José María (Pepe) Quintanilla,

hermano de Luis

Nada tuvo que ver, hasta donde se sabe, con Buñuel, pero, sin su semblanza, queda incompleta la de su hermano. Pasa por haber sido el modelo para un personaje siniestro inmortalizado por Hemingway, pero no es seguro que su leyenda negra teatral, mítica, se corresponda con los méritos que se le atribuyen. No obstante, como es sabido, conviene no olvidar que, en tiempos de guerra, el mal se trivializa y personajes anodinos, irrelevantes en otros contextos, se tornan, por mor de las circunstancias, en héroes o monstruos, que nadie, y menos ellos mismos, habrían podido imaginar.

Fue el mayor de los tres hermanos Quintanilla Isasi. La mediana, Cristina, se hizo monja carmelita y pasó la mayor parte de su vida en un convento del boulevard Clichy de París, redimiendo a colegas de Irma, la dulce. Si su hermano Luis nació en 1893, José María pudo hacerlo en 1889, o antes. El único documento público en el que aparece su nombre, hasta ahora, es la lista de pasajeros que el Winnipeg llevó desde Burdeos a Valparaíso en septiembre de 1939. La recoge Javier Rubio, el bueno, en su libro sobre el exilio (1977). Iba con su mujer y tres hijos. Figuraba como socialista, procedía de Francia, pero no de un campo de refugiados. Puede que en la abundante bibliografía sobre este viaje, que llevó a Chile a más de dos mil republicanos derrotados, haya alguna otra noticia sobre el personaje. Otro pasajero conocido fue el tipógrafo Mauricio Amster.

Luis Quintanilla habla de su hermano en sus memorias en tres ocasiones, s. e. u o. Una para recordar que durante la guerra protegió a uno de los hermanos Ansaldo, franquistas, con los que al parecer estaban vinculados por vago parentesco. También dice que facilitó, siguiendo instrucciones del Gobierno, la fuga de Madrid del cuñadísimo Ramón Serrano Súñer. En la tercera mención, le evoca en Madrid, avanzado el verano de 1937 –cuando el artista regresa a la capital tras haber estado en los frentes del Sur tomando apuntes del natural de los destrozos de la guerra. Se ve con él y otros amigos por la tardes en una taberna, dice que se ocupa del suministro de petróleo y consigue alimentos muy raros entonces en Madrid, que reparte entre las amistades.

En las conversaciones con su sobrino, Luis Quintanilla sólo habla de su hermano para recordar su trabajo en el cine en 1918. “Pepe (…) se dedicaba a pequeños negocios eléctricos y, entre sus chapuzas, instalaba grupos electrógenos para la iluminación de los estudios y portátiles, para los exteriores. Y Pepe fue el que me metió en el cine, como ambientador artístico de los decorados.” Los hermanos Quintanilla y el operador Armando Pou (realizador más tarde de Las Hurdes, país de leyenda) pusieron en marcha una empresa de cine de corto vuelo, abandonada dos años después, tras fracasar una película escrita y financiada por Benavente.

En La saga de los Quintanilla, Joaquín Fernández-Quintanilla, su sobrino, al hablar de él, pasa del episodio del cine a sus últimos días. “Tras una vida de aventuras, malviviendo dedicado al montaje de pequeños negocios eléctricos, Pepe terminó yendo a dar con sus huesos a la isla de Juan Fernández.” Son tres islas chilenas pequeñas en el océano Pacífico, a casi 700 kilómetros del continente. A comienzos del siglo XVIII, un náufrago escocés sobrevivió allí cinco años. Defoe se basó en sus aventuras para escribir Robinson Crusoe. En Juan Fernández, José Quintanilla se hizo cargo de una factoría de langostas. Al empezar su nueva vida, rondaba la cincuentena. Mientras estuvo allí, su contacto con el mundo fue el barco que llegaba de Valparaíso todos los meses para llevarse los crustáceos. Tenía mucho tiempo para escribir, pero sólo se recuerdan unos artículos que publicó en periódicos de Santiago sobre el Madrid de los años treinta. Acabó sus días en Santiago, en una casita de unos campos de deporte que cuya vigilancia se encargaba. Todo parece indicar que la familia prefería no entrar en las andanzas de Pepe durante la guerra.

Para los admiradores y estudiosos de Hemingway y Dos Passos, Pepe Quintanilla es un personaje familiar, un arquetipo o un estereotipo. Es posible que Hemingway le conociera de su primer viaje a España. Volvieron a verse durante la guerra civil. Es el policía que sabía lo que le había ocurrido a José Robles, un español, profesor universitario en los Estados Unidos, traductor y buen amigo de John Dos Passos. En 1937, tras haber trabajado en Madrid junto al general Gorev, Robles desapareció en Valencia. Las pesquisas de Dos y la mala voluntad de Hemingway entraron en conflicto y dio lugar a la ruptura entre ambos. El asunto ha sido tratado a fondo desde puntos de vista muy distintos por Ignacio Martínez de Pisón, en Enterrar a los muertos, donde sigue los pasos de la familia Robles; y por Stephen Koch en La ruptura, centrado en la relación entre los escritores norteamericanos.

El hijo de Luis Quintanilla, Paul, habla de su tío Pepe en la introducción de la biografía de su padre, Waiting at shore. Dice que había sido comunista y había llegado a ser el jefe del SIM en Madrid al final de la guerra. Lo primero es falso y lo segundo dudoso. Para saber más, remite al personaje, inspirado en él, que con el nombre de Antonio aparece en La Quinta columna de Hemingway. Es el tipo más repugnante de la obra más nauseabunda de Hemingway. Carlos Baker en su biografía del nobel suicida le llama “el verdugo de labios finos”. El hijo de Quintanilla añade que lo que cuenta Josephine Herbst sobre Pepe Quintanilla en sus memorias españolas, The Starched Blue Sky of Spain, heló la sangre de quienes las leyeron.

No dice que Dos Passos le retrató, como Juanito Posada, en Century’s Ebb. En estas obras aparece como el mencionado policía que sabía lo ocurrido a José Robles. A Herbst, en Valencia, le había dicho la verdad, que lo habían fusilado, y a Dos, en Madrid, le había mentido. Hemingway también lo sabía, pero no quería decírselo a su, hasta entonces, amigo. Martínez de Pisón dice que Pepe Quintanilla perteneció a la Brigada de Policía de la Agrupación Socialista Madrileña y luego, cuando se creó, al SIM. No es seguro que existiera tal Brigada, salvo que se refiera a algún tipo de agrupación miliciana vocacional de primera hora. Paul Preston también le menciona en Idealistas bajo las balas. Según él, era el jefe del contraespionaje republicano, como comisario general de Investigación y Vigilancia. Si así fue, su nombramiento debe aparecer en alguna parte, bien en la Gaceta de  la República o en el boletín de la Dirección General de Seguridad, pero no se cita.

Su nombre no aparece en ninguna de las obras de referencia habituales de la guerra civil española ni en las especializadas. Se desconoce su edad exacta, si tenía estudios, cuándo y cómo entró en la Policía, los méritos que hizo para ascender, su lo hizo, su ejecutoria en el cargo y posteriores destinos. Si era lo que dice Preston, su lugar de trabajo habría sido Valencia, pero parece que pasó la mayor parte de la guerra en Madrid, con despacho en la Telefónica. Tal vez pudo se ocupaba, cuando fue retratado, del negociado de extranjeros, lo que explicaría que los únicos testimonios sobre él sean norteamericanos.

La historia de la policía civil republicana durante la guerra civil es, al margen de horripilante, muy confusa. En ninguna parte se cuenta con claridad. En los primeros meses en Madrid, los del terror, fue desbordada por las milicias partidistas, de las que nacieron las Milicias de Vigilancia de la Retaguardia, que fueron institucionalizadas y formaron el grueso de la nueva policía de guerra. El ministerio de Gobernación siempre estuvo en manos socialistas: Galarza, Zugazagoitia, Paulino Gómez Saiz y Wenceslao Carrillo, que antes había sido subsecretario con varios ministros. No es seguro que, en la primavera del 37, siguiera existiendo el cargo de Comisario general de Investigación y Vigilancia, cuerpo que había sido creado en 1933 para denominar a la policía civil. En diciembre del 36, se había creado el Consejo Nacional de Seguridad para tratar de poner orden en los diversos cuerpos y escalas policiales, de donde salió el Cuerpo de Seguridad, con dos secciones, Uniformada y Sin Uniformar, y esta con tres: Fronteras, Judicial e Investigaciones Especiales. Un decreto de 31 de diciembre suprimió el cuerpo de Investigación y Vigilancia y las Milicias de Retaguardia. En enero, se creó un negociado especial para extranjeros. En marzo, una ley autorizó al director General de Seguridad a reorganizar el Cuerpo de Investigación y Vigilancia. En agosto de 1937, el ministro de la Guerra, Prieto, creó el SIM, que, parece, absorbió las tareas de Información que hasta entonces desempeñaba la Policía.

Cuando, en el verano del 37, se ve con su hermano en la taberna de un arrabal madrileño, se dedica, nos dice, al suministro de petróleo, lo que, de ser cierto, podría significar que había dejado la policía por otro destino o que en la policía, o en el SIM, se ocupaba de asuntos relacionados con el suministro energético. A partir de ese momento, desaparece.

Pepe Quintanilla fue, tal vez, el republicano que se exilió en el lugar más remoto y aislado, en la otra punta del globo. Como la distancia podría inducir a pensar, ¿fue un monstruo ocasional, al calor de las circunstancias? ¿O sólo fue un burócrata emboscado que los turistas del ideal tomaron por el protagonista de sus fantasías? Faltan datos.

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