El Buñuel de Gibson

Me enteré de que lo estaba escribiendo, poco después de que me hubiera puesto a hacer el mío (La otra vida de Luis Buñuel), a finales de 2010. El retrato de Sender lo hice a partir de un artículo de periódico suyo. Él estaba haciendo la biografía. Mi empeño era más modesto, se limitaba a repasar lo sabido de sus primeros 50 años para establecer si falsificó su vida. Lo di por terminado dos años después, aunque seguí con él parte del año siguiente. Cuando se lee un libro, escrito en paralelo, sobre el mismo asunto, es inevitable amplificar los defectos del otro. Dicho sea para justificar las desmesuras en las que pueda incurrir.

Las biografías de Gibson de Lorca y Dalí son imprescindibles para fijar los pasos juveniles de Buñuel. Son libros importantes, no superados, al margen de cuestiones, sabidas, de método o de detalle. Su dimensión pública, sectaria y exhibicionista, se confunde con sus estrategias de promoción como vendedor de libros. Se formó en Irlanda como historiador literario contemporáneo en los años sesenta, en la línea socio-historicista y comprometida de moda entonces, que no ha variado mucho. Como ocurre con muchos escritores profesionales, en su larga trayectoria ha forzado su industria y repetido mucho en formatos menores sus temas mayores de investigación. No es un estilista y en sus libros menos elaborados hay demasiados tópicos, estereotipos y prejuicios moralizantes.

Una biografía legible no debería pasar de las 400 o 500 páginas si no quiere tener problemas de clientela, salvo que el autor sea un narrador prodigioso o lo requiera el personaje. Las biografías de Gibson de Lorca (1.300 páginas en dos tomos) y Dalí (casi mil en bolsillo), son enormes, monumentales, se ajustan a las reglas académicas, se referencia hasta el mínimo detalle, la bibliografía es exhaustiva y la amenidad se sacrifica al detalle puntilloso. Que las haya vendido como productos de consumo masivo se puede deber a la popularidad de los personajes elegidos, un caso de estudio para la sociología de la lectura. Su libro sobre Buñuel también impresiona por su tamaño. Tiene 940 páginas. El texto llega hasta la 717. Las restantes se van en notas, casi cien, donde referencia 2.500 datos y citas; las fuentes y la bibliografía ocupan otro centenar y el índice, el resto. Habría sido un tamaño más que respetable si se hubiera ocupado de toda su vida, pero resulta que se detiene en el año 38, cuando Buñuel y su familia se fueron a los Estados Unidos. El director para entonces no había llegado a la mitad del camino de su vida. Había hecho tres películas de arte (que suman menos de dos horas de proyección) que no había visto casi nadie y cuatro productos comerciales, mucho más vistos, pero realizados desde el anonimato vergonzante. Faltaban doce años todavía para que hiciera Los olvidados, su primera obra de madurez.

Detuvo el libro en esa fecha porque no encontró financiación adecuada a sus necesidades para proseguir su indagación en archivos y otras fuentes en el extranjero, donde el director residió durante los 45 años que le quedaban de vida cuando le despide Gibson. La historia económica del libro la ha contado Juan Cruz: “Su historia es ejemplo de lo difícil que es para un investigador llevar a cabo su oficio. Para esta vida de Buñuel firmó un contrato en 2007: 80.000 euros por siete años de trabajo. La ayuda prevista (30.000 euros anuales a lo largo de tres años) del Gobierno de Aragón nunca se sustanció, “aunque nunca dijo no”. Mientras, vivió, viajó, buscó. “Gasté mucho. Y el anticipo, además, se descuenta de posibles ganancias. Ya sin dinero, “después de largas y costosas estancias en Zaragoza y Calanda, además de en París”, tuvo que escribir otro libro, Lorca y el mundo gay (2009), “para obtener los ingresos necesarios para seguir”. No se sabe si ya tenía escrita o hizo de propósito La berlina de Prim (2012), por la que recibió el premio Fernando Lara. Llamó a muchas puertas en busca de ayuda financiera, sin éxito. Hubo de renunciar a tres años más de trabajo, con estancias para documentarse como él precisa en México y en los Estados Unidos. Adaptó su proyecto y detuvo su relato en 1938.

En la historia del libro pudo influir también que, en 2008, falleció su agente literario Ute Korner. Ese año también murió otro de sus inductores, Pedro Christian García Buñuel, sobrino del director, un tipo peculiar que, durante años, en connivencia con instituciones aragonesas, administró parte del legado documental. El caso es que, al final, en lugar de hacer un libro de un tamaño semejante al que habría ocupado en su proyecto original de conjunto, que no tendría por qué haber superado las mil páginas, decidió que tuviera el tamaño de otras de sus biografías, aunque sólo se ocupara de menos de la mitad de su vida. Como si lo hubiera vendido al peso, por así decirlo. El resultado es desmedido y podría significar que, de haber obtenido financiación, la biografía completa de Buñuel se le podría haber ido fácilmente a las tres mil páginas. No hay datos para tanto. Si a Mi último suspiro se le quitan las páginas dedicadas a las películas, al contexto y a las anécdotas ajenas, se queda en nada.

Ni que decir tiene que con ese tamaño, escrito por un especialista veterano y cualificado, toda su vida metido en el estudio del periodo, el libro estará lleno de noticias de hemeroteca, datos, anécdotas, personajes, etcétera, relacionados con la infancia y la juventud del director que, seguramente, mucha gente ignora. De hecho, se puede ver como un compendio de todo lo publicado con anterioridad. Cabe que los aspirantes a lectores de un libro tan grueso, los muy interesados en su vida, probablemente conozcan ya la mayoría de las referencias en las que, como no podía ser de otra manera y lo reconoce, se apoya. Poco añade a lo dicho por estos y con frecuencia no hace más que repetirlo, resumido e indubitado. Hay algún dato nuevo, no demasiado relevante, de la familia y la infancia y recoge algunas piezas de su archivo que no habían sido publicadas (salvo en mi semi-clandestino libro, unos meses antes), como las cartas de su mujer y de su madre, pero sus aportaciones de fuentes primarias y lo que estas le sugieren no son muy relevantes.

Muchas de sus características son consecuencia del método de composición, la acumulación documental, que confía en que los materiales hablen por ellos mismos. Funciona cuando responde a una línea argumental clara. Pero en este los documentos apenas dejan sitio al subrayado de la trama. De entrada, se echa en falta una mínima apología inicial del personaje, donde se justifique el empeño y se aclaren los presupuestos de partida. “LB está considerado hoy, con razón, como uno de los grandes creadores del siglo XX.” Es la primera frase de la Introducción y no vuelve a intentarlo. Repasa los precedentes en lo que se ha basado y entra en materia. Las escasas conclusiones que, como en otros libros suyos, condensa en el Epílogo son una relación apresurada de las presuntas obsesiones de su personaje: el erotismo, la religión, la muerte, los curas, el humor, el onirismo, la frustración sexual, la vergüenza, punteadas con apuntes semiológicos de sus películas. Era un hombre de obsesiones, concluye, “que venían de lejos, insistentes, inmisericordes, y que, gracias al milagro del cine, y a su enorme talento, pudo convertir en materia de arte y profundización en la condición humana.” Eso es todo. El resto, se supone, va de sí.

Hay una cierta tendencia a la elefantiasis entre quienes escriben sobre el director, que, me temo, también alcanza a esta reseña. Sus antecedentes son los tomos editados en torno al centenario de su nacimiento, el libro de Gubern y Hammond y el Fernando Gabriel Martín. Gibson dedica a los años treinta, más o menos, las mismas páginas que Gibson y Hammond. La tendencia a la obesidad erudita se debe, en parte, a lo que parece ser usual en el gremio de la Historia del Cine y que consiste en no dejar sin una larga explicación llena de datos, incluida en el texto principal, todos los título de películas y nombres propios del oficio que se mencionan. Si fueran a pie de página o al final, ocuparían mucho más espacio que el relato argumental. Cuando se repite mucho, se pierde el hilo.

El otro factor desencadenante de las enormes empresas indagatorias sobre la vida de Buñuel es su voluntad de dejar a oscuras o en la penumbra su conducta en diversas ocasiones. Aunque no ha sido bien explicado, hay acuerdo entre los expertos en que, en sus diversos relatos autobiográficos, olvidó, embrolló y falsificó personajes y circunstancias. Un nuevo relato de su vida debería incorporar una crítica severa del material documental que utiliza, tener alguna hipótesis sobre las transgresiones en las que pudo incurrir. El asunto, la desconfianza que inspiran muchos de sus cuentos, está presente a lo largo del libro, pero no se aborda como problema. Menciona nada más empezar algunas de las dificultades que plantean, pero, al final, a todos los textos que utiliza concede semejante crédito, salvo las apostillas que se ve obligado a añadir, lo dijera a los 39, a los 70, lo poco de su puño y letra, lo que escribió Carrière, o lo que editó Álvarez.

Dalí y Buñuel

Su vida de Buñuel es muy distinta de su vida de Dalí. En la introducción, nada más empezar, dice: “Como fuente de información sobre sí mismo, Salvador Dalí no es nada fiable. Todavía adolescente, decidió dedicar todos sus esfuerzos a ser un mito. (…) Sean las que fueren las otras cualidades del libro (La vida secreta), el rigor autobiográfico no es una de ellas. Al contrario, Dalí hace allí todo lo posible por torcer, tergiversar o silenciar hechos cruciales de su vida, con el resultado de que la narración –a veces muy entretenida, por otro lado— se convierte en campo minado para el biógrafo que no anda con extrema precaución.” Lo mejor de la biografía de Dalí que escribió Gibson se debe a que mantuvo una profunda desconfianza hacia lo que el pintor había contado de sí mismo. Lo peor de la biografía de Buñuel se origina en que con él no ha tenido la misma precaución, debido, se supone, a que han sido otros sus prejuicios o intuiciones de partida sobre el personaje.

Al margen de que se manifestaran en registros retóricos o expresivos muy distintos, casi contrapuestos, Buñuel merece tanta desconfianza como Dalí en lo que contó de su vida. Ambos eran enormes egotistas, con un narcisismo rayano en la patología. Narcisismo y egotismo implican discursos delirantes sobre sentirse especial y elegido. Dentro del trastorno narcisista, se identifican dos grandes grupos, explícito y encubierto, en inglés overt y covert. Dalí pertenece al primer grupo y Buñuel al segundo. Dalí tenía aptitudes para el dibujo y habilidades retóricas fuera de lo común, aunque con faltas de ortografía. Buñuel no tenía las habilidades naturales de Dalí, o de Lorca, sus admirados amigos, pero estaba casi tan convencido como ellos de que su destino era alcanzar grandes logros. En la otra punta de los comportamientos vitales habría que situar a José Bello, aquejado de un déficit profundo de ambición.

Por lo que quiera que sea, intuiciones o prejuicios, Gibson no se fiaba de Dalí, al que veía como un Jano bifronte capaz de lo mejor y de lo peor, algo aplicable a todo hijo de vecino, incluido el de Calanda. Para explicar su presunta duplicidad, acaso inducido por las obsesiones de Rafael Santos Torroella, llegó a la conclusión de que la clave tenía que estar en algo que se había empeñado en ocultar, un poco al modo freudiano. “Dalí era un personaje dominado, en lo más hondo de su ser, por sentimientos de vergüenza tan agudos y tenaces que casi literalmente “le hacían la vida imposible” y que sólo pudo sobrellevarlos expresándolos en su obra, creando una máscara exhibicionista para tratar de ocultarlos, y comportándose a veces de manera vergonzante.”

Dice que los prejuicios que animaron su biografía fueron una evidencia que se le apareció mientras trabajaba: “Las dos terceras partes de este libro se dedican a los primeros treinta y seis años de la vida de Salvador Dalí. Tal estructura no se escogió de antemano, sino que se fue imponiendo imperiosamente a medida que avanzaba mi investigación. La obra de Dalí, después de que él y Gala se desplazaran a Estados Unidos en 1940, se hizo cada vez más banal y repetitiva, o así me lo fue pareciendo. Trazar su decadencia paso a paso habría sido extremadamente aburrido (…) la necesidad de comprimir se hizo inapelable.” Explica así que hubiera dedicado más de 500 páginas a contar su vida antes de los 36 y la mitad, 250, a los cincuenta restantes, durante los cuales su obra no hizo más que declinar, se supone que en proporción a como aumentaban su fama, riqueza y prestigio. Según Gibson, Dalí empezó a joderse en 1940.

Es evidente que no ha utilizado con el de Calanda la vara de medir que le aplicó al de Figueras:  “Dalí no fue un genio total. Su muy cacareado conocimiento de los avances científicos era, como él mismo admitió en más de una ocasión, tenue (…) Su misticismo (…) era poco más que un engaño. Su obra literaria es a menudo enmarañada y confusa (…) aunque indudablemente tenía talento como escritor.” Le reconoce sentido del humor y ser un buen cuentista. “Pero repetía las mismas anécdotas hasta la saciedad, en la radio, en la televisión, en revistas, en cenas.” Luego le acusa de rodearse de gente mediocre, para que no le hicieran competencia ni “cuestionaran” al hombre que se escondía tras la máscara. Tenía una teoría sobre las relaciones de Dalí con la verdad: “El pintor mantuvo su máscara a lo largo de su vida –o casi–, y al hacerlo se mostró con frecuencia brutalmente indiferente a las demandas de la decencia, de la honradez y de la confianza. Su pose implicaba estar siempre dispuesto a tergiversar la verdad cuando hiciera falta, y a veces hasta traicionar a los que se creían sus amigos. Implicaba minimizar su deuda para con Breton y el surrealismo, negar que hubiera contribuido al contenido anticlerical de la Edad de oro, o dárselas de místico católico. Implicaba prostituir su talento en aras de la rápida ganancia.”

Con Buñuel, Gibson procede de otro modo. De entrada, le cae bien, mucho mejor que Dalí, le inspira confianza y le compra casi cualquier cosa que contó. Lo más llamativo del caso es cómo lo hace. La cita que abre el libro es aquella en la que Max Aub llegó por escrito a la conclusión de que Buñuel sólo se sentía libre “escondido, protegido por la mentira”, que es mucho decir. En la introducción, nos advierte que estamos ante “a dark horse”, un caballo oscuro, alguien que oculta “la verdad íntima de sí mismo”, y para disfrazarla y protegerse puede tergiversar los hechos. Aunque de modo confuso, Gibson deja constancia de que no ignora los problemas que plantean el libro de su mujer, las conversaciones con Aub, la fidelidad de Carrière a la letra del presunto autor de su relato y lo que ponen de manifiesto, entre otros, las correspondencias con Noailles y con Urgoiti. Dice que Buñuel colaboró con Aranda en su biografía, pero reconoce luego que la anotó y la dejó pasar, sin precisar lo que en ella se decía, como hizo, aunque no lo diga, con otras muchas entrevistas y libros con datos falsos procurados por él mismo. Admite que no sólo “le encantaba tomarles el pelo a los demás”, sino que era “incapaz (…) de resistir la tentación de la jactancia o la mentira con fines encubiertamente “desorientadores””. A sabiendas de todo eso, sus conclusiones son que Mi último suspiro es caótico en la cronología porque no consultó la adecuada documentación y por “la constante posibilidad de “falsos recuerdos” e incluso de mentiras, amén de olvidos y silencios deliberados”. Tras reconocer todo eso, sigue utilizando las manifestaciones del director sin precaución, salvo las apostillas que se ve obligado a añadir cuando lo que cita es escandalosamente llamativo o recuerda otras versiones contradictorias suyas de los mismos asuntos. En definitiva, el hagiógrafo acaba silenciando al biógrafo crítico.

La mala memoria, por buena

Por ahí vienen los reparos más graves a su trabajo. Hijo del sesgo hagiográfico es el empeño en presentar indicios de contaminación surrealista en el Buñuel de 1925. Cuenta la conferencia de Louis Aragon en la Residencia ese año, con Buñuel en París y Lorca y Dalí de vacaciones. Nadie se enteró. Se entretiene durante una página con un falso recuerdo con una bofetada a un escritor ilustre. No estuvo, pero infiere que “al León de Calanda, enemigo mortal, como Dalí y Lorca, de los “putrefactos” burgueses, fueran españoles o franceses, le encantaría la contundencia de los métodos surrealistas”. Cita en su apoyo al poco fiable Ontañón, divaga un poco más y concluye: “Llegado el verano de 1925 la curiosidad que a Buñuel le suscitaba el grupo capitaneado por Breton debió ser ya considerable”.

Unos días después de haber estado Buñuel con él, Dalí, en 1926, “se encargó de que le expulsaran de una vez por todas de la Real Academia de San Fernando” (…) ¿lo había estimulado Buñuel para que rompiera con la venerable y tan conservadora institución de la calle de Alcalá? Es muy posible”, concluye Gibson, pero no dice por qué. Con frecuencia, se le dispara el énfasis. En el otoño de 1933, “ya llevaba un año dirigiendo los doblajes españoles de la Paramount en París.” Verificado, no hay mucho más de un trimestre en tareas diversas. Un poco más adelante: “Consolidado su puesto con la Warner como jefe de doblajes con un estupendo sueldo de cuatro mil pesetas semanales, Buñuel demuestra su alta profesionalidad en la materia a lo largo de los siguientes meses.” Lo que se sabe es que, durante seis meses más o menos, coordinó en Madrid los doblajes de la Warner que hacían empresas especializadas.

La excesiva sujeción al esquema cronológico y las escasas recapitulaciones impiden ver con claridad la evolución de algunas relaciones en diversos momentos. Por ejemplo, su celebérrima amistad con Lorca. Todo lo que sabemos de ella procede de relatos improvisados por un anciano sobre un personaje muy mitificado, sobre cosas ocurridas cincuenta años antes, contaminadas por el mito propio y el ajeno. A pesar de que los datos están en otros libros suyos, no se molesta en establecer que hubo, como mínimo, dos etapas en su relación. Una, durante el primer curso que Lorca pasó en Madrid (1920-21), y la otra, desde que volvió de Granada avanzado 1923. En el primer encuentro, Buñuel era un mal estudiante (preparaba por cuarta vez, el examen de ingreso en la escuela de Ingenieros), un tipo brutote que posaba mucho vestido de deportista. Cuando Lorca volvió a la Residencia, casi dos años después, Buñuel había hecho el servicio militar y abandonado el deporte. Estudiaba Filosofía y Letras y había publicado dos o tres cosas. La amistad del primer año pudo ser propiciada por Lorca, atraído por el exhibicionismo del joven deportista. “Cuando le conocí, en la R. De E., yo era un atleta provinciano bastante duro.” En la segunda etapa, el más interesado en la relación, pudo ser el Buñuel aspirante a escritor. En la carta que Lorca escribió a sus padres nada más llegar a Madrid, les dijo que le habían recibido muy bien, “sobre todo el estupendo Buñuel, que se ha portado con nosotros como no tenéis idea”.

Gibson le ha dado muchas vueltas a la relación que mantuvieron Lorca y Buñuel, pero el único argumento que sigue transitando es la presunta homofobia del calandino. Repite otra vez que Buñuel habría sido el amigo más homófobo de Lorca. Si fuera cierto, no hay modo de explicar cómo fueron tan amigos en la juventud, salvo que su homofobia no se hubiera activado todavía o la hubiera controlado mientras le interesó ser su amigo. Repite la anécdota de cuando le preguntó a Lorca si era maricón. Muestra cierta inquietud por su verosimilitud, pero el sesgo hagiográfico le impide ver que, en lo esencial, es una invención de ancianidad, recreada de varias maneras, con delirios delante de Aub.

Como todas las suyas sobre Lorca, son fabulaciones a posteriori improvisadas para acomodar su posición retrospectiva junto a la máxima referencia de sus años de formación, escandalosamente vacíos. Como si el talento aletargado de Buñuel se hubiera despertado al entrar en contacto con el granadino. A los setenta, poco después de que Marcelle Auclair hubiera aireado el asunto de la homosexualidad de Lorca, quería dejar claro que su profunda amistad inicial con él, de la que había alardeado, no había supuesto desdoro de su prístina orientación heterosexual. Lo único que se le ocurrió fue añadir, casi con técnica cinematográfica, la historia de los urinarios y la del homosexual conocido en el tranvía. Son estereotipos, relatos de dominio público, leyendas urbanas, sin base en la experiencia. Lo llamativo es el empeño con que, a su edad, quiso dejar claro que no había actuado como un calientapollas para beneficiarse de su amigo. Lo suyo había sido pura amistad. Como para sospechar.

Nunca contó que el alejamiento de Lorca y el desprecio con que lo trató en las cartas a Bello se originó cuando sólo llevaba unos meses en París. Gibson menciona el asunto, pero apenas lo sigue ni le concede importancia. En contra de lo que contó desde la Autobiografía, su vocación cinematográfica nació cuando, sin ninguna experiencia, se le antojó debutar en el cine haciendo una película sobre Goya financiada por sus paisanos con motivo del centenario. Puede que el factor decisivo para adjudicarse el proyecto fuera la colaboración de Lorca. Buñuel, en Francia, desde el verano de 1925, trató de recuperar la amistad del poeta, que acaso se había deteriorado a finales de 1924, con postales y cartas. Le tuvo que pedir en persona su colaboración en mayo de 1926, cuando se vio en Madrid con él y con Dalí, un encuentro sobre el que Gibson ha escrito por largo repetidas veces, pero en el que no incluye esta circunstancia. Son los días del ménage à trois en el que no participó Buñuel sino Margarita Manso. Debieron ser días de alcohol y fiesta. Se gastó el dinero que llevaba y Federico le tuvo que pedir 125 pesetas a Claudio de la Torre para que Buñuel pudiera llegar a Zaragoza. En algún momento de esa estancia en Madrid, Federico les pudo leer una primera versión de Amor de don Perlimplín, cuyos protagonistas tienen una edad semejante a la que tenían los padres de Buñuel cuando se casaron. En su cuento, le dijo  que era muy mala con violencia y Dalí le secundó. Es muy difícil que hiciera eso si le había pedido que le escribiera el  argumento sobre Goya. Durante unos meses, Buñuel se lo reclamó, sin éxito. Con él, podría haber debutado varios años antes. La carta que le escribió Buñuel muy enfadado estuvo en el archivo de Lorca. Quienes la leyeron no dejaron constancia de su contenido. Lo cita, pero no lo relaciona con las barbaridades que sobre él le dijo a Bello.

En otro orden de cosas, repite que, como contó desde la Autobiografía, tuvo dos amagos de vocación adolescente frustrada por su padre, en cuya figura no profundiza. Su hermana Conchita dejó el testimonio más claro de que no ocurrió nada semejante. Está en Mi último suspiro: “Luis había empezado a hablar de estudiar para Ingeniero Agrónomo. La idea complacía a mi padre”. En la Autobiografía, se inventó las vocaciones estranguladas por la oposición de su padre para adelantar su rebeldía y discrepancia con él, así como para añadir algún indicio temprano de creatividad a su currículo juvenil vacío. Poco dice de los primeros años de Buñuel en Madrid. Vuelve a olvidar lo dicho por él mismo en Mi último suspiro y no quiere enterarse de que, antes de matricularse en Filosofía y Letras suspendió cuatro años seguidos el ingreso en las escuela de Ingenieros, tres en la de Agrónomos y una en Industriales. En 1923, al morir su padre, el de Buñuel estaba entre los peores expedientes académicos de la Universidad central: en seis años de estudio en Madrid, sólo había aprobado dos asignaturas de Filosofía y Letras, Lengua y literatura española y Lógica fundamental.

Como se ha dicho, cree que el surrealismo flotaba en el ambiente y que así se preparó Buñuel para su memorable presentación en sociedad en 1929. Abre el capítulo dedicado a Un perro andaluz con lo que publicó en octubre del 28 en La Gaceta literaria, prueba irrefutable de por dónde andaba entonces, muy lejos de donde se situaría poco después. No hay modo de relacionarlo con el espíritu de los secuaces de Breton. Para el número siguiente quedó un artículo de Dalí, “Realidad y sobrerrealidad”, el cual, en noviembre, en Barcelona, se proclamó, por primera vez, surrealista. El encuentro en Figueras en enero de 1929 no fue entre iguales. No hay ni un indicio sólido de que Buñuel, antes de esa fecha, pensara en La revolution surrealiste como fuente de enseñanzas útiles para él. Otras pruebas concluyentes son que escribía un libro que se titulaba Polismos y quería rodar un guión muy convencional de Ramón Gómez de la Serna. Dalí le explicó a Buñuel en Figueras su gran descubrimiento y le cambió sus planes. Gracias al entusiasmo de converso de su amigo, Buñuel se hizo, primero, daliniano. Colaboró en el guión, según las pautas marcadas por el otro. Vio que lo podía hacer con el dinero que le había prestado en agosto su madre, ante notario, del que ya se había gastado una parte, su mayor preocupación. Le debía más de lo que fue capaz de admitir.

Apenas le da vueltas a su incorporación a filas el año del Desastre de Annual. En su lugar, le dedica más de dos páginas al viaje de Alfonso XIII a Las Hurdes mientras Buñuel andaba de uniforme. Lo convierte en una especie de ejercicio de presciencia. “El joven Buñuel, atraído por el anarquismo y sin duda recordando la dureza de la vida de los campesinos en su Calanda nativa, así como el aspecto sahariano de la comarca de los Monegros, tan cerca de Zaragoza, no pudo ser ajeno a la vergüenza y la rabia experimentadas por muchos españoles ante las revelaciones de aquellos días, comentadas con particular indignación, cabe suponerlo, en la Residencia de Estudiantes.” Ni Barbáchano osó suponer tanto. “No sería casualidad que una década después se encargara Buñuel de rodar un documental sobre aquella comarca extremeña, todavía sumida en la miseria.” En cuanto a su dedicación a la escritura, no le intriga, como si fuera una emanación natural de su espíritu.

El asunto de Las Hurdes lo resume con cierto descuido. Incluye que fue un proyecto heredado de Allegret, junto con el cámara, Lotar, pero, una vez más, apenas saca consecuencias. No le intriga que el confinado doctor Albiñana fuera retirado de la comarca pocos días antes de que llegaran ellos. No puede determinar cuándo leyó el libro de Legendre, pero especula a su favor. A pesar de que los datos son muy confusos, ni sospecha que pudiera ser Buñuel el responsable de que la película no se viera, ni en España ni el extranjero. Quedó inacabada. Es posible que no fuera prohibida sino que alguien le recomendara que no la volviera a proyectar y, simplemente, la hizo desaparecer. Menciona la carta a Unik de enero de 1934, en la que le dijo que había “sido prohibido en todas partes, en España y en el extranjero”, tras un intento de chantaje a la embajada por parte de Lucien Vogel. “La embajada ha sido alertada y a petición suya el ministerio del Interior ha prohibido el film. He obtenido estas informaciones de fuentes absolutamente verídicas.” No le preocupa por qué no trasladó esa información a Ramón Acín y a Sánchez Ventura, que meses después le animaban todavía a terminarla. Parte de la respuesta está en otro apartado. 1934 fue un año muy complicado en la vida de Buñuel, sobre todo después de quedar Jeanne embarazada. ¿Pudo tener alguna relación el que tuviera un empleo fijo bien pagado, estuviera esperando un hijo y viviera en España con que evitara el escándalo de reivindicar Las Hurdes? Son muchas las preguntas de este tipo que no se hace.

Son muy difíciles de leer los interminables comentarios sobre Un perro andaluz o La edad de oro, en los que recurre a la heurística freudiana más abstrusa y caricaturesca. Salvo que se defienda una teoría expresionista del talento cinematográfico, no se pueden utilizar sus artificiosas películas como documentos primarios en los que rastrear sus conflictos personales o deducir planteamientos que nunca hizo muy explícitos. Están más amañadas que sus recuerdos de anciano, trufadas de mediaciones. Como freudiano confeso, Gibson concede mucha importancia al complejo de Edipo en Buñuel, pero no explica con claridad nunca a qué se refiere, si habla de la escena infantil hipotética e inverificable en la que Freud basó su esquema de la evolución del alma humana o, de un modo difuso, se refiere a los diversos conflictos vitales que lo hijos varones, desde la infancia, e incluso antes, hasta el último día de sus vidas tienen con sus madres. La psicología freudiana está muy devaluada y es inútil utilizada de modo tan vago.

Cuando habla de la guerra, reconoce que sobre ese punto fue hermético y que Aranda le había interrogado sin éxito. Ha de admitir que “nunca aclararía del todo su actuación en Madrid durante las primeras semanas de la contienda, y hay que tratar sus observaciones en torno a las mismas con la debida cuatela.” Al mencionar la presunta visita a Carrillo, tras aclarar que el dirigente de las JSU no llegó a Madrid hasta finales de agosto, ha de reconocer que “una vez más, se difumina la linde entre exactitud histórica y fantasía”. Pero, sin cautela, recoge todas sus fabulaciones sobre el periodo. No tendría que haber vuelto a contar, aun con salvedades, la historia de la heroica liberación de Sáenz de Heredia que protagonizó, porque es la más increíble de sus invenciones, un guión de cine mudo que dispara todas las alarmas, si no están desconectadas.

En ese tramo de la vida de Buñuel, sigue con fidelidad a Gubern y Hammond. Por ejemplo, como ellos, cree que los números 24 y 26 de la rue de la Pepinière de París corresponden a portales distintos. El asunto tiene su importancia, ya que les impidió sospechar que el Comité Franco-Espagnol, el que llevaban Jourdain y los Viñes, y Propagande par le film, la entidad para la que trabajaba la secretaria de Buñuel estaban en el mismo local. También les sigue en el lío de las libras esterlinas. En su cuento, muy difícil de creer, se las dio un tal Arias para Münzenberg. En el archivo de Juan Vicéns, hay un recibo (GyH), firmado por Buñuel a su cuñado, Leo Fleischman, por valor de 490 Libras esterlinas. G y H dan los datos por separado y no los relacionan. Tampoco Gibson. Se pregunta de dónde procedían las de Fleischman y se contesta por elevación: “Parece difícil no deducir que de alguna agencia internacional comunista”, para la que Buñuel actuaba “de administrador, gestor u organizador”. A continuación, Gibson cuenta lo de Münzenberg, lo que le permite explayarse a modo, sin asomo de sospecha de incredulidad. De ser cierto lo que dicen, unos días antes de irse a París, sin ningún tipo de misión oficial, una autoridad le habría dado 400 libras esterlinas para el alemán en París. Por esos mismos días, un desconocido Fleischman, a título particular, le prestó una cantidad muy parecida de la misma moneda para algo tan difuso como la “compra de material cinematográfico”, especificando Buñuel que se hacía responsable, a título particular, “para saldarlas en su día”. Contó lo de Arias para ocultar que el 25 de agosto le dio un sablazo, a Vicéns o a su cuñado, para viajar a París. Hizo lo mismo con Sánchez Ventura cuando se fue a Nueva York dos años más tarde. Otra posibilidad es que el recibo fuera una especie de coartada para justificar que viajaba con ese dinero encima.

Son ejemplos recogidos un poco al azar. Podrían multiplicarse, pero las claves de la confusión son las mismas. En el último apartado, “Con el pie en el estribo”, cuenta sus pasos antes de coger el barco rumbo a los Estados Unidos el 17 de septiembre de 1938, en plena batalla del Ebro. Sigue creyendo que Buñuel trabajó de espía comunista durante toda su estancia en París y con esa actividad relaciona dos rastros que quedaron en su pasaporte en 1937 y 1938. También cree que en 1938 era capaz de pronunciar un discurso en inglés. A pesar de que es otra chapuza evidente, y le parece “sacada de una película de James Bond” ha de volver a contar otro de sus delirios más patentes, un viaje a Estocolmo, con regreso en barco y en tren hasta Bayona, acompañado por una sueca estupenda tentadora, fichada por él para ejercer de espía en Bayona y que más tarde se supo que era trotskista.

Más difícil de entender es cómo comprende y complementa los argumentos que pudo barajar para marcharse. Aunque faltaban seis meses de guerra, asume que seguir no tenía ya ningún sentido. “Se entiende la preocupación de Buñuel por su posible llamada a filas”. Volver a España tenía “un enorme peligro” para él, “máxime si le cogían los franquistas”, añade. La tentación de huir, “como tendía a ser el caso cuando los problemas arreciaban”, que da por sabida pero no ha explicado adecuadamente en el libro, “se hizo imperiosa”. Su generosidad va más allá de las pruebas: “Quizá entendía, además, que había hecho ya todo lo posible por ayudar a su manera a la República, y que dar ahora su vida por ella sería una locura.” Imagínese lo que podría haber ocurrido si esa convicción se hubiera generalizado en las filas republicanas. “¿Cómo se generó el proyecto de volver a cruzar el Atlántico?” Para responderse, Gibson vuelve a repetir lo que contó en todas sus variantes. Debería haber repasado el libro de Martín, que le dedica varias páginas al asunto, para llegar a la misma conclusión que Max Aub (que no llegó a las Conversaciones): “Sencillamente vio que perdimos la guerra y se fue a ganar su vida a otra parte, sin remordimientos.”

La otra vida

Vuelta al comienzo, a La otra vida de LB, mi libro. Deduzco que invertí menos tiempo en buscar nuevos documentos y en hablar con gente que en darle vueltas a lo más conocido. De partida, contaba con los indicios de que su vida, antes de los cincuenta, había sido distinta de cómo la contó muchos años mas tarde. Me propuse determinar si la había falsificado, cuánto y por qué. Busqué inconsistencias y ausencias en sus diversas declaraciones. Con ello fui haciendo un nuevo resumen de su vida en el que sobresalen las divergencias entre sus diversos relatos y lo que, según otros indicios, pudo ocurrir.

El mayor enigma de fondo que traté de resolver, en paralelo, fue el de su mala memoria, determinar si fue un mentiroso compulsivo o de otro tipo. Al final, encontré las lecturas adecuadas. Una vez que se da con la clave, tiene una respuesta relativamente sencilla. Un grupo de estudiosos del cerebro está cambiando el modo de ver esa facultad. La memoria es activa y dinámica. Los recuerdos se rehacen una y otra vez en función del momento, son frágiles y muy influenciables. Michael S. Gazzaniga lo ha dicho de modo provocador: “La configuración del cerebro humano es casi una garantía de que los recuerdos del pasado serán erróneos”. Daniel L. Schacter, en Los siete pecados de la memoria, cuenta cómo la mente recuerda, olvida, se contamina y se confunde. Tal vez seamos, en efecto, nuestros recuerdos, pero el sentido cambia mucho cuando se sabe el crédito que merecen.

Los fallos de su memoria cuando contó su vida se debieron a que era muy mayor, a que había transcurrido mucho tiempo desde que habían ocurrido los hechos y al empeño por mostrarse a la altura del excelente concepto que llegó a tener de sí mismo, magnificado por el éxito, que le hacía maquillar los episodios de su vida en los que salía desfavorecido. Los laberintos de la identidad llevan a percibirse con optimismo, en proporción a la confianza en sí mismo de cada cual.  Aub le puso en aprietos al airearle lo que le ofuscaba y supo, desde el primer día que habló con él, que mentía. Lo justo. Le dio muchas vueltas y al final no supo qué hacer con ese dato. La mentira tiene muy mala fama intelectual y está penada en los tribunales en algunos casos, pero las definiciones de verdad relacionadas con la conducta son muy precarias y dejan un amplio margen al autoengaño: “Conformidad de las cosas con el concepto que de ella forma la mente o de lo que se dice con lo que se siente o piensa (DRAE)”. La experiencia nos familiariza con el engaño más que con la verdad. Está presente a todas horas, por acción o por omisión, en todos grados y manifestaciones, desde el maquillaje a la mentira piadosa. Practicamos el engaño y creemos en la verdad, la nuestra. Tarde o temprano, descubriremos que hemos vivido engañados y lo acabaremos justificando.

Sus cuentos más disparatados y escandalosos parecen hijos de la disonancia cognitiva, estimulada por el alcohol, la medicina contra el apocamiento. Es imposible no padecer disonancia si lo primero que se hace en la vida, a los treinta años, es sentar plaza de artista radical intransigente en París y luego se sigue dependiendo del dinero familiar veinte años más. Añádase que los valores que le transmitieron su padre y su tío Santos, el cura, más profundos que los de los jesuitas, fueron los de una generación anterior, la nacida a mediados del XIX. Además, hasta muy tarde, su madre estuvo siempre presente en su vida. Tenía la llave de la caja fuerte familiar y le inspiraba una mezcla de amor y temor. Pudo ser la causa de que prodigara tan poco su radicalismo en España. Su relación funcionó gracias a ciertas dosis de engaño recíproco. Sus ideales extremistas eran para su madre “sus tonterías”.

Buñuel mintió, ocultó o modificó datos sobre sus relaciones con su padre, con su madre, con sus hermanos, con otras mujeres, si las hubo, con Lorca y con Dalí; sobre su paso por el surrealismo y el comunismo; sobre la huida a Hollywood en vísperas del estreno y el remontaje posterior de La edad de oro; sobre diversas circunstancias en torno a Las Hurdes; sobre el embarazo de su mujer y su matrimonio; sobre las películas de Filmófono; sobre la salida del Madrid en guerra; sobre sus actividades en París y sobre la salida hacia los Estados Unidos. No son todos, pero sí algunos de los puntos principales que olvidó o confundió al contar su vida. Todos son episodios conflictivos, situaciones contradictorias. Al revisar los hechos y cómo los contó mucho más tarde, aparece su dimensión chapucera, pícara, tramposa y los espejismos del engreimiento.

La criatura de Gibson tiene algo de frankensteiniano. Como si esta entrega, debido a las circunstancias adversas, hubiera quedado en un estado previo, inacabado, a falta de las conclusiones a las que tendría que haber llegado tras completarla. También puede haber influido la prisa por terminarlo como fuera tras ponerse de manifiesto lo inviable del plan de negocio. Escribir corto precisa mucho más tiempo que escribir largo. Por su tamaño y haber renunciado a otro hilo argumental que el cronológico, es una interminable relación de fichas hilvanadas en precario. El sentido de las incidencias significativas queda neutralizado por otras muchas que no lo son tanto o sólo superfluas. El resultado es un enorme sufflé con lo siempre: Calanda, los jesuitas, el complejo de Edipo, la Residencia, Lorca, Dalí, etcétera. Puesto al día y exhaustivamente referenciado, pero sin variar el esquema hagiográfico en el que todas las etapas son peldaños en la escala hacia al Parnaso. Cuenta la infancia y juventud de Buñuel como si su genialidad hubiera sido innata y desde sus primeros pasos hubiera empezado a emitir señales anunciadoras de lo que llegaría a plasmar muchos años después.

Su biografía está llena de indicios de la otra vida de Buñuel, pero apenas se detiene y explica nada de ella. La sospecha de que ocultaba algo fue la clave de su biografía de Dalí. Se equivocó al no hacer lo mismo con Buñuel. El biógrafo que prescinde del abogado de diablo se condena al fracaso. Las confesiones son siempre, en primer lugar, relatos autopromotores y exculpatorios. El que cuenta su vida, no busca la verdad, sino quedar lo mejor posible.

Buñuel seguirá siendo el mejor director de cine español, aunque llegue a rebajarse la calificación de su conducta en diversas circunstancias. A pesar de que se ha abusado de ello en muchas exégesis, sólo en casos muy raros, la vida personal de un artista resiste su exaltación como héroe moral o como maestro de vida. Fuera de su especialidad, pocas enseñanzas para el común se obtienen de la vida de la inmensa mayoría de maestros del arte contemporáneo. Bastaría con aceptarlo. Buñuel sólo fue un héroe detrás de la cámara. Del otro lado, fue un ser humano común y corriente, con muchas debilidades. De unas, por ejemplo su estalinismo, alardeó y otras quiso ocultarlas. A juzgar por el libro de Gibson, no ha llegado todavía el momento de explicarlas. Entre tanto, el cuento de nunca acabar de la vida de Buñuel nos puede matar de aburrimiento. Ha estado a punto de ocurrir varias veces mientras esta reseña se hacía, a su vez, interminable.

Álvarez del Vayo, pariente lejano

1. Hay vínculos sutiles que fortalecen una relación superficial y esporádica, como proceder de un mismo pueblo, aunque no se haya vivido nunca en él. Julio Álvarez del Vayo y Luis Buñuel eran parientes lejanos por parte materna. Se deduce de lo que el primero contó en sus memorias y de la puerta entreabierta que dejó el segundo en alguna ocasión.

Vayo, en The Last Optimist, sus primeras memorias publicadas en los Estados Unidos en 1950, se presenta como un producto arquetípico de la oligarquía española. La familia de su padre era de militares, distinguidos liberales en el XIX. La materna de nobles carlistas, que habían tomado las armas por la religión. Los Olloqui, apellido materno, procedían de Lumbier, cerca de Sangüesa, en la Navarra límitrofe con las aragonesas Cinco Villas. Por una de sus ramas, el antepasado más preclaro de los Olloqui no había sido carlista, pero sí cardenal y nacido en Calanda.

Allí nació Antonio María Cascajares y Azara en 1834. Fue el hijo más preclaro del pueblo, junto con el músico Gaspar Sanz, anterior a Buñuel. Noble de cuna por ambos costados, fue militar antes de ordenarse a los 27. Vayo, en su libro, cree recordar la cruz de amatista sobre el pecho del príncipe de la Iglesia cuando su madre le llevó a Zaragoza para que lo bendijera. Tuvo que ser en Valladolid, donde estuvo de arzobispo desde el año de nacimiento de Vayo y de cardenal desde 1895. Murió en Calahorra en 1901, cuando se dirigía a tomar posesión de su nueva archidiócesis aragonesa. Entre 1884 y 1891, había sido obispo de Calahorra. María Portolés Carezuela, la madre de Buñuel, nacida en 1881, perdió a su madre, se dice, con tres años. La familia contaba que había sido enviada para que fuera educada junto a un pariente obispo. Buñuel le dijo a Aub (p. 45) que “un tío abuelo, por parte de mi madre, fue obispo de Pamplona.” Según su sobrino, Pedro Christian, lo fue de Logroño.

No se recuerda a otro nativo de Calanda que alcanzara la prelatura por esos años y no hubo otra diócesis en la zona que la histórica de Calahorra-La Calzada. Pudo ocurrir que los Cerezuela, apellido materno de María Portolés, estuvieran vinculados con los Cascajares o los Bardají o que el vínculo fuera más complicado y que el tío sacerdote, hermano de la madre de María, sobrino del prelado, estuviera en su séquito. ¿Por qué no lo resaltaron más? La respuesta ha de ser novelesca. Pudo haber algún tipo de sombra, real o imaginaria, en aquella relación. El tío de su madre, Santos Cerezuela, vivió en Calanda al margen de la orden en la que había profesado, las Escuela Pías, y fue administrador de los Buñuel en el pueblo hasta su muerte en 1918. Por una carambola, el Centro Cultural Buñuel de Calanda se instaló en la casa solariega de los Fortón Cascajares, los únicos grandes terratenientes del pueblo, de siempre, cuya herencia había ido a parar a manos de la iglesia. Como fuese, sus familias estaban conectadas por el cardenal nacido en Calanda y fallecido cuando Buñuel contaba un año y Vayo diez. No hay respuesta para la pregunta de por qué Buñuel llegó a recordar que un tío abuelo de su madre había sido obispo de Pamplona y nunca mencionó al cardenal Cascajares, tan famoso en Calanda.

 

2. Álvarez del Vayo fue el enchufe inicial y la coartada que le permitió a Buñuel pasar dos años en París, cerca de su familia y lejos de los horrores y las privaciones del frente y de la retaguardia. La guerra civil fue la etapa más oscura de su vida, sobre la que no arrojó ninguna luz, sino todo lo contrario, un bosque de invenciones y anécdotas, la mayoría de segunda mano, y pocos datos fiables. La pieza más increíble, y hay muchas, de su delirio mitómano es el relato de la liberación de su colaborador Sáenz de Heredia de una checa. Se le crea o no, durante la guerra fue un fantasma. Como cineasta, si hizo algo, no lo firmó. Como político, actuó como para-comunista sin pisar ningún charco. Faltaría a la verdad quien dijera que durante la guerra se empleó al máximo, con lo mejor de sus capacidades, en la defensa de su bando. El primer año estuvo más ocupado. El segundo, no hizo casi nada más que escurrir el bulto. No hay pruebas de lo contrario.

Para explicar su conducta es tentador recurrir a hipotéticos ataques de pánico instintivo y buscar el paralelismo entre su conducta y lo que hizo su padre, al abandonar Cuba, donde había vivido más de veinte años, unos días antes de que empezara la guerra con los Estados Unidos. Previamente lo había dejado todo listo para que el negocio siguiera funcionando durante su ausencia. Pueden aducirse otros datos relevantes conectados para atenuar la voluntariedad de su poco airosa conducta. Como que su bando no era el del resto de su familia, de la que, en ausencia, seguía siendo el jefe, el varón con más autoridad, a diferencia de lo que ocurría en las familias de Mantecón o Sánchez Ventura. Como terratenientes agrícolas, los Buñuel fueron despojados de sus propiedades en Calanda. Como propietarios urbanos, las conservaron en Zaragoza. Su hermano, en octubre, se alistó voluntario con los nacionales. Su hermana, a la que dejó en Madrid con sus hijos en casa y su marido en la cárcel, en noviembre, ayudada por Hidalgo de Cisneros, logró llegar a Alicante, de allí a París y regresar en compañía de su madre a Zaragoza, cuya cárcel visitó en dos ocasiones.

El 18 de julio, en Madrid, había dejado lista para ser estrenada tras las vacaciones la cuarta película de Filmófono, Centinela, alerta. El 16 tuvo un anticipo angustioso de lo que se avecinaba por la petición de ayuda de Juan Piqueras, retenido en Venta de Baños por una hemorragia intestinal y al que Antonio del Amo quería ayudar a toda costa. Su mujer y su hijo de veinte meses se habían ido a París, donde pensaba reunirse con ellos más tarde. No se sabe si tuvo noticias de Zaragoza. Se quitó el coche porque lo hacía sospechoso por opulento y estaba incómodo en su casa como cualquiera que viviera en aquellos momentos en un piso burgués. De los recuerdos de Bello, se deduce que tuvo pronto la idea de marcharse. Tardó cuarenta y cinco días en conseguirlo, durante los cuales lo único que se recuerda que hizo fue firmar un manifiesto de la Alianza de Intelectuales, darle una cámara a Del Amo para que filmara y una visita a Claudio de la Torre.

Nunca explicó qué documentos le permitieron abandonar Madrid y llegar a París en la primera quincena de septiembre. Aub le preguntó (p. 80): “Entonces, ¿no llevabas una misión del Gobierno, del Ministerio?” y respondió: “No. Bueno, sí, a medias”, antes de insistir en lo que ya había dicho, que alguien le había dado 400 libras para Munzenberg. Más adelante, lo complica al introducir a Ogier Preteceille, (socialista, jefe de prensa de la UGT, que fue a París como asesor de Araquistain), el cual, presciente, le habría recomendado que se fuera al galope a París para tener todo listo cuando llegaran, quince días antes del nombramiento de Araquistain. En otro lugar (p. 84), dice que llevaba una carta de recomendación de Mundo Obrero. ¿Para qué?, ¿para quién? No se sabe.

En Mi último suspiro se quiere hacer creer que en Madrid recibió instrucciones para ir a Ginebra para entrevistarse con Vayo a finales de septiembre de 1936. Se entrevistó con él el 19 o el 20 de septiembre, pero llegó desde París, adonde llevaba diez días. En la aduana suiza, presentó un pasaporte diplomático que le había sido expedido ese día. Eso significa que ya estaba enchufado en París cuando vio a Álvarez del Vayo. Le habían buscado acomodo sus mejores amigos, los Viñes y Joaquín Peinado, segundo en la Oficina de Turismo. Además, tenía muy buenas relaciones con miembros prominentes del PCF, en especial Louis Aragon.

Las libras esterlinas para Munzenberg son una invención bien curiosa. Se puede aventurar que procede de las memorias de Koestler, impulsor en la posguerra del mito del Hearst rojo eliminado por Stalin. Buñuel pudo darle en persona a Koestler, el 10 de octubre de 1936, los 3000 francos que le costó a la embajada un viaje por encargo de Otto Katz, segundo de Munzenberg. Pudo llegar a ver a este, recién llegado a París, o se lo contaron. El alemán tomó alguna iniciativa en los asuntos españoles, pero, en octubre, fue llamado a Moscú. Fue su último viaje a la URSS. Hay una carta a Araquistáin de finales de ese mes, cuando todavía seguía allí. Logró regresar en noviembre, pero todos sus cometidos en París fueron fiscalizados y asumidos por otro burócrata de la IC, el checo Bohumir Smeral, que confirmó a Katz en su puesto.

Sobre la otra parte de la historia, las libras esterlinas, hay otros indicios. Es muy posible que viajara de Madrid a París con 400, más o menos, en el bolsillo. Gubern y Hammond dan la solución en su libro, pero algo les ciega y no lo relacionan. Una semana antes de marcharse, el cuñado de Juan Vicens, Leo Fleischman, un norteamericano que moriría en octubre luchando para el Quinto Regimiento, le prestó 490 libras esterlinas para la compra de material cinematográfico. Un préstamo o una coartada para justificar si hacía falta que viajara con tanto dinero encima, equivalente, más o menos a unos 30.000 euros actuales.

Para el viaje a París, la hipótesis más verosímil, por simple, es que Buñuel consiguió un salvoconducto por mediación de Elie Faure. El fundador y presidente de la Sociedad de los Amigos de España, nacida en 1934 para apoyar a los represaliados por la revolución de octubre, visitó Madrid en la segunda quincena de agosto. El 18, acompañado por Margarita Nelken, estuvo en la Sierra. El 20, habló por Unión Radio. Recordó Buñuel la visita que hizo a Elie Faure en su hotel, pero no que hablaran de este asunto. Elie Faure, entonces 63, era el mejor amigo de Francis Jourdain. Ambos habían evolucionado desde el pacifismo proanarquista al antifascismo procomunista. Faure era el padrino de la hija de Jourdain, Lucie, la mujer de Hernando Viñes. A través de Faure, el Comité Franco Espagnol, cuyo secretario era Viñes, Buñuel fue invitado a alguna importante reunión o acto en París, e hizo el viaje con un salvoconducto de Mundo Obrero.

Por esa vía, con Buñuel ya en París, el Comité Franco Espagnol, o sea, la familia Jourdain-Viñes, le habría propuesto como vínculo entre las autoridades españolas y las organizaciones “espontáneas” de izquierdas de apoyo a la República con sede en París. Eran impulsadas y controladas por la Internacional Comunista, según modelo que todavía se sigue utilizando, pero gozaban de cierta autonomía. Eran poco más que una dirección y un nombre ilustre, respaldado por un grupo de ellos, heterogéneo para acentuar su independencia. El día a día de la organización lo llevaban los colaboradores del número uno, si los tenía, junto a comunistas cualificados, discretos, anónimos.

Al margen del pasaporte diplomático, Buñuel no tuvo nombramiento oficial para su colaboración con la embajada. Pudo no hacer nada por tenerlo, para mejor pasar desapercibido. Su función, sabida por Araquistain y Álvarez del Vayo, se diluyó con el cambio de gobierno y la llegada del nuevo embajador, Ossorio, que prescindió del antiguo bloque de colaboradores. Coincidió con que Vicéns fue designado para dirigir la oficina de Turismo, integrada en el organismo de Propaganda, con lo que obtuvo una nueva cobertura como asesor oficioso en temas cinematográficos. Vicéns, viejo amigo de los Viñes, siguió contando con las organizaciones de apoyo, pero con otro organigrama. Ossorio era interlocutor directo de la IC como miembro español de la Unión Universal por la Paz. Al regresar Vayo a Estado y llegar Pascua a París, se revisó todo, la tarea de Vicéns fue cuestionada y Buñuel se quedó sin cobertura. Decidió marcharse a los Estados Unidos cuando empezaron a llamar a quintas cercanas a la suya y su pasaporte iba a caducar. Sánchez Ventura le recomendó que se fuera y, en parte, le financió el viaje.

3. Es sabido que el mejor amigo español de Munzenberg fue, hasta octubre de 1936, Julio Álvarez del Vayo. Para la autora de una tesis doctoral inédita sobre él: “No hay muchos personajes en la historia contemporánea de España en los que se de una tal cantidad de elementos y circunstancias como en la figura de Julio Álvarez del Vayo y Olloqui. Diplomático, ministro de Estado durante los Gobiernos de Francisco Largo Caballero y Juan Negrín, periodista, diputado por el PSOE, activista político, viajero incansable e incluso para muchos, presunto agente soviético”. Lo de presunto sobra, salvo que se refiera a si lo hizo o no por contrato o estipendio, cuestión secundaria. Fue agente prosoviético en el sentido más simple. Lo fue a conciencia, consecuente con su ideario socialista revolucionario, adaptado desde los años veinte al realismo soviético.

Vayo hizo las primeras gestiones en Berlín, en el otoño de 1927, para importar a España títulos de cine soviético (Kowalski). Por ahí pudo llegar el primer contacto con Buñuel, cineclubista y admirador del cine soviético. Vayo era culturalista, cosmopolita y esnob. Escribió bastante sobre teatro y presumía de haber asistido al cabaret Dada en Zurich. En los años 20, cuando trabajaba para La Nación de Buenos Aires y para el Manchester Guardian, era, dijo, el periodista mejor pagado de España. Había nacido en Boadilla del Monte (1891) y estudiado en El Escorial, donde su padre era jefe militar. Licenciado en Derecho, se afilió al PSOE en 1912. También ese año, la Junta de Ampliación de Estudios le financió para que estudiara en la London School of Economics. No estudió mucho, pero hizo mucha vida social y relaciones duraderas. Su segundo año becado lo paso en Leipzig, donde tuvo que coincidir con Juan Negrín, el estudiante español más destacado de la ciudad. Había hecho la carrera de Medicina a una edad muy temprana, y se matriculó luego en Química y  Económicas. Años más tarde, en Madrid, serían socios en la editorial España. Vayo y su cuñado Araquistáin apadrinaron a Negrín en su incorporación al partido socialista a comienzos de los treinta, junto con Quintanilla.

Al estallar la primera guerra mundial, se trasladó a los Estados Unidos. Volvió a Europa en 1916 y asistió en Alemania al fracaso de la revolución del 18. Esta parte de su vida la cuenta, apenas velada, en La senda roja. Hizo su primer viaje a Rusia en 1922, invitado por la comisión internacional Nassen, una de las primeras iniciativas de Munzenberg, para paliar una trágica hambruna agravada por los primeros experimentos soviéticos. Regresó en varias ocasiones. Escribió dos libros de propaganda, con alguna crítica, sobre sus experiencias (La Nueva Rusia, 1926, y Rusia a los doce años, 1929). En 1936 había sido nombrado embajador en Moscú, pero no llegó a tomar posesión. Vayo alardea en sus escritos de que conocía a todo el mundo importante en Moscú. Allí coincidió con Louis Fischer, el corresponsal de The Nation, que vivió más de diez años en Rusia y luego tuvo una destacada participación en la guerra española. En su autobiografía publicada en  1941, Men and Politics, Fischer le hizo un regalo en forma de retrato, en el que le pinta inteligente, buen escritor de discursos, simpático, cercano y en estrecha relación con Pablo de Azacárate y con él mismo.

Fue un agente de Moscú, porque siempre que pudo favoreció los intereses soviéticos. Lo hizo con la mayor naturalidad, consecuente con su posición teórica. Se consideraba socialista revolucionario, estaba con la clase obrera y en España el partido que mejor la representaba, por más numeroso, era el socialista, el suyo desde 1912. Hubiera hecho un mal negocio si se hubiera integrado en el Partido Comunista, ya que su capital personal estaba ligado a su papel en el PSOE. Como corresponsal en Europa para diversos periódicos españoles, argentinos e ingleses, asistió a innumerables encuentros internacionales, convirtiéndose en la personalidad española de izquierdas más conocida y con mejores contactos, destacándose como impulsor del espíritu de la Sociedad de Naciones. La amistad entre Willi Munzenberg y Vayo pudo remontarse a los días de Zurich y se alimentó durante sus siete años en Berlín y en alguno de sus viajes a Moscú. Según Babette Gros, su viuda, les invitó a pasar las navidades de 1934 en Madrid y en Torremolinos. El verano de 1935, volvió Munzenberg a Madrid para sondear a los comunistas y a los socialistas pro-rusos. Ese mismo año, Vayo, como invitado de última hora, habló en París en el I Congreso de intelectuales para denunciar la represión de Asturias y pedir la amnistía.

Con la República, fue embajador en México. Más tarde, participó en una comisión internacional para alcanzar la paz en la guerra del Chaco. Con el primer gobierno de Largo Caballero, fue nombrado ministro de Estado. No fue precisa ninguna conspiración. Araquistain era la antítesis de la diplomacia, un hombre de ideas que daba miedo, mientras que su cuñado siempre iba con la sonrisa por delante. Poco después, Caballero se empeñó en que asumiera el Comisariado, la institución de adoctrinamiento y vigilancia  en el Ejército, con lo que multiplicó sus oportunidades de ineficacia. Salió de Estado con el primer gobierno de Negrín y volvió en el otro.

Es difícil trazar su retrato psicológico. Para unos era medio bobo y para otros lo fingía, el colmo del maquiavelismo. Tras su impostada  humildad, no careció de autoestima, como prueba que aceptara con entusiasmo tareas imposibles. Tenía aptitudes para el trato humano y las relaciones públicas. Era trabajador, perseverante en sus ideales y viajero infatigable. Vivió en Londres, Nueva York, Leipzig, Berlín y París suficiente tiempo como para expresarse con fluidez, aunque no siempre con claridad, en inglés, alemán y francés, así como hacerse entender en otras lenguas.

Dos años antes de su muerte, 1973, se publicaron en España los restos de sus memorias, En la lucha, muy distintas de su anterior versión francesa, Les batailles de la Liberté, 1963, el cual, a su vez, contiene curiosas variantes, supresiones y añadidos, de las primeras publicadas, The Last Optimist, NY, 1950. Un filón para trabajos escolares. Su versión de la guerra civil, la versión canónica de lo ocurrido al Frente Popular (Freedom’s Battle / La guerra empezó en España, 1940), es un libro curioso. La versión española fue traducida del original inglés. Se puede sospechar que fuera redactado por Allen, Southworth y compañía, su equipo de apoyo en Nueva York. Vayo pudo limitarse a introducir correcciones mínimas y firmarlo.

Tras la derrota del 39, Vayo se instaló en París. Era un hombre con suerte. La entrada del ejército alemán en Francia le pilló mientras estaba retenido en Nueva York por problemas con su visa de regreso. Allí pasó la guerra y permaneció hasta bien entrada la década de los 50 y siguió siendo un personaje muy influyente. Su ángel de la guarda durante esos años fue Freda Kirchwey, la editora de The Nation durante muchos años. La relación entre ambos es un asunto difícil de entender. Su obstinación por mantener a Vayo como editor de política internacional acabó con su carrera al frente del semanario. Su  biógrafa llega a decir: “Nadie puede estar seguro, pero tras una exhaustiva investigación en sus papeles y muchas entrevistas, he llegado a la conclusión de que Freda Kirchwey y J. Álvarez del Vayo no fueron amantes; sus relaciones eran platónicas.”  En la última versión de sus memorias, Vayo la recuerda con afecto: “Escribía brillantemente y corregía con gran facilidad. Así, cuando recibía un artículo demasiado engorroso de alguien que tenía algo que decir, aunque sin saber decirlo, ella sabía transformarlo completamente, aireándolo, pero respetando fielmente el pensamiento de su autor.” Sin una correctora como ella, difícilmente habría llegado a ocupar en Nueva York el papel que desempeñó en aquellos años.

The Nation, uno de los semanarios más antiguos de los Estados Unidos, era entonces el órgano más destacado de la izquierda radical. Vayo comenzó a publicar en él en 1940, por Louis Fischer. En 1942, se incorporó a la redacción como responsable  de política internacional. Durante más de diez años, Vayo fue el faro internacional de la izquierda americana prosoviética y estuvo muy bien pagado. En 1951, cobró más de ocho mil dólares. Viajó repetidas veces por Europa y volvió a Moscú. Con la muerte de Roosevelt, su estrella empezó a declinar y siguió hasta la guerra de Corea. En 1951, Clement Greenberg, que empezaba a ser un crítico de arte original y prestigioso, envió una carta al semanario en el que llevaba años colaborando en protesta por el filosovietismo de Vayo. No fue publicada y dio lugar a la primera gran controversia sobre si una sociedad abierta debe proteger a los intelectuales que apoyan a una potencia enemiga en guerra. Greenberg, que apenas intervino luego en el debate político, procedía del trotskismo y se había integrado en el Comité Americano por la Libertad Cultural. Unos meses más tarde, cuando el matrimonio Vayo regresaba a los Estados Unidos de uno de sus viajes por Europa, fueron retenidos en la isla de Ellis. Kirchwey logró sacarles, pero empezaron a pensar en cambiar de aires.

No se sabe su vida en detalle tras la muerte de Stalin. Regresó a París en algún momento, donde reanudó la relación con su cuñado Araquistáin, rota en 1937. En 1956, viajó a la China de Mao, donde era recibido con honores de jefe de estado. Sobre la China comunista escribió dos libros semejantes, más entiusiastas, a los que había escrito sobre Rusia. En 1957 se le prohibió la entrada en los Estados Unidos, aunque siguió entrando amparándose en su acreditación ante las Naciones Unidas.

Un año antes de morir, Vayo publicó The March of socialism, un recorrido histórico que termina con una profesión de fe: “Las masas, con su potencial revolucionario y su creatividad garantizarán el futuro del socialismo”.  Ramón Chao fue el último periodista que le entrevistó, el 26 de abril de 1975. Esa misma noche sufrió un ataque cardíaco del que falleció el 3 de mayo. Luisa Graa, su mujer, había fallecido seis meses antes. Según Chao, presidía el FRAP desde 1964, pero ocurrió más tarde. Dos meses después de fallecer Vayo, el FRAP pasó a la lucha armada. Entre julio y septiembre, asesinó a tres policías nacionales y a un teniente de la Guardia Civil. El 27 de septiembre fueron fusilados los cinco últimos condenados a muerte del franquismo. Tres eran miembros del FRAP y dos de ETA. En 1978, se disolvió el FRAP, pero el PCE (m-l) sobrevivió hasta 1992.

Buñuel sólo menciona a Álvarez del Vayo con motivo de la entrevista que tuvieron en Ginebra en septiembre de 1936. Nada dice de antes ni después. Mientras vivió en Nueva York, era el español más conocido de cuantos residían en la ciudad. Paolo Duarte, el compañero brasileño de Buñuel en el Moma, vino a España con encargos de Vayo. Fue expulsado del PSOE, con Negrín y otros, entre ellos Aub, en 1946. En 2009, fueron readmitidos.

Paulo Duarte, polígrafo brasileño

Paulo Alfeu Junqueira de Monteiro Duarte, Paulo Duarte, nació en 1899 en Sao Paulo. Fue arqueólogo, periodista, escritor y político. Comenzó a trabajar joven de periodista en su ciudad y a publicar sus primeros libros. Como miembro del Partido Democrático, en 1930 apoyó a Getulio Vargas cuando dio su golpe en octubre. Por entonces, conoció a Benjamín Peret. El poeta francés residió en Brasil unos años en compañía de su mujer, Elsie Houston, una cantante lírica. En 1932, Duarte luchó contra Vargas, fue apresado y enviado a Portugal, de donde pasó a París, ciudad en la que vivió hasta 1934. Sus muchas relaciones parisinas de esos años vincularon la cultura brasileña con las nuevas tendencias europeas. Es posible que Buñuel y él se conocieran en París entonces.

Volvió a Brasil, siendo elegido diputado por el Partido Constitucionalista. También fundó un departamento de Cultura para el gobierno de Sao Paulo, donde estuvo hasta 1937, cuando tuvo que marcharse de nuevo por la política, pasando la mayor parte de su exilio en Nueva York. Allí coincidió con Buñuel en los doblajes para la agencia de Rockefeller que se hacían en el MoMA, presidido por el mismo político. Era el redactor de las versiones portuguesas.

Es posible que siguiera trabajando allí cuando, en diciembre de 1943, viajó a España con varios encargos. Según dijo, el primero era entrar en contacto con Joan Miró, el pintor surrealista catalán, del que apenas se sabía en Nueva York desde 1939. El MoMA quería comprar obras suyas de los últimos años. La segunda tarea era por cuenta de las organizaciones de la resistencia francesa en los Estados Unidos, averiguar qué había sido de Ángel Establier, un químico español que trabajaba para la Cooperación Intelectual en Ginebra. Se temía que hubiera sido fusilado. También tenía que enterarse del paradero de otro viejo conocido francés, judío, preso en París. Otra encomienda fue dar noticias de sus miembros ausentes a las familias de Luis Buñuel, en Zaragoza, y de Demetrio Delgado de Torres, otro español que trabajaba en el Museo de Nueva York, en Madrid. En Barcelona, se reunió con los familiares de Josep Lluis Sert. Por último, Julio Álvarez del Vayo, en representación de los republicanos de los Estados Unidos, le encargó la entrega de documentos a compañeros madrileños y barceloneses que seguían en España. Dice que su contacto en Barcelona era un importante industrial, oficialmente franquista, pero que ayudaba a volver a sus unidades a aviadores ingleses caídos en Francia.

Llegó a Zaragoza el 19 de enero de 1944 y se alojó en el Gran Hotel. Su mujer se indispuso y pasaron seis días en la ciudad hasta que se recuperó, siendo tratados por la familia Buñuel con generosa hospitalidad. En algún momento, hizo un resumen de su viaje, lleno de elogios agradecidos, que se publicó en 2000 en Lumen Apothecariorum, en Zaragoza.

Paulo Duarte es recordado como primer arqueólogo de campo del Brasil y como fundador de instituciones relacionadas. Fue profesor y director de varios periódicos y revistas. Como antropólogo, reclamó atención para los pueblos primitivos de Brasil y las culturas afroamericanas. Por la publicidad que hizo de sus hallazgos, llegó a ser muy famoso en su país. Sobrevivió unos meses a Buñuel. Sus memorias, que empezó a publicar en 1974, ocupan nueve volúmenes.

Gustavo Durán, cabeza de turco

Más sobre el personaje: una semblanza breve y Gustavo Durán y yo

 

En Mi último suspiro, no se le menciona, ni tampoco en la conversaciones con Colina y Pérez Turrent. Aparece varias veces en las Conversaciones con Buñuel. Durán falleció el 26 de marzo de 1969 en Atenas, a los 62 años. Su vida se hizo legendaria, por desconocida, y porque abunda en circunstancias que invitan al chismorreo.

Viejos conocidos los tres, Aub y Buñuel habían conservado la amistad con Durán durante los años del exilio. En noviembre de 1965, por ejemplo, el de Calanda le escribió desde México (la carta en Juárez, p. 363). Se disculpa por no haber acusado recibo de los envíos que le ha ido haciendo en los últimos años con recortes “de Katanga, de Londres, de Atenas, etc.”, acompañados de lacónicas notas. Le había enviado también Durán una novela de Pablo de la Fuente, un segoviano de su misma edad, compañero de los primeros días de la Revolución en Madrid, refugiado al final en la embajada de Chile, en donde se exilió, se hizo hostelero y novelista. Se había vuelto a encontrar con Durán cuando este en los cincuenta vivió varios años en Chile. Podría referirse a El retorno, considerada su mejor novela, que se editará en México en 1969. Su protagonista, un exiliado, se llama Enrique Durán. El libro le parece a Buñuel, como a Durán, estupendo, pero se disculpa diciendo que anda medio retirado del cine, en 1965, cuando le quedan 12 años de trabajo y no ha rodado todavía sus mayores éxitos de público. Repetirá la excusa cuando le sea útil en situaciones semejantes. Cree que la que va a rodar, El monje, basada en la novela de Lewis, será su última película. Le pregunta y le envía un beso para su mujer, “la buenísima y simpática Bonte”. Se despide con un abrazo de su “antiquísimo amigo”.

Aub le escribió en septiembre de 1968. Le había dado noticias suyas Jaime, probablemente Gil de Biedma, amigo de ambos, cuando estuvo en México. Le cuenta que ha aceptado el encargo de Aguilar para escribir un “gran” libro sobre Buñuel y que ese mismo mes, cuando el director haya acabado de rodar su película (La vía Láctea), piensan ir a España con él, para quedarse algún tiempo más, “viendo a los supervivientes con tal de reconstruir el tiempo de la Residencia y el nacimiento del surrealismo.” Le encarece lo útil que puede serle. Le pregunta si va a ir en octubre a París por la Conferencia General (la 15ª de la Unesco), o tendrá que ir a Atenas o a otro lugar a mitad de camino, como Roma, en casa de Rafael (Alberti), para hablar con él. Aub tuvo que aplazar su viaje por un infarto y, antes de que hiciera de nuevo las maletas, otro acabó con la vida de Durán, como recordó al comienzo de La gallina ciega.

Buñuel y Carrière cenaron en casa de Max Aub en México el 29 de junio de 1970. El director habló de su combate juvenil de boxeo con el hermano de Rafael Martínez Nadal, repitió que su padre no se había acostado con mulatas en Cuba, contó una anécdota de Falla que le había oído a Lorca y hablaron de Gustavo Durán. Aub anotó en su diario: “Gustavo –en 1921-, amante de Federico”. Seguido de las palabras que, según Buñuel, inspiraba al poeta: “¡Chico!, ¡qué chico!, ¡qué rubio!, ¡cómo toca el piano!”, donde los signos de admiración indican que el director había gesticulado al contarlo. “Néstor de la Torre, tres años más tarde.” (Aub 03, p. 467). Durán, el verano de 1921, tenía catorce años, era alumno del Instituto y no consta que Lorca tuviera amantes en 1921 ni que el muchacho hubiera sido, por así decirlo, presentado en sociedad. O sea, lo que le dijo a Aub es falso.

¿Por qué lo hizo? Primero, porque era, de natural, maldiciente y, cuando bebía, como tantos, se crecía. No hay que olvidar, en primer lugar, el foco profundo de muchos resquemores, la envidia. Durán tenía cualidades: era guapo, simpático, elegante, pianista dotado, compositor precoz y políglota. En sus fantasías inconscientes, lo tenía por un conquistador irresistible, un estereotipo cuasi diabólico. Al dejar la música, se dedicó al doblaje, llegando a director de estudio en poco tiempo. En la guerra, se hizo miliciano desde el primer día y en tres años alcanzó lo más alto de la jerarquía. Después, borró sus antecedentes sentimentales al casarse y tener tres hijas con una americana de buena familia que le introdujo en la alta sociedad estadounidense. En Nueva York, algo ocurrió entre ellos en el trabajo al que habían llegado por distintos enchufes. Luego, Durán estuvo en el servicio exterior americano en La Habana, Buenos Aires y Washington, donde ocupó un puesto elevado. De allí pasó a las Naciones Unidas, desempeñando altos puestos en el exterior, como el de representante civil de la ONU en el Congo o en Grecia. Cuando se hablaba de él, la fantasía primaba sobre los datos y se resaltaban sus debilidades para rebajar sus prendas.

Lorca conoció a Durán en 1923, cuando acompañaba en sus primeras salidas a su hermano mayor, Enrique, estudiante de ingeniería, relacionado con los ambientes teatrales por el negocio de iluminación de su padre. El pintor Néstor, casi 20 años mayor que él, también le conoció en la primavera y ese mismo verano se fue con él de vacaciones y pasaron el resto del año en la casa familiar de Las Palmas de Gran Canaria. La relación entre ellos se estabilizó, dentro de lo dable en aquellos tiempos, durante diez años. Las primeras menciones a Durán en la correspondencia de Lorca son del mes de julio de ese año. Conoció a Néstor y a Lorca el mismo año, 1923 y siguió siendo amigo del poeta mientras estuvo vinculado al pintor.

Gustavo Durán entonces estudiaba piano en el Conservatorio y pronto hizo sus pinitos como compositor. Su caso tiene alguna semejanza con el de Ernesto Halffter, al que emulaba. Durán tenía mucho más encanto personal, pero su vocación, sus habilidades musicales y capacidad de esfuerzo eran menores. La acusación de imitar a Halffter procede de su promotor, Adolfo Salazar, el crítico, amigo de Lorca y Falla, que, entonces, creía que Durán coqueteaba con la música. Años más tarde, le mencionará en sus obras con más generosidad. Durán terminó abandonando los estudios de piano. Gracias al pintor, que se encargó de la escenografía, en 1927, estrenó su primera obra, El fandango de candil, un ballet sobre libreto de Cipriano Rivas Cherif. Fue la mitad del programa interpretado por La Argentina en una gira por Europa organizada por el que todavía no era cuñado de Azaña. Su temprano y alto debut no tuvo buenas consecuencias. Sólo volvió a componer algunas piezas cortas sobre poemas. Según dijo, abandonado por la inspiración, dejó la música. Para ganarse la vida, aprendió la técnica del doblaje cinematográfico en Joinville, donde volvió a relacionarse con Buñuel.

Durán y Néstor se habían instalado en París en 1929. Claudio de la Torre, el empleador de Buñuel en la Paramount de París, era primo carnal del pintor, Martín Fernández de primer apellido. La cosa tenía cierto aire de familia. También andaban por allí los hermanos de Claudio, Bernardo, que será jefe de Durán en Madrid, y Josefina, con la que Buñuel tuvo un lío, sin que se sepan los detalles. Es muy posible que Durán y el de Calanda empezaran a trabajar en el doblaje al mismo tiempo y no hay duda de que el primero se tomó el trabajo mucho más en serio. Como se explica en La otra vida de LB, es improbable que Durán acompañara a los Alberti, como este creía recordar, cuando visitaron a Buñuel en Las Hurdes en la primavera de 1933. En su recuerdo, el poeta lo confundió con el arquitecto Luis Lacasa. Durán se instaló en Madrid de nuevo al año siguiente y su compromiso político era reciente cuando asistió al banquete de homenaje a Hernando Viñes en mayo de 1936, donde volvió a coincidir con Buñuel, al que, en aquella ocasión, había acompañado su hermano Alfonso.

¿Por qué Durán sale tan mal parado en lo dicho por Buñuel ante Aub? No podemos saber qué hubiera hecho Aub con esos comentarios tan superficiales, pero conviene no olvidar lo que hizo el editor. Como reconoce en el prólogo, eliminó las “referencias vidriosas” a otros personajes, pero no lo hizo con las dirigidas contra Durán. No se malinterprete lo que digo, lo mejor hubiera sido que se hubieran dado a conocer todas las referencias vidriosas, que suelen ser muy útiles. Además de que estaba muerto, en su criterio pudo pesar el sectarismo político. Federico Álvarez, yerno de Aub, nacido en San Sebastián en 1927, hijo de un líder republicano local exiliado al poco de estallar la guerra, se reunió con su padre en La Habana en 1940. En1947, se trasladaron a México. Durán vivió en la capital cubana, trabajando para la embajada de los Estados Unidos, entre 1942 y 1945. Entonces fue muy conocido y muy criticado por los comunistas, que lo consideraban un renegado, aunque la Unión Soviética estuviera, durante la guerra, con los aliados. Álvarez se metió en política desde muy joven. Aub retrató en sus diarios a su yerno y a su consuegro como muy estalinistas. Federico Álvarez vivía en La Habana al estallar la revolución y siguió en las instituciones castristas hasta 1971. Regresó a España, donde trabajó en editoriales. Poco después de entregar el original del libro, separado de Elena Aub y descontento con el clima político español, regresó a México. Acaba de publicar sus recuerdos de juventud, pero no los he leído. Quede como hipótesis. Habría que conocer, si existe, la versión no expurgada de las conversaciones para calibrar con precisión el papel de Álvarez.

Justifica el título de esta semblanza lo que dijo Buñuel en la segunda conversación con Aub, interrogado por la homosexualidad en la Residencia: “Hubo de todo en aquel tiempo, entre todos nosotros, en la Residencia, cierta promiscuidad o algo por el estilo, que de ninguna manera llegaba a nada más que besos o cosas por el estilo, pero ninguna era homosexual”. Está nervioso y se ha descontrolado, como si se le hubiera venido a la mente algún recuerdo vergonzante. Tras admitir a renglón seguido la homosexualidad de Lorca y Cernuda, cuando Aub dice que cree que el odio de Buñuel por Dalí se debe a haber revelado el homosexualismo de Lorca, Buñuel confunde la magnesia con la disfunción eréctil: “No. Federico era impotente. Homosexual de verdad, en todo el grupo, sólo Gustavo. Un día fuimos a pasar unos días al Monasterio de Piedra en un Renault que yo tenía entonces. Me estuvo contando muchas cosas de su vida sexual. ¡Y con obreros! Eso, a mí, creyente en el proletariado, me hería doblemente. Federico, no. No podía. Afeminamientos, cobardías, pequeñas ñoñeces, toqueteos… No.”

No precisa comentario la confusa explicación que da Buñuel de la conducta sexual de Lorca, fruto sobre todo de la relación contradictoria que mantuvo con el poeta en sus recuerdos. Sobre las Conversaciones de Aub planea todavía el libro de Marcelle Auclair, Vida y muerte de García Lorca, editado en francés en 1968 y traducido en México en 1972, en el que se hablaba abiertamente de su dimensión afectiva y que estimuló la memoria de más de uno. La amistad con Lorca en la Residencia era uno de los escasos antecedentes artísticos de la juventud baldía de Buñuel. Llevaba años alardeando de intimidad con él por el prestigio retrospectivo que le transmitía, pero, cuando sin darse cuenta detecta la sombra que proyecta sobre su impulso original, se escabulle como puede. Lo mejor que se le ocurre para salir del aprieto es hacer a Lorca impotente y proyectar el monopolio del vicio sobre Durán, el más joven con diferencia del grupo y que no vivió en la Residencia, empeñado en salvar su prestigio viril. Con frecuencia, para evitar responder una pregunta embarazosa, se responde otra más fácil. Si no se encuentra, se improvisa otro cuento. Para fundamentar lo que dice aduce las confidencias que le habría hecho Durán en un viaje.

Las confesiones de Durán camino del Monasterio de Piedra suenan a invención de emergencia. Cada ingrediente del relato recuerda alguna experiencia conocida. Viaje a un monasterio, como Las Batuecas. En la provincia de Zaragoza, vinculada al Renault familiar, con el que tuvo un accidente en un momento impreciso. En los años treinta, Buñuel tuvo un Morris y luego un Ford. Hubo un “obrero” en la vida de Durán, Ángel González Moros, aunque en sus relaciones, hasta donde se sabe, primó la política. Sobre él ha escrito Ester López Sobrado (2001). Era un dirigente comunista de la UGT ferroviaria, amigo de los Alberti, al que parece ser que conoció en mayo de 1936, en un mitin en Cuenca. Según Santiago Ontañón, era amigo de los intelectuales de la Alianza. No se sabe quién le puso el sobrenombre, tan poco adecuado para un sindicalista revolucionario, de “marinero de Singapur”, porque había pasado por allí siendo un joven marino. Durán y González Moros, convertidos en Manuel y Ramos, protagonizan las primeras escenas de L’Espoir, en las que Malraux utilizó lo que Durán le había contado de sus primeros días como miliciano. Si alguien es capaz de imaginar a Buñuel preguntándole a Durán, no se sabe cuándo, por su vida sexual y a Durán contándosela en detalle, el resultado será, con seguridad, inverosímil.

Se refiere en otro momento a cuando volvieron a coincidir en Nueva York. “Entonces me encontré ya a Gustavo Durán y a Gustavo Pittaluga.” El segundo entró para sustituir al primero. “Gustavo Durán era assistant associated y chef editor. Nada menos.” Durán parece que llegó antes que él al departamento de la OIAA que trabajaba en el Museo de Arte Moderno. Él y su mujer, Bonte Crompton, comieron el 6 de octubre de 1940 en Hyde Park, la residencia privada del presidente de los Estados Unidos, invitados por su mujer, Eleanor, buena amiga de Dorothy Whitney. Esta era la madre de Michel Straight, casado con una hermana de la mujer de Gustavo Durán. Dorothy había fundado una escuela modelo en Inglaterra, donde Durán dio una conferencia en 1939 y conoció a la que dos mese más tarde se convirtió en su mujer. La familia Whitney había adoptado al matrimonio Durán. A aquella comida también asistió Nelson Rockefeller, con antiguas relaciones familiares con los Whitney. Un Whitney, John, era su segundo en la presidencia del MOMA. El Motion Picture Herald del 12 de abril de 1941 se refirió al equipo de Macgowan, el responsable del programa de la OIAA, y mencionó a Buñuel y a Durán, que iban a editar y traducir las bandas sonoras de los films para Latinoamérica (Martín).

En otro lugar, dijo otra cosa, sin venir a cuento: “Gustavo era un caso inaudito. Le hice entrar en el Museo de Arte Moderno, en Nueva York, después de la guerra. Estaba a mis órdenes. A los ocho días me había desbancado.” Lo primero, se ha visto, es falso. De lo segundo, parece que algo ocurrió, pero no hay más indicios. Durán estuvo en la filmoteca del MoMA entre marzo y octubre de 1941. Al mes siguiente, en lo que podría ser un abandono voluntario de su puesto en Nueva York, se incorporó a la División de Música de la Unión Panamericana radicada en Washington. “Si no es por McCarthy, hubiera llegado a embajador de Estados Unidos. Era un ser tan brillante, que lograba lo que se proponía.” Aub le respondió: “¡Qué lastima que no escribiera sus memorias! ¡Qué libro sería!” “Sí. Pero tal vez mejor que no lo haya hecho”, apostilló Buñuel.

No se sabe a qué propósito, en otro pasaje, menciona un viaje de regreso suyo a América, que fija hacia 1954. Durante una escala en Nueva York, dice, le llevaron a una sala y un policía uniformado le preguntó: “¿Míster Gustavo Durán?” “No, Míster Buñuel Portolés.” “Ah, sí, perdón.” “¿Qué pasa?” “No lo sé, me dijeron que estuviera con usted aquí.” “Pero, ¿me van a dejar seguir a México?” “No lo sé.” A los veinte minutos, apareció un jefe y una aeromoza. Lo llevaron al avión, y le devolvieron el pasaporte. Cuando Buñuel introduce diálogos, la verdad se marcha. Prosigue: “Cuando volví, fui a ver a Bonté y a Gustavo. ‘Sí, chico, sí –me dijo. Yo te denuncié. No tienes idea… Horas y horas los de la CIA encima. Seis meses. Dije todo lo que querían’. Gustavo era así, se entregaba a las causas que servía.” En 1954, Durán superó sin mayor perjuicio la última investigación a la que fue sometido, dentro de los habituales procedimientos legales, bien defendido por abogados, y no volvió a ser molestado. Es posible que Buñuel confunda la fecha. La confesión de Durán es una pura invención injuriosa. El motivo de los problemas de Buñuel con la inmigración americana fue la firma, en 1950, (dirá que incluida sin su consentimiento por Juan Rejano) a favor del Congreso Mundial por la Paz, uno de cuyos actos se celebró en México, con asistencia de Paul Eluard. Se sabe que Buñuel volvió a pisar el aeropuerto de Nueva York en septiembre de 1959, cuando el FBI acusó recibo del informe de Inmigración sobre su llegada en un vuelo de Air France, con los papeles en regla. Fue para hacer el casting de su siguiente película, La joven. Ese año le habían concedido la visa que le habían negado en el 55 y en el 56 por haber sido abajofirmante prosoviético en vísperas de la guerra de Corea.

El 26 de septiembre de 1959, Buñuel cenó en casa de Durán en Nueva York con, entre otros, Paco García Lorca, Ángel del Río y un tal Escobar, con sus señoras. A Buñuel le acompañaba Alcoriza. Lo cuenta Carlos Esplá, que también asistió y dejó una anotación en su diario. Recuerda que le recordó a Buñuel que se conocían del París de los años veinte. Traza un retrato curioso de él: “Buñuel está feo, viejo, lleva un traje de pana arrugado, el rostro asimétrico. Da impresión de suciedad o descuido baturros. Lleva unas gafas, con las guías muy gruesas. Resulta que son complemento de un aparato para oír. Está muy sordo. Para leer, se pone otras gafas encima.” Apunta Esplá que Durán creía que la investigación contra él en 1946, que se saldó con su abandono del departamento de Estado, había influido en la decisión de Buñuel de dejar los Estados Unidos por México. En la cena, hablaron de Dalí. Mal, claro. Y de Federico. Buñuel, genio y figura, le preguntó a su hermano Paco si eran de Fuente Vaqueros o de Asquerosa.

Se le desborda la fantasía cuando, en el párrafo antes mencionado, prosigue: “Yo tengo un poco de culpa (del éxito de Durán, se supone). El treinta y cuatro, en Madrid, cuando estaba yo en la Warner, tenía veintiún películas que doblar. Fui a los laboratorios donde trabajaba Gustavo, los mejores, desde luego. Llegamos enseguida a un acuerdo. ‘Quiero que las doble míster Durán.’ ‘No puede ser. ¡Es un comunista!’ ‘Mire usted, a mí no me importa. Ni a la Warner, tampoco. Queremos un trabajo bien hecho y, o lo hace el señor Durán o me las llevo.’ Las hizo. Luego, en Nueva York, le metí yo en el Museo de Arte Moderno, y por poco me desbanca. Todos lo adoraban. Nunca he visto una persona con más simpatía. Ya no era aquel adolescente adorable, rubio, angelical, de los diecisiete años (luego se quitó como cinco), el de las historias con Néstor de la Torre, ni el playboy de París.” Y sigue con lo de que si no es por McCarthy hubiera sido embajador, que fue consejero de Murphy (¿?) y de Eisenhower ya presidente.

Es una historieta absolutamente inverosímil. En abril de 1934, Durán volvió de París a Madrid para trabajar en Fono España, fundada por un italiano, Hugo Donnarelli, y en la que Bernardo de la Torre, hermano de Claudio, era director de producción. Durán trabajó en Fono España hasta la víspera del 18 de julio. Trabajaban para la Paramount, la Fox, la Warner BROS y la Hispano American Film. La conversación que refiere Buñuel nunca se produjo. El formalismo es absurdo, en los ambientes cinematográficos se conocían todos. El comunismo de Buñuel era notorio, pero no hay ningún indicio de que Durán estuviera comprometido políticamente por esas fechas. Lo convierte en cabeza de turco, proyecta sobre el muerto su propio pasado comunista.

En otro momento, Buñuel se deslizó un poco más en su deriva venenosa. Le había preguntado Aub si creía que había sido de la policía mientras estuvo en Cuba. “Sin duda alguna –responde Buñuel. Conocía a todos. Cuando algunos españoles querían ir a Estados Unidos, les decía: “Tú, puedes ir; tú, no: estuviste en la décima brigada”. Remacha Aub: “Un auténtico hijo de puta” “No. Defendía lo que tenían encargado.” La leyenda negra comunista de Durán está asociada con el negativo tratamiento de estos en Por quién doblan las campanas, en la que Durán aparece realzado y los comunistas enfangados. Hemingway, que le admiró mucho, le había recomendado al embajador de los USA en La Habana, Spruille Braden. El novelista quería incorporarlo al irrisorio servicio de vigilancia antisubmarinos alemanes que tenía montado con el que conseguía darse importancia y combustible para su barco. Durán y Hemingway no tardaron en enemistarse. El americano dio pábulo a los chismorreos de sus amigos comunistas y el español siguió como funcionario auxiliar del servicio exterior, como asistente personal del embajador. El FBI reconoció que se enteraba de todos los asuntos de información, pero no tenía jurisdicción.

Algo semejante a lo que dice aparece en las memorias del pintor mexicano David Alfaro Siqueiros. En 1941, el presidente Ávila Camacho le había sacado de la cárcel en la que estaba por haber organizado la balacera contra Trotsky. Habían sido cuates en los años de la revolución mexicana. Se le envió a Chile a pintar un mural mientras se olvidaban sus hazañas. El mural se inauguró en 1942. Tuvo una oferta de Nueva York y decidió trasladarse allí. Como no consiguió la visa, habló a favor de los aliados en Lima, Guayaquil y Panamá, antes de llegar a La Habana en abril de 1943 con intención de alcanzar las costas de Florida. Volvió a pedir la visa y el encargado de comunicarle la negativa fue Gustavo Durán, al que Siquieros había conocido en Madrid cuando el español era mayor del 5º Regimiento. Cuando le anunciaron que quería verle el comandante Durán, su sorpresa fue mayúscula. Le explicó que la negativa se debía a problemas técnicos y no implicaba que el gobierno de los Estados Unidos negara su valía artística. Tal era así que, para hacer más llevadera su estancia en la isla mientras se resolvían las dificultades para su regreso a México, se le encargó una gran pintura. Pintó los rostros de Lincoln y José Martí, las dos cumbres americanas, por los que recibió $2.500. El primero de mayo, fue el invitado extranjero de Batista que presenció los desfiles sindicales desde el palco presidencial. Batista tenía dos comunistas en su gobierno. Se quedó en la isla hasta noviembre. Los últimos meses en casa de una millonaria, María Luisa Gómez Mesa, la futura mujer de Manuel Altolaguirre, otra vida curiosa.

En el libro de Martín, se resumen las investigaciones del FBI sobre Buñuel y en el de Juárez las que le hicieron a Durán. En el dossier de la agencia sobre Hemingway, aparecen los primeros informes del FBI sobre Durán. En uno de agosto de 1943, se menciona a Luis Buñuel. Se dice que son amigos desde 1920, que Durán lo presentó como referencia en una de sus solicitudes de trabajo oficial, a eso se podría referir al decir que por él entro en el MoMA, y que Buñuel informó favorablemente. También se habla de la sospecha de que Buñuel fuera comunista o compañero de viaje, por lo que se le negó en principio una visa que luego se le concedió tras reclamar y haber declarado que no lo era. Pero, a fin de cuentas, ¿qué interés podía tener la CIA en Buñuel en los años 50? Es muy posible que el de Calanda esté repitiendo simplemente las cosas que decían de Durán los comunistas y que tantas veces habría escuchado en casa de sus amigos de México.

Durán respondió a la carta de Aub mencionada al comienzo poniéndose a su disposición si iba a Atenas: “No sé si lo que tengo que decirte sobre Buñuel es algo que tú ya no sepas, pero sí creo que lo que puedo contarte de su vida y carácter nos hará pasar un buen rato.” Nos quedamos sin saber su versión de los inicios de Buñuel en el doblaje, de las reuniones de la Alianza de Intelectuales en Madrid y de su desencuentro en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, entre otras cosas.

En sus conversaciones con Aub, lo utilizó como cabeza de turco en dos casos. Para seguir apareciendo como íntimo de Lorca y eliminar sospechas sobre su recto impulso viril original, hizo impotente al poeta y vicioso en exclusiva a Durán. En el asunto de los doblajes de la Warner, alardeó de generosidad procomunista para deslizar, implícitamente, su distancia de ellos en 1934, el año que fue al notario para ayudar a salvar Mundo Obrero. Así se desvía, a veces, la memoria cuando encuentra obstáculos en su camino de retorno.

 

Nota:  Gustavo Durán en las Conversaciones con Buñuel: págs. 94, 105, 108 y 125-6. Sobre Siqueiros, sus memorias, Me llamaban el coronelazo, y la biografía del pintor de Philip Stein. Las referencias bibliográficas, en el libro.

Juan Chabás, escritor olvidado

Sin más pruebas que las indiciarias, Juan Chabás es el candidato a iniciador literario de Luis Buñuel mejor situado. También es muy posible que por su influencia estudiara Filosofía y Letras. Se conocieron en el cuartel en el otoño de 1921. Era el quinto curso de Buñuel en Madrid. En junio había suspendido por cuarta vez el ingreso en la Escuela de Ingenieros, en esta ocasión en la de Industriales. En la primavera de 1922, se matriculó, por libre, en primero de Filosofía y Letras. En junio aprobó Lengua y Literatura Española y Lógica Fundamental. La tercera asignatura del curso, Historia de España, la dejó para mejor ocasión.

No dijo con exactitud cuándo empezó a escribir. En febrero de 1922, publicó su primer texto, “Una traición incalificable”, en Ultra, donde Chabás tenía influencia y había publicado con anterioridad. Los dos siguientes aparecieron en Horizonte, fundada por Chabás con Garfias y Rivas Panedas, y en Alfar, donde aparecieron otros dos, el último, unos días antes de la muerte de su padre, en mayo del 23. Los siguientes textos, en su mayoría inéditos, son posteriores a 1925. Alberti recordaba que conoció a Buñuel por Juan Chabás y que este había sido uno de los primeros en valorarle a él como poeta, cuando quería que se le olvidara como pintor en ciernes.

Cuando conoció a Buñuel, Chabás acababa de publicar su primer libro de poemas, que fue criticado por ecléctico y juanramoniano. Más tarde, escribió mucha crítica teatral y literaria en los periódicos y publicó novelas y ensayos. Es posible que fuera Chabás el puente con Ramón Gómez de la Serna. Hay dos fotografías en las que aparecen juntos, una en una especie de retablo ochocentista de un café y otra de un banquete de homenaje a Ramón.

Chabás llegó a ser más conocido por causas ajenas a la literatura. Aunque no era muy alto, llevaba fama de ser uno de los hombres más guapos y con las pestañas más largas de Madrid. Durante varios años fue la pareja de la actriz Carmen Ruiz Moragas. En 1917, la granadina se había casado con el torero mexicano Rodolfo Gaona, pero el matrimonio sólo duró unos meses. Más tarde, fue amante de Alfonso XIII, con el que tuvo dos hijos. Chabás la conoció en algún momento de los primeros años treinta, cuando hacía la crítica teatral para el periódico Luz de Madrid.  Carmen Ruiz Moragas falleció el 12 de junio de 1936.

Como muchos otros, comenzó la guerra en las milicias de Izquierda Republicana y la terminó identificado con el Partido Comunista. Firmó el mismo manifiesto que Buñuel, el de la Alianza de Intelectuales de finales de julio. Publicó en el Mono azul y estuvo en el congreso de intelectuales de julio del 37. Llegó a capitán y fue jefe de Estado Mayor de la 36 División. Más tarde trabajó en los servicios de información del Ministerio que en 1937 cambió su denominación de Guerra a Defensa Nacional.

Se casó por primera vez con una periodista francesa, Simone Téry, hija de Andrée Viollis, una gran dama del periodismo parisino, comprometida con el Frente Popular y vocera de la causa republicana en Francia. Simone era hija de su primer marido, Gustave Tery, también periodista, fundador de L’Oeuvre, fallecido en 1928. Téry y Chabás se conocieron durante la guerra, mientras ella era corresponsal de L’Humanité, el periódico del Partido Comunista. Algo de su relación, novelada, quedó en Aquí el alba comienza, una novela publicada en México en 1944 y en Francia un año después. En 1938, Téry editó un libro con reportajes y entrevistas sobre la guerra, Front de la Liberté, donde aparece, entre otros, Gustavo Durán. Se casaron en Madrid y lo ratificaron en Francia. Tery se reunió con su marido y sus suegros en la República Dominicana en junio de 1940. Por razones desconocidas se separaron poco después y ella pasó el resto de la guerra en México. Tampoco duró mucho el siguiente matrimonio de Chabás con una cantante lírica cubana, Lydia de Rivera, con la que se casó en La Habana en 1943.

Buñuel y Chabás estuvieron a punto de volver a verse en otra ocasión e incluso pudo ser que intercediera por él. Según le contó a Rubia Barcia, cuando atravesaba un profundo bache en México, a Buñuel le ofrecieron trabajar en la Venezuela de Rómulo Gallegos. En 1947, Chabás se hizo cargo de una cátedra de Literatura en la Universidad de Caracas. Allí se casó, por tercera vez, con una química cubana, Aída Valls. Tras el golpe militar contra Gallegos, regresó a Cuba. Es posible que Buñuel recibiera la oferta de trabajo del ministro de la Guerra de Gallegos y líder del golpe que lo destituyó, el general Carlos Delgado Chalbaud, asesinado dos años después.

Max Aub y Juan Chabás habían sido buenos amigos desde jóvenes. Poco antes de morir, se distanciaron por la intransigencia política de Chabás, que acabó sus días en plenitud de fe marxista leninista. Mantuvo el compromiso adquirido con el partido hasta el último día de su vida, el 22 de octubre de 1954, cuando sufrió un infarto mientras ojeaba una revista en el salón de su casa. Hacía poco que había encontrado una mínima estabilidad económica, tras haber ingresado en la recién creada Universidad de Oriente en Santiago. Una causa añadida para su infarto pudo ser el estrés que le ocasionó enterarse de que Batista volvía a perseguir a los comunistas.

Nota: El especialista en Juan Chabás, desde hace más de 30 años, es Javier Pérez Banzo. Su última edición es Juan Chabás, Testigo de excepción, crítica periódica sobre literatura de la vanguardia, 2011. Para los escritos de Buñuel, sigue siendo imprescindible la edición de Agustín Sánchez Vidal de 1982.

Desencuentros y encontronazos con Sender

La fotografía oficial del sexto curso del Instituto General y Técnico de Zaragoza fue tomada en abril de 1917. Hay en ella noventa y dos hombres, incluido el profesor, y sólo una de las tres mujeres matriculadas en aquel curso. En el ángulo inferior derecho del que mira, el quinto de la tercera fila, sentado, es Ramón José Sender. Lleva corbata de lazo, como dos o tres alumnos más, y parece el más sonriente de todo el grupo. En el ángulo superior izquierdo, el tercero de la quinta fila, de pie, es Luis Buñuel. En la foto, ambos aparecen próximos y distantes, como lo volvieron a estar en Madrid, en el Partido Comunista y en varias ocasiones en el exilio. Al estallar la guerra, recién casados y con hijos, vivían a doscientos metros, en la misma calle de Madrid, la avenida de Menéndez Pelayo, en un barrio nuevo frente al Retiro.

Son muchas las circunstancias que los acercan. Nacidos con un año de diferencia, ambos son oriundos del Aragón rural. El pueblo de Sender, Chalamera, es mucho más pequeño, aunque su primera infancia transcurrió en Alcolea de Cinca, que era mayor. Uno pertenece a Teruel y el otro a Huesca. Calanda y Alcolea distan entre sí poco más de 100 kilómetros, los mismos que los separan de la capital de la región, Zaragoza.

La infancia de Sender fue completamente rural, en Alcolea y en Tauste, poblaciones en las que su padre ejerció de secretario municipal. Más tarde, consiguió un empleo y se instaló con la familia en Zaragoza. Su origen social tiene alguna similitud, como el afán de progresar y el abandono de su medio de origen de los progenitores, pero la singularidad de la aventura del padre de Buñuel y su éxito los alejan. Uno fue un señorito, hijo de un indiano, y el otro un pueblerino de clase media baja letrada con aspiraciones. Sender había ido a la escuela en Alcolea, donde su madre era maestra, y en Tauste había empezado el bachiller en 1911, recibiendo clases de un cura y examinándose por libre en Zaragoza. El curso 1913-14 lo pasó interno con los Padres de la Sagrada Familia de Reus. Cuando Buñuel se incorporó al instituto, el otro ya llevaba un año. Hacían el mismo curso, pero Sender era un año menor y bastante más bajo de estatura. Buñuel aparentaba más edad. En una fotografía, con quince años, parece un figurín vestido por un buen sastre, con el pelo muy engominado. Sender debía tener una apariencia muy distinta.

El contacto en el instituto dejó una huella negativa. Es posible que Buñuel siguiera con la mala costumbre de pelearse y molestar a los compañeros con bromas de muy mal gusto. Como fuera, hirió al otro, que, muchos años después, en El mancebo y los héroes, le retrató con malicia. “En la clase se sentaba detrás de mí un chico grandullón de ojos saltones negros y rasgados, ojos de caballo o de yegua. Desde el primer momento aquel tipo, que se llamaba Luis, me fue desagradable. Buscaba muchachos más jóvenes que él y tenía un rasgo de carácter grotesco. Grande y caballuno como era, hablaba de su madre como un bebé.” (véase nota final). Es un retrato bien curioso.

La vocación literaria de Sender fue temprana, laboriosa y decidida. Lo contrario que la de Buñuel, tardía, escasa e insegura. Desde la primera adolescencia, Sender manifestó un excepcional egotismo, que se reforzó en el temprano conflicto con su padre. Tozudo, con asomos paranoicos, estuvo siempre dispuesto a pagar el precio por salirse con la suya. Fue un solitario y su vida familiar abundó en circunstancias dramáticas hasta su matrimonio en los Estados Unidos. No se le recuerdan amigos íntimos en su madurez. Lo más parecido fue la relación epistolar que mantuvo con Joaquín Maurín durante 20 años, dedicada en su mayor parte a asuntos de trabajo. La madre fue importante para ambos, pero de distinta manera. La de Sender, que era maestra, como la de Lorca, pronto fue una presencia lejana.

Con quince años, o sea, un año antes de la foto mencionada, Sender había empezado a colaborar en la prensa zaragozana, así como a relacionarse con anarquistas, aunque es de suponer que no le tomaran demasiado en serio por su edad. Son los años idealizados en Crónica del Alba. En 1917 le publicaron en una revista escolar una semblanza de Kropotkin. Se hizo tan famoso que le costó el curso. Sólo le admitieron, y le suspendieron, al examen de Historia Natural. Como le volvieron a suspender en varias ocasiones, cambió de instituto y las aprobó en Alcañiz en junio de 1918. Aquel curso, Sender dedicó muchas horas a escribir.

Buñuel no le menciona apenas en MUS. En CCB, se refiere a él en la Segunda Conversación, tras un contexto mutilado y parece que respondiendo a una pregunta de Aub. Recuerda con leve maldad lo que cree que se ignora, el trabajo que hizo Sender como guionista de tiras cómicas, Cocoliche y Tragavientos, por las cuales le llegaron a pagar un dinero que se gastó, dice Buñuel, en una estancia de dos días en un hotel madrileño para mirar por la ventana cómo llovía. Su evocación es negativa, pero reprimida, para quedar bien. Un día, de mañana, cuando se dirigía a la academia en la que estudiaba el ingreso en Agrónomos, se lo encontró durmiendo en un banco frente al Ministerio de la Guerra. Llovía, le despertó y le dio dos pesetas para que desayunara. “Era un tipo raro”.

Si la escena se produjo, así o de otra manera, fue en 1918 o 19. Aprobado el bachiller, Sender se había ido a Madrid, con la intención de hacer Filosofía y Letras y mantenerse con su oficio, mancebo de botica. Poco después del armisticio con el que terminó la gran guerra, en noviembre de 1918, publicó su primer artículo, Paz, en Béjar en Madrid, una publicación que hacía el farmacéutico para el que trabajó por poco tiempo. Durante unos meses, vivió a salto de mata, leyendo en la biblioteca del Ateneo, yendo a alguna clase, malcomiendo y durmiendo en pensiones ínfimas y algunos días en la calle. Aquel fue, no sólo en Madrid, el año de la gripe. Se suspendieron las clases en la universidad y los exámenes. En 1919, su padre, avisado por José García Mercadal, fue a Madrid para llevárselo a Huesca, donde siguió aprendiendo el oficio de periodista trabajando. En 1923, marchó voluntario al Ejército de África, donde pasó un año, licenciándose como suboficial de complemento. Regresó a Madrid y al poco entró en la redacción de El Sol, convirtiéndose en uno de los periodistas más sobresalientes.

Entre 1918 y 1921, Buñuel suspendió  en el mes de mayo cuatro exámenes de ingreso en escuelas de Ingeniería. Los tres primeros en Agrónomos y el último en Industriales. Para no ir a la guerra de África, ese mismo año, cuando iba a ser llamado a filas, su padre le enchufó con el capitán general para que hiciera la mili en un regimiento de Madrid que no tenía previsto moverse de la capital. Empezó a escribir de soldado y en dos años publicó cinco piezas cortas de prosa más o menos poética en revistas de poco público, antes de morir su padre en mayo de 1923. Buñuel empezó una nueva carrera en los exámenes de 1922. Sacó dos asignaturas y en septiembre del año siguiente, el de la muerte de su padre, tres. El año siguiente, ocurrió algo prodigioso, no suficientemente explicado, en junio sacó siete, con dos sobresalientes y varios notables, y en septiembre, la que le quedaba. En La otra vida propongo alguna hipótesis aclaratoria para la azaña académica de Buñuel. Ese año, hasta donde es posible saberlo, dejó de escribir.

Por caminos muy distintos, en los años treinta volvieron a coincidir bajo la bandera del Partido Comunista, que en 1933 empezó a buscar el respaldo de los intelectuales y artistas. Durante esos años, Sender tenía mucho éxito como escritor de periódicos, sus libros se vendían bien y era respetado como narrador y hombre de izquierdas, muy cercano al anarquismo. Fue cortejado por los comunistas que le invitaron a visitar la Unión Soviética. Al aceptar lo que Buñuel había rechazado en 1930, renegó de la acracia castiza por el totalitarismo estalinista. Actuó como comunista hasta bien entrada la guerra. Fue el error del que más se arrepintió. En Madrid en esos años se tuvieron que ver en muchas ocasiones. Cuando Buñuel hizo de hombre de paja ante notario para proteger el suspendido Mundo Obrero, Sender llegó a figurar como director de La Lucha, el sustituto de breve vida que los comunistas sacaron para impulsar el frente único. Faltaban dos años para que la Internacional le diera al frente un giro de 90 grados para hacerlo popular. En 1935, coincidían en apoyar al Partido Comunista, pero andaban en círculos, o radios, distintos. Mientras Buñuel rodaba sus primera españolada de incógnito para Filmófono, a Sender le daban el premio nacional por su novela Mr. Witt en el cantón.

El 18 de julio, Sender estaba en San Rafael de vacaciones con su mujer y sus hijos, acompañado por familiares y amigos. Como otros muchos, creyó que el conflicto se resolvería en unos días. Desde San Rafael, a campo través, se dirigió hacia el Alto del León, donde las milicias trataban de detener el avance de los sublevados procedentes de Valladolid. Se sintió obligado por ser alférez de complemento con experiencia militar, mucha más que la mayoría de los milicianos a los que se sumó. Creyó dejar a salvo a su familia -tenía dos hijos, uno de dos años y el otro de meses-, con unos amigos en San Rafael. Su mujer fue a refugiarse a Zamora con su familia. Allí fue fusilada en uno de los abundantes excesos de crueldad del bando nacional. A Sender siempre le atormentó pensar que la habían matado a ella porque no habían podido hacerlo con él. En agosto, también fue asesinado en Huesca su hermano Manuel, republicano, que había sido alcalde de la ciudad en dos ocasiones.

Sender y Buñuel firmaron en Madrid el Manifiesto de la Alianza de Intelectuales del 30 de julio. Buñuel en sus memorias dice que cuando se veían con Sender en la Alianza, les insultaba. Sender en Contraataque dice que chocó con unos snobs a los que retó a subir al frente. Sender entró en el Quinto Regimiento y llegó a capitán. Más tarde, se integró en el Estado Mayor de la unidad que mandaba Líster, con el que tuvo un desencuentro en Seseña a finales de octubre. Líster dijo en sus memorias que había desertado. Debió ser algo parecido, una reacción de indisciplina histriónica en momentos de extrema confusión. Es posible que Sender despreciara las prendas militares de Líster. A finales de diciembre de 1936, fuera del Ejército, seguía siendo una figura elogiada en la prensa de guerra. Al tener que hacerse cargo de sus hijos, trasladados por la Cruz Roja desde Zamora a Bayona, Sender vivió la mayor parte de 1937 en Francia, donde volvió a casarse y tuvo un tercer hijo con una mujer de la que se separó al año siguiente, quedando el niño a cargo de ella. Parece que intentó volver al frente como militar en varias ocasiones, pero no se lo concedieron. Habló en París en la clausura del Congreso de Intelectuales y viajó a Estados Unidos en 1938 para intervenir, con Bergamín, en mítines de recogida de fondos. Hasta el final de la guerra, enfrentado para siempre con sus camaradas estalinistas, mostró su derrotismo a quien le preguntó, aunque guardó las formas. A primeros de marzo de 1939, cogió el barco con sus hijos rumbo a los Estados Unidos, donde Buñuel llevaba varios meses.

Durante parte de 1945, ambos se dedicaron a lo mismo: traducir y adaptar películas al español. Uno terminaba su contrato con la Warner, en Los Ángeles, y el otro empezaba a trabajar, sin experiencia previa, para la Metro, en Nueva York. Cuando, en noviembre, la Warner dejó de hacer doblajes, Buñuel escribió al responsable de la Metro en Nueva York, Vladimir Pozner, para recomendarle a algunos de sus colaboradores parados. Su viuda, Florence Hall, le contó al biógrafo de Sender que, antes, Buñuel le había recomendado a Pozner. Es un dato a su favor.

Catorce años más tarde, volvieron a entrar en contacto por vía indirecta. Acosado por la premura de tiempo, según le contó a Rubia Barcia, Buñuel matriculó en 1959 a su hijo menor, Rafael, en la Universidad de Nuevo México en Albuquerque, donde Sender y su mujer estaban de profesores, para que hiciera allí el primer año de la carrera. En la carta, añade que va a escribir a su antiguo compañero de instituto para que le ayude. Aunque hay un abismo, le dice, “entre la calidad humana de Sender y la de usted, pero qué le vamos a hacer”. No se sabe qué ocurrió ni cómo, pero Martín (EEE) dice que Rubia Barcia le mencionó “un conflicto con Sender allá en Nuevo México”. (p. 833)

Sender mantuvo una correspondencia constante con Joaquín Maurín, desde que este se dirigió a él para pedirle que colaborara en su agencia literaria, la ALA, en 1952, hasta la muerte del de Bonansa en 1973. En mayo de 1962, a propósito de lo que le había contado en su carta anterior sobre unas monjas que había conocido en California, Maurín le preguntó si había visto Viridiana. “Buñuel tiene mucho talento pero es un anticristiano: quiero decir que no conoce el sentimiento de piedad. Sus dramas son moralmente implacables. Todo el mundo es malo.” Le responde Sénder que donde vive no dan la película, pero que irá a verla. En otra carta, Maurín sugiere que en una novela de Sender, Luna de perros, “pasa un poco como en las películas de Buñuel: todo es malo, la sociedad y los personajes”, por contraposición a otra, La tesis de Nancy, que le gusta más, aunque, se trata de una impresión subjetiva. Sender no mencionó el asunto cuando le contestó.

Muñoz Suay le contó a Aub que, en 1966, Buñuel le había dicho que “Ese Sender no me es simpático. Sólo me gusta una novela suya sobre un error judicial”, cuyo título no recordaba. El 23 de enero de 1969, Max Aub comió cocido en casa de Buñuel. Hablaron de su amistad con Sender y de su enemistad posterior. “¡Claro! ¡Era trotskista!” Le contó que le había defendido en el Instituto. Buñuel dice que él era de los más fuertes y que Sender no era tan inteligente. De sus novelas, ya no le gustaba El lugar del hombre.

Nota: Este retrato parte de la lectura en internet de un artículo de Ian Gibson (El periódico, 7-2-2011) en el que comenta la cita de Crónica del alba. El biógrafo de Sender es Jesús Vived Mairal, 2002. Fernando Gabriel Martín es el autor de El ermitaño errante, Buñuel en Estados Unidos, 2010. La correspondencia entre Maurín y Sender la editó Francisco Caudet en 1995.

El último viaje de Juan Piqueras

Juan Piqueras tomó la peor decisión de su vida cuando aceptó, a primeros de julio de 1936, una invitación para ir a Asturias, la tierra de su mujer. Se la había hecho José Ramón Cabezas, un camarada del PCE al que había conocido en París tras la revolución de octubre. No está claro si hizo el viaje por motivos personales o en misión de partido. Para llegar a Oviedo en tren desde París, había que hacer transbordo en Venta de Baños, cerca de Palencia, a donde llegó el 15 de julio de madrugada. Hacía poco que le habían operado de una úlcera de estómago. En el tren, se le reprodujo y vomitó sangre. Los médicos locales le recomendaron dieta y reposo. Se quedó en la fonda de la estación –pensaba que serían dos días—y allí le atendieron amigos políticos locales. No le dijo nada a su mujer para no alarmarla, pero ese mismo día envió tres telegramas para comunicar su situación a Luis Buñuel, a Cabezas, su anfitrión, y a Vicente Escudero, el bailarín, padrino de su hija, con el que había intimado en París.

El mismo día 15, Antonio Del Amo, un muchacho que había sido ayudante de Piqueras en Madrid en la segunda época de Nuestro Cinema y que militaba, como ellos, en el Partido Comunista, visitó a Buñuel para pedirle que fueran en su coche a socorrerle. Buñuel le tranquilizó, le pidió que le enviara un telegrama y le dio largas. Después del 18, insistió Del Amo, y Buñuel le hizo ver que ya no se podía salir de Madrid hacia el Noroeste. Los recuerdos posteriores de Del Amo son algo confusos, pero destacó el nerviosismo de Buñuel. Cabezas respondió al telegrama y visitó a Piqueras en Venta de Baños el 16 o el 17. Cuando, en la misma estación, se enteró del alzamiento, organizó a los ferroviarios y tomaron el cuartel de la Guardia Civil. Marcharon luego a Palencia, donde fueron detenidos y llevados al penal de Burgos.

También Vicente Escudero acudió a su llamada. Parece que llegó el día 17 y le convenció de que, aunque ya tuviera el alta, lo mejor era trasladarle a un hospital de Valladolid –ciudad natal de Escudero, a 37 kilómetros-  en una ambulancia. Ese mismo día se fue a la capital castellana, tras convenir en que volvería a recogerle a las dos del día siguiente. Tras apalabrar el viaje con el conductor, se retiró a descansar al hotel Inglaterra. Esa misma noche, se escucharon en Valladolid los primeros disparos. Escudero quedó recluido en el hotel, con otros huéspedes, durante varios días. Consiguió abandonar la ciudad, gracias a un médico amigo, y salir hacia Francia. Cuando cruzó la frontera, se enteró de la muerte de Antonia Mercé, La Argentina, de cuya compañía era primer bailarín y con la que tenía previsto hacer una gira por los Estados Unidos. Escudero volvió de París a Barcelona después de la guerra. Siguió bailando con mucho éxito hasta 1966, cuando se retiró con 78 años. Murió en la capital catalana en 1980.

Se cree que Piqueras permaneció preso en la habitación de la fonda de la estación de Venta de Baños hasta la noche del 28 de julio, cuando un guardia civil, un militar y un falangista se lo llevaron en un furgón. No regresó. Pudo ser fusilado esa misma noche en Dueñas o en Cubillas de Santa Marta. No se ha localizado su cadáver. En los papeles que llevaba consigo, y que se incorporaron a su expediente, que se conserva, había una copia de una carta que Piqueras le había escrito a Buñuel, la que le envió Del Amo el día 16 de julio, en la que se mencionaba al de Calanda y el telegrama que ambos le habían enviado ese mismo día. Buñuel aparecía como el contacto de Piqueras en Madrid.

La vida de Piqueras tiene ingredientes folletinescos. Nació en 1904 en un caserío cercano a Requena, hijo de un jornalero. Fue poco a la escuela y a los 9 años la abandonó para ayudar a sus padres en el campo. Algo más estudió en la escuela nocturna, pero el resto de su formación fue autodidacta. Con 13 años, entró de aprendiz en una tienda de ultramarinos y empezó a escribir. A los 15, publicó sus primeros versos en La Voz de Requena. Poco después se instaló en Valencia y con 16 años fundó su primera revista literaria. En 1925, lanzó Vida Cinematográfica, que duró dos números. Se ganaba la vida trapicheando con libros y escribiendo cada vez más de cine. Dejó Valencia en 1928 para instalarse en Madrid, tras pasar por Barcelona. Empezó a publicar en La Gaceta Literaria y en las publicaciones especializadas de la capital. Se introdujo en los cineclubs. Empezó a asesorar a Ricardo Urgoiti para Filmófono.

En mayo de 1930, se instaló en París. Escribía para El Sol con regularidad y colaboraba en  La gaceta y Popular Film, de Barcelona. También hacía gestiones para Urgoiti y los cineclubs. Terminó convirtiéndose en el crítico de cine español más influyente. Durante un tiempo tuvo su propia revista, Nuestro Cinema, de la que aparecieron trece números entre 1932 y 1933 y cuatro más en 1935. Aunque enemigo del arte por el arte y partidario decidido del realismo socialista, parecía más abierto a la vanguardia que otros camaradas. Era hiperactivo, simpático y persuasivo. Durante 1932, se fue haciendo más intransigente. En la segunda etapa de Nuestro Cinema se ve una adaptación a los criterios posibilistas del Frente Popular.

Buñuel ocultó en sus recuerdos casi todo lo relacionado con Juan Piqueras, con el que tuvo una relación intensa en París. Tenían amigos comunes, como Giménez Caballero, le admiraba como realizador y había elogiado sus películas. Por origen social y educación, les separaba un abismo, pero el cine y, a partir de 1932, el Partido les unió. Es posible que el asesinato de Piqueras y el temor a que se le pudiera incriminar de algún modo por los papeles que llevaba encima fueran dos importantes motivaciones añadidas para el nerviosismo que se apoderó de Buñuel en Madrid hasta que se marchó a París.

Como curiosidad, los ecos de la peripecia de Piqueras se escuchan en una de las pesadillas recurrentes de Buñuel: “Voy en tren, no sé a donde voy, las maletas están en la red. De repente el tren entra en una estación y se para. Yo me levanto para estirar las piernas y tomar una copa en el bar de la estación. No obstante, soy muy precavido, pues he viajado ya muchas veces en este sueño y sé que cuando ponga el pie en el andén, el tren arrancará bruscamente. Es una trampa que se me tiende. Por eso desconfío, pongo lentamente un pie en el suelo, miro a la derecha e izquierda silbando para disimular, el tren está quieto, otros viajeros bajan tranquilamente, entonces me decido a poner el otro pie y ¡zas!, el tren sale disparado como una bala de cañón y lo peor es que se ha llevado mi equipaje. Suelto un taco.”

También hay ingredientes novelescos en la vida de Juan Manuel Llopis, el  biógrafo que rescató del olvido a Juan Piqueras. Antiguo sacerdote en Requena, tras dedicarle mucho tiempo y esfuerzo a investigar su vida, falleció dejando un borrador desmedido e inacabado, que finalmente fue publicado por Muñoz Suay.