Juan Larrea, vida de profeta, 1

Sigue siendo el más peregrino y peor conocido de los escritores españoles de su generación, tan celebrada. En su caso, como suele ocurrir, los tópicos del colectivo no se cumplen. Ni Larrea se sintió vinculado con sus compañeros de capítulo en la historia de la poesía española ni los impulsores del mito de la generación, los que a la condición de poeta unían la de profesor, tuvieron mucho empeño en tenerle cerca. Con dos excepciones, Gerardo Diego, su hermano literario, y Cernuda.

Siempre fue poeta oscuro y minoritario. Parte de su obra, su poesía propiamente dicha, la escribió en francés y no participó en los actos promocionales de sus colegas españoles. Vivió en París desde 1926 y cuando regresó a España en 1934, había dejado de escribir versos, pero lo había hecho como una consecuencia inevitable de su evolución poética. Su poesía y su primera obra en prosa quedaron inéditas por la guerra. En el exilio, escribió varios libros de ensayo sobre una temática difícil de encajar en el marco de los saberes reglados, una especie de filosofía de la historia de la cultura animada por un impulso redentor del alma colectiva de los hispanohablantes.

Nada frívolo, con poco sentido del humor, no era simpático ni le preocupaba lo que la gente pensara. Hubo siempre en él una cierta soberbia, la del que cree que sabe cosas que los demás ignoran por pereza, que asomaba bajo su humilde corrección. Como poeta, no pudo ser bien leído en su momento por lo poco que publicó y se prodigó. Como ensayista, en la segunda y definitiva etapa de su vida, fue a contrapelo de su público objetivo, el de sus camaradas republicanos, socialistas y comunistas en su mayoría, poco sensibles a las trascendencias del espíritu. Al calificarlo de profético, se desaconsejaba su lectura. Los fundamentos religiosos de su visión hispánica podrían tener algún vínculo con el teísmo institucionista de, entre otros, Gaos y Gallegos, pero fue una rama metafísica que se perdió en el exilio. Fue la tragedia de católicos y teístas, empeñados en hacerle la competencia a la jerarquía de la iglesia. Los argumentos de fondo en los que se basaban sólo podían ser comprendidos por el ala derecha de su auditorio, para los que eran herejes y comunistas, en bloque. Para sus amigos, los rojos propiamente dichos, que los utilizaban en prueba de tolerancia, eran unos sueñatortillas, líricos, metafísicos, incomprensibles. Se quedaron sin público.

Era un fantasma olvidado en España cuando, en 1970, se publicó su poesía juvenil, reunida en el libro Versión Celeste, que un año antes había aparecido en Italia. Fue el hallazgo de un fragmento perdido, difícil de encajar en el mosaico de la edad de Plata de la poesía española. Era más joven que Salinas y Guillén y muy distante de ellos en muchos sentidos. Era ajeno a Juan Ramón -y a Ortega-, y estaba vinculado a Huidobro, que fue recibido en Madrid con un rechazo algo xenófobo. Como él, escribía en francés. En París, había sido amigo de cubistas y dadaístas antes de que apareciera el primer manifiesto surrealista, una escuela que no le entusiasmó. La escritura automática le parecía una superchería. En 1929, cuando Buñuel presentó su película en París, Larrea, que la vio, andaba en su propia crisis, pensando en comenzar una nueva vida al otro lado del mundo. Cuando los más jóvenes de la generación célebre empezaron a utilizar recursos surrealistas, él había dejado de escribir versos. Cernuda le había elogiado cuanto había sido menospreciado por los poetas profesores, en especial, Dámaso Alonso, que debió tenerle por un fantasma chiflado. El interés por su poesía en 1970 no alcanzó a su obra ensayística y regresó al olvido.

Volvió a España, muerto Franco, para presentar su libro, escrito treinta años atrás, sobre el Guernica de Picasso. La edición fue amparada por el crítico Santiago Amón, muy influyente entonces. La visita a Bilbao salió en los periódicos. Regresó a su Córdoba argentina y volvió al olvido. La noticia de su muerte, el 9 de septiembre de 1980, la dio José Miguel Ullán en El País dos meses después. Nadie se había enterado.

Para entender el papel que pudo jugar Larrea en la carrera de Buñuel, es preciso recordar que, cuando llegó a México a finales de 1946, llevaba diez años fuera de la circulación, después de las cuatro películas de Filmófono. Gran Casino, es, entre otras cosas, hijas de las circunstancias, exponente de su desorientación entonces.

Sólo llevaba tres o cuatro meses en México cuando se puso a trabajar con Juan Larrea en un ensayo de cine poético, algo semejante a lo que había hecho en 1930, cuando las películas todavía eran, en sus fundamentos, mudas. Es el primer tanteo mexicano para hacer una película “de arte”. No se había hecho nada semejante en el cine sonoro. Buñuel confiaba en que Gran Casino, que no se había estrenado, sería un éxito, cosa que no ocurrió. Pensaba en marcharse a Francia, o sea, que no había decidido radicarse en México. El 13 de enero de 1947, proyectó en su casa Un perro andaluz. No se sabe quiénes eran los amigos presentes que les indujeron a colaborar. Quince días después, Larrea le entregó una sinopsis hecha a partir de lo que recordaba de una novela, Ilegible, hijo de flauta, de la que había llegado a escribir 400 páginas en 1927 y cuyo original había perdido durante la guerra. Al de Calanda le pareció muy interesante y, durante veinte días, trabajaron en cordial armonía, para darle forma cinematográfica al relato, respetando el mensaje profético de Larrea.

Tan importante o más que el propio argumento pudo ser la introducción que elaboraron juntos. Algunas ideas parecen de Buñuel, pero la formulación fue de Larrea. El cine está dominado, decían entonces, por el realismo, por el cine-novela, que se dedica a repetir lo que la novela y el teatro han dicho en infinidad de ocasiones. No se aprovechan las potencialidades del cine para expresar contenidos poéticos, relacionados con el mundo de los sueños y el subconsciente, para reflejar así las inquietudes y esperanzas de la humanidad. En el pasado, se hicieron films poéticos, films de vanguardia que se veían en los cine-clubs. Esos locales han proliferado ahora en varios países, de lo que se deduce que hay público, pero falta producto. Ilegible se propone como un ejemplo de un género nuevo. Es la primera recapitulación de ideas sobre la creación cinematográfica en muchos años, previa a su periodo de madurez. Sin citar a Larrea, Buñuel repetirá estas nociones, en una conferencia que pronunció diez años más tarde.

Que se sepa, Buñuel habló de Larrea por primera vez en una carta a José Bello del 14 de septiembre de 1928. Faltaban tres meses para el viaje a Figueras. Estaba terminando el decoupage del guión sobre relatos de Gómez de la Serna, mientras andaba en conversaciones para que una productora le contratara. Para criticar El romancero gitano, recién aparecido, le dice que el libro de Lorca es muy malo, fino y aproximadamente moderno, “al gusto de Andrenios, Baezas, poetas maricones y cernudos de Sevilla”. Lo contrario eran los verdaderos, exquisitos y grandes poetas de hoy. “Nuestros poetas exquisitos, de élite auténtica, antipopulacheros son: Larrea, el primero”. Coloca en segundo lugar a Garfias (“limitado y escaso de imaginación”), luego a Huidobro, del que no dice nada, y por último “al histrión de Gerardo Diego”. Quizá fue la única vez que se aplicó ese adjetivo al poeta de Santander. Es un ejemplo de que Larrea siempre tuvo gran prestigio, aunque hubiera publicado muy poco. Faltaban cuatro años para que Diego lo incluyera en su antología. Pudo haber leído sus poemas en Carmen, la revista de Diego, o haber visto alguno de los dos números de Favorables, la revista que editó Larrea en París. Tal vez coincidieron en alguna ronda nocturna parisina, la temporada que Larrea se dio a la bohemia etílica en compañía de un grupo de peruanos.

Juan Larrea Celayeta nació en Bilbao en marzo de 1895. Era hijo de un rentista cuyo padre había hecho fortuna y fundado otra familia en América. No había impedido que heredara, pero esa circunstancia, cuyos detalles se desconocen, debió ser una nube negra íntima familiar, cuya sombra llega hasta el título de la colaboración con Buñuel: hijo de… ilegible. Tampoco se sabe cómo, Francisco Larrea conoció y casó con Felisa Celayeta, una navarra de Riezu, a 40 kilómetros de Pamplona hacia Estella. Se deduce que ella tenía más carácter y que lo canalizaba en una intensa vivencia religiosa. Un hermano suyo, Marcelo, fue párroco destacado en Pamplona, impulsor allí de la nueva pedagogía católica del padre Manjón. A otro pariente, Sabas Sarasola, dominico, lo mandaron a misiones y Larrea se lo encontró en el Perú cuando era obispo de Urubamba y Madre de Dios. Comparada con la de Larrea, la educación religiosa de Buñuel fue muy leve. Doña Felisa vivía apremiada por la salvación de su alma, que hacía extensible a cuantos le rodeaban. Su marido no le disputó el timón de los hijos. Cuando Larrea, el quinto de siete hermanos, se comparaba con ellos, admitía que había salido más a ella que a su padre. El mayor se hizo jesuita y dos hermanas, monjas. Su personaje se entiende mejor como una consecuencia imprevista, aleatoria, del catolicismo hiperactivo de la familia de su madre, relacionado con el celo misionero que embargó a muchos navarros a finales del XIX y que acaso también fuera algún tipo de resaca por las guerras carlistas.

El otro ingrediente familiar es su tía Micaela, hermana de su padre, que vivía en Madrid, casada con un hombre de posición holgada, sin hijos. Estuvo viviendo con ellos entre los cuatro y los siete años. El carácter apacible y complaciente de sus tíos era lo opuesto a la beatería apremiante de su madre. Por huir de ella, estudió el bachiller interno en Miranda de Ebro con los corazonistas, recién llegados, que le enseñaron francés. Sin entusiasmo, hizo Letras en Deusto, la universidad de los jesuitas. Allí conoció en 1913 al colaborador necesario de su carrera literaria, Gerardo Diego, cómplice, admirador y promotor. Gracias a él y a tener la vida resuelta se pudo permitir ser, en un primer momento, uno de los poetas más despreocupados por su proyección, por darse a conocer y participar de los oropeles sociales. En Deusto fueron dos jóvenes católicos, cumplidores, sin entusiasmos, que se dedicaban a la literatura como otros iban a bailar o jugaban al fútbol. Diego recordó que Larrea era más fervoroso y comprometido que él, que nunca parece haber perdido la cabeza por nada. Larrea se debatía entre la indolencia y la ansiedad, marcado en lo profundo por el modo materno de enfocar la existencia, reforzado por los ejercicios ignacianos. Se puso a estudiar las oposiciones a archivero para vivir en Madrid, lejos de la casa familiar de Bilbao. En 1919, por Gerardo Diego, supo de Vicente Huidobro, el fundador del creacionismo, un personaje con una autoestima descomunal. El chileno tenía una visión grandiosa de la misión de los poetas en el siglo XX. Fue un combustible prodigioso para la mente de Larrea, que le hizo renacer como poeta.

Sacó las oposiciones, varias veces aplazadas, cuando ya trabajaba como archivero. En 1923, en París, Huidobro le presentó al pintor Juan Gris, al escultor Jacques Lipchitz, con el que siguió vinculado el resto de su vida, y a escritores como Tristan Tzara y Pierre Reverdy. También conoció a César Vallejo, a cuyo reconocimiento dedicó gran parte de su esfuerzo posterior. La amistad entre ambos se fortaleció en Madrid en 1925. Había empezado a escribir en francés sus poemas. En 1922, murió su padre y tres años después su tía Micaela. Con lo heredado, dejó los archivos madrileños y en 1926, se fue a vivir a París, para “entrar en poesía”. Durante varios años, editó dos números de una revista y compaginó la escritura con la vida bohemia, el alcohol y otros excesos como las carreras de caballos. Estaba convencido de que tenía anticipaciones de lo que iba a ocurrir y había ganado alguna vez. En 1929, conoció a Marguerite Aubry y en mayo tuvo una revelación que le impulsó a dar un giro radical a su vida en la otra punta del mundo. Se casaron el 11 de junio. El día anterior, ella había cumplido los 21.

A comienzos de 1930, se fueron, ella embarazada, al Perú. Quería empezar una nueva vida en un lugar remoto. Junto con un amigo peruano, uno de los hermanos More, personajes memorables, al que había conocido en París, iba a establecerse cerca del lago Titicaca. El fundamento del plan falló, pero allí se enteró del fallecimiento de su madre y de la herencia que le correspondía. Nació su hija y, mientras decidía qué hacer, fue a reunirse con su tío Sarasola, el obispo de Urubamba, en Cuzco. Allí tuvo otra experiencia trascendente, cayó bajo el síndrome de Cuzco, semejante al descrito de Stendhal o de Jerusalem. Ante los restos de las grandes construcciones incas, entremezclados con los edificios coloniales, se le aparecieron de golpe las complejidades de la evolución cultural. Estaba predispuesto. La arqueología de la civilizaciones exóticas perdidas hacía furor en el París de esos años. En 1923, a Malraux le habían detenido cerca de Angkor. En 1925, Marcel Mauss había fundado en París el Instituto de Etnología. Su amigo Jacques Lipchitz era coleccionista de arte aborigen. En 1928, había tenido lugar en París la exposición “Las artes antiguas de América”, la primera montada por Georges Riviere, el futuro segundo de Paul Rivet en el Museo de Etnografía.

Las consecuencias del crack de Nueva York habían hundido la economía peruana. Los efectos turísticos del redescubrimiento del Machu Pichu apenas se habían hecho notar en Cuzco, la antigua capital del imperio inca, todavía. La estancia de Larrea, junto a su tío, en una pequeña ciudad de treinta mil habitantes, no pasó desapercibida. La arqueología incaica estaba en sus comienzos y las mejores colecciones de antigüedades andaban en manos privadas. Sus propietarios confiaban en venderlas, tarde o temprano, al Estado. Fue visto por los anticuarios como un comprador alternativo, cuando parecía muy difícil encontrar otro.

El teniente coronel Sánchez Cerro se alzó en agosto de 1930 en Arequipa y terminó con los once años de la segunda presidencia de Leguía, cuando Larrea ya había comprado parte de su colección. El resultado fue que, en dos o tres meses, invirtió la mayor parte de lo que acababa de heredar en la adquisición de casi 600 objetos antiguos. Él mismo hizo la selección entre las muchas ofertas que tuvo, buscando la variedad con sentido etnográfico: eligió recipientes de madera y de piedra, cerámicas, figurillas de metal y de concha, pequeñas esculturas, tejidos, armas, utensilios diversos y, en el último momento, la joya de la colección, una cabeza de piedra oscura que, pensaba él, podría haber sido la del Inca Viracocha. La mayor parte de los objetos eran incaicos o coloniales, con piezas aisladas de la culturas Tiahuanaco, Nazca y Trujillo. Ahora se sabe que había más coloniales que incaicos y que la cabeza puede ser una falsificación moderna, pero esa es otra historia. El conjunto de su colección sigue siendo muy importante.

Se desconoce la cifra de la herencia y cuánto de ella invirtió en la adquisición de antigüedades peruanas. Bien administrada, le habría permitido vivir el resto de su vida sin preocupaciones. Se la jugó. Apostó a multiplicar la fortuna heredada o a perderla. En París, se había aficionado a hacerlo en las carreras, movido siempre por corazonadas. Estaba convencido de su poder de anticipación, de prever acontecimientos, una presunción que acabó integrando en su proyección profética. En su delirio interpretativo posterior, situará aquella apuesta en una dimensión superior, la convertirá en espiritual. Impresionado por los restos de la civilización perdida de los incas, sabiendo poco sobre ella, se gastó la mayor parte de su fortuna en unos objetos, dándolos por muy buenos, ligando su destino a la colección, obligándose a profundizar en la cultura precolombina.

Es posible que se sitiera incómodo al recibir la herencia familiar. Por un lado, había llegado al Perú buscando una vida retirada y humilde. Por el otro, el eco de las conflictivas relaciones que había mantenido con su madre, de la que había huido toda su vida. Antes de dejar el Perú, tuvo que ser operado de una úlcera. Convaleciente, logró sacar del país los voluminosos embalajes mediante varios lances novelescos. La colección estaba cambiando el rumbo de su vida.

Terminaba el verano de 1931 cuando regresó a París. Empezaba a ver lo que le ocurría como un ejemplo significativo de lo que le estaba ocurriendo a la Humanidad, lo que le llevaba, por paradoja, a sentirse menos él mismo por más supeditado al destino universal, del que se proponía ejercer de intérprete. Ese mismo año y el siguiente estuvo dedicado a ultimar los poemas que había escrito en Perú, con los que ponía fin a su dedicación poética convencional, por así decirlo. Seguía añadiendo cuartillas a un diario íntimo-literario que había empezado en 1926. Orbe sigue siendo una obra casi desconocida. Sólo se ha publicado una antología, discutida, en 1990.

Alquiló en Boulogne sur Seine una casa amplia y encargó unos muebles para mostrar y guardar la colección. Lipchitz llevó a verla a Paul Rivet, director del Museo Nacional de Etnografía, un médico militar convertido a la nueva ciencia tras una expedición al Ecuador, donde se había casado con una nativa. Por su consejo, Larrea, para saber qué había adquirido, empezó a estudiar arqueología americana y para entenderlo, leyó a los cronistas, todavía mal conocidos. Poma de Ayala, por ejemplo, fue publicado por primera vez por Rivet en 1936. En abril de 1933, nació su segundo hijo, Juan Jaime. En junio, se abrió en el Palacio del Trocadero de París la exposición Art des incas, la colección J. L. Se presentó como el mejor conjunto europeo de antigüedades incaicas y estuvo abierta más de cinco meses.

Su mujer cayó enferma y para cambiar de aires en 1934 se instalaron en Madrid, en el Plantío, tras pasar unos meses en los Pirineos franceses y en La Granja. Ese año apareció el único libro de poesía que publicó, antes de 1969, Oscuro dominio editado en México, a instancias de Gerardo Diego, con una tirada de cincuenta ejemplares. Larrea fue más conocido por los poemas aparecidos en la antología de Gerardo Diego, editada con éxito en 1932 y reeditada, aumentada, dos años después. A la vuelta a Madrid, algo había cambiado en Larrea. Había dejado atrás el nihilismo y otros excesos de subjetivismo juvenil. Por su experiencia americana, había vuelto a pensar en España. A partir de entonces, compaginó su dedicación literaria con actividades institucionales. Era archivero, bibliotecario y arqueólogo. Compañeros de oposición trabajaban en el Museo Arqueológico, donde organizó una memorable exposición de su colección en 1935. Quiso vincularla al impulso de la arqueología precolombina en España, para lo que fundó la correspondiente asociación, presidida por el catedrático Rafael Altamira, el hombre para esos temas del Centro de Estudios Históricos. Larrea se ocupó de la secretaría. A instancias de la Academia de la Historia, la colección se mostró de nuevo en Sevilla, con motivo del XXVI Congreso de americanistas.

En lo literario, esos años fueron los de la amistad con Bergamín y los proyectos para publicar en Cruz y Raya su poemario, Versión celeste, como condición para que se publicara Orbe, el diario íntimo en el que se afanaba desde 1926. No llegaron a editarse. Dejó Madrid el 7 de julio, para reunirse con su familia en casa de los padres de su mujer, en Francia, donde llevaban dos meses. Allí le sorprendió la guerra.

Su toma de posición fue lenta y meditada, como se deduce de la cartas a Diego y a Vallejo. Ante el santanderino, que seguía en Francia, en el pueblo de su mujer, llegó a argumentar su decisión en decenas de cuartillas, en las que está en germen gran parte de su obra posterior, como si Diego fuera su interlocutor ideal. La que le envió el 28 de febrero de 1937 le llevó 18 días y ocupa 40 páginas impresas. Cuando, finalmente, eligieron bandos enfrentados, la comunicación entre ellos se interrumpió durante diez años. En enero de 1937, Vallejo le dice en una carta que ha hablado de su situación con Bergamín, el cual espera en París su llamada. Un mes después, seguían pendientes de los viajes del presidente de la Alianza de Intelectuales y de los Alberti, que también andaban por París. Bergamín le dice a Vallejo que Larrea tenía que precisar lo que quiere hacer. En junio, todavía no se había concretado su incorporación al aparato de propaganda de la República en París. Vallejo había hablado de su caso con Renau, director general de Bellas Artes, y Bergamín se había ido a Valencia a organizar el encuentro de intelectuales y regresaría tras su clausura, al mes siguiente. Por esos días, tal vez la víspera de la inauguración del pabellón de la Exposición Internacional, se pudo incorporar a sus nuevas tareas en París. Su posición había cambiado cuando, en la siguiente carta, Vallejo le recomienda a una persona que quería acceder a Picasso.

Como había invertido el grueso de su fortuna en la colección peruana, parece lógico que, al verse en apuros, confiara Larrea durante algún tiempo en llegar a un acuerdo económico con el Estado para su cesión. Cuando la guerra duraba ya un año y no se veía el final, se hizo de su donación un acto simbólico de apoyo al bando republicano. Puede que, como contraprestación, entrara en nómina. Para publicitarlo, se editó un folleto, que fue presentado en Valencia, y se anunció la creación de un Museo de Indias, un brindis al sol a aquellas alturas. Franco refundó algo semejante en 1941, aunque el Museo de América se inauguró más veinte años después. El 15 de abril, viernes santo de 1938, Larrea asistió en París a la muerte de César Vallejo. Sus últimos libros, publicados póstumos por Larrea, tratan de España. Él vinculó su agonía con la de la España republicana. Vallejo fue una pieza clave en su visión profética. Por acumulación de circunstancias, dedicó una gran parte de su vida a reivindicar su memoria.

 

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