Elsa y Gala, parisinas rusas

Habían nacido en Rusia, se llevaban dos años y vivían en París. Las dos se habían casado con franceses a los 22 años y abandonado su patria. Se conocían porque frecuentaban los mismos ambientes y tenían amigos comunes, pero, cuando coincidían, se ignoraban. Encontraron el sentido definitivo de sus vidas bien pasados los 30 años. En los romances de madurez, la experiencia dosifica el impulso con el cálculo.

Cuando Elsa conoció a Louis Aragon, este andaba liado todavía con Nancy Cunard, la millonaria heredera del armador, excesiva, inconstante, estímulo de sus tendencias más negativas. Llegó a montar un número suicida en Venecia. La sexualidad de Aragon fue complicada, coherente con el folletín de las circunstancias de su nacimiento, padre ilustre ausente, apellido falseado, abuela haciendo de madre y esta de hermana. Jean Ristat, su ejecutor testamentario, entre otros, supone que compatibilizó el amor loco por Elsa con las aventuras con muchachos. Muerta ella, lo hizo más abiertamente. Elsa habría sido algo así como la esclusa de su talento y de su deseo, canalizado uno en favor del comunismo y el otro de la monogamia, con efímeros episodios  evacuatorios, ora de libre inspiración poética, ora de aventuras recreativas de infidelidad atenuada. En cualquier caso, un relato novelesco. Para los incondicionales de su talento, las circunstancias de su vida son accesorias, meros motivos para que la musa, el espíritu de la lengua o lo que sea, hable por ellas.

Más complicada si cabe, se dice que fue la vida sexual de Salvador Dalí. Si sólo se tienen en cuenta los datos, fue mucho más sencilla. Él contribuyó a la primera hipótesis escribiendo su Vida secreta, un aburrido relato autobiográfico, diluido en innumerables digresiones accesorias, de un narcisista hipocrondríaco devoto de Freud. Las hipótesis interpretativas de la psicopatología de la vida cotidiana, de ser ciertas, afortunadamente, pasan, en la mayoría de los casos, desapercibidas. Describir la vida cotidiana de cualquiera como si esas hipótesis fueran la clave interpretativa, cargando de sentido trascendente hasta el más irrelevante gesto, produce un efecto expresivo desconcertante, de gamberrismo exhibicionista, sin mayores consecuencias. Los psicoanalistas más ingenuos creen que confirma el mensaje del maestro. Lo más listos callan, porque saben que se trata de una broma escrita con comicidad  solemne, al estilo de Francesc Pujols.

Desde los meros hechos sabidos, no hay indicios de que la tormenta hormonal adolescente se hubiera manifestado en él, como en la mayoría, apremiándole al cortejo de individuos del sexo opuesto o, en menos casos, del mismo. El único episodio sexual de su vida en el que intervinieron otras personas, antes de conocer a Gala, del que queda constancia aproximada, es un ménage a trois con Lorca y Margarita Manso, una compañera de Bellas Artes, en el que Dalí quedó al margen de la consumación grupal, se ignora si satisfecho por su cuenta. La Vida Secreta es un ejercicio de solipsismo, rayano en el autismo, sin crímenes ni perjuicios, sin más desbordamientos que el amor propio. Escribió el libro, con ayuda, sin duda, de Gala, para impresionar a todo el mundo, empezando por su padre, que era notario en Figueras, a los palurdos de su pueblo y a los de Madrid, que no habían reconocido su talento, así como a los remilgados y engreídos barceloneses, que le habían censurado.

Nacida en Kazán en 1894, Gala pasó su infancia en Moscú, donde su madre vivía con su segunda pareja, un abogado liberal que educó a sus dos hijas como si fueran suyas. Fue buena alumna y aprendió francés. Acabados sus estudios, en 1912, los médicos recomendaron que Gala pasara una temporada en un sanatorio suizo, cerca de Davos, donde estuvo dos años. Allí conoció a un muchacho francés de familia acomodada, más joven que ella, Eugène Grindel, que sería conocido por su pseudónimo como poeta, Paul Eluard. La guerra les devolvió a sus hogares y Eugène-Paul fue movilizado como enfermero. Siguieron carteándose y, en 1916, Gala atravesó la Europa en guerra para reunirse con él. Se casaron al año siguiente. Vivió en París con su suegra hasta que su marido fue desmovilizado. La hija de ambos, Cécile, nació en 1918 y fue educada por su abuela para que sus padres vivieran con comodidad la bohemia y la afición al sexo sin cortapisas. Eluard era adicto a la seducción y le gustaban los tríos. El primero conocido fue con Max Ernst. Al morir su padre, Eluard heredó una pequeña fortuna que dilapidaron en dos años.

Eluard tenía buen ojo. La compra-venta de cuadros empezó siendo un lujo que podía permitirse y llegó a ser su modus vivendi. Cuando llegaron a Cadaqués en agosto de 1930, Eluard estaba maquinando el negocio que podía hacer con los cuadros de un desconocido Dalí. No tuvo inconveniente en incitar a su mujer para que actuara como agente persuasivo. Gala, en algún momento, se sintió atraída por Dalí, diez años más joven que ella, con un futuro ilimitado y unas carencias evidentes. Poco después, se separaron. A Eluard le dolió, pero no tardó en hacerse a la idea y buscar otros amores. Se siguieron escribiendo con la mayor intimidad y ella les ayudó siempre que pudo. Para Dalí fue su primer y único amor, una unión sin fisuras y con sus propias reglas. Contribuyó a su felicidad, le aportó seguridad y mejoró otras dimensiones de su personalidad creativa. Sabía muchas cosas que Dalí ignoraba, le aportó elegancia cosmopolita, visión promotora y otros saberes mercantiles. Ante todo, le permitió concentrarse en su trabajo y desentenderse de todo los demás. A partir de ese momento, no necesitó aliarse con nadie.

Buñuel fue el primer perjudicado, aunque los efectos no fueran tan repentinos como dijo. Los fue viendo poco a poco. Según lo que contó 40 años más tarde, fue odio a primera vista, pero hay que verlo como una elaboración posterior. En sus recuerdos, gestionó mal la relación con Dalí, enriquecida con cálculos posteriores. En Mi último suspiro, cuenta el viaje a Cadaqués en agosto de 1929, cuando se encontró con Magritte, Goemans y Eluard, acompañados por sus parejas y por la hija de Gala y Eluard. Dice Buñuel que Dalí ya no era el mismo y que la concordancia de ideas había desaparecido entre ellos, “hasta el extremo de que yo renuncié a trabajar con él en el guión de La edad de oro”. Fue una de sus mentiras más descaradas, como quedó de manifiesto al publicarse la correspondencia con Noailles y se explica con más detalle en el libro. Basta con reparar en que cuando él se marchó a América, para nada, dejando colgados a su productor y a su socio, Dalí asumió la defensa de la cinta como si fuera suya.

Como ocurre muchas veces en el libro, el asunto se mezcla con tres anécdotas, meros indicios de lo ocurrido en aquellos días, pero en ningún caso motivos de enemistad duradera. La primera es una bravuconada, un alarde de criterio, adquirido, se supone, en la playa de la Concha, sobre la forma de la horcajadura de las mujeres. Cuenta que dijo, con Gala a su lado, que le repugnaban (sic) las mujeres con los muslos separados. Al día siguiente, en la playa, observó que ella los tenía así. Sin comentarios. Otra es una metedura de pata que evidencia lo convencional de su criterio plástico. Para elogiar el paisaje de Port Lligat, no se le ocurrió mejor adjetivo que sorollesco. Gala y Dalí le hicieron ver su disparate, cuyo efecto se prolongó. Tras la comida, abundante bebida y la discusión de sobremesa, la tiró al suelo y la cogió por el cuello. Cecile, su hija, se asustó. Dalí, de rodillas, le suplicó que la perdonara. Podría tratarse de un episodio irrelevante, incluso una prueba, algo excesiva en su brutalidad, de la confianza que hubo entre ellos. Se delató sobre la ambigüedad de sus sentimientos al añadir que cincuenta años después tuvo un sueño en el que Gala, de la que recordaba el perfume y la suavidad de su piel, le besó amorosamente.

Tantos visitantes en Cadaqués no facilitaron el propósito de Buñuel de trabajar a solas con Dalí. No sabemos cuánto tiempo siguió Buñuel en Figueras tras la marcha del resto de los invitados, tratando de que Dalí le prestara atención para avanzar en la puesta en común del nuevo argumento cinematográfico. Es posible que se fuera de Cadaqués con la sensación de que el guión de La bête andalouse iba a ser más difícil de escribir que el anterior. Le costó, pero, con tenacidad, lo consiguió y la aportación de Dalí al guión de la que al final se llamó L’Àge d’Or fue, como en la anterior, esencial. Por diversas circunstancias añadidas, no volvieron a trabajar juntos. Ni Dalí le necesitaba ni encontró otro productor. En 1932, les separó la política y el remontaje de la película en el que prescindió de lo más daliniano y de lo que molestaba a Noailles. Afortunadamente, no pasó la censura. En 1934, Dalí se enfadó mucho porque Buñuel había prescindido de él en los créditos de sus películas. Si volvió a encontrarse con Gala, no lo recordó.

El efecto de Elsa Triolet en la vida de Buñuel es más indirecto y difícil de determinar, ya que apenas habló del papel de Aragon en su vida. Este le dijo a Aub que estaba convencido de que Buñuel había sido del Partido, aunque nunca lo había verificado. El momento que más cerca estuvieron fue cuando se comprometió a acompañarles en su viaje a Rusia. Entre la primavera y el verano de 1930, andaban en buena relaciones, lo que entonces no implicaba todavía tenerlas malas con Breton. Hasta la víspera del viaje a Jarkov, sobrevivían de la bisutería que diseñaba y fabricaba Elsa con unas amigas y Aragon vendía a modistos. Buñuel se debió comprometer a viajar a la URSS en el mes de junio, cuando estaba terminando de montar La edad de oro en París. Dos meses más tarde, en San Sebastián, lo pensó mejor y renunció. Le contó a Noailles “No sé si le dije que este verano iba a ir a Rusia con Aragon y Ella. Pero he tenido que renunciar porque no me encontraba muy bien. Me daba miedo un viaje tan largo.” ¿Se refugió en San Sebastián, entregado a la pereza, para no ir? La pareja se marchó en noviembre y Buñuel, en lugar de a la URSS, se fue, un poco más tarde, a Hollywood. Es difícil imaginar el efecto sobre su vida si hubiera viajado al país de los soviets y hubiera sido él, y no Sadoul, el sometido al chantaje de la policía política soviética. Aragon lo aceptó resignado para no perjudicar a la familia de su mujer. Retrasó el efecto cuanto pudo, pero en 1932, rompió con Breton y se entregó al Partido. Buñuel le siguió, pero sin todas las consecuencias. Con el Partido mantuvo siempre la distancia, aunque a veces fuera mínima.

Ella Kagan había llegado a París desde Moscú y pasado luego por la Polinesia. Había nacido en 1896, hija de un abogado, fallecido en 1915. Si los orígenes familiares estaban en  las juderías de Letonia, no conservaron las tradiciones. Tenía una hermana mayor, Lili, a la que tenía por más guapa, inteligente y seductora que ella. Lili se casó con Osip Brik, un crítico literario que compaginó el formalismo con el materialismo dialéctico y los servicios a la policía. Brik era muy tolerante y cuando su mujer se enamoró de Maiakovski, tras haberlo estado de su hermana, los tres acabaron viviendo en la misma casa. En 1922, incluso trabajaron juntos dirigiendo un periódico. Lili se relacionaba con generosidad con la cúpula de la nomenclatura, haciendo de valedora de sus amigos. Entre los pretendientes rusos de Elsa, se recuerda a Víctor Slovski y Roman Jacobson.

En 1918, no se casó con un escritor o con un artista sino con un militar, francés, que actuaba de diplomático, André Triolet, un jinete elegante de buen pasar. Al año siguiente, se fue a París con él. Más tarde, vivieron una temporada en Tahití. La felicidad duró apenas dos años. Cuando se separaron, siguieron siendo amigos y él le pasó una renta. Se fue a Londres, donde tenía un tío al que le iban bien los negocios, se vio con su hermana en Berlín y finalmente aterrizó en París. Un fuerte instinto de supervivencia y el fuerte vínculo con su hermana ayudan a entender su papel, lejos de la revolución y sabedora de sus amenazas, junto a su novio en París, el intelectual más estalinista de Francia.

Aragon había sido durante diez años el colaborador necesario de Breton en sus tareas organizativas y de promoción. Escribía con pasmosa facilidad y tenía una intuición para el ritmo que le daba un empaque admirable a todos sus textos, aunque fueran disparates o no se entendieran. Elsa utilizó un activo ruso, un viaje a París de Maiakovski en 1928, para conocer a Aragon. Al año siguiente, empezaron a vivir juntos. El suicidio de Maiakovski, meses más tarde, fue el primer motivo del viaje que acabaría pasando por Jarkov y fracturando dos años más tarde el surrealismo.

Tras renegar del movimiento y confesar sus errores, Aragon puso su talento al servicio del Partido. En 1933, a su regreso de una estancia de diez meses en la Unión Soviética, Aragon entró a trabajar en L’Humanité, donde pasó una temporada de reeducación periodística bajo la vigilancia de André Marty, el futuro responsable de las Brigadas Internacionales en Albacete. Superó con éxito la prueba. En 1937, le hicieron co-director de Ce soir, un periódico lanzado, en parte, con dinero de la embajada de España en París, un asunto del que Buñuel estuvo al tanto y en el que, acaso, participó de alguna manera. Más tarde, estuvo en la Resistencia, contribuyendo a olvidar el mal papel jugado por el Partido en los primeros meses de la guerra. Llegó a ser miembro del Comité Central. Tras la guerra, su poder cultural fue inmenso, proporcional a la falta de interés de lo que escribió. Junto con Picasso, fue uno de los colaboradores culturales más destacados al servicio de Stalin en Europa.

Elsa eligió como nombre de pluma el apellido de su primer marido. Publicó en 1938 su primera novela en francés. En 1945, recibió el primer Goncourt de la postguerra. A la sombra de su segundo y definitivo marido, siguió publicando una veintena de libros. Tuvo talento literario, pero el personaje, su obra maestra, lo eclipsa. Su lengua podía ser un bisturí. Llamó al surrealismo, aunque quizá estaba pensando en Breton, “una vieja coqueta que no sabe envejecer decentemente”. Cuando Aub se la recordó, como quien lanza un anzuelo, a Buñuel, no le gustó nada. Tampoco le gustaron las memorias de André Thirion, Revolucionarios sin revolución, donde la epopeya surrealista queda muy minimizada.

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