Álvarez del Vayo, pariente lejano

1. Hay vínculos sutiles que fortalecen una relación superficial y esporádica, como proceder de un mismo pueblo, aunque no se haya vivido nunca en él. Julio Álvarez del Vayo y Luis Buñuel eran parientes lejanos por parte materna. Se deduce de lo que el primero contó en sus memorias y de la puerta entreabierta que dejó el segundo en alguna ocasión.

Vayo, en The Last Optimist, sus primeras memorias publicadas en los Estados Unidos en 1950, se presenta como un producto arquetípico de la oligarquía española. La familia de su padre era de militares, distinguidos liberales en el XIX. La materna de nobles carlistas, que habían tomado las armas por la religión. Los Olloqui, apellido materno, procedían de Lumbier, cerca de Sangüesa, en la Navarra límitrofe con las aragonesas Cinco Villas. Por una de sus ramas, el antepasado más preclaro de los Olloqui no había sido carlista, pero sí cardenal y nacido en Calanda.

Allí nació Antonio María Cascajares y Azara en 1834. Fue el hijo más preclaro del pueblo, junto con el músico Gaspar Sanz, anterior a Buñuel. Noble de cuna por ambos costados, fue militar antes de ordenarse a los 27. Vayo, en su libro, cree recordar la cruz de amatista sobre el pecho del príncipe de la Iglesia cuando su madre le llevó a Zaragoza para que lo bendijera. Tuvo que ser en Valladolid, donde estuvo de arzobispo desde el año de nacimiento de Vayo y de cardenal desde 1895. Murió en Calahorra en 1901, cuando se dirigía a tomar posesión de su nueva archidiócesis aragonesa. Entre 1884 y 1891, había sido obispo de Calahorra. María Portolés Carezuela, la madre de Buñuel, nacida en 1881, perdió a su madre, se dice, con tres años. La familia contaba que había sido enviada para que fuera educada junto a un pariente obispo. Buñuel le dijo a Aub (p. 45) que “un tío abuelo, por parte de mi madre, fue obispo de Pamplona.” Según su sobrino, Pedro Christian, lo fue de Logroño.

No se recuerda a otro nativo de Calanda que alcanzara la prelatura por esos años y no hubo otra diócesis en la zona que la histórica de Calahorra-La Calzada. Pudo ocurrir que los Cerezuela, apellido materno de María Portolés, estuvieran vinculados con los Cascajares o los Bardají o que el vínculo fuera más complicado y que el tío sacerdote, hermano de la madre de María, sobrino del prelado, estuviera en su séquito. ¿Por qué no lo resaltaron más? La respuesta ha de ser novelesca. Pudo haber algún tipo de sombra, real o imaginaria, en aquella relación. El tío de su madre, Santos Cerezuela, vivió en Calanda al margen de la orden en la que había profesado, las Escuela Pías, y fue administrador de los Buñuel en el pueblo hasta su muerte en 1918. Por una carambola, el Centro Cultural Buñuel de Calanda se instaló en la casa solariega de los Fortón Cascajares, los únicos grandes terratenientes del pueblo, de siempre, cuya herencia había ido a parar a manos de la iglesia. Como fuese, sus familias estaban conectadas por el cardenal nacido en Calanda y fallecido cuando Buñuel contaba un año y Vayo diez. No hay respuesta para la pregunta de por qué Buñuel llegó a recordar que un tío abuelo de su madre había sido obispo de Pamplona y nunca mencionó al cardenal Cascajares, tan famoso en Calanda.

 

2. Álvarez del Vayo fue el enchufe inicial y la coartada que le permitió a Buñuel pasar dos años en París, cerca de su familia y lejos de los horrores y las privaciones del frente y de la retaguardia. La guerra civil fue la etapa más oscura de su vida, sobre la que no arrojó ninguna luz, sino todo lo contrario, un bosque de invenciones y anécdotas, la mayoría de segunda mano, y pocos datos fiables. La pieza más increíble, y hay muchas, de su delirio mitómano es el relato de la liberación de su colaborador Sáenz de Heredia de una checa. Se le crea o no, durante la guerra fue un fantasma. Como cineasta, si hizo algo, no lo firmó. Como político, actuó como para-comunista sin pisar ningún charco. Faltaría a la verdad quien dijera que durante la guerra se empleó al máximo, con lo mejor de sus capacidades, en la defensa de su bando. El primer año estuvo más ocupado. El segundo, no hizo casi nada más que escurrir el bulto. No hay pruebas de lo contrario.

Para explicar su conducta es tentador recurrir a hipotéticos ataques de pánico instintivo y buscar el paralelismo entre su conducta y lo que hizo su padre, al abandonar Cuba, donde había vivido más de veinte años, unos días antes de que empezara la guerra con los Estados Unidos. Previamente lo había dejado todo listo para que el negocio siguiera funcionando durante su ausencia. Pueden aducirse otros datos relevantes conectados para atenuar la voluntariedad de su poco airosa conducta. Como que su bando no era el del resto de su familia, de la que, en ausencia, seguía siendo el jefe, el varón con más autoridad, a diferencia de lo que ocurría en las familias de Mantecón o Sánchez Ventura. Como terratenientes agrícolas, los Buñuel fueron despojados de sus propiedades en Calanda. Como propietarios urbanos, las conservaron en Zaragoza. Su hermano, en octubre, se alistó voluntario con los nacionales. Su hermana, a la que dejó en Madrid con sus hijos en casa y su marido en la cárcel, en noviembre, ayudada por Hidalgo de Cisneros, logró llegar a Alicante, de allí a París y regresar en compañía de su madre a Zaragoza, cuya cárcel visitó en dos ocasiones.

El 18 de julio, en Madrid, había dejado lista para ser estrenada tras las vacaciones la cuarta película de Filmófono, Centinela, alerta. El 16 tuvo un anticipo angustioso de lo que se avecinaba por la petición de ayuda de Juan Piqueras, retenido en Venta de Baños por una hemorragia intestinal y al que Antonio del Amo quería ayudar a toda costa. Su mujer y su hijo de veinte meses se habían ido a París, donde pensaba reunirse con ellos más tarde. No se sabe si tuvo noticias de Zaragoza. Se quitó el coche porque lo hacía sospechoso por opulento y estaba incómodo en su casa como cualquiera que viviera en aquellos momentos en un piso burgués. De los recuerdos de Bello, se deduce que tuvo pronto la idea de marcharse. Tardó cuarenta y cinco días en conseguirlo, durante los cuales lo único que se recuerda que hizo fue firmar un manifiesto de la Alianza de Intelectuales, darle una cámara a Del Amo para que filmara y una visita a Claudio de la Torre.

Nunca explicó qué documentos le permitieron abandonar Madrid y llegar a París en la primera quincena de septiembre. Aub le preguntó (p. 80): “Entonces, ¿no llevabas una misión del Gobierno, del Ministerio?” y respondió: “No. Bueno, sí, a medias”, antes de insistir en lo que ya había dicho, que alguien le había dado 400 libras para Munzenberg. Más adelante, lo complica al introducir a Ogier Preteceille, (socialista, jefe de prensa de la UGT, que fue a París como asesor de Araquistain), el cual, presciente, le habría recomendado que se fuera al galope a París para tener todo listo cuando llegaran, quince días antes del nombramiento de Araquistain. En otro lugar (p. 84), dice que llevaba una carta de recomendación de Mundo Obrero. ¿Para qué?, ¿para quién? No se sabe.

En Mi último suspiro se quiere hacer creer que en Madrid recibió instrucciones para ir a Ginebra para entrevistarse con Vayo a finales de septiembre de 1936. Se entrevistó con él el 19 o el 20 de septiembre, pero llegó desde París, adonde llevaba diez días. En la aduana suiza, presentó un pasaporte diplomático que le había sido expedido ese día. Eso significa que ya estaba enchufado en París cuando vio a Álvarez del Vayo. Le habían buscado acomodo sus mejores amigos, los Viñes y Joaquín Peinado, segundo en la Oficina de Turismo. Además, tenía muy buenas relaciones con miembros prominentes del PCF, en especial Louis Aragon.

Las libras esterlinas para Munzenberg son una invención bien curiosa. Se puede aventurar que procede de las memorias de Koestler, impulsor en la posguerra del mito del Hearst rojo eliminado por Stalin. Buñuel pudo darle en persona a Koestler, el 10 de octubre de 1936, los 3000 francos que le costó a la embajada un viaje por encargo de Otto Katz, segundo de Munzenberg. Pudo llegar a ver a este, recién llegado a París, o se lo contaron. El alemán tomó alguna iniciativa en los asuntos españoles, pero, en octubre, fue llamado a Moscú. Fue su último viaje a la URSS. Hay una carta a Araquistáin de finales de ese mes, cuando todavía seguía allí. Logró regresar en noviembre, pero todos sus cometidos en París fueron fiscalizados y asumidos por otro burócrata de la IC, el checo Bohumir Smeral, que confirmó a Katz en su puesto.

Sobre la otra parte de la historia, las libras esterlinas, hay otros indicios. Es muy posible que viajara de Madrid a París con 400, más o menos, en el bolsillo. Gubern y Hammond dan la solución en su libro, pero algo les ciega y no lo relacionan. Una semana antes de marcharse, el cuñado de Juan Vicens, Leo Fleischman, un norteamericano que moriría en octubre luchando para el Quinto Regimiento, le prestó 490 libras esterlinas para la compra de material cinematográfico. Un préstamo o una coartada para justificar si hacía falta que viajara con tanto dinero encima, equivalente, más o menos a unos 30.000 euros actuales.

Para el viaje a París, la hipótesis más verosímil, por simple, es que Buñuel consiguió un salvoconducto por mediación de Elie Faure. El fundador y presidente de la Sociedad de los Amigos de España, nacida en 1934 para apoyar a los represaliados por la revolución de octubre, visitó Madrid en la segunda quincena de agosto. El 18, acompañado por Margarita Nelken, estuvo en la Sierra. El 20, habló por Unión Radio. Recordó Buñuel la visita que hizo a Elie Faure en su hotel, pero no que hablaran de este asunto. Elie Faure, entonces 63, era el mejor amigo de Francis Jourdain. Ambos habían evolucionado desde el pacifismo proanarquista al antifascismo procomunista. Faure era el padrino de la hija de Jourdain, Lucie, la mujer de Hernando Viñes. A través de Faure, el Comité Franco Espagnol, cuyo secretario era Viñes, Buñuel fue invitado a alguna importante reunión o acto en París, e hizo el viaje con un salvoconducto de Mundo Obrero.

Por esa vía, con Buñuel ya en París, el Comité Franco Espagnol, o sea, la familia Jourdain-Viñes, le habría propuesto como vínculo entre las autoridades españolas y las organizaciones “espontáneas” de izquierdas de apoyo a la República con sede en París. Eran impulsadas y controladas por la Internacional Comunista, según modelo que todavía se sigue utilizando, pero gozaban de cierta autonomía. Eran poco más que una dirección y un nombre ilustre, respaldado por un grupo de ellos, heterogéneo para acentuar su independencia. El día a día de la organización lo llevaban los colaboradores del número uno, si los tenía, junto a comunistas cualificados, discretos, anónimos.

Al margen del pasaporte diplomático, Buñuel no tuvo nombramiento oficial para su colaboración con la embajada. Pudo no hacer nada por tenerlo, para mejor pasar desapercibido. Su función, sabida por Araquistain y Álvarez del Vayo, se diluyó con el cambio de gobierno y la llegada del nuevo embajador, Ossorio, que prescindió del antiguo bloque de colaboradores. Coincidió con que Vicéns fue designado para dirigir la oficina de Turismo, integrada en el organismo de Propaganda, con lo que obtuvo una nueva cobertura como asesor oficioso en temas cinematográficos. Vicéns, viejo amigo de los Viñes, siguió contando con las organizaciones de apoyo, pero con otro organigrama. Ossorio era interlocutor directo de la IC como miembro español de la Unión Universal por la Paz. Al regresar Vayo a Estado y llegar Pascua a París, se revisó todo, la tarea de Vicéns fue cuestionada y Buñuel se quedó sin cobertura. Decidió marcharse a los Estados Unidos cuando empezaron a llamar a quintas cercanas a la suya y su pasaporte iba a caducar. Sánchez Ventura le recomendó que se fuera y, en parte, le financió el viaje.

3. Es sabido que el mejor amigo español de Munzenberg fue, hasta octubre de 1936, Julio Álvarez del Vayo. Para la autora de una tesis doctoral inédita sobre él: “No hay muchos personajes en la historia contemporánea de España en los que se de una tal cantidad de elementos y circunstancias como en la figura de Julio Álvarez del Vayo y Olloqui. Diplomático, ministro de Estado durante los Gobiernos de Francisco Largo Caballero y Juan Negrín, periodista, diputado por el PSOE, activista político, viajero incansable e incluso para muchos, presunto agente soviético”. Lo de presunto sobra, salvo que se refiera a si lo hizo o no por contrato o estipendio, cuestión secundaria. Fue agente prosoviético en el sentido más simple. Lo fue a conciencia, consecuente con su ideario socialista revolucionario, adaptado desde los años veinte al realismo soviético.

Vayo hizo las primeras gestiones en Berlín, en el otoño de 1927, para importar a España títulos de cine soviético (Kowalski). Por ahí pudo llegar el primer contacto con Buñuel, cineclubista y admirador del cine soviético. Vayo era culturalista, cosmopolita y esnob. Escribió bastante sobre teatro y presumía de haber asistido al cabaret Dada en Zurich. En los años 20, cuando trabajaba para La Nación de Buenos Aires y para el Manchester Guardian, era, dijo, el periodista mejor pagado de España. Había nacido en Boadilla del Monte (1891) y estudiado en El Escorial, donde su padre era jefe militar. Licenciado en Derecho, se afilió al PSOE en 1912. También ese año, la Junta de Ampliación de Estudios le financió para que estudiara en la London School of Economics. No estudió mucho, pero hizo mucha vida social y relaciones duraderas. Su segundo año becado lo paso en Leipzig, donde tuvo que coincidir con Juan Negrín, el estudiante español más destacado de la ciudad. Había hecho la carrera de Medicina a una edad muy temprana, y se matriculó luego en Química y  Económicas. Años más tarde, en Madrid, serían socios en la editorial España. Vayo y su cuñado Araquistáin apadrinaron a Negrín en su incorporación al partido socialista a comienzos de los treinta, junto con Quintanilla.

Al estallar la primera guerra mundial, se trasladó a los Estados Unidos. Volvió a Europa en 1916 y asistió en Alemania al fracaso de la revolución del 18. Esta parte de su vida la cuenta, apenas velada, en La senda roja. Hizo su primer viaje a Rusia en 1922, invitado por la comisión internacional Nassen, una de las primeras iniciativas de Munzenberg, para paliar una trágica hambruna agravada por los primeros experimentos soviéticos. Regresó en varias ocasiones. Escribió dos libros de propaganda, con alguna crítica, sobre sus experiencias (La Nueva Rusia, 1926, y Rusia a los doce años, 1929). En 1936 había sido nombrado embajador en Moscú, pero no llegó a tomar posesión. Vayo alardea en sus escritos de que conocía a todo el mundo importante en Moscú. Allí coincidió con Louis Fischer, el corresponsal de The Nation, que vivió más de diez años en Rusia y luego tuvo una destacada participación en la guerra española. En su autobiografía publicada en  1941, Men and Politics, Fischer le hizo un regalo en forma de retrato, en el que le pinta inteligente, buen escritor de discursos, simpático, cercano y en estrecha relación con Pablo de Azacárate y con él mismo.

Fue un agente de Moscú, porque siempre que pudo favoreció los intereses soviéticos. Lo hizo con la mayor naturalidad, consecuente con su posición teórica. Se consideraba socialista revolucionario, estaba con la clase obrera y en España el partido que mejor la representaba, por más numeroso, era el socialista, el suyo desde 1912. Hubiera hecho un mal negocio si se hubiera integrado en el Partido Comunista, ya que su capital personal estaba ligado a su papel en el PSOE. Como corresponsal en Europa para diversos periódicos españoles, argentinos e ingleses, asistió a innumerables encuentros internacionales, convirtiéndose en la personalidad española de izquierdas más conocida y con mejores contactos, destacándose como impulsor del espíritu de la Sociedad de Naciones. La amistad entre Willi Munzenberg y Vayo pudo remontarse a los días de Zurich y se alimentó durante sus siete años en Berlín y en alguno de sus viajes a Moscú. Según Babette Gros, su viuda, les invitó a pasar las navidades de 1934 en Madrid y en Torremolinos. El verano de 1935, volvió Munzenberg a Madrid para sondear a los comunistas y a los socialistas pro-rusos. Ese mismo año, Vayo, como invitado de última hora, habló en París en el I Congreso de intelectuales para denunciar la represión de Asturias y pedir la amnistía.

Con la República, fue embajador en México. Más tarde, participó en una comisión internacional para alcanzar la paz en la guerra del Chaco. Con el primer gobierno de Largo Caballero, fue nombrado ministro de Estado. No fue precisa ninguna conspiración. Araquistain era la antítesis de la diplomacia, un hombre de ideas que daba miedo, mientras que su cuñado siempre iba con la sonrisa por delante. Poco después, Caballero se empeñó en que asumiera el Comisariado, la institución de adoctrinamiento y vigilancia  en el Ejército, con lo que multiplicó sus oportunidades de ineficacia. Salió de Estado con el primer gobierno de Negrín y volvió en el otro.

Es difícil trazar su retrato psicológico. Para unos era medio bobo y para otros lo fingía, el colmo del maquiavelismo. Tras su impostada  humildad, no careció de autoestima, como prueba que aceptara con entusiasmo tareas imposibles. Tenía aptitudes para el trato humano y las relaciones públicas. Era trabajador, perseverante en sus ideales y viajero infatigable. Vivió en Londres, Nueva York, Leipzig, Berlín y París suficiente tiempo como para expresarse con fluidez, aunque no siempre con claridad, en inglés, alemán y francés, así como hacerse entender en otras lenguas.

Dos años antes de su muerte, 1973, se publicaron en España los restos de sus memorias, En la lucha, muy distintas de su anterior versión francesa, Les batailles de la Liberté, 1963, el cual, a su vez, contiene curiosas variantes, supresiones y añadidos, de las primeras publicadas, The Last Optimist, NY, 1950. Un filón para trabajos escolares. Su versión de la guerra civil, la versión canónica de lo ocurrido al Frente Popular (Freedom’s Battle / La guerra empezó en España, 1940), es un libro curioso. La versión española fue traducida del original inglés. Se puede sospechar que fuera redactado por Allen, Southworth y compañía, su equipo de apoyo en Nueva York. Vayo pudo limitarse a introducir correcciones mínimas y firmarlo.

Tras la derrota del 39, Vayo se instaló en París. Era un hombre con suerte. La entrada del ejército alemán en Francia le pilló mientras estaba retenido en Nueva York por problemas con su visa de regreso. Allí pasó la guerra y permaneció hasta bien entrada la década de los 50 y siguió siendo un personaje muy influyente. Su ángel de la guarda durante esos años fue Freda Kirchwey, la editora de The Nation durante muchos años. La relación entre ambos es un asunto difícil de entender. Su obstinación por mantener a Vayo como editor de política internacional acabó con su carrera al frente del semanario. Su  biógrafa llega a decir: “Nadie puede estar seguro, pero tras una exhaustiva investigación en sus papeles y muchas entrevistas, he llegado a la conclusión de que Freda Kirchwey y J. Álvarez del Vayo no fueron amantes; sus relaciones eran platónicas.”  En la última versión de sus memorias, Vayo la recuerda con afecto: “Escribía brillantemente y corregía con gran facilidad. Así, cuando recibía un artículo demasiado engorroso de alguien que tenía algo que decir, aunque sin saber decirlo, ella sabía transformarlo completamente, aireándolo, pero respetando fielmente el pensamiento de su autor.” Sin una correctora como ella, difícilmente habría llegado a ocupar en Nueva York el papel que desempeñó en aquellos años.

The Nation, uno de los semanarios más antiguos de los Estados Unidos, era entonces el órgano más destacado de la izquierda radical. Vayo comenzó a publicar en él en 1940, por Louis Fischer. En 1942, se incorporó a la redacción como responsable  de política internacional. Durante más de diez años, Vayo fue el faro internacional de la izquierda americana prosoviética y estuvo muy bien pagado. En 1951, cobró más de ocho mil dólares. Viajó repetidas veces por Europa y volvió a Moscú. Con la muerte de Roosevelt, su estrella empezó a declinar y siguió hasta la guerra de Corea. En 1951, Clement Greenberg, que empezaba a ser un crítico de arte original y prestigioso, envió una carta al semanario en el que llevaba años colaborando en protesta por el filosovietismo de Vayo. No fue publicada y dio lugar a la primera gran controversia sobre si una sociedad abierta debe proteger a los intelectuales que apoyan a una potencia enemiga en guerra. Greenberg, que apenas intervino luego en el debate político, procedía del trotskismo y se había integrado en el Comité Americano por la Libertad Cultural. Unos meses más tarde, cuando el matrimonio Vayo regresaba a los Estados Unidos de uno de sus viajes por Europa, fueron retenidos en la isla de Ellis. Kirchwey logró sacarles, pero empezaron a pensar en cambiar de aires.

No se sabe su vida en detalle tras la muerte de Stalin. Regresó a París en algún momento, donde reanudó la relación con su cuñado Araquistáin, rota en 1937. En 1956, viajó a la China de Mao, donde era recibido con honores de jefe de estado. Sobre la China comunista escribió dos libros semejantes, más entiusiastas, a los que había escrito sobre Rusia. En 1957 se le prohibió la entrada en los Estados Unidos, aunque siguió entrando amparándose en su acreditación ante las Naciones Unidas.

Un año antes de morir, Vayo publicó The March of socialism, un recorrido histórico que termina con una profesión de fe: “Las masas, con su potencial revolucionario y su creatividad garantizarán el futuro del socialismo”.  Ramón Chao fue el último periodista que le entrevistó, el 26 de abril de 1975. Esa misma noche sufrió un ataque cardíaco del que falleció el 3 de mayo. Luisa Graa, su mujer, había fallecido seis meses antes. Según Chao, presidía el FRAP desde 1964, pero ocurrió más tarde. Dos meses después de fallecer Vayo, el FRAP pasó a la lucha armada. Entre julio y septiembre, asesinó a tres policías nacionales y a un teniente de la Guardia Civil. El 27 de septiembre fueron fusilados los cinco últimos condenados a muerte del franquismo. Tres eran miembros del FRAP y dos de ETA. En 1978, se disolvió el FRAP, pero el PCE (m-l) sobrevivió hasta 1992.

Buñuel sólo menciona a Álvarez del Vayo con motivo de la entrevista que tuvieron en Ginebra en septiembre de 1936. Nada dice de antes ni después. Mientras vivió en Nueva York, era el español más conocido de cuantos residían en la ciudad. Paolo Duarte, el compañero brasileño de Buñuel en el Moma, vino a España con encargos de Vayo. Fue expulsado del PSOE, con Negrín y otros, entre ellos Aub, en 1946. En 2009, fueron readmitidos.

Hernando Viñes

Sobrino, yerno, guitarrista flamenco y pintor

Los tres mejores amigos de Buñuel nacieron en el mes de mayo de 1904. Dalí, el 11; José Bello, el 13 y Hernando Viñes, el 20. En junio de 1934, Hernando y su mujer fueron los testigos de su boda y en las cartas de Jeanne de ese año son la pareja con la que tienen una relación más íntima. Se conocían desde 1925, pero no se sabe cuándo se afianzó la amistad entre ellos. Aunque no se vieron entre 1938 y 1950, la amistad no se interrumpió.

Hernando Viñes nació en París. Su padre, José, ingeniero, era hermano del pianista Ricardo Viñes. Ambos se habían instalado en la capital francesa para que el menor perfeccionara sus estudios de piano. Ricardo llegó a ser una estrella de la interpretación y estrenó obras de los mejores compositores –Debussy, Granados, Falla, etc. Los Viñes habían nacido en Serós, en la provincia de Lérida. La madre de Hernando era hija de un político hondureño que llegó a presidente, Marco Aurelio Soto, y de una guatemalteca.

En 1916 o 17, huyendo de la guerra, los Viñes se instalaron en Madrid, donde Hernando hizo sus primeros dibujos de las reproducciones del Casón. Cuando regresaron a París, según la leyenda familiar, Picasso animó a su padre a fomentar la vocación del muchacho. Hasta 1925, estudió, primero, en la escuela de arte sacro con Maurice Denis y luego con André Lothe y Gino Severini. Elvira, su hermana, fue bailarina clásica española, muy aficionada al flamenco, de moda entonces en París. Hernando, que había estudiado, como Buñuel, violín, aprendió a tocar la guitarra flamenca.

Por esa vía, por la amistad entre su tío Ricardo con Falla y los múltiples contactos familiares con los españoles que vivían en París, nació su amistad con Manuel Ángeles Ortiz, granadino, amigo de Picasso y de Falla y cantaor notable. Por él conoció a Joaquín Peinado, Pancho Cossío, José María Ucelay, Ismael de la Serna, Francisco Bores, el grupo de pintores que después de la guerra se conocerá como la escuela española de París. Viñes, el menor, se llevaba nueve años con Ortiz y uno con Ucelay. Con ellos convivió, en 1924, varios meses el hermano de Federico, Paco, y al grupo se sumó Buñuel al llegar a París en 1925. Buñuel conoció a su mujer en el estudio de Joaquín Peinado, en el que también trabajaba Viñes.

Hernando Viñes debutó en 1923, cuando todavía era estudiante, gracias a Falla. Para cumplir con el encargo de una aristócrata, el músico confió los decorados del Retablo de Maese Pedro a dos pintores granadinos, Manuel Ángeles Ortiz y Hermenegildo Lanz. No es raro que a ellos se sumara Hernando, porque el responsable de la puesta en escena fue su padre, que se encargó de producir los decorados, el vestuario y las marionetas. La familia Viñes al completo intervino en la representación de la obra. Por cartas de Lorca se sabe que, más tarde, un grupo de amigos –en Zaragoza, Juan Vicens–, ayudaron a Falla a llevar la obra por varias ciudades españolas.  En 1926, por empeño de Ricardo Viñes, remozada, la obra se volvió a montar en Amsterdam. De nuevo, toda la familia Viñes intervino en el montaje e implicaron en él a los amigos de Hernando, Pancho Cossío y Joaquín Peinado. Puede que el papel de Buñuel no fuera tan relevante como lo presentó en sus recuerdos, que apareciera como actor-presentador y que el primer día los fallos fueran graves.

Sería difícil encontrar personalidades más contrapuestas que la de Buñuel y la de Viñes. Nacido en un ambiente de músicos y pintores, poblado de bichos raros, aristócratas esnobs, bohemios indigentes, la flor y nata del París musical y los ambientes canallas del flamenco, fue sociable pero discreto y reservado. De natural apacible y poco dado a las confidencias íntimas, siempre fue amable y discreto. A su manera, parece que siempre fue creyente. Negado para la auto-promoción, ofrece la imagen del artista probo, de humildad franciscana, que hizo lo que creía honestamente que sabía hacer, aunque pareciera muy poca cosa en comparación con lo que decían que hacían sus coetáneos.

Nunca dejo de pintar, pero su carrera expositiva fue muy irregular. Entre 1928 y 1936, mostró sus cuadros con regularidad y se vendieron bien. A partir de ese año, los asuntos españoles le tuvieron demasiado ocupado y se desentendió de su carrera. Entre las muchas molestias que trajo la guerra, se hundió el mercado del arte. Después de la guerra, expuso muy poco. Hasta 1965, sólo expuso en solitario en dos ocasiones.

En lo estético, anduvo cercano a Bores, aunque la paleta de uno y otro fuera muy distinta. La de Viñes estuvo más próxima a la de Bonnard. Su gran maestro fue Cezanne y su modo de ver la pintura estuvo más próximo al de Matisse que al de Picasso. Entre 1927 y  1930, se sintió atraído por la vanguardia. A partir de 1931, volvió a pintar del natural y no dejó de hacerlo el resto de su vida artística. Sus cuadros son bodegones, paisajes y figuras, con frecuencia en escenas de interior con una ventana.

Buñuel se benefició de su amistad con Viñes. Aparte de su intervención en el Retablo de Maese Pedro, gracias a él, tuvo sus primeros contactos artísticos en París. Zervos, el editor de la revista  Cahiers d’Art, en la que Buñuel publicó sus primeras críticas de cine, era amigo de los Viñes. Durante la guerra, la clave de su llegada a París y de su cobertura inicial fue el matrimonio Viñes. ¿Por qué recibieron en abril de 1936 el homenaje que se hizo célebre por la fotografía tomada a los postres? Parece que por entonces ambos ya trabajaban en las organizaciones montadas por la Internacional Comunista, en la que el padre de su mujer, Francis Jourdain, era una pieza clave.

Durante su infancia y juventud, la vida de Hernando Viñes giró en torno a la figura de su tío. Desde 1931, cuando se casó con Lucie, su vida estuvo vinculada estrechamente a la de su suegro, Francis Jourdain, hasta la muerte de este en 1958. Es preciso detenerse en este hombre. Jourdain había nacido en París en 1876, hijo de Frantz Jourdain, un notorio arquitecto, esteta y progresista. Francis dejó la carrera de pintor para dedicarse al diseño social. Sus muebles y ornamentos eran bonitos, funcionales y baratos, pensados para mejorar la calidad de vida de las clases trabajadoras. Desde muy joven, primero como anarquista y luego como socialista, había sido activista de las causas de los derechos del hombre y del pacifismo. Le unió una fraternal amistad con Eli Faure, médico y teórico del arte, padrino de su hija. Juntos intervinieron en política y apoyaron la revolución rusa. Con Henri Barbusse y cerca de Willi Munzenberg, estuvo en la primera asociación de amigos de la Urss y en el Socorro Rojo Internacional. Visitó la Unión Soviética por primera vez en 1927.

Jourdain fue durante muchos años un estrecho colaborador de la Internacional Comunista. Un resumen de su currículo da idea de su implicación en todas las causas impulsadas por los soviéticos: miembro fundador de la sección francesa del Socorro Rojo Internacional, lo mismo y presidente de honor de la Sociedad de Amigos de la URSS, secretario general del Comité de Amnistía para los Indochinos, administrador de la sociedad de los amigos de Spartacus, secretario adjunto de la Asociación de Escritores y Artistas Revolucionarios, presidente de las Vacaciones Populares Infantiles, lo mismo del movimiento  Paz y Libertad, miembro del comité director del Instituto para el Estudio del Fascismo y tesorero de los amigos de Henri Barbusse. Con este y con Romain Rolland también estuvo en el movimiento Amsterdam Pleyel.

Viñes había conocido a Lulú en la Grande Chaumiere, una academia de dibujo a la que ambos asistían. Lulú no se dedicó a la pintura y permaneció vinculada a su padre, colaborando con él en sus tareas políticas. Cuando se casaron, los Viñes vivieron en el apartamento paterno de la rue Vavin. Más tarde, se mudaron a un apartamento que estaba a dos pasos, en el boulevard Montaparnasse. En 1936, Hernando se incorporó a las tareas de los comités internacionalistas con naturalidad, para echar una mano a su suegro y a sus amigos españoles. También fue secretario del pabellón de la Exposición Universal. En La otra vida de LB se cuenta todo esto con mayor pormenor.

Tras la liberación, vino una prolongada etapa de olvido para la pintura de Viñes. Siguió pintando en soledad, en una habitación del apartamento de su suegro, que también les ayudaba económicamente. Apenas vendía cuadros. Para mejorar la economía familiar, empezó a dar clases de guitarra flamenca. Fue un conocedor, testigo de la época dorada de los años veinte y experto en instrumentos de calidad, admirado por los jóvenes. Su mujer buscó trabajos como traductora. Hizo la versión al francés de Los Olvidados y pudo coordinar la logística de la primera proyección en París. Hizo más trabajos para sus películas. Entre 1936 y 1965, como queda dicho, sólo hizo dos exposiciones individuales en París y participó en unas pocas muestras colectivas. En 1965, gracias al interés de José Manuel Díaz Caneja, hizo una importante exposición en el Museo de Arte Moderno de Madrid, adonde volvía, oh paradoja, en pleno franquismo, tras treinta años de ausencia. La escuela de París tenía una amplia clientela burguesa en Madrid, preparada para reconocer su talento. Gracias a la galería Theo, Hernando Viñes fue adoptado por su segunda patria y obtuvo merecido reconocimiento en la última etapa de su carrera. Falleció en 1993.

Nota bibliografica