Álvarez del Vayo, pariente lejano

1. Hay vínculos sutiles que fortalecen una relación superficial y esporádica, como proceder de un mismo pueblo, aunque no se haya vivido nunca en él. Julio Álvarez del Vayo y Luis Buñuel eran parientes lejanos por parte materna. Se deduce de lo que el primero contó en sus memorias y de la puerta entreabierta que dejó el segundo en alguna ocasión.

Vayo, en The Last Optimist, sus primeras memorias publicadas en los Estados Unidos en 1950, se presenta como un producto arquetípico de la oligarquía española. La familia de su padre era de militares, distinguidos liberales en el XIX. La materna de nobles carlistas, que habían tomado las armas por la religión. Los Olloqui, apellido materno, procedían de Lumbier, cerca de Sangüesa, en la Navarra límitrofe con las aragonesas Cinco Villas. Por una de sus ramas, el antepasado más preclaro de los Olloqui no había sido carlista, pero sí cardenal y nacido en Calanda.

Allí nació Antonio María Cascajares y Azara en 1834. Fue el hijo más preclaro del pueblo, junto con el músico Gaspar Sanz, anterior a Buñuel. Noble de cuna por ambos costados, fue militar antes de ordenarse a los 27. Vayo, en su libro, cree recordar la cruz de amatista sobre el pecho del príncipe de la Iglesia cuando su madre le llevó a Zaragoza para que lo bendijera. Tuvo que ser en Valladolid, donde estuvo de arzobispo desde el año de nacimiento de Vayo y de cardenal desde 1895. Murió en Calahorra en 1901, cuando se dirigía a tomar posesión de su nueva archidiócesis aragonesa. Entre 1884 y 1891, había sido obispo de Calahorra. María Portolés Carezuela, la madre de Buñuel, nacida en 1881, perdió a su madre, se dice, con tres años. La familia contaba que había sido enviada para que fuera educada junto a un pariente obispo. Buñuel le dijo a Aub (p. 45) que “un tío abuelo, por parte de mi madre, fue obispo de Pamplona.” Según su sobrino, Pedro Christian, lo fue de Logroño.

No se recuerda a otro nativo de Calanda que alcanzara la prelatura por esos años y no hubo otra diócesis en la zona que la histórica de Calahorra-La Calzada. Pudo ocurrir que los Cerezuela, apellido materno de María Portolés, estuvieran vinculados con los Cascajares o los Bardají o que el vínculo fuera más complicado y que el tío sacerdote, hermano de la madre de María, sobrino del prelado, estuviera en su séquito. ¿Por qué no lo resaltaron más? La respuesta ha de ser novelesca. Pudo haber algún tipo de sombra, real o imaginaria, en aquella relación. El tío de su madre, Santos Cerezuela, vivió en Calanda al margen de la orden en la que había profesado, las Escuela Pías, y fue administrador de los Buñuel en el pueblo hasta su muerte en 1918. Por una carambola, el Centro Cultural Buñuel de Calanda se instaló en la casa solariega de los Fortón Cascajares, los únicos grandes terratenientes del pueblo, de siempre, cuya herencia había ido a parar a manos de la iglesia. Como fuese, sus familias estaban conectadas por el cardenal nacido en Calanda y fallecido cuando Buñuel contaba un año y Vayo diez. No hay respuesta para la pregunta de por qué Buñuel llegó a recordar que un tío abuelo de su madre había sido obispo de Pamplona y nunca mencionó al cardenal Cascajares, tan famoso en Calanda.

 

2. Álvarez del Vayo fue el enchufe inicial y la coartada que le permitió a Buñuel pasar dos años en París, cerca de su familia y lejos de los horrores y las privaciones del frente y de la retaguardia. La guerra civil fue la etapa más oscura de su vida, sobre la que no arrojó ninguna luz, sino todo lo contrario, un bosque de invenciones y anécdotas, la mayoría de segunda mano, y pocos datos fiables. La pieza más increíble, y hay muchas, de su delirio mitómano es el relato de la liberación de su colaborador Sáenz de Heredia de una checa. Se le crea o no, durante la guerra fue un fantasma. Como cineasta, si hizo algo, no lo firmó. Como político, actuó como para-comunista sin pisar ningún charco. Faltaría a la verdad quien dijera que durante la guerra se empleó al máximo, con lo mejor de sus capacidades, en la defensa de su bando. El primer año estuvo más ocupado. El segundo, no hizo casi nada más que escurrir el bulto. No hay pruebas de lo contrario.

Para explicar su conducta es tentador recurrir a hipotéticos ataques de pánico instintivo y buscar el paralelismo entre su conducta y lo que hizo su padre, al abandonar Cuba, donde había vivido más de veinte años, unos días antes de que empezara la guerra con los Estados Unidos. Previamente lo había dejado todo listo para que el negocio siguiera funcionando durante su ausencia. Pueden aducirse otros datos relevantes conectados para atenuar la voluntariedad de su poco airosa conducta. Como que su bando no era el del resto de su familia, de la que, en ausencia, seguía siendo el jefe, el varón con más autoridad, a diferencia de lo que ocurría en las familias de Mantecón o Sánchez Ventura. Como terratenientes agrícolas, los Buñuel fueron despojados de sus propiedades en Calanda. Como propietarios urbanos, las conservaron en Zaragoza. Su hermano, en octubre, se alistó voluntario con los nacionales. Su hermana, a la que dejó en Madrid con sus hijos en casa y su marido en la cárcel, en noviembre, ayudada por Hidalgo de Cisneros, logró llegar a Alicante, de allí a París y regresar en compañía de su madre a Zaragoza, cuya cárcel visitó en dos ocasiones.

El 18 de julio, en Madrid, había dejado lista para ser estrenada tras las vacaciones la cuarta película de Filmófono, Centinela, alerta. El 16 tuvo un anticipo angustioso de lo que se avecinaba por la petición de ayuda de Juan Piqueras, retenido en Venta de Baños por una hemorragia intestinal y al que Antonio del Amo quería ayudar a toda costa. Su mujer y su hijo de veinte meses se habían ido a París, donde pensaba reunirse con ellos más tarde. No se sabe si tuvo noticias de Zaragoza. Se quitó el coche porque lo hacía sospechoso por opulento y estaba incómodo en su casa como cualquiera que viviera en aquellos momentos en un piso burgués. De los recuerdos de Bello, se deduce que tuvo pronto la idea de marcharse. Tardó cuarenta y cinco días en conseguirlo, durante los cuales lo único que se recuerda que hizo fue firmar un manifiesto de la Alianza de Intelectuales, darle una cámara a Del Amo para que filmara y una visita a Claudio de la Torre.

Nunca explicó qué documentos le permitieron abandonar Madrid y llegar a París en la primera quincena de septiembre. Aub le preguntó (p. 80): “Entonces, ¿no llevabas una misión del Gobierno, del Ministerio?” y respondió: “No. Bueno, sí, a medias”, antes de insistir en lo que ya había dicho, que alguien le había dado 400 libras para Munzenberg. Más adelante, lo complica al introducir a Ogier Preteceille, (socialista, jefe de prensa de la UGT, que fue a París como asesor de Araquistain), el cual, presciente, le habría recomendado que se fuera al galope a París para tener todo listo cuando llegaran, quince días antes del nombramiento de Araquistain. En otro lugar (p. 84), dice que llevaba una carta de recomendación de Mundo Obrero. ¿Para qué?, ¿para quién? No se sabe.

En Mi último suspiro se quiere hacer creer que en Madrid recibió instrucciones para ir a Ginebra para entrevistarse con Vayo a finales de septiembre de 1936. Se entrevistó con él el 19 o el 20 de septiembre, pero llegó desde París, adonde llevaba diez días. En la aduana suiza, presentó un pasaporte diplomático que le había sido expedido ese día. Eso significa que ya estaba enchufado en París cuando vio a Álvarez del Vayo. Le habían buscado acomodo sus mejores amigos, los Viñes y Joaquín Peinado, segundo en la Oficina de Turismo. Además, tenía muy buenas relaciones con miembros prominentes del PCF, en especial Louis Aragon.

Las libras esterlinas para Munzenberg son una invención bien curiosa. Se puede aventurar que procede de las memorias de Koestler, impulsor en la posguerra del mito del Hearst rojo eliminado por Stalin. Buñuel pudo darle en persona a Koestler, el 10 de octubre de 1936, los 3000 francos que le costó a la embajada un viaje por encargo de Otto Katz, segundo de Munzenberg. Pudo llegar a ver a este, recién llegado a París, o se lo contaron. El alemán tomó alguna iniciativa en los asuntos españoles, pero, en octubre, fue llamado a Moscú. Fue su último viaje a la URSS. Hay una carta a Araquistáin de finales de ese mes, cuando todavía seguía allí. Logró regresar en noviembre, pero todos sus cometidos en París fueron fiscalizados y asumidos por otro burócrata de la IC, el checo Bohumir Smeral, que confirmó a Katz en su puesto.

Sobre la otra parte de la historia, las libras esterlinas, hay otros indicios. Es muy posible que viajara de Madrid a París con 400, más o menos, en el bolsillo. Gubern y Hammond dan la solución en su libro, pero algo les ciega y no lo relacionan. Una semana antes de marcharse, el cuñado de Juan Vicens, Leo Fleischman, un norteamericano que moriría en octubre luchando para el Quinto Regimiento, le prestó 490 libras esterlinas para la compra de material cinematográfico. Un préstamo o una coartada para justificar si hacía falta que viajara con tanto dinero encima, equivalente, más o menos a unos 30.000 euros actuales.

Para el viaje a París, la hipótesis más verosímil, por simple, es que Buñuel consiguió un salvoconducto por mediación de Elie Faure. El fundador y presidente de la Sociedad de los Amigos de España, nacida en 1934 para apoyar a los represaliados por la revolución de octubre, visitó Madrid en la segunda quincena de agosto. El 18, acompañado por Margarita Nelken, estuvo en la Sierra. El 20, habló por Unión Radio. Recordó Buñuel la visita que hizo a Elie Faure en su hotel, pero no que hablaran de este asunto. Elie Faure, entonces 63, era el mejor amigo de Francis Jourdain. Ambos habían evolucionado desde el pacifismo proanarquista al antifascismo procomunista. Faure era el padrino de la hija de Jourdain, Lucie, la mujer de Hernando Viñes. A través de Faure, el Comité Franco Espagnol, cuyo secretario era Viñes, Buñuel fue invitado a alguna importante reunión o acto en París, e hizo el viaje con un salvoconducto de Mundo Obrero.

Por esa vía, con Buñuel ya en París, el Comité Franco Espagnol, o sea, la familia Jourdain-Viñes, le habría propuesto como vínculo entre las autoridades españolas y las organizaciones “espontáneas” de izquierdas de apoyo a la República con sede en París. Eran impulsadas y controladas por la Internacional Comunista, según modelo que todavía se sigue utilizando, pero gozaban de cierta autonomía. Eran poco más que una dirección y un nombre ilustre, respaldado por un grupo de ellos, heterogéneo para acentuar su independencia. El día a día de la organización lo llevaban los colaboradores del número uno, si los tenía, junto a comunistas cualificados, discretos, anónimos.

Al margen del pasaporte diplomático, Buñuel no tuvo nombramiento oficial para su colaboración con la embajada. Pudo no hacer nada por tenerlo, para mejor pasar desapercibido. Su función, sabida por Araquistain y Álvarez del Vayo, se diluyó con el cambio de gobierno y la llegada del nuevo embajador, Ossorio, que prescindió del antiguo bloque de colaboradores. Coincidió con que Vicéns fue designado para dirigir la oficina de Turismo, integrada en el organismo de Propaganda, con lo que obtuvo una nueva cobertura como asesor oficioso en temas cinematográficos. Vicéns, viejo amigo de los Viñes, siguió contando con las organizaciones de apoyo, pero con otro organigrama. Ossorio era interlocutor directo de la IC como miembro español de la Unión Universal por la Paz. Al regresar Vayo a Estado y llegar Pascua a París, se revisó todo, la tarea de Vicéns fue cuestionada y Buñuel se quedó sin cobertura. Decidió marcharse a los Estados Unidos cuando empezaron a llamar a quintas cercanas a la suya y su pasaporte iba a caducar. Sánchez Ventura le recomendó que se fuera y, en parte, le financió el viaje.

3. Es sabido que el mejor amigo español de Munzenberg fue, hasta octubre de 1936, Julio Álvarez del Vayo. Para la autora de una tesis doctoral inédita sobre él: “No hay muchos personajes en la historia contemporánea de España en los que se de una tal cantidad de elementos y circunstancias como en la figura de Julio Álvarez del Vayo y Olloqui. Diplomático, ministro de Estado durante los Gobiernos de Francisco Largo Caballero y Juan Negrín, periodista, diputado por el PSOE, activista político, viajero incansable e incluso para muchos, presunto agente soviético”. Lo de presunto sobra, salvo que se refiera a si lo hizo o no por contrato o estipendio, cuestión secundaria. Fue agente prosoviético en el sentido más simple. Lo fue a conciencia, consecuente con su ideario socialista revolucionario, adaptado desde los años veinte al realismo soviético.

Vayo hizo las primeras gestiones en Berlín, en el otoño de 1927, para importar a España títulos de cine soviético (Kowalski). Por ahí pudo llegar el primer contacto con Buñuel, cineclubista y admirador del cine soviético. Vayo era culturalista, cosmopolita y esnob. Escribió bastante sobre teatro y presumía de haber asistido al cabaret Dada en Zurich. En los años 20, cuando trabajaba para La Nación de Buenos Aires y para el Manchester Guardian, era, dijo, el periodista mejor pagado de España. Había nacido en Boadilla del Monte (1891) y estudiado en El Escorial, donde su padre era jefe militar. Licenciado en Derecho, se afilió al PSOE en 1912. También ese año, la Junta de Ampliación de Estudios le financió para que estudiara en la London School of Economics. No estudió mucho, pero hizo mucha vida social y relaciones duraderas. Su segundo año becado lo paso en Leipzig, donde tuvo que coincidir con Juan Negrín, el estudiante español más destacado de la ciudad. Había hecho la carrera de Medicina a una edad muy temprana, y se matriculó luego en Química y  Económicas. Años más tarde, en Madrid, serían socios en la editorial España. Vayo y su cuñado Araquistáin apadrinaron a Negrín en su incorporación al partido socialista a comienzos de los treinta, junto con Quintanilla.

Al estallar la primera guerra mundial, se trasladó a los Estados Unidos. Volvió a Europa en 1916 y asistió en Alemania al fracaso de la revolución del 18. Esta parte de su vida la cuenta, apenas velada, en La senda roja. Hizo su primer viaje a Rusia en 1922, invitado por la comisión internacional Nassen, una de las primeras iniciativas de Munzenberg, para paliar una trágica hambruna agravada por los primeros experimentos soviéticos. Regresó en varias ocasiones. Escribió dos libros de propaganda, con alguna crítica, sobre sus experiencias (La Nueva Rusia, 1926, y Rusia a los doce años, 1929). En 1936 había sido nombrado embajador en Moscú, pero no llegó a tomar posesión. Vayo alardea en sus escritos de que conocía a todo el mundo importante en Moscú. Allí coincidió con Louis Fischer, el corresponsal de The Nation, que vivió más de diez años en Rusia y luego tuvo una destacada participación en la guerra española. En su autobiografía publicada en  1941, Men and Politics, Fischer le hizo un regalo en forma de retrato, en el que le pinta inteligente, buen escritor de discursos, simpático, cercano y en estrecha relación con Pablo de Azacárate y con él mismo.

Fue un agente de Moscú, porque siempre que pudo favoreció los intereses soviéticos. Lo hizo con la mayor naturalidad, consecuente con su posición teórica. Se consideraba socialista revolucionario, estaba con la clase obrera y en España el partido que mejor la representaba, por más numeroso, era el socialista, el suyo desde 1912. Hubiera hecho un mal negocio si se hubiera integrado en el Partido Comunista, ya que su capital personal estaba ligado a su papel en el PSOE. Como corresponsal en Europa para diversos periódicos españoles, argentinos e ingleses, asistió a innumerables encuentros internacionales, convirtiéndose en la personalidad española de izquierdas más conocida y con mejores contactos, destacándose como impulsor del espíritu de la Sociedad de Naciones. La amistad entre Willi Munzenberg y Vayo pudo remontarse a los días de Zurich y se alimentó durante sus siete años en Berlín y en alguno de sus viajes a Moscú. Según Babette Gros, su viuda, les invitó a pasar las navidades de 1934 en Madrid y en Torremolinos. El verano de 1935, volvió Munzenberg a Madrid para sondear a los comunistas y a los socialistas pro-rusos. Ese mismo año, Vayo, como invitado de última hora, habló en París en el I Congreso de intelectuales para denunciar la represión de Asturias y pedir la amnistía.

Con la República, fue embajador en México. Más tarde, participó en una comisión internacional para alcanzar la paz en la guerra del Chaco. Con el primer gobierno de Largo Caballero, fue nombrado ministro de Estado. No fue precisa ninguna conspiración. Araquistain era la antítesis de la diplomacia, un hombre de ideas que daba miedo, mientras que su cuñado siempre iba con la sonrisa por delante. Poco después, Caballero se empeñó en que asumiera el Comisariado, la institución de adoctrinamiento y vigilancia  en el Ejército, con lo que multiplicó sus oportunidades de ineficacia. Salió de Estado con el primer gobierno de Negrín y volvió en el otro.

Es difícil trazar su retrato psicológico. Para unos era medio bobo y para otros lo fingía, el colmo del maquiavelismo. Tras su impostada  humildad, no careció de autoestima, como prueba que aceptara con entusiasmo tareas imposibles. Tenía aptitudes para el trato humano y las relaciones públicas. Era trabajador, perseverante en sus ideales y viajero infatigable. Vivió en Londres, Nueva York, Leipzig, Berlín y París suficiente tiempo como para expresarse con fluidez, aunque no siempre con claridad, en inglés, alemán y francés, así como hacerse entender en otras lenguas.

Dos años antes de su muerte, 1973, se publicaron en España los restos de sus memorias, En la lucha, muy distintas de su anterior versión francesa, Les batailles de la Liberté, 1963, el cual, a su vez, contiene curiosas variantes, supresiones y añadidos, de las primeras publicadas, The Last Optimist, NY, 1950. Un filón para trabajos escolares. Su versión de la guerra civil, la versión canónica de lo ocurrido al Frente Popular (Freedom’s Battle / La guerra empezó en España, 1940), es un libro curioso. La versión española fue traducida del original inglés. Se puede sospechar que fuera redactado por Allen, Southworth y compañía, su equipo de apoyo en Nueva York. Vayo pudo limitarse a introducir correcciones mínimas y firmarlo.

Tras la derrota del 39, Vayo se instaló en París. Era un hombre con suerte. La entrada del ejército alemán en Francia le pilló mientras estaba retenido en Nueva York por problemas con su visa de regreso. Allí pasó la guerra y permaneció hasta bien entrada la década de los 50 y siguió siendo un personaje muy influyente. Su ángel de la guarda durante esos años fue Freda Kirchwey, la editora de The Nation durante muchos años. La relación entre ambos es un asunto difícil de entender. Su obstinación por mantener a Vayo como editor de política internacional acabó con su carrera al frente del semanario. Su  biógrafa llega a decir: “Nadie puede estar seguro, pero tras una exhaustiva investigación en sus papeles y muchas entrevistas, he llegado a la conclusión de que Freda Kirchwey y J. Álvarez del Vayo no fueron amantes; sus relaciones eran platónicas.”  En la última versión de sus memorias, Vayo la recuerda con afecto: “Escribía brillantemente y corregía con gran facilidad. Así, cuando recibía un artículo demasiado engorroso de alguien que tenía algo que decir, aunque sin saber decirlo, ella sabía transformarlo completamente, aireándolo, pero respetando fielmente el pensamiento de su autor.” Sin una correctora como ella, difícilmente habría llegado a ocupar en Nueva York el papel que desempeñó en aquellos años.

The Nation, uno de los semanarios más antiguos de los Estados Unidos, era entonces el órgano más destacado de la izquierda radical. Vayo comenzó a publicar en él en 1940, por Louis Fischer. En 1942, se incorporó a la redacción como responsable  de política internacional. Durante más de diez años, Vayo fue el faro internacional de la izquierda americana prosoviética y estuvo muy bien pagado. En 1951, cobró más de ocho mil dólares. Viajó repetidas veces por Europa y volvió a Moscú. Con la muerte de Roosevelt, su estrella empezó a declinar y siguió hasta la guerra de Corea. En 1951, Clement Greenberg, que empezaba a ser un crítico de arte original y prestigioso, envió una carta al semanario en el que llevaba años colaborando en protesta por el filosovietismo de Vayo. No fue publicada y dio lugar a la primera gran controversia sobre si una sociedad abierta debe proteger a los intelectuales que apoyan a una potencia enemiga en guerra. Greenberg, que apenas intervino luego en el debate político, procedía del trotskismo y se había integrado en el Comité Americano por la Libertad Cultural. Unos meses más tarde, cuando el matrimonio Vayo regresaba a los Estados Unidos de uno de sus viajes por Europa, fueron retenidos en la isla de Ellis. Kirchwey logró sacarles, pero empezaron a pensar en cambiar de aires.

No se sabe su vida en detalle tras la muerte de Stalin. Regresó a París en algún momento, donde reanudó la relación con su cuñado Araquistáin, rota en 1937. En 1956, viajó a la China de Mao, donde era recibido con honores de jefe de estado. Sobre la China comunista escribió dos libros semejantes, más entiusiastas, a los que había escrito sobre Rusia. En 1957 se le prohibió la entrada en los Estados Unidos, aunque siguió entrando amparándose en su acreditación ante las Naciones Unidas.

Un año antes de morir, Vayo publicó The March of socialism, un recorrido histórico que termina con una profesión de fe: “Las masas, con su potencial revolucionario y su creatividad garantizarán el futuro del socialismo”.  Ramón Chao fue el último periodista que le entrevistó, el 26 de abril de 1975. Esa misma noche sufrió un ataque cardíaco del que falleció el 3 de mayo. Luisa Graa, su mujer, había fallecido seis meses antes. Según Chao, presidía el FRAP desde 1964, pero ocurrió más tarde. Dos meses después de fallecer Vayo, el FRAP pasó a la lucha armada. Entre julio y septiembre, asesinó a tres policías nacionales y a un teniente de la Guardia Civil. El 27 de septiembre fueron fusilados los cinco últimos condenados a muerte del franquismo. Tres eran miembros del FRAP y dos de ETA. En 1978, se disolvió el FRAP, pero el PCE (m-l) sobrevivió hasta 1992.

Buñuel sólo menciona a Álvarez del Vayo con motivo de la entrevista que tuvieron en Ginebra en septiembre de 1936. Nada dice de antes ni después. Mientras vivió en Nueva York, era el español más conocido de cuantos residían en la ciudad. Paolo Duarte, el compañero brasileño de Buñuel en el Moma, vino a España con encargos de Vayo. Fue expulsado del PSOE, con Negrín y otros, entre ellos Aub, en 1946. En 2009, fueron readmitidos.

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Luis Quintanilla,

artista pintor, miliciano y espía.

Cuando Luis Quintanilla apareció en la vida de Buñuel en París, avanzado octubre de 1936, traía la aureola de haber sido un héroe en los primeros días de la guerra. Todo lo contrario que el de Calanda. Quintanilla se había presentado en el Cuartel de la Montaña el 19 de julio como la máxima autoridad socialista, delegado por Largo Caballero, y se había hecho el jefe, conservando la autoridad del mayor acuartelamiento del centro de Madrid hasta que el ejército republicano empezó a organizarse. Con esa autoridad “político-militar” había estado luego tratando de poner orden en los primeros combates en la sierra de Madrid que frenaron el avance de los sublevados hacia la capital. Su tercera, y última, actuación estelar había tenido lugar en Toledo, donde por unos días intentó coordinar –sin éxito, como los que le precedieron y siguieron— la desorganizada actuación de los sitiadores del Alcázar.

Tenía 43 años y su experiencia militar se reducía a haber pasado los meses del servicio obligatorio, veinte años atrás, como dibujante topógrafo. Era socialista desde 1930, cuando, con Juan Negrín, se afilió al Partido de Pablo Iglesias. En los años veinte, habían sido habituales de la tertulia que se reunía a diario en el Buffet Italiano, un café de la Carrera de San Jerónimo. El líder de la tertulia era Luis Araquistáin y a ella asistía, cuando estaba en Madrid, su concuñado y vecino, Julio Álvarez del Vayo, junto a otros personajes heterogéneos como el escritor y periodista Luis Ciges Aparicio, el crítico de arte Juan de la Encina o el médico Rodríguez Lafora. Quintanilla era el más joven y el artista del grupo.

Araquistáin se convirtió en su mejor amigo, algo paternal por la diferencia de edad. Ambos eran montañeses, de origen social semejante, y con una breve experiencia náutica inicial. Quintanilla, nacido en 1893, había estudiado el preparatorio de Arquitectura en Deusto, pero había desistido para hacerse pintor por su cuenta. Para ganarse la vida, pasó los exámenes de náutica y estuvo embarcado una temporada. Estando en Brasil, decidió que su sitio estaba en tierra firme y eligió París como el lugar más adecuado para un aprendiz de pintor como él. Allí se plantó en 1912. Conoció a Juan Gris, cubisteó, se inició en la bohemia y en la litografía. Visitó Alemania en la primavera de 1914 y regresó el día en que empezó la guerra. Se instaló en Madrid en 1915, hizo la mili y para ganarse la vida trabajó como dibujante y grabador en tareas eruditas auxiliares, como copiar códices medievales o recopilar motivos ornamentales tradicionales. Ya era amigo de Araquistáin cuando este fue detenido por la huelga general de 1917.

Terminada la gran guerra, volvió a París. Como artista, le decepcionó lo que vio. Llegó a la convicción de que Picasso y los dadaístas eran un atajo de farsantes, jaleados por  snobs y galeristas engañabobos. En lo personal, se hizo amigo de algunos norteamericanos,  aprendices de escritor, que, gracias a las ventajas del dólar, coleccionaban experiencias etílicas en la capital mundial de la cultura. Fue el primer amigo español de Ernest Hemingway, su iniciador en los arcanos de la piel de toro que le atraparon para el resto de su vida. Regresó a Madrid y, como le había ocurrido a Diego Rivera unos años antes, creyó encontrar su camino en la pintura al fresco, que estudió becado en una Florencia que empezaba a ser fascista. La República encumbró a sus amigos y gracias a sus encargos realizó sus trabajos mayores como muralista: en el rectorado de la Ciudad Universitaria, en la casa del Pueblo y en el monumento a Pablo Iglesias del parque del Oeste. Todos desaparecidos en y tras la guerra.

El salto a la fama política lo dio en octubre de 1934. Los socialistas habían convencido a sus militantes de que había que recurrir a la violencia, organizaron las juventudes en milicias y se procuraron todo tipo de armas. Quintanilla ya había conspirado y ocultado armas en vísperas de la República. En el 34, se implicó más. Prieto hizo los tratos del “Turquesa” en su casa. El comité de la sublevación, una docena de miembros de la UGT, del Partido Socialista y de las Juventudes, se instaló en su estudio –estaba en Moncloa, al final de la calle Fernando el Católico– la víspera del comienzo de la huelga general. Tras fracasar, el gobierno declaró el estado de guerra. Al quinto día, cuando llegó la policía, sólo quedaban en el estudio de Quintanilla cinco miembros del comité revolucionario, Santiago Carrillo entre ellos.

Los seis fueron detenidos con buenas maneras y entraron en la Cárcel Modelo al día siguiente. El fiscal militar empezó pidiendo para él dos penas de muerte. Le defendió Jiménez de Asúa. La prensa lo presentó como un artista romántico y generoso que había acogido a sus amigos políticos en su casa. Sus amigos americanos y franceses se movilizaron. Hemingway y Dos Passos le montaron una exposición en Nueva York. De medio mundo llegaron, firmadas por escritores y artistas, peticiones de clemencia. El ministro de Justicia y el director de la prisión le hicieron la vida más confortable. Le instalaron en tres amplias celdas comunicadas, acondicionadas poco antes, a su costa, por Juan March. La vida de los políticos en la cárcel era bastante llevadera. Los funcionarios no olvidaban que unos años antes habían tenido preso al que poco después fue presidente de la República. En la cena de Navidad hubo hasta ostras. Los dibujos que hizo de sus compañeros reclusos fueron publicados más tarde en un libro, La cárcel por dentro. En junio, le pusieron en la calle y salió hecho una celebridad.

Su fama, su disponibilidad y su osadía explican su actividad febril durante los primeros meses de la guerra. Más difícil de entender es el encargo que recibió en octubre de fundar los primeros servicios de información de la República en el sudoeste francés. Sus mejores amigos estaban en el gobierno desde el 4 de septiembre y cuando Araquistáin fue nombrado embajador en París, tal vez quisieron entre todos alejarle de los frentes. También pudo ser consecuencia de que Largo le había hecho responsable del fracaso de Toledo. En tiempos de la dictadura, había residido una temporada en Hendaya, pintando los murales del consulado español, también desaparecidos. Había sido jefe del Cuartel de la Montaña ignorándolo todo del arte militar. Se convirtió en el primer espía de la República desconociendo los rudimentos elementales del oficio. El resultado de su trabajo como espía fue caro e irrelevante.

Dejó la tarea cuando dimitió Araquistáin y volvió al arte. Negrín le puso coche y chófer para que dejara testimonio dibujado de lo que viera en los frentes. A finales de 1937, expuso sus dibujos en el hotel Ritz de Barcelona y al mes siguiente lo hizo en Nueva York, amparado por sus amigos (Allen, Mathews, Hemingway). En ese viaje conoció a Ione Robinson. Regresó a España y trabajó en una serie de caricaturas que se publicarían más tarde, Franco’s Blanck Spain. En enero, viajó de nuevo a los Estados Unidos para trabajar en unos murales que no llegaron a mostrarse en la Feria internacional y que, muchos años más tarde, reaparecieron en un bar de Nueva York. No regresó a Europa hasta muchos años después. En febrero de 1939 se casó con Janet Speirs, una universitaria de Indiana, diecisiete años más joven, a la que había conocido en Madrid cuando trabajaba como ayudante investigadora para el embajador Bowers. Con ella tuvo, en 1940, a su único hijo, Paul.

En América tenía un club de fans numeroso e influyente (Hemingway, Paul, Allen, Matthews, etc) que le apoyaron con todas sus fuerzas, pero se las arregló para que terminaran en fracaso todas las oportunidades que le presentaron. Hizo exposiciones, pintó murales en la Universidad de Kansas, dibujó libros al alimón con Elliot Paul, hizo retratos de celebridades, ilustraciones de obras clásicas y muchos cuadros que no vendió. No aprendió inglés ni le interesó la cultura americana. Arrogante y engreído, despreciaba a su clientela potencial y era incapaz de la mínima hipocresía necesaria para venderse. La relación habitual con sus mejores amigos y valedores, Hemingway y Elliot Paul, cursaba con cantidades ingentes de alcohol. “La gran borrachera” era habitual y el alcoholismo le minó, acentuando los rasgos más negativos de su carácter, hundiéndole con frecuencia en la depresión. Abandonó los pinceles para ponerse a escribir como un poseso unos centones que su mujer traducía al inglés y trataba de vender con su nombre. En sus últimas exposiciones en Europa y en América no vendió nada. En 1958, viajó a Europa para una temporada, pero no volvió a América ni a ver a su mujer y a su hijo. En París retornó a la escritura, redactó sus memorias (publicadas en 2004) y Ruedo Ibérico le publicó su único libro como escritor, Los rehenes del Alcázar de Toledo. En 1976, tras 37 años de ausencia, regresó a España, donde falleció dos años más tarde.

Tenía la misma edad que Joan Miró, pero es difícil encontrar dos vidas de artista tan distintas. Debido a los avatares de su vida y a su negligencia, se ha conservado una muy pequeña parte de lo que hizo. Sus murales de los años treinta fueron destruidos y se ha recuperado alguno posterior de milagro. Se le conoce sobre todo por los dibujos y grabados de asunto político editados en los años treinta, y algo de lo que hizo –dibujos, ilustraciones y algunos cuadros– en los Estados Unidos, de calidad muy irregular. Todo ello convierte en sumario cualquier juicio general sobre el conjunto de su obra. Junto a piezas conseguidas, hay otras muchas que adolecen de falta de “gracia”, las figuras parecen sin esqueleto, flotan sobre el fondo, sin volar ni apoyarse en las extremidades. Es posible que su dedicación al fresco no fuera una elección acertada, por la rapidez de ejecución que impone. No era de mano fácil y no siempre tenía paciencia. Se diría que le faltó ambición, constancia y claridad de ideas. Sólo logró vivir de su arte durante cortas temporadas de su vida.

Bibliografía (remite a la del libro): Quintanilla, L., 2004; Quintanilla, P., 2003; Fernández-Quintanilla, R., 1981; F.-Quintanilla, J., 2007; López Sobrado, 1991, 2009 y otros. Sobe los servicios de información: Barruso; Luengo, 1996; Pech; García, 2008.