Max Aub, biógrafo malogrado

La editorial Aguilar de Madrid, en 1968, era una empresa potente, de las que se permitían encargos bien pagados por adelantado. En marzo le habían publicado a Max Aub su Teatro completo, con la única pega de que los correctores le habían sustituido los mexicanismos que habían encontrado. No debió funcionar mal, porque en julio le ofrecieron escribir un libro sobre Buñuel. “Me tienta. Es toda mi vida: el cine, el Madrid de la Residencia, Dalí, Federico; el surrealismo; la guerra, el exilio. Siempre y cuando Luis esté dispuesto a autorizarme a escribir lo que recuerdo y lo que me ha contado y quiera contarme lo que no sé.” Aceptó, sobre todo, para añadir una razón de peso que le facilitara, por fin, viajar a España. No había vuelto en 30 años. No había podido asistir al entierro de su padre en 1951 ni al de su madre en 1962, que murió confiada en que todo volvería a la normalidad y regresaría a Valencia. Transcurridos treinta años, los impulsos cordiales del exiliado todavía encontraban obstáculos de conciencia. Regresar, no, pero sí de visita. En 1965, había pedido el visado otra vez y se lo habían negado. Se lo dieron por fin el 18 de julio de 1967, pero no lo utilizó de inmediato. Al comprometerse a escribir el libro sobre Buñuel, se obligaba a viajar a España.

Pudo tener un presentimiento sobre los problemas que le iba a plantear el libro, que creyó confirmar el 3 de enero de 1969, tras la primera conversación: “Primera entrevista con Buñuel. Miente, como todos, a medias. Calla lo que le conviene, como es natural. Resultado: tendré que escribir dos libros, tal como sospeché desde el principio.” El publicable, por el que había cobrado y gastado, no llegó a terminarlo. En 1971, un año antes de su muerte, apareció La gallina ciega, donde cuenta lo que le sucedió cuando viajó a España para recabar información sobre Buñuel.

Max Aub Mohrenwitz se definió alguna vez como un escritor que sólo fue capaz de escribir en español, lo que siempre se sintió, a pesar de haber tenido tres nacionalidades más: la alemana de sus padres, la francesa de nacimiento y la mexicana de adopción. Nació en París en 1903, de abuelos alemanes, judíos que seguían vinculados a su comunidad eslava de origen, los paternos residentes en Baviera y los maternos en París, donde se había establecido el matrimonio. Su padre, universitario, se dedicaba al comercio, viajando por Europa. En la capital francesa vivió hasta los 11 años, aprendiendo el francés en la escuela y el alemán en familia. Cuando se declaró la primera guerra mundial, su padre estaba en España y, por su nacionalidad, no pudo regresar. Desposeída de sus bienes, la familia se instaló en Valencia, donde su padre encontró trabajo. Allí siguieron el resto de sus vidas. Su múltiple adscripción nacional, no es ajena a la de su familia. Sus padres eran judíos que acabaron desarraigados en un medio poco propicio, lejos de la tragedia del Holocausto que acabó con muchos de sus familiares. Se habían casado por los vínculos remotos que unían a sus familias, pero la tradición acabó con ellos. Aub no fue educado ni profundizó más tarde en las tradiciones étnicas y religiosas de su familia. Viajó a Israel en 1966 y se sintió, además de solidario conflictivo, extraño.

En su pronunciación española conservó la huella de su lengua materna, el alemán, y la primera educación francesa. Terminado el bachiller, contaminado por la literatura, en lugar de ir a la universidad, prefirió trabajar con su padre y escribir por su cuenta. Su españolidad se forjó en la lectura y en el trato con la gente como viajante de bisutería. Visitó varias veces todas las mercerías españolas, primero para la casa Alaska de Sevilla y luego para la empresa fundada por su padre. En 1928, se hizo del PSOE. Entre sus amigos juveniles más conocidos, los hermanos Gaos, Juan Gil Albert y Juan Chabás. Se decantó por el teatro, escribiendo obras e impulsando grupos en Valencia. En 1934, publicó su primera novela, Luis Alvarez Petreña.

Buñuel y Aub no se conocían mucho antes de coincidir en 1936 en París. Por ser el francés su lengua materna, Aub fue requerido por Araquistáin. Estuvo unos días como agregado de prensa y luego fue nombrado comisario adjunto del pabellón de la Exposición Universal, al lado de su fraternal amigo José Gaos. Luego regresó a España, estuvo en un organismo teatral y el resto de la guerra lo pasó en Barcelona, trabajando de ayudante de Malraux en la realización de Sierra de Teruel,  que se terminó de montar en París en junio del 39. Fue el mejor amigo español de Malraux, que nunca habló una palabra de español. Poco después, comenzó su calvario. En abril de 1940, fue detenido y encerrado en el campo de Vernet. Salió en noviembre, y fue a vivir a Marsella. Malraux no estaba en condiciones de ayudarle. Dos Passos intercedió por él. Tras varias detenciones, le enviaron al campo de Djelfa, en Túnez, de donde logró salir en mayo del 42. Atravesó Marruecos hacia el Atlántico y, tras pasar tres meses escondido en Casablanca, tomó un barco que le llevó a México. Hasta 1946, no se reunieron en con él su mujer y sus hijas.

Aub había dado la medida de su talento y capacidad de trabajo en México. En primer lugar, con las seis novelas del Laberinto español, un testimonio novelado de la guerra. Más Las buenas intenciones, La calle de Valverde y la que acaso sea su obra maestra, Josep Torres Campalans. Su Teatro completo es un grueso volumen. También publicó cuentos, libros de crítica y juegos literarios de varia invención. El mucho escribir lo había compaginado con trabajos de periodista, guionista, crítico y docente por cuenta del amplio entramado cultural del generoso gobierno del PRI. Llegó a cobrar tres sueldos distintos. Con frecuencia, publicó sus obras a sus expensas, con más éxito de crítica que de público. Francisco Ayala, con el que Aub mantuvo una excelente relación y una cordial correspondencia, testimonia en sus memorias su mal carácter, muy criticón y algo quejica. Había hecho una obra de artesanía con la invención de Josep Torres Campalans, un pintor ficticio coetáneo de Picasso que algunos llegaron a pensar que había existido. Pero no tenía experiencia de cómo hacer un libro de fábula sobre un director de cine vivo al que conocía bien.

El proyecto se lo tomó muy en serio, quizá demasiado para el tipo de libro que precisaba la editorial. Hizo el trabajo de documentación a conciencia, escribió muchas cartas, viajó a varios países para entrevistar a más de cincuenta familiares, amigos y conocidos y recopiló muchos documentos publicados por y sobre su biografiado. Entre 1969 y 1972, se vieron para hablar de la biografía en más de treinta ocasiones. En lo que se publicó, su ánimo frente a Buñuel es con frecuencia ambiguo, entre el afecto y la intriga por los aspectos más frágiles de su personalidad. Uno es un escritor prestigioso sin lectores, el otro un director con mucho éxito, casi en olor de santidad, que había terminado su vigésimo quinta película, La vía láctea. Como bien vio Carrière, buscaba pillarle en renuncios o que le contara de una vez a qué se había dedicado en París durante la guerra. Lo tenía por un burgués, comunista de conveniencia, aunque desconocía los detalles de su compromiso.

El libro sobre Buñuel que propició su viaje a España se atascó por las secuelas literarias desencadenadas durante su estancia. La música de fondo de sus últimos años es la falta de ritmo de los latidos de su corazón. La taquicardia aconsejó aplazar el viaje. Cuando por fin se decidió, fueron a Londres, a ver a su hija y a sus nietos. Un amago de infarto le obligó a permanecer dos meses en Inglaterra. Los días españoles de 1969 fueron una indigestión emotiva e intelectual. Superó la insuficiencia circulatoria gracias a la adrenalina que segregaba, espoleado a completar su testimonio vital. La técnica literalista de Los hijos de Sánchez, de Oscar Lewis, le había impresionado. Por el modo en que fue tomando nota de todo lo que le ocurría durante el viaje, cabe la posibilidad de que lo hiciera sin un propósito claro, que lo mismo podría haberlo utilizado luego como un ingrediente de sus reflexiones sobre Buñuel o, como ocurrió, dando lugar a un libro distinto, un documento novelado, verídico cuanto subjetivo. La gallina ciega es un diario reelaborado, un testimonio de la tormenta interior desencadenada durante el viaje. Escribió un gran libro, del que vendió menos de 200 ejemplares, pero desestabilizó el proyecto mercenario. Es su libro más sincero, confesional y destemplado sobre el desajuste entre la España mitificada, para bien y para mal, y la real. Es el testimonio vivo más valioso de la compleja experiencia del regreso del exilio. Es lo que escribió mientras pensaba en escribir otra cosa sobre Buñuel. Si hay otra respuesta para la pregunta de por qué no logró terminar el otro, ha de estar ahí.

Se desconoce el proyecto inicial del libro, si lo hubo. Es posible que hasta que no tuvo lista La gallina ciega no se planteara cómo iba a contar las hazañas de su protagonista. Creyó encontrar un modelo cuando, en la primavera de 1971, llevaba tres años con él, Louis Aragon publicó su Matisse: novela. Se debió hacer una idea por las reseñas, pues consta que no lo leyó. Lo fundamental es que se trata de un título paradójico, que anuncia lo contrario de su contenido. Le sugirió un contenedor dentro del cual acumular piezas heterogéneas –textos suyos, de Buñuel, documentos varios, fotografías, filmografía, etc.-, buscando el efecto de conjunto, una especie de retablo donde quedaran reflejadas estampas de una época y una generación, con Buñuel como hilo conductor. De entrada, le permitía asumir la imposibilidad de hacer un texto exclusivamente suyo y eludir el vidrioso asunto de la mitomanía.

Es posible que, a pesar de lo acumulado, llegara a pensar en abandonar el proyecto. “Gasté dos años de mi vida en hacerlo y me quedé corto -de tiempo y dinero. Quedó en intento.” Acaso por no saber qué hacer con la doblez del personaje que había descubierto, no le alcanzó la salud ni el ánimo para poner en claro todo lo que sobre Buñuel había acumulado. Murió el verano de 1972, dejando miles de hojas en cien carpetas. Un tercio era la transcripción mecanografiada de las conversaciones mantenidas con Buñuel, familiares, amigos y compañeros de trabajo. Otro tercio eran textos, de Buñuel y sobre él, y documentos de época. El resto, veinte carpetas, contenían todas las tentativas de redacción. En ninguna de ellas estaba claro el plan el libro. Federico Álvarez, su yerno, que había dejado la Cuba de castro para instalarse en Madrid, recibió el encargo de hacer un libro con los materiales acumulados por su suegro. Entregó un original en el otoño de 1981 (lo dijo en una entrevista con Ibarz en La Vanguardia). Pero la editorial, boyante en el momento del encargo, atravesaba ahora problemas económicos que aplazaron varios años la publicación.

En 1985, apareció Conversaciones con Buñuel, un libro de 560 páginas. En su mayor parte, es lo preparado por Álvarez cuatro años antes. Sólo contiene doce páginas escritas por Aub, un prólogo y otras reflexiones largas intercaladas. Las conversaciones con Buñuel, ocupan 130 páginas y las 400 restantes son 45 entrevistas con familiares, amigos y colaboradores. En el prólogo, el editor aclaró sus criterios de edición. Su suegro no había avanzado en un plan claro del libro. Sus textos eran fragmentarios y repetitivos. Había recuperado las confesiones de Buñuel sobre su vida y los testimonios de mayor interés, evitando “las referencias vidriosas hacia terceras personas o hacia el propio Buñuel.” No lo hizo por sistema, lo que despierta la curiosidad por lo eliminado y por su criterio. Es difícil imaginar qué hubiera hecho Aub u otro editor con esta materia prima. Los recovecos dan para una tesis doctoral o para una novela. Abunda en datos, episodios y formulaciones que no coinciden con las que Carrière plasmó en Mi último suspiro. Había hecho una obra maestra contando la vida de un pintor inventado, pero no logró fabular la de un viejo conocido, director de cine, sobre el que llegó a acumular muchísimos documentos ciertos.

 

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