Gustavo Durán, cabeza de turco

Más sobre el personaje: una semblanza breve y Gustavo Durán y yo

 

En Mi último suspiro, no se le menciona, ni tampoco en la conversaciones con Colina y Pérez Turrent. Aparece varias veces en las Conversaciones con Buñuel. Durán falleció el 26 de marzo de 1969 en Atenas, a los 62 años. Su vida se hizo legendaria, por desconocida, y porque abunda en circunstancias que invitan al chismorreo.

Viejos conocidos los tres, Aub y Buñuel habían conservado la amistad con Durán durante los años del exilio. En noviembre de 1965, por ejemplo, el de Calanda le escribió desde México (la carta en Juárez, p. 363). Se disculpa por no haber acusado recibo de los envíos que le ha ido haciendo en los últimos años con recortes “de Katanga, de Londres, de Atenas, etc.”, acompañados de lacónicas notas. Le había enviado también Durán una novela de Pablo de la Fuente, un segoviano de su misma edad, compañero de los primeros días de la Revolución en Madrid, refugiado al final en la embajada de Chile, en donde se exilió, se hizo hostelero y novelista. Se había vuelto a encontrar con Durán cuando este en los cincuenta vivió varios años en Chile. Podría referirse a El retorno, considerada su mejor novela, que se editará en México en 1969. Su protagonista, un exiliado, se llama Enrique Durán. El libro le parece a Buñuel, como a Durán, estupendo, pero se disculpa diciendo que anda medio retirado del cine, en 1965, cuando le quedan 12 años de trabajo y no ha rodado todavía sus mayores éxitos de público. Repetirá la excusa cuando le sea útil en situaciones semejantes. Cree que la que va a rodar, El monje, basada en la novela de Lewis, será su última película. Le pregunta y le envía un beso para su mujer, “la buenísima y simpática Bonte”. Se despide con un abrazo de su “antiquísimo amigo”.

Aub le escribió en septiembre de 1968. Le había dado noticias suyas Jaime, probablemente Gil de Biedma, amigo de ambos, cuando estuvo en México. Le cuenta que ha aceptado el encargo de Aguilar para escribir un “gran” libro sobre Buñuel y que ese mismo mes, cuando el director haya acabado de rodar su película (La vía Láctea), piensan ir a España con él, para quedarse algún tiempo más, “viendo a los supervivientes con tal de reconstruir el tiempo de la Residencia y el nacimiento del surrealismo.” Le encarece lo útil que puede serle. Le pregunta si va a ir en octubre a París por la Conferencia General (la 15ª de la Unesco), o tendrá que ir a Atenas o a otro lugar a mitad de camino, como Roma, en casa de Rafael (Alberti), para hablar con él. Aub tuvo que aplazar su viaje por un infarto y, antes de que hiciera de nuevo las maletas, otro acabó con la vida de Durán, como recordó al comienzo de La gallina ciega.

Buñuel y Carrière cenaron en casa de Max Aub en México el 29 de junio de 1970. El director habló de su combate juvenil de boxeo con el hermano de Rafael Martínez Nadal, repitió que su padre no se había acostado con mulatas en Cuba, contó una anécdota de Falla que le había oído a Lorca y hablaron de Gustavo Durán. Aub anotó en su diario: “Gustavo –en 1921-, amante de Federico”. Seguido de las palabras que, según Buñuel, inspiraba al poeta: “¡Chico!, ¡qué chico!, ¡qué rubio!, ¡cómo toca el piano!”, donde los signos de admiración indican que el director había gesticulado al contarlo. “Néstor de la Torre, tres años más tarde.” (Aub 03, p. 467). Durán, el verano de 1921, tenía catorce años, era alumno del Instituto y no consta que Lorca tuviera amantes en 1921 ni que el muchacho hubiera sido, por así decirlo, presentado en sociedad. O sea, lo que le dijo a Aub es falso.

¿Por qué lo hizo? Primero, porque era, de natural, maldiciente y, cuando bebía, como tantos, se crecía. No hay que olvidar, en primer lugar, el foco profundo de muchos resquemores, la envidia. Durán tenía cualidades: era guapo, simpático, elegante, pianista dotado, compositor precoz y políglota. En sus fantasías inconscientes, lo tenía por un conquistador irresistible, un estereotipo cuasi diabólico. Al dejar la música, se dedicó al doblaje, llegando a director de estudio en poco tiempo. En la guerra, se hizo miliciano desde el primer día y en tres años alcanzó lo más alto de la jerarquía. Después, borró sus antecedentes sentimentales al casarse y tener tres hijas con una americana de buena familia que le introdujo en la alta sociedad estadounidense. En Nueva York, algo ocurrió entre ellos en el trabajo al que habían llegado por distintos enchufes. Luego, Durán estuvo en el servicio exterior americano en La Habana, Buenos Aires y Washington, donde ocupó un puesto elevado. De allí pasó a las Naciones Unidas, desempeñando altos puestos en el exterior, como el de representante civil de la ONU en el Congo o en Grecia. Cuando se hablaba de él, la fantasía primaba sobre los datos y se resaltaban sus debilidades para rebajar sus prendas.

Lorca conoció a Durán en 1923, cuando acompañaba en sus primeras salidas a su hermano mayor, Enrique, estudiante de ingeniería, relacionado con los ambientes teatrales por el negocio de iluminación de su padre. El pintor Néstor, casi 20 años mayor que él, también le conoció en la primavera y ese mismo verano se fue con él de vacaciones y pasaron el resto del año en la casa familiar de Las Palmas de Gran Canaria. La relación entre ellos se estabilizó, dentro de lo dable en aquellos tiempos, durante diez años. Las primeras menciones a Durán en la correspondencia de Lorca son del mes de julio de ese año. Conoció a Néstor y a Lorca el mismo año, 1923 y siguió siendo amigo del poeta mientras estuvo vinculado al pintor.

Gustavo Durán entonces estudiaba piano en el Conservatorio y pronto hizo sus pinitos como compositor. Su caso tiene alguna semejanza con el de Ernesto Halffter, al que emulaba. Durán tenía mucho más encanto personal, pero su vocación, sus habilidades musicales y capacidad de esfuerzo eran menores. La acusación de imitar a Halffter procede de su promotor, Adolfo Salazar, el crítico, amigo de Lorca y Falla, que, entonces, creía que Durán coqueteaba con la música. Años más tarde, le mencionará en sus obras con más generosidad. Durán terminó abandonando los estudios de piano. Gracias al pintor, que se encargó de la escenografía, en 1927, estrenó su primera obra, El fandango de candil, un ballet sobre libreto de Cipriano Rivas Cherif. Fue la mitad del programa interpretado por La Argentina en una gira por Europa organizada por el que todavía no era cuñado de Azaña. Su temprano y alto debut no tuvo buenas consecuencias. Sólo volvió a componer algunas piezas cortas sobre poemas. Según dijo, abandonado por la inspiración, dejó la música. Para ganarse la vida, aprendió la técnica del doblaje cinematográfico en Joinville, donde volvió a relacionarse con Buñuel.

Durán y Néstor se habían instalado en París en 1929. Claudio de la Torre, el empleador de Buñuel en la Paramount de París, era primo carnal del pintor, Martín Fernández de primer apellido. La cosa tenía cierto aire de familia. También andaban por allí los hermanos de Claudio, Bernardo, que será jefe de Durán en Madrid, y Josefina, con la que Buñuel tuvo un lío, sin que se sepan los detalles. Es muy posible que Durán y el de Calanda empezaran a trabajar en el doblaje al mismo tiempo y no hay duda de que el primero se tomó el trabajo mucho más en serio. Como se explica en La otra vida de LB, es improbable que Durán acompañara a los Alberti, como este creía recordar, cuando visitaron a Buñuel en Las Hurdes en la primavera de 1933. En su recuerdo, el poeta lo confundió con el arquitecto Luis Lacasa. Durán se instaló en Madrid de nuevo al año siguiente y su compromiso político era reciente cuando asistió al banquete de homenaje a Hernando Viñes en mayo de 1936, donde volvió a coincidir con Buñuel, al que, en aquella ocasión, había acompañado su hermano Alfonso.

¿Por qué Durán sale tan mal parado en lo dicho por Buñuel ante Aub? No podemos saber qué hubiera hecho Aub con esos comentarios tan superficiales, pero conviene no olvidar lo que hizo el editor. Como reconoce en el prólogo, eliminó las “referencias vidriosas” a otros personajes, pero no lo hizo con las dirigidas contra Durán. No se malinterprete lo que digo, lo mejor hubiera sido que se hubieran dado a conocer todas las referencias vidriosas, que suelen ser muy útiles. Además de que estaba muerto, en su criterio pudo pesar el sectarismo político. Federico Álvarez, yerno de Aub, nacido en San Sebastián en 1927, hijo de un líder republicano local exiliado al poco de estallar la guerra, se reunió con su padre en La Habana en 1940. En1947, se trasladaron a México. Durán vivió en la capital cubana, trabajando para la embajada de los Estados Unidos, entre 1942 y 1945. Entonces fue muy conocido y muy criticado por los comunistas, que lo consideraban un renegado, aunque la Unión Soviética estuviera, durante la guerra, con los aliados. Álvarez se metió en política desde muy joven. Aub retrató en sus diarios a su yerno y a su consuegro como muy estalinistas. Federico Álvarez vivía en La Habana al estallar la revolución y siguió en las instituciones castristas hasta 1971. Regresó a España, donde trabajó en editoriales. Poco después de entregar el original del libro, separado de Elena Aub y descontento con el clima político español, regresó a México. Acaba de publicar sus recuerdos de juventud, pero no los he leído. Quede como hipótesis. Habría que conocer, si existe, la versión no expurgada de las conversaciones para calibrar con precisión el papel de Álvarez.

Justifica el título de esta semblanza lo que dijo Buñuel en la segunda conversación con Aub, interrogado por la homosexualidad en la Residencia: “Hubo de todo en aquel tiempo, entre todos nosotros, en la Residencia, cierta promiscuidad o algo por el estilo, que de ninguna manera llegaba a nada más que besos o cosas por el estilo, pero ninguna era homosexual”. Está nervioso y se ha descontrolado, como si se le hubiera venido a la mente algún recuerdo vergonzante. Tras admitir a renglón seguido la homosexualidad de Lorca y Cernuda, cuando Aub dice que cree que el odio de Buñuel por Dalí se debe a haber revelado el homosexualismo de Lorca, Buñuel confunde la magnesia con la disfunción eréctil: “No. Federico era impotente. Homosexual de verdad, en todo el grupo, sólo Gustavo. Un día fuimos a pasar unos días al Monasterio de Piedra en un Renault que yo tenía entonces. Me estuvo contando muchas cosas de su vida sexual. ¡Y con obreros! Eso, a mí, creyente en el proletariado, me hería doblemente. Federico, no. No podía. Afeminamientos, cobardías, pequeñas ñoñeces, toqueteos… No.”

No precisa comentario la confusa explicación que da Buñuel de la conducta sexual de Lorca, fruto sobre todo de la relación contradictoria que mantuvo con el poeta en sus recuerdos. Sobre las Conversaciones de Aub planea todavía el libro de Marcelle Auclair, Vida y muerte de García Lorca, editado en francés en 1968 y traducido en México en 1972, en el que se hablaba abiertamente de su dimensión afectiva y que estimuló la memoria de más de uno. La amistad con Lorca en la Residencia era uno de los escasos antecedentes artísticos de la juventud baldía de Buñuel. Llevaba años alardeando de intimidad con él por el prestigio retrospectivo que le transmitía, pero, cuando sin darse cuenta detecta la sombra que proyecta sobre su impulso original, se escabulle como puede. Lo mejor que se le ocurre para salir del aprieto es hacer a Lorca impotente y proyectar el monopolio del vicio sobre Durán, el más joven con diferencia del grupo y que no vivió en la Residencia, empeñado en salvar su prestigio viril. Con frecuencia, para evitar responder una pregunta embarazosa, se responde otra más fácil. Si no se encuentra, se improvisa otro cuento. Para fundamentar lo que dice aduce las confidencias que le habría hecho Durán en un viaje.

Las confesiones de Durán camino del Monasterio de Piedra suenan a invención de emergencia. Cada ingrediente del relato recuerda alguna experiencia conocida. Viaje a un monasterio, como Las Batuecas. En la provincia de Zaragoza, vinculada al Renault familiar, con el que tuvo un accidente en un momento impreciso. En los años treinta, Buñuel tuvo un Morris y luego un Ford. Hubo un “obrero” en la vida de Durán, Ángel González Moros, aunque en sus relaciones, hasta donde se sabe, primó la política. Sobre él ha escrito Ester López Sobrado (2001). Era un dirigente comunista de la UGT ferroviaria, amigo de los Alberti, al que parece ser que conoció en mayo de 1936, en un mitin en Cuenca. Según Santiago Ontañón, era amigo de los intelectuales de la Alianza. No se sabe quién le puso el sobrenombre, tan poco adecuado para un sindicalista revolucionario, de “marinero de Singapur”, porque había pasado por allí siendo un joven marino. Durán y González Moros, convertidos en Manuel y Ramos, protagonizan las primeras escenas de L’Espoir, en las que Malraux utilizó lo que Durán le había contado de sus primeros días como miliciano. Si alguien es capaz de imaginar a Buñuel preguntándole a Durán, no se sabe cuándo, por su vida sexual y a Durán contándosela en detalle, el resultado será, con seguridad, inverosímil.

Se refiere en otro momento a cuando volvieron a coincidir en Nueva York. “Entonces me encontré ya a Gustavo Durán y a Gustavo Pittaluga.” El segundo entró para sustituir al primero. “Gustavo Durán era assistant associated y chef editor. Nada menos.” Durán parece que llegó antes que él al departamento de la OIAA que trabajaba en el Museo de Arte Moderno. Él y su mujer, Bonte Crompton, comieron el 6 de octubre de 1940 en Hyde Park, la residencia privada del presidente de los Estados Unidos, invitados por su mujer, Eleanor, buena amiga de Dorothy Whitney. Esta era la madre de Michel Straight, casado con una hermana de la mujer de Gustavo Durán. Dorothy había fundado una escuela modelo en Inglaterra, donde Durán dio una conferencia en 1939 y conoció a la que dos mese más tarde se convirtió en su mujer. La familia Whitney había adoptado al matrimonio Durán. A aquella comida también asistió Nelson Rockefeller, con antiguas relaciones familiares con los Whitney. Un Whitney, John, era su segundo en la presidencia del MOMA. El Motion Picture Herald del 12 de abril de 1941 se refirió al equipo de Macgowan, el responsable del programa de la OIAA, y mencionó a Buñuel y a Durán, que iban a editar y traducir las bandas sonoras de los films para Latinoamérica (Martín).

En otro lugar, dijo otra cosa, sin venir a cuento: “Gustavo era un caso inaudito. Le hice entrar en el Museo de Arte Moderno, en Nueva York, después de la guerra. Estaba a mis órdenes. A los ocho días me había desbancado.” Lo primero, se ha visto, es falso. De lo segundo, parece que algo ocurrió, pero no hay más indicios. Durán estuvo en la filmoteca del MoMA entre marzo y octubre de 1941. Al mes siguiente, en lo que podría ser un abandono voluntario de su puesto en Nueva York, se incorporó a la División de Música de la Unión Panamericana radicada en Washington. “Si no es por McCarthy, hubiera llegado a embajador de Estados Unidos. Era un ser tan brillante, que lograba lo que se proponía.” Aub le respondió: “¡Qué lastima que no escribiera sus memorias! ¡Qué libro sería!” “Sí. Pero tal vez mejor que no lo haya hecho”, apostilló Buñuel.

No se sabe a qué propósito, en otro pasaje, menciona un viaje de regreso suyo a América, que fija hacia 1954. Durante una escala en Nueva York, dice, le llevaron a una sala y un policía uniformado le preguntó: “¿Míster Gustavo Durán?” “No, Míster Buñuel Portolés.” “Ah, sí, perdón.” “¿Qué pasa?” “No lo sé, me dijeron que estuviera con usted aquí.” “Pero, ¿me van a dejar seguir a México?” “No lo sé.” A los veinte minutos, apareció un jefe y una aeromoza. Lo llevaron al avión, y le devolvieron el pasaporte. Cuando Buñuel introduce diálogos, la verdad se marcha. Prosigue: “Cuando volví, fui a ver a Bonté y a Gustavo. ‘Sí, chico, sí –me dijo. Yo te denuncié. No tienes idea… Horas y horas los de la CIA encima. Seis meses. Dije todo lo que querían’. Gustavo era así, se entregaba a las causas que servía.” En 1954, Durán superó sin mayor perjuicio la última investigación a la que fue sometido, dentro de los habituales procedimientos legales, bien defendido por abogados, y no volvió a ser molestado. Es posible que Buñuel confunda la fecha. La confesión de Durán es una pura invención injuriosa. El motivo de los problemas de Buñuel con la inmigración americana fue la firma, en 1950, (dirá que incluida sin su consentimiento por Juan Rejano) a favor del Congreso Mundial por la Paz, uno de cuyos actos se celebró en México, con asistencia de Paul Eluard. Se sabe que Buñuel volvió a pisar el aeropuerto de Nueva York en septiembre de 1959, cuando el FBI acusó recibo del informe de Inmigración sobre su llegada en un vuelo de Air France, con los papeles en regla. Fue para hacer el casting de su siguiente película, La joven. Ese año le habían concedido la visa que le habían negado en el 55 y en el 56 por haber sido abajofirmante prosoviético en vísperas de la guerra de Corea.

El 26 de septiembre de 1959, Buñuel cenó en casa de Durán en Nueva York con, entre otros, Paco García Lorca, Ángel del Río y un tal Escobar, con sus señoras. A Buñuel le acompañaba Alcoriza. Lo cuenta Carlos Esplá, que también asistió y dejó una anotación en su diario. Recuerda que le recordó a Buñuel que se conocían del París de los años veinte. Traza un retrato curioso de él: “Buñuel está feo, viejo, lleva un traje de pana arrugado, el rostro asimétrico. Da impresión de suciedad o descuido baturros. Lleva unas gafas, con las guías muy gruesas. Resulta que son complemento de un aparato para oír. Está muy sordo. Para leer, se pone otras gafas encima.” Apunta Esplá que Durán creía que la investigación contra él en 1946, que se saldó con su abandono del departamento de Estado, había influido en la decisión de Buñuel de dejar los Estados Unidos por México. En la cena, hablaron de Dalí. Mal, claro. Y de Federico. Buñuel, genio y figura, le preguntó a su hermano Paco si eran de Fuente Vaqueros o de Asquerosa.

Se le desborda la fantasía cuando, en el párrafo antes mencionado, prosigue: “Yo tengo un poco de culpa (del éxito de Durán, se supone). El treinta y cuatro, en Madrid, cuando estaba yo en la Warner, tenía veintiún películas que doblar. Fui a los laboratorios donde trabajaba Gustavo, los mejores, desde luego. Llegamos enseguida a un acuerdo. ‘Quiero que las doble míster Durán.’ ‘No puede ser. ¡Es un comunista!’ ‘Mire usted, a mí no me importa. Ni a la Warner, tampoco. Queremos un trabajo bien hecho y, o lo hace el señor Durán o me las llevo.’ Las hizo. Luego, en Nueva York, le metí yo en el Museo de Arte Moderno, y por poco me desbanca. Todos lo adoraban. Nunca he visto una persona con más simpatía. Ya no era aquel adolescente adorable, rubio, angelical, de los diecisiete años (luego se quitó como cinco), el de las historias con Néstor de la Torre, ni el playboy de París.” Y sigue con lo de que si no es por McCarthy hubiera sido embajador, que fue consejero de Murphy (¿?) y de Eisenhower ya presidente.

Es una historieta absolutamente inverosímil. En abril de 1934, Durán volvió de París a Madrid para trabajar en Fono España, fundada por un italiano, Hugo Donnarelli, y en la que Bernardo de la Torre, hermano de Claudio, era director de producción. Durán trabajó en Fono España hasta la víspera del 18 de julio. Trabajaban para la Paramount, la Fox, la Warner BROS y la Hispano American Film. La conversación que refiere Buñuel nunca se produjo. El formalismo es absurdo, en los ambientes cinematográficos se conocían todos. El comunismo de Buñuel era notorio, pero no hay ningún indicio de que Durán estuviera comprometido políticamente por esas fechas. Lo convierte en cabeza de turco, proyecta sobre el muerto su propio pasado comunista.

En otro momento, Buñuel se deslizó un poco más en su deriva venenosa. Le había preguntado Aub si creía que había sido de la policía mientras estuvo en Cuba. “Sin duda alguna –responde Buñuel. Conocía a todos. Cuando algunos españoles querían ir a Estados Unidos, les decía: “Tú, puedes ir; tú, no: estuviste en la décima brigada”. Remacha Aub: “Un auténtico hijo de puta” “No. Defendía lo que tenían encargado.” La leyenda negra comunista de Durán está asociada con el negativo tratamiento de estos en Por quién doblan las campanas, en la que Durán aparece realzado y los comunistas enfangados. Hemingway, que le admiró mucho, le había recomendado al embajador de los USA en La Habana, Spruille Braden. El novelista quería incorporarlo al irrisorio servicio de vigilancia antisubmarinos alemanes que tenía montado con el que conseguía darse importancia y combustible para su barco. Durán y Hemingway no tardaron en enemistarse. El americano dio pábulo a los chismorreos de sus amigos comunistas y el español siguió como funcionario auxiliar del servicio exterior, como asistente personal del embajador. El FBI reconoció que se enteraba de todos los asuntos de información, pero no tenía jurisdicción.

Algo semejante a lo que dice aparece en las memorias del pintor mexicano David Alfaro Siqueiros. En 1941, el presidente Ávila Camacho le había sacado de la cárcel en la que estaba por haber organizado la balacera contra Trotsky. Habían sido cuates en los años de la revolución mexicana. Se le envió a Chile a pintar un mural mientras se olvidaban sus hazañas. El mural se inauguró en 1942. Tuvo una oferta de Nueva York y decidió trasladarse allí. Como no consiguió la visa, habló a favor de los aliados en Lima, Guayaquil y Panamá, antes de llegar a La Habana en abril de 1943 con intención de alcanzar las costas de Florida. Volvió a pedir la visa y el encargado de comunicarle la negativa fue Gustavo Durán, al que Siquieros había conocido en Madrid cuando el español era mayor del 5º Regimiento. Cuando le anunciaron que quería verle el comandante Durán, su sorpresa fue mayúscula. Le explicó que la negativa se debía a problemas técnicos y no implicaba que el gobierno de los Estados Unidos negara su valía artística. Tal era así que, para hacer más llevadera su estancia en la isla mientras se resolvían las dificultades para su regreso a México, se le encargó una gran pintura. Pintó los rostros de Lincoln y José Martí, las dos cumbres americanas, por los que recibió $2.500. El primero de mayo, fue el invitado extranjero de Batista que presenció los desfiles sindicales desde el palco presidencial. Batista tenía dos comunistas en su gobierno. Se quedó en la isla hasta noviembre. Los últimos meses en casa de una millonaria, María Luisa Gómez Mesa, la futura mujer de Manuel Altolaguirre, otra vida curiosa.

En el libro de Martín, se resumen las investigaciones del FBI sobre Buñuel y en el de Juárez las que le hicieron a Durán. En el dossier de la agencia sobre Hemingway, aparecen los primeros informes del FBI sobre Durán. En uno de agosto de 1943, se menciona a Luis Buñuel. Se dice que son amigos desde 1920, que Durán lo presentó como referencia en una de sus solicitudes de trabajo oficial, a eso se podría referir al decir que por él entro en el MoMA, y que Buñuel informó favorablemente. También se habla de la sospecha de que Buñuel fuera comunista o compañero de viaje, por lo que se le negó en principio una visa que luego se le concedió tras reclamar y haber declarado que no lo era. Pero, a fin de cuentas, ¿qué interés podía tener la CIA en Buñuel en los años 50? Es muy posible que el de Calanda esté repitiendo simplemente las cosas que decían de Durán los comunistas y que tantas veces habría escuchado en casa de sus amigos de México.

Durán respondió a la carta de Aub mencionada al comienzo poniéndose a su disposición si iba a Atenas: “No sé si lo que tengo que decirte sobre Buñuel es algo que tú ya no sepas, pero sí creo que lo que puedo contarte de su vida y carácter nos hará pasar un buen rato.” Nos quedamos sin saber su versión de los inicios de Buñuel en el doblaje, de las reuniones de la Alianza de Intelectuales en Madrid y de su desencuentro en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, entre otras cosas.

En sus conversaciones con Aub, lo utilizó como cabeza de turco en dos casos. Para seguir apareciendo como íntimo de Lorca y eliminar sospechas sobre su recto impulso viril original, hizo impotente al poeta y vicioso en exclusiva a Durán. En el asunto de los doblajes de la Warner, alardeó de generosidad procomunista para deslizar, implícitamente, su distancia de ellos en 1934, el año que fue al notario para ayudar a salvar Mundo Obrero. Así se desvía, a veces, la memoria cuando encuentra obstáculos en su camino de retorno.

 

Nota:  Gustavo Durán en las Conversaciones con Buñuel: págs. 94, 105, 108 y 125-6. Sobre Siqueiros, sus memorias, Me llamaban el coronelazo, y la biografía del pintor de Philip Stein. Las referencias bibliográficas, en el libro.

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