Luis Quintanilla,

artista pintor, miliciano y espía.

Cuando Luis Quintanilla apareció en la vida de Buñuel en París, avanzado octubre de 1936, traía la aureola de haber sido un héroe en los primeros días de la guerra. Todo lo contrario que el de Calanda. Quintanilla se había presentado en el Cuartel de la Montaña el 19 de julio como la máxima autoridad socialista, delegado por Largo Caballero, y se había hecho el jefe, conservando la autoridad del mayor acuartelamiento del centro de Madrid hasta que el ejército republicano empezó a organizarse. Con esa autoridad “político-militar” había estado luego tratando de poner orden en los primeros combates en la sierra de Madrid que frenaron el avance de los sublevados hacia la capital. Su tercera, y última, actuación estelar había tenido lugar en Toledo, donde por unos días intentó coordinar –sin éxito, como los que le precedieron y siguieron— la desorganizada actuación de los sitiadores del Alcázar.

Tenía 43 años y su experiencia militar se reducía a haber pasado los meses del servicio obligatorio, veinte años atrás, como dibujante topógrafo. Era socialista desde 1930, cuando, con Juan Negrín, se afilió al Partido de Pablo Iglesias. En los años veinte, habían sido habituales de la tertulia que se reunía a diario en el Buffet Italiano, un café de la Carrera de San Jerónimo. El líder de la tertulia era Luis Araquistáin y a ella asistía, cuando estaba en Madrid, su concuñado y vecino, Julio Álvarez del Vayo, junto a otros personajes heterogéneos como el escritor y periodista Luis Ciges Aparicio, el crítico de arte Juan de la Encina o el médico Rodríguez Lafora. Quintanilla era el más joven y el artista del grupo.

Araquistáin se convirtió en su mejor amigo, algo paternal por la diferencia de edad. Ambos eran montañeses, de origen social semejante, y con una breve experiencia náutica inicial. Quintanilla, nacido en 1893, había estudiado el preparatorio de Arquitectura en Deusto, pero había desistido para hacerse pintor por su cuenta. Para ganarse la vida, pasó los exámenes de náutica y estuvo embarcado una temporada. Estando en Brasil, decidió que su sitio estaba en tierra firme y eligió París como el lugar más adecuado para un aprendiz de pintor como él. Allí se plantó en 1912. Conoció a Juan Gris, cubisteó, se inició en la bohemia y en la litografía. Visitó Alemania en la primavera de 1914 y regresó el día en que empezó la guerra. Se instaló en Madrid en 1915, hizo la mili y para ganarse la vida trabajó como dibujante y grabador en tareas eruditas auxiliares, como copiar códices medievales o recopilar motivos ornamentales tradicionales. Ya era amigo de Araquistáin cuando este fue detenido por la huelga general de 1917.

Terminada la gran guerra, volvió a París. Como artista, le decepcionó lo que vio. Llegó a la convicción de que Picasso y los dadaístas eran un atajo de farsantes, jaleados por  snobs y galeristas engañabobos. En lo personal, se hizo amigo de algunos norteamericanos,  aprendices de escritor, que, gracias a las ventajas del dólar, coleccionaban experiencias etílicas en la capital mundial de la cultura. Fue el primer amigo español de Ernest Hemingway, su iniciador en los arcanos de la piel de toro que le atraparon para el resto de su vida. Regresó a Madrid y, como le había ocurrido a Diego Rivera unos años antes, creyó encontrar su camino en la pintura al fresco, que estudió becado en una Florencia que empezaba a ser fascista. La República encumbró a sus amigos y gracias a sus encargos realizó sus trabajos mayores como muralista: en el rectorado de la Ciudad Universitaria, en la casa del Pueblo y en el monumento a Pablo Iglesias del parque del Oeste. Todos desaparecidos en y tras la guerra.

El salto a la fama política lo dio en octubre de 1934. Los socialistas habían convencido a sus militantes de que había que recurrir a la violencia, organizaron las juventudes en milicias y se procuraron todo tipo de armas. Quintanilla ya había conspirado y ocultado armas en vísperas de la República. En el 34, se implicó más. Prieto hizo los tratos del “Turquesa” en su casa. El comité de la sublevación, una docena de miembros de la UGT, del Partido Socialista y de las Juventudes, se instaló en su estudio –estaba en Moncloa, al final de la calle Fernando el Católico– la víspera del comienzo de la huelga general. Tras fracasar, el gobierno declaró el estado de guerra. Al quinto día, cuando llegó la policía, sólo quedaban en el estudio de Quintanilla cinco miembros del comité revolucionario, Santiago Carrillo entre ellos.

Los seis fueron detenidos con buenas maneras y entraron en la Cárcel Modelo al día siguiente. El fiscal militar empezó pidiendo para él dos penas de muerte. Le defendió Jiménez de Asúa. La prensa lo presentó como un artista romántico y generoso que había acogido a sus amigos políticos en su casa. Sus amigos americanos y franceses se movilizaron. Hemingway y Dos Passos le montaron una exposición en Nueva York. De medio mundo llegaron, firmadas por escritores y artistas, peticiones de clemencia. El ministro de Justicia y el director de la prisión le hicieron la vida más confortable. Le instalaron en tres amplias celdas comunicadas, acondicionadas poco antes, a su costa, por Juan March. La vida de los políticos en la cárcel era bastante llevadera. Los funcionarios no olvidaban que unos años antes habían tenido preso al que poco después fue presidente de la República. En la cena de Navidad hubo hasta ostras. Los dibujos que hizo de sus compañeros reclusos fueron publicados más tarde en un libro, La cárcel por dentro. En junio, le pusieron en la calle y salió hecho una celebridad.

Su fama, su disponibilidad y su osadía explican su actividad febril durante los primeros meses de la guerra. Más difícil de entender es el encargo que recibió en octubre de fundar los primeros servicios de información de la República en el sudoeste francés. Sus mejores amigos estaban en el gobierno desde el 4 de septiembre y cuando Araquistáin fue nombrado embajador en París, tal vez quisieron entre todos alejarle de los frentes. También pudo ser consecuencia de que Largo le había hecho responsable del fracaso de Toledo. En tiempos de la dictadura, había residido una temporada en Hendaya, pintando los murales del consulado español, también desaparecidos. Había sido jefe del Cuartel de la Montaña ignorándolo todo del arte militar. Se convirtió en el primer espía de la República desconociendo los rudimentos elementales del oficio. El resultado de su trabajo como espía fue caro e irrelevante.

Dejó la tarea cuando dimitió Araquistáin y volvió al arte. Negrín le puso coche y chófer para que dejara testimonio dibujado de lo que viera en los frentes. A finales de 1937, expuso sus dibujos en el hotel Ritz de Barcelona y al mes siguiente lo hizo en Nueva York, amparado por sus amigos (Allen, Mathews, Hemingway). En ese viaje conoció a Ione Robinson. Regresó a España y trabajó en una serie de caricaturas que se publicarían más tarde, Franco’s Blanck Spain. En enero, viajó de nuevo a los Estados Unidos para trabajar en unos murales que no llegaron a mostrarse en la Feria internacional y que, muchos años más tarde, reaparecieron en un bar de Nueva York. No regresó a Europa hasta muchos años después. En febrero de 1939 se casó con Janet Speirs, una universitaria de Indiana, diecisiete años más joven, a la que había conocido en Madrid cuando trabajaba como ayudante investigadora para el embajador Bowers. Con ella tuvo, en 1940, a su único hijo, Paul.

En América tenía un club de fans numeroso e influyente (Hemingway, Paul, Allen, Matthews, etc) que le apoyaron con todas sus fuerzas, pero se las arregló para que terminaran en fracaso todas las oportunidades que le presentaron. Hizo exposiciones, pintó murales en la Universidad de Kansas, dibujó libros al alimón con Elliot Paul, hizo retratos de celebridades, ilustraciones de obras clásicas y muchos cuadros que no vendió. No aprendió inglés ni le interesó la cultura americana. Arrogante y engreído, despreciaba a su clientela potencial y era incapaz de la mínima hipocresía necesaria para venderse. La relación habitual con sus mejores amigos y valedores, Hemingway y Elliot Paul, cursaba con cantidades ingentes de alcohol. “La gran borrachera” era habitual y el alcoholismo le minó, acentuando los rasgos más negativos de su carácter, hundiéndole con frecuencia en la depresión. Abandonó los pinceles para ponerse a escribir como un poseso unos centones que su mujer traducía al inglés y trataba de vender con su nombre. En sus últimas exposiciones en Europa y en América no vendió nada. En 1958, viajó a Europa para una temporada, pero no volvió a América ni a ver a su mujer y a su hijo. En París retornó a la escritura, redactó sus memorias (publicadas en 2004) y Ruedo Ibérico le publicó su único libro como escritor, Los rehenes del Alcázar de Toledo. En 1976, tras 37 años de ausencia, regresó a España, donde falleció dos años más tarde.

Tenía la misma edad que Joan Miró, pero es difícil encontrar dos vidas de artista tan distintas. Debido a los avatares de su vida y a su negligencia, se ha conservado una muy pequeña parte de lo que hizo. Sus murales de los años treinta fueron destruidos y se ha recuperado alguno posterior de milagro. Se le conoce sobre todo por los dibujos y grabados de asunto político editados en los años treinta, y algo de lo que hizo –dibujos, ilustraciones y algunos cuadros– en los Estados Unidos, de calidad muy irregular. Todo ello convierte en sumario cualquier juicio general sobre el conjunto de su obra. Junto a piezas conseguidas, hay otras muchas que adolecen de falta de “gracia”, las figuras parecen sin esqueleto, flotan sobre el fondo, sin volar ni apoyarse en las extremidades. Es posible que su dedicación al fresco no fuera una elección acertada, por la rapidez de ejecución que impone. No era de mano fácil y no siempre tenía paciencia. Se diría que le faltó ambición, constancia y claridad de ideas. Sólo logró vivir de su arte durante cortas temporadas de su vida.

Bibliografía (remite a la del libro): Quintanilla, L., 2004; Quintanilla, P., 2003; Fernández-Quintanilla, R., 1981; F.-Quintanilla, J., 2007; López Sobrado, 1991, 2009 y otros. Sobe los servicios de información: Barruso; Luengo, 1996; Pech; García, 2008.

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