Juan Larrea, vida de profeta, y 2

En breve recapitulación de lo anterior, Larrea había entrado en poesía, como quien profesa, allá por los años veinte, deslumbrado por Huidobro, líder de una secta formalista quijotesca. Dos hechos fueron decisivos para que, hacia 1930, renegara de su primer credo estético-vital. Uno, descubrir el don natural de un poeta exótico, un fenómeno muy raro que desalienta a poetas de oficio laborioso. César Vallejo era un mestizo peruano, con escasas habilidades al margen de su don, que malvivía en París y escribía como si por él hablara un espíritu superior. Por ese hilo, acabó en Cuzco, donde, desbordado, asumió que la historia de la cultura era algo mucho más complicado de lo que había sospechado. Respondió gastando la herencia de su madre en adquirir una colección de antigüedades que le enriqueció en muchos aspectos, excepto en el pecuniario. Sin abandonar el hábito de poeta, durante seis años, escribió un libro, Orbe, sobre las razones de fondo por las que había dejado de hacer versos. Es un texto único en la literatura española de su tiempo, que quedó inédito, como su poesía anterior. Entre 1933 y 1936, las antigüedades peruanas acapararon su tiempo. Era arqueólogo por oposición e hizo méritos para que se le reconociera como anticuario americanista. En eso estaba cuando llegó la guerra.

Para terminar de caracterizar su personaje definitivo, faltaba un acontecimiento de grandes proporciones, la guerra. Tenía 40 años cuando estalló. Tuvo la fortuna de hallarle en Francia. Le dio vueltas al asunto durante meses antes de hacer pública su adhesión. En los argumentos epistolares para convencer a Gerardo Diego y, más tarde, en las exégesis públicas de la causa republicana encontró la clave que le faltaba para edificar la bóveda, o la parábola, de su obra posterior. La guerra culminó, por así decirlo, su proceso de re-institucionalización.

Desde el verano de 1937, permaneció vinculado al gobierno de la República. Una tarea accesoria, la de ser el interlocutor del gobierno con Picasso, reforzó su mitomanía. Se familiarizó con el Guernica, sobre el que escribiría su obra más conocida diez años después, al coordinar la exposición del cuadro en Londres. En marzo de 1939, impulsó con Bergamín una Junta de Cultura negrinista que editaba un boletín y se proponía socorrer a los refugiados que llegaban a París y a los internados en campos de concentración. Salió de Europa de los últimos, en octubre de 1939, pasó por Nueva York y se instaló en México en noviembre. Siguió trabajando con Bergamín en el primer producto del exilio, la revista España peregrina, hasta que, en el otoño de 1940, se acabaron los fondos. Poco después, se enemistó con él.

Al año siguiente, gracias a Jesús Silva Herzog, un economista y político mexicano que se encargó de la financiación, con el apoyo de León Felipe, trabajó en el lanzamiento de Cuadernos Americanos, que apareció en 1942 y llegó a convertirse en una de las más prestigiosas revistas de México. Fue un periodo productivo para Larrea, durante el que conservó una cierta notoriedad entre los exiliados, no exenta de recelos. Publicó dos libros, Rendición de espíritu, su primer ensayo de envergadura profética, y El surrealismo entre el viejo y el nuevo mundo, un ajuste de cuentas con los franceses, frente a los que proponía alternativas de raíz hispánica. Como anécdota, Pedro Salinas le dijo a Jorge Guillén que se había vuelto loco.

La relación con León Felipe se afianzó en esos años. Es un índice de lo alejado que se sentía del elitismo vanguardista de su juventud. En lo formal, habían sido muy contrapuestos, pero, desde su nueva perspectiva, admiraba la vocación de bardo populista al estilo antiguo del zamorano. Cuando empezó a colaborar con Buñuel a comienzos de 1947, estaba haciéndose a la idea de abandonar Cuadernos Americanos por diferencias de criterio con quienes la financiaban. Ese mismo año escribe el ensayo sobre el Guernica de Picasso, por encargo de una galería de Nueva York. Mejoró su prestigio, pero tardó treinta años en ser traducido. También fue el año del mayor desengaño de su vida. Sin que hubiera sospechado nada, sumergido como estaba en encajar en su gran esquema las cavilaciones sobre Picasso, en otoño, Marguerite, su mujer, con la que llevaba casado dieciocho años, a su regreso de Francia, donde había pasado el verano, le comunicó la ruptura unilateral consumada de la convivencia y que su hija viviría con ella. Fue una catástrofe indescriptible, aunque su hija finalmente se quedó con él y con el tiempo se convirtió en su más estrecha colaboradora.

Buñuel no le mencionó a Rubia la colaboración con Larrea hasta julio de 1948, cuando, traducido en parte al inglés y con la introducción mencionada, Dancigers intentó vender el guión en Estados Unidos a alguna entidad relacionada con Philip Morris. Lo llamó película de cine-club y proyecto “de extrema vanguardia”, “de gran calidad”. Más tarde, lo intentó con McGowan, un universitario que había sido su jefe en Nueva York, que no lo entendió. Larrea trabajó también, sin que se sepan bien los detalles, en un argumento, Mi huerfanito, jefe, sobre un décimo de lotería, y en algún aspecto de Los Olvidados. Según Julio Alejandro de Castro, el germen inicial de El Ángel exterminador procede de una idea de Larrea (Sánchez Vidal). No colaboraron más porque, en 1949, el de Bilbao se fue a Nueva York.

En 1951, cuando Larrea llevaba dos años allí, le escribió Buñuel por un problema con el apartamento que conservaba en México. Le dice que desde que se marchó ha hecho cinco películas. De ellas, Los Olvidados es la mejor con diferencia. No le cuenta su viaje a París, pero sí los premios de Cannes y cómo ha mejorado su situación. No ha abandonado la idea de hacer Ilegible, tal vez en Brasil, donde están bien situados sus amigos Cavalcanti y Duarte. No pasó de ahí.

Le volvió a escribir sobre la película en marzo de 1956. El de Calanda iba por su decimosexta producción mexicana, le iban bien las cosas y empezaba a tener cierto éxito. La vida de Larrea había sido muy distinta. A los 54 años, en 1949, abandonado por su mujer y separado de Cuadernos Americanos, había conseguido una beca para investigar, entre otras cosas, si tenía fundamento el rumor histórico según el cual el culto a Santiago habría sido una recuperación ortodoxa de otro más antiguo inspirado por Prisciliano, un obispo de Ávila del siglo IV, condenado por hereje y ejecutado en Tréveris por el emperador Magno Máximo. Se fue con sus hijos a Nueva York para seguir la pista del asunto en la bibliotecas de la ciudad. Renovó la beca Guggenheim y al tercer año tuvo la fortuna de encontrar otra entidad, la empresa Bollingen, que le financió para que siguiera estudiando varios años más. Por Prisciliano derivó hacia el estudio de los evangelios, estimulado por las publicaciones sobre los manuscritos de Qumran.

En Nueva York pasó siete años dedicado exclusivamente al estudio. En 1951, apareció La Religión del Lenguaje Español, una primera aproximación al sentido de sus pesquisas, fruto de una conferencia en Columbia. La repitió en el Perú, a donde viajó con su hija. Esos fueron los únicos  actos públicos en los que participó en esta etapa. Las empresas que le financiaron no quisieron publicar el resultado de sus investigaciones. En 1956, en México, en su antigua revista y aportando el coste de producción, publicó dos libros. Razón de Ser es un conjunto de notas cuasi académicas sobre algunos temas en los que había profundizado. La Espada de la Paloma es completamente distinto, indaga hipótesis acerca de las relación entre la iglesia y el poder y los derroteros del dogma cristiano en la antigüedad.

Ese mismo año, 1956, Buñuel le escribió por primera vez a la Córdoba argentina. Estaba allí para discutir las condiciones de una plaza de profesor en la Universidad Nacional, a la que se incorporó en agosto. Le cuenta que hay un productor dispuesto a hacer Ilegible. Tienen que ampliarla y le pide que vaya unos días a México para trabajar juntos. No fue. Un año después, el rodaje parecía inminente. Hubo forcejeo por los créditos. Buñuel reivindicaba su aportación al argumento diez años antes. Larrea elaboró nuevas situaciones con ayuda de su hija. La mayor parte le parecieron bien a Buñuel, salvo una reunión multitudinaria de testigos de Jehová y otra en la que aparecían doce capuchinos. En julio, Buñuel le envió 1.500 dólares. El 6 de agosto se los devolvió, por desacuerdo en suprimir la escena de los testigos. En las cartas de despedida, saltan chispas bajo los esfuerzos para no perder la compostura.

Volvió a escribirle Buñuel a comienzos de enero de 1963, cuando pensaba incluir Ilegible como uno de los cuatro relatos de su siguiente proyecto. Los otros eran la freudiana Gradiva de Jensen, otro de Cortázar y otro de Fuentes. El proyecto no pasó del día 21, cuando Buñuel le comunicó que daba marcha atrás. Le contestó Larrea resignado por el nuevo naufragio del guión y por haber constatado la falta de interés por su vida, allá en México. En unas pocas líneas le contó la mayor tragedia de su vida, ocurrida en 1961. Su hija Luciana, que se había casado y tenido un niño, había muerto, junto a su marido, en un accidente aéreo cuando sobrevolaban Brasil. Su nieto huérfano de pocos meses, Vicente Luy Larrea, había quedado a su cargo.

Eugenia Cabral recogió, años después, con ayuda de los recuerdos de los escasos ancianos supervivientes, las huellas de los veinticuatro años vividos por Larrea en Córdoba. Siempre fue un cuerpo extraño en la segunda, o tercera, en disputa con Rosario, ciudad argentina, a casi 800 kilómetros de Buenos Aires, que durante esos años se industrializó y duplicó su población. Su contratación fue posible porque en 1955, el ejército argentino se había levantado allí –para conquistarla para Dios y para la Patria, rezaban las octavillas– para acabar con la dictadura de Perón. La Revolución libertadora, como se la llamó, abrió unos de los periodos más turbulentos de la historia argentina, marcados por la tendencia al abuso y la corrupción de los gobiernos civiles y el empeño de los militares, a pesar de su demostrada incapacidad, en regir la sociedad civil.

Al biógrafo de Larrea le resultará muy difícil resumir los vaivenes entre radicalismo y reacción que se vivieron en las aulas universitarias cordobesas mientras estuvo en ellas. Ha quedado poca memoria del periodo. De no haber tenido a su cargo a su nieto, es posible que los últimos años de su vida hubieran sido muy distintos, que hubiera sucumbido a algún ataque de intransigencia. Nunca tuvo un contrato estable, sino que hubo de renovarlo cada dos años. Su prolongada permanencia parece milagrosa. En 1964, con los estudiantes al frente de la Universidad, quedó en suspenso como docente una temporada. Debía parecer un santón iluminado. En cada nueva acometida, la prestancia intelectual con que respondía impedía que sus patronos circunstanciales le dieran el último empujón.

Sin haber tenido experiencia docente continuada, empezó impartiendo seminarios sobre Historia de la Cultura. Los primeros  giraron en torno al “Significado de América en el proceso teleológico de la Cultura” y a la “Formación histórica del cristianismo a la luz de los descubrimientos recientes.”. Más tarde, fundó un Instituto del Nuevo Mundo que, forzado por las circunstancias, transformó en el Centro de Documentación e Investigación César Vallejo, una figura ecuménica. En 1965, dejó de dar clases para convertirse en investigador. Día tras día, hasta que se jubiló, acudió a su despacho de siete metros cuadrados, en donde generó miles de páginas. Es muy probable que se sintiera aliviado cuando otra vez tomaron el poder los militares en 1976 con Videla al frente y que no llegara a enterarse de que, poco después, empezaron los secuestros y asesinatos de estudiantes, con los que había perdido el contacto hacía más de diez años. Se jubiló dos años después.

En 1958, publicó César Vallejo o Hispanoamérica en la cruz de la razón. Sus investigaciones sobre el peruano aparecieron en los cinco números de Aula Vallejo editados entre 1961 y 1974. En 1960, apareció Corona incaica, en el que, junto a la narración de su aventura personal, recogió sus ensayos de arte y arqueología peruana. En 1962, el crítico Herbert Read estuvo en Córdoba, tal vez para apoyar su precaria situación universitaria, y ambos publicaron un catálogo de Pintura Actual. El comienzo de la recuperación de su poesía juvenil por el italiano Bodini coincidió con el momento más hondo de su depresión académica. Versión celeste se publicó en 1969 en Italia y al año siguiente en España. Durante algún tiempo, fue tenido por el precursor patrio del surrealismo. Su situación mejoró gracias al malentendido, acentuando su condición de superviviente de un tiempo mitificado. Publicó su edición de la obras de Vallejo y se reeditaron en España dos libros de ensayos.

Volvió con su nieto a España en diciembre de 1977 y estuvo dos meses para presentar la traducción de su Guernica. Pasó por Bilbao, donde tenía algún amigo epistolar, y en Madrid recibió calor en dos o tres actos organizados por el Ministerio de Pío Cabanillas. En sus papeles inéditos puede haber notas de este viaje en las que cuente algo más. Se sabe que visitó el Museo de América, la concreción franquista de lo que por su insistencia se había fundado en la gaceta republicana muy avanzada la guerra. Lo proyectado por Luis Moya nada se parecía, como es lógico, a lo esbozado por Luis Lacasa, pero la suya seguía siendo una de las colecciones fundamentales del Museo. Tuvo que ser muy emocionante para él volver a ver en las vitrinas las piezas que, una a una y con mucho cuidado, había elegido en Cuzco casi 50 años antes y habían marcado el resto de su vida. Estuvo charlando con el director, incluso cabe que le acompañara en la visita. Carlos Martínez-Barbeito carecía de méritos científicos y profesionales para ocupar el cargo e ignoraba la prehistoria de la institución que dirigía. (Se amplía el asunto al final). Por criterios técnicos, o sea, sin mala voluntad deliberada, el visitante del museo hoy tendrá tantas dificultades o más que en 1978 para identificar las piezas de su colección.

El penúltimo acto de su vida fue un pequeño arreglo de cuentas, sin perder las formas ni el afecto por él, con Buñuel. Octavio Paz, acaso para compensar los años en que Larrea no fue santo de su devoción marxista o tardo-surrealista, se empeñó en publicar en Vuelta, su revista, el texto del guión de Ilegible, que, no se sabe cómo, había llegado a sus manos. Se lo pidieron con tanta insistencia que accedió. No tenía tiempo ni “disposición mental” para rehacerlo, por lo que lo dejó como estaba. Añadió las escenas que había inventado con su hija en 1957, algunas de las cuales no habían pasado el visto bueno del aragonés. Le propuso sustituir la introducción promocional por unos “Complementos circunstanciales”, en los que resumió su versión de la colaboración entre ellos. Ahí dijo lo que había pensado al ver La Vía Láctea, la mejor prueba de la distancia que les había separado siempre. “En el fondo me satisfizo el fracaso. Y aun me holgué más cuando vi luego el film La Vía Láctea del mismo Buñuel, fundado sobre noticias acerca de Prisciliano y del Camino de Santiago, de las que mucho me había oído hablar y después leído en mi Religión del lenguaje español. La degradación a la que sometió el notabilísimo fenómeno histórico-sideral, considerando al admirable asceta español, degollado y calumniado durante quince siglos por el clericalismo militante, como un sensualista vulgar dentro de un sistema de la misma estofa, me evidenció que nuestros conceptos acerca del sentido poético de la Vida, se bifurcan a partir de cierto punto, hasta hacerse dispares, si no opuestos. El que me atribuyo dimana de la Imaginación Mitocreadora, siendo por lo mismo muy de temer que la adaptación de Luis hubiera despojado a Ilegible de sus mejores tuétanos.” Al despedirse, le agradecía el esfuerzo que había hecho con él y le abrazaba. Apareció unos meses antes de su muerte.

Se jubiló a los ochenta y tres años y se dejó crecer las barbas. Parecía un santo ermitaño de Ribera. Consecuente, tituló sus memorias, que dejó inacabadas, a la tremenda: Veredicto. No dejó de escribir hasta que se lo impidió la progresión de un cáncer del aparato digestivo. Fue intervenido y su cuerpo sobrevivió varios días atravesado por sondas y agujas, en una habitación del hospital Santa Rosa de Córdoba. Un día, reclamó una Biblia. Seguía cavilando y necesitaba precisar un dato. No recibió muchas visitas y las pocas que tuvo se sintieron intimidadas por unos muchachos instalados en la otra cama de la habitación. Uno era su nieto, poeta y recluta en el servicio militar obligatorio, que permaneció a su lado cuanto se lo permitieron los deberes militares. En su ausencia, cuidaban del agonizante su novia y otros jóvenes de apariencia contestataria. El 9 de julio de 1980, su cuerpo fue de la habitación al crematorio, sin funeral. Su casa quedó a merced del expolio. La noticia de su muerte tardó dos meses en llegar a España.

Todo resumen es injusto y más el de la vida de un escritor olvidado de la fama, con obra extensa, poco conocida y en parte inédita. El relato de sus andanzas es el dibujo del personaje que él mismo construyó, modelando su conducta por exigencias del guión, adaptándolo a los imprevistos. Empeño ambicioso, inversión generosa y perseverante; leal, falto de doblez, recto y consecuente. Se realza su ejemplaridad insólita para ameritar el esfuerzo que exige su lectura. En palabras de Cristóba Serra, poco comprenderán de su obra “quienes no entienden de esfuerzos ingentes (o) conciben la literatura como una feria de las vanidades”.

Los escritores que se toman muy en serio su condición de escritor son incómodos para el sindicato de intereses mundanos que rodea la literatura porque ponen el listón del oficio muy alto, lejos de sus manifestaciones más populares. Larrea se tomó en serio, como pocos, la renovación de la poesía, cuando para la mayoría las nuevas formas eran una moda, tan intrascendente como el sinsobrerismo o el foxtrot. Fue poeta a tiempo completo cuando la mayoría de sus contemporáneos lo era a ratos perdidos. Sus años de formación fueron los del éxito de Yeats, Tagore, Rilke, Valery o Pound, por no hacer la lista interminable, aunque sus mensajes estimularon pocas vocaciones españolas. Sólo Juan Ramón Jiménez o León Felipe se tomaron tan en serio y predicaron con el ejemplo. Con resultados estéticos e intelectuales muy distintos.

Una ambición razonadora semejante sólo se encuentra en Octavio Paz. Pero el carisma del mexicano cursó en años posteriores, sin agobios religiosos, con un don de gentes y un sentido de la oportunidad del que Larrea anduvo escaso. Sus utopismos se diferencian en detalles circunstanciales, pero la creencia última en un espíritu vivificador de la Humanidad es muy semejante. Sus aires proféticos y la intensa impregnación religiosa de sus imágenes pueden ser el mayor obstáculo para que la obra de Larrea sea leída como una epopeya metafísica moderna, de difícil clasificación, que acaso se entienda mejor desde la literatura comparada. Es curiosa y desconcertante la polémica académica sobre a qué rama de las ciencias humanas o sociales compete el análisis de sus ensayos, exponente de cómo se ha encogido la historia literaria en las aulas democráticas.

Una de las paradojas de su vida es que se hizo artista huyendo del catolicismo agobiante de su madre y acabó convertido en profeta de una nueva espiritualidad, de signo opuesto, pero, en el fondo, tan apremiante en conciencia como aquella. Su filosofía poética intenta conciliar la médula del mensaje evangélico con los tiempos modernos. Es una teoría del diseño inteligente del destino de la Humanidad y una teodicea de la resurrección del alma hispánica. Su milenarismo poético es hijo del romanticismo, de cuando, tras la Revolución, los artistas y los intelectuales se dieron a la mitomanía para ocupar el lugar de los sacerdotes en las liturgias del altar nacional. La Cultura, respaldada por la Ciencia, se convirtió en un nuevo credo, incompatible con el de la Iglesia, cuyo tiempo, se pensó, había caducado. De la misma fuente proviene el papel preeminente de las obras de arte “de su tiempo”, en las que más tarde se quiso ver, con voluntarismo teleológico, una anticipación del futuro. El vanguardismo es por esencia milenarista y Larrea fue siempre ambas cosas, primero en aras del Arte y luego de la Vida, su concepto clave.

Su relación con España dibuja una trayectoria semejante. Comenzó por la vía negativa. Se instaló en Madrid, huyendo de Bilbao. Se sintió incómodo y se fue a vivir a París. Se alejó al máximo cuando decidió escribir en francés. Más tarde, conoció a César Vallejo, por el que fue al Perú, donde empezó a asumirse español y lo confirmó con solemnidad y desgarro en la guerra, ya en el exilio y en momentos de especial dramatismo. España fue la mayor parte de su vida un lugar vedado para él, la experiencia de una ausencia. Náufrago en la Córdoba argentina, fiel a la República y acosado por circunstanciales polaridades políticas, fue el último españolista y el más raro. Salvo una breve temporada, su tabla de salvación fue Gerardo Diego, el destinatario de sus ensayos y del resto de su obra. En ese sentido, sería cierto que Larrea fue, en parte, una invención de su amigo.

Como una nota de humor final, lo insólito de su egotismo se podría resolver recurriendo a su condición de bilbaíno. Unamuno dejaría de ser un unicum, un bicho raro en su contexto, y Larrea otro, si se hiciera de lo unamuniano un modo de manifestarse de lo bilbaíno. Por esa vía, Larrea sería una especie de Unamuno impopular, rumiante, introvertido, ambos con un yo de diamante pero de distinta concreción.

Elaboró en Córdoba la historia de su vida en la correspondencia y conversaciones que mantuvo con dos estudiosos extranjeros. El americano David Bary (San Francisco, 1924), se puso en contacto con él en 1953, cuando vivía en Nueva York, para pedirle noticias sobre Huidobro por recomendación de Diego. Fue a visitarle a Córdoba y charlaron mucho para escribir su biografía, publicada en 1976. El inglés Robert Gurney se comunicó con él por carta en 1968 y le entrevistó en Córdoba en 1972 en treinta y cinco ocasiones. En 1975, presentó en Londres su tesis doctoral, supervisado por Ian Gibson, asimismo sobre su poesía.

El estudioso español que, tras su muerte, más ha contribuido a su difusión es Juan Manuel Díaz de Guereñu. Más jóvenes son Miguel Nieto, editor de Versión Celeste, y Bernardo del Pliego, el primero en dedicar una tesis doctoral a su obra ensayística. Gabriele Morelli editó en 2007 Ilegible, hijo de flauta, enriquecido con la correspondencia y otros complementos. El mismo publicó, en 2009, una antología en la que la poesía ocupa 140 páginas, 100 las procedentes de Orbe y 140 las de sus ensayos. Salvo eso, Versión celeste y el libro sobre Vallejo que editó Visor en 1976, reeditado, sus libros son difíciles de encontrar. Gran parte de su legado, por un cúmulo de desdichadas circunstancias, permanece inédito. No tuvo discípulos ni seguidores creativos de relieve.

Neruda. Larrea basó parte de sus teorías en la aportación de tres escritores hispano americanos: Rubén Darío, Vicente Huidobro y César Vallejo. Para definir su posición en el mundo americano, falta el nombre de otro, Pablo Neruda. Larrea le publicó en Europa por primera vez en su revista Favorables. Coincidieron en Madrid en los años anteriores al 36. El capítulo correspondiente a esa etapa de la literatura chilena cuenta las consecuencias del choque de varios egos descomunales. La autoafirmación paranoica de Neruda cursaba por oposición a la de sus compatriotas más destacados: Vicente Huidobro y Pablo de Rokha. La legendaria autoestima y sed de gloria de Neruda no era inferior a la de Huidobro, que se empleaba a fondo en estos asuntos, como se puede constatar en las cartas intercambiadas con Buñuel en 1931. Neruda impulsó un desagravio frente a Huidobro, que Larrea, por fidelidad no apoyó y Neruda empezó a incubar su inquina. El encuentro de todos ellos (Bergamín, Larrea, Huidobro y Neruda) en el apoyo al bando republicano, contuvo el desbordamiento de las vanidades resentidas.

En México, donde Neruda estuvo de cónsul entre 1940 y 1943, todos riñeron con todos: Bergamín, en la crisis de España Peregrina, con Larrea y, un poco más tarde, con Neruda, el cual a su vez lo hizo también con Octavio Paz. Agravió Larrea, al parecer, a Neruda cuando evitó que figurara en la puesta en marcha de Cuadernos Americanos. Neruda le envió un recado (“faquires paradisiacos y mesiánicos del Nuevo Mundo”) en un prólogo a una traducción de Ehrenburg. Tuvo respuesta de Larrea en El surrealismo entre viejo y nuevo mundo, donde habla de la “voz de Neruda, opaca y purulenta, como de negro engrudo…” Nada más entre ellos en los siguientes años, hasta la mención en una entrevista que un colombiano, admirador de Neruda, le hizo a Larrea en Nueva York y que se publicó en Caracas.  Parece que fue el desencadenante de un traje a medida, la “Oda a Juan Tarrea” –donde le llama saqueador de tumbas, con boina de sotacuras y uñas de prestamista, emanación del Caudillo, tonto de ultramar, vendedor de muertos, etcétera–, escrita en noviembre de 1954 e incluida en Nuevas odas elementales. Larrea le correspondió con “Machupicchu, piedra de toque” (1967), explicando con todo lujo de argumentos por qué Neruda era un poeta sobrevalorado.

Martínez Barbeito, director del Museo de América. La historia del Museo de América de Madrid, a pesar de tener un rango administrativo semejante al del Prado y al Arqueológico, es muy deprimente. Fundado por decreto en 1941, por circunstancias cuyo pormenor se demoraría en exceso, las colecciones se alojaron en el Arqueológico, mientras se construía el nuevo museo y bastantes años después de que se diera por terminado. Se trasladó en 1965, aunque para ocupar sólo parte del edificio. Su directora siguió siendo hasta que se jubiló Pilar Fernández Vega, que había firmado el texto de la exposición de la colección Larrea en el Arqueológico. Fue nombrado en 1968 un nuevo director, al que alguien recompensó por lo que fuera. Lo seguía siendo cuando Larrea pasó por allí a finales de 1977 o comienzos del 78. Fue cesado en 1980, cuando el museo cerró sus puertas, que no se volvieron a abrir hasta 1994.

Sabemos que se vieron porque lo contó el director del Museo cuando tomó posesión de su plaza en la Academia gallega de Bellas Artes el 24 de marzo de 1984, institución que presidió los siguientes cuatro años. Su discurso fue una Memoria de “su” Museo de América, a cuyo frente había permanecido doce años. En su conferencia dijo: “Es de justicia declarar que la primera iniciativa de erección de un Museo de América partió del poeta creacionista Juan Larrea, uno de los que formaron la generación del 27, que presentó su proyecto y logró verlo publicado en la Gaceta de Madrid, según él mismo me dijo al regresar del exilio”.

Sus méritos para ocupar dicho cargo nada tenían que ver con museos ni con América, donde nunca estuvo. Carlos Martínez-Barbeito y Moras nació en la Coruña en 1913. Estudió Letras y Derecho en Santiago y conoció a Lorca cuando visitó la ciudad. Tal vez, pensando en la protección de Lorca, como tantos, se trasladó a Madrid para doctorarse y es recordado como residente que anduvo cerca de La Barraca. Luis Sáenz de la Calzada dice en su libro: “Barbeito era rubio, tenía el pelo ondulado y los ojos de un celta (…) como actor no resultó (…) escribió un libro – Las pasiones artificiales— y hoy es director del Museo de América.” Su hija Margarita, lo recuerda como un falangista de primera hora. Arturo del Villar y Andrés Trapiello llamaron la atención sobre el mayor borrón de su biografía, el asalto en abril del 39 a la casa de Juan Ramón Jiménez de la calle Padilla para saquearla. Pemán intercedió para que le fuera restituido lo que se pudo recuperar. Le acompañaron Felix Ros y Carlos Sentís, que nunca admitió haberlo hecho.

No se sabe si está relacionado con eso el que viviera en Barcelona los siguientes 20 años, vinculado a Radio Nacional, como crítico literario, y a la distribución cinematográfica, al frente de la Metro Goldwin Mayer. También siguió con la bibliofilia y el coleccionismo, ahora como cliente formal. Fue gran coleccionista de planos de Galicia. Probó suerte con la novela en 1947 (El bosque de Ancines, llevada al cine por Olea en 1971) y en 1950. Su ensayismo se fue decantando por los temas gallegos. Su abuelo Martínez había sido historiador y su madre Barbeito pedagoga y escritora. Además, se había casado con la hija de un ilustre pontevedrés, Fernando Álvarez de Sotomayor, el último pintor que fue, muchos años y en dos etapas, director del museo del Prado. Es posible que la clave de su carrera entonces fuera Pío Cabanillas, ministro de Cultura cuando Larrea vino en 1977, que arrastraba una amplia prole clientelar. En 1974, ambos pertenecían al Consejo de la Gran Enciclopedia Gallega.

En definitiva, no sabía nada de América cuando le hicieron director del museo, pero le cogió cariño en los doce años que estuvo: “Fue para mí, que no emigré a América, la obligada aventura americana de todo gallego que se precie, como yo, de serlo”, les dijo a sus doctos compañeros de la Real Academia de Bellas Artes de Nuestra Señora del Rosario. Es posible que la mano de Cabanillas guiara también este paso. Una pieza cómica irreproducible por tediosa es cómo se las arregló el entonces presidente, Manuel Chamoso Lamas, para contestarle: “¿tengo yo, por ventura, que presentaros a vosotros, ni presentar a nadie aquí y en La Coruña, la figura del gran coruñés que es Carlos Martínez-Barbeito a quien toda España conoce y admira?” Son catorce páginas de vaguedades, sin un dato concreto de los méritos del nuevo académico. Quizá Chamoso ya sabía que iba a ser desplazado de la presidencia por aquel cuyo elogio tuvo que hacer.

 

Nota: Los datos proceden de: Bary, 1976; Larrea, 1986, 2003, 2004, 2009 ; Morelli (ed.), 2007; Díaz de Guereñu, 1985 y 1995; Pliego, 2006; Cabral, 2012; Rubia, 1995.  Luis Sáenz de la Calzada, 1998. Margarita Sáenz de la Calzada., 2011. Memoria de “mi” Museo de América, 1984.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s