anduvo cercano a Bores, aunque la paleta de uno y otro fuera muy distinta. La de Viñes estuvo más próxima a la de Bonnard. Su gran maestro fue Cezanne y su modo de ver la pintura estuvo más próximo al de Matisse que al de Picasso. Entre 1927 y  1930, se sintió atraído por la vanguardia. A partir de 1931, volvió a pintar del natural y no dejó de hacerlo el resto de su vida artística. Sus cuadros son bodegones, paisajes y figuras, con frecuencia en escenas de interior con una ventana.

Buñuel se benefició de su amistad con Viñes. Aparte de su intervención en el Retablo de Maese Pedro, gracias a él, tuvo sus primeros contactos artísticos en París. Zervos, el editor de la revista  Cahiers d’Art, en la que Buñuel publicó sus primeras críticas de cine, era amigo de los Viñes. Durante la guerra, la clave de su llegada a París y de su cobertura inicial fue el matrimonio Viñes. ¿Por qué recibieron en abril de 1936 el homenaje que se hizo célebre por la fotografía tomada a los postres? Parece que por entonces ambos ya trabajaban en las organizaciones montadas por la Internacional Comunista, en la que el padre de su mujer, Francis Jourdain, era una pieza clave.

Durante su infancia y juventud, la vida de Hernando Viñes giró en torno a la figura de su tío. Desde 1931, cuando se casó con Lucie, su vida estuvo vinculada estrechamente a la de su suegro, Francis Jourdain, hasta la muerte de este en 1958. Es preciso detenerse en este hombre. Jourdain había nacido en París en 1876, hijo de Frantz Jourdain, un notorio arquitecto, esteta y progresista. Francis dejó la carrera de pintor para dedicarse al diseño social. Sus muebles y ornamentos eran bonitos, funcionales y baratos, pensados para mejorar la calidad de vida de las clases trabajadoras. Desde muy joven, primero como anarquista y luego como socialista, había sido activista de las causas de los derechos del hombre y del pacifismo. Le unió una fraternal amistad con Eli Faure, médico y teórico del arte, padrino de su hija. Juntos intervinieron en política y apoyaron la revolución rusa. Con Henri Barbusse y cerca de Willi Munzenberg, estuvo en la primera asociación de amigos de la Urss y en el Socorro Rojo Internacional. Visitó la Unión Soviética por primera vez en 1927.

Jourdain fue durante muchos años un estrecho colaborador de la Internacional Comunista. Un resumen de su currículo da idea de su implicación en todas las causas impulsadas por los soviéticos: miembro fundador de la sección francesa del Socorro Rojo Internacional, lo mismo y presidente de honor de la Sociedad de Amigos de la URSS, secretario general del Comité de Amnistía para los Indochinos, administrador de la sociedad de los amigos de Spartacus, secretario adjunto de la Asociación de Escritores y Artistas Revolucionarios, presidente de las Vacaciones Populares Infantiles, lo mismo del movimiento  Paz y Libertad, miembro del comité director del Instituto para el Estudio del Fascismo y tesorero de los amigos de Henri Barbusse. Con este y con Romain Rolland también estuvo en el movimiento Amsterdam Pleyel.

Viñes había conocido a Lulú en la Grande Chaumiere, una academia de dibujo a la que ambos asistían. Lulú no se dedicó a la pintura y permaneció vinculada a su padre, colaborando con él en sus tareas políticas. Cuando se casaron, los Viñes vivieron en el apartamento paterno de la rue Vavin. Más tarde, se mudaron a un apartamento que estaba a dos pasos, en el boulevard Montaparnasse. En 1936, Hernando se incorporó a las tareas de los comités internacionalistas con naturalidad, para echar una mano a su suegro y a sus amigos españoles. También fue secretario del pabellón de la Exposición Universal. En La otra vida de LB se cuenta todo esto con mayor pormenor.

Tras la liberación, vino una prolongada etapa de olvido para la pintura de Viñes. Siguió pintando en soledad, en una habitación del apartamento de su suegro, que también les ayudaba económicamente. Apenas vendía cuadros. Para mejorar la economía familiar, empezó a dar clases de guitarra flamenca. Fue un conocedor, testigo de la época dorada de los años veinte y experto en instrumentos de calidad, admirado por los jóvenes. Su mujer buscó trabajos como traductora. Hizo la versión al francés de Los Olvidados y pudo coordinar la logística de la primera proyección en París. Hizo más trabajos para sus películas. Entre 1936 y 1965, como queda dicho, sólo hizo dos exposiciones individuales en París y participó en unas pocas muestras colectivas. En 1965, gracias al interés de José Manuel Díaz Caneja, hizo una importante exposición en el Museo de Arte Moderno de Madrid, adonde volvía, oh paradoja, en pleno franquismo, tras treinta años de ausencia. La escuela de París tenía una amplia clientela burguesa en Madrid, preparada para reconocer su talento. Gracias a la galería Theo, Hernando Viñes fue adoptado por su segunda patria y obtuvo merecido reconocimiento en la última etapa de su carrera. Falleció en 1993.

Nota bibliografica