Una ferretería en La Habana

Primeras páginas de “Trabajos de restauración”

Leonardo Buñuel González nació en Calanda el 6 de noviembre de 1854[i]. Así consta en la hoja de filiación que se conserva en los archivos militares de Segovia. Es un año antes de lo que habitualmente dicen los biógrafos del director. Pudo haber ocurrido que rebajara en un año su fecha de nacimiento al inscribirse. El 17 de octubre de 1870, o sea, a punto de cumplir los dieciséis años, poco antes de que los progresistas eligieran a Amadeo de Saboya como rey de España, se alistó como voluntario “para servir al gobierno constituido por la nación” por seis años en el Regimiento Infantería de Estremadura (sic) nº 15 –que estaba radicado en Jaca y Zaragoza. Dijo ser de profesión labrador, midió 159 centímetros, tenía el pelo negro, los ojos pardos y una cicatriz sobre el ojo izquierdo. Un año después, ascendió a cabo 2º. En febrero, le concedieron la cruz de plata sencilla del Mérito militar para premiar servicios especiales. A finales de noviembre de 1871, recién cumplidos los diecisiete, pasó voluntario por dos años al Ejército de Ultramar y, a los pocos días, se embarcó hacia Cuba. La última noticia reseñada es una instancia que elevó en octubre de 1875, cuando era cabo 1º en el regimiento de Artillería de Montaña en Cuba, para que se le invalidara una nota negativa por haber pernoctado un día fuera del cuartel. A finales de 1876, terminó su compromiso con el Ejército. Pudo haberse licenciado entonces.

Un expediente tan vacío, habiendo sido militar en un escenario de guerra durante cinco años, sólo se explica por haber permanecido lejos de donde se logran los ascensos y las medallas, del combate. Es un dato relevante para imaginarle. Se conserva un retrato de 1877, vestido de paisano. Uno de sus nietos dijo que había llegado a capitán, recibido heridas y medallas, así como que se había ido de corneta con catorce años, como también lo creía un paisano y coetáneo de Buñuel, Mindán Manero (2000), que se hizo sacerdote y, cercano a los noventa, dictó unos recuerdos de su infancia. Pudo ser que, como también creía su nieto, hubiera conocido a Ramón y Cajal, que estuvo de capitán médico en Camagüey, zona de combates, entre 1874 y 1875. Uno y otro hablan de empresas navieras, de las que no hay rastro.

Leonardo llegó a Cuba el tercer año de una guerra que seguía activa cuando se licenció. La respuesta al conflicto de Cuba del gobierno progresista instalado en Madrid tras la revolución de 1869 nacía debilitada. La esclavitud, abolida en la península en 1836, seguía vigente en Cuba por exigencia de los españoles instalados allí, cuyo mayor negocio, la caña de azúcar, reposaba en ella. Como no había dinero para afrontar las compensaciones por la abolición, el gobierno republicano se veía obligado a defender una posición en la que no creía. En Madrid estaban absorbidos por encontrar una salida al lío institucional en que se habían metido. Al asesinato de Prim, al fracaso de Amadeo I y al creciente desorden, se añadió, en 1872, la tercera guerra carlista, lo que favoreció que la de Cuba se estancara.

Fue un conflicto prolongado de baja intensidad, entre fuerzas muy desiguales, con algunos episodios de gran violencia por ambos bandos. Entre los españoles, las enfermedades tropicales causaron más bajas que los machetes y la pólvora. A pesar del hincapié inicial en la abolición, los revolucionarios no consiguieron que los Estados Unidos les reconocieran, pues eran, a su vez, los mayores valedores del cambio de régimen sobrevenido en España en 1868. Los independentistas capitularon en febrero de 1878 y, tras un episodio menor, la isla gozó un prolongado periodo de paz. En 1880 se abolió, por fin, la esclavitud, aunque no del todo hasta casi diez años después. Con el ferrocarril, la industria del azúcar se transformó y llegó a su apogeo para caer luego por la remolacha. Para el comercio, fueron años de prosperidad durante los que se fue imponiendo la geografía. Los intercambios con Estados Unidos fueron en aumento hasta superar los mantenidos con la península. A finales del siglo, la economía cubana dependía de la norteamericana.

Segundo Casteleiro Pedrosa (1952) nació en La Coruña en 1875. Con 16 años, algunos estudios y una corta experiencia laboral, embarcó rumbo a Cuba, adonde llegó el 6 de octubre de 1891. Gracias a las redes familiares, pronto encontró trabajo. Antes de que pasara un año, le colocaron en Cagigal y Compañía, una importadora de ferretería en la calle Oficios 8, esquina Lamparilla, de La Habana, propiedad de dos hermanos santanderinos y de un aragonés, en la que entró como auxiliar del tenedor de libros. En 1893, la sociedad en la que trabajaba cambió de nombre para llamarse Cagigal y Buñuel. En 1896, Leonardo Buñuel se hizo con la totalidad de la empresa. Desde el año anterior, la isla estaba de nuevo en guerra. No se habían hecho reformas políticas en tiempos de paz ni se había previsto la posibilidad de una nueva insurrección. Sagasta dimitió por un pequeño incidente militar y le pasó el problema de la guerra a Cánovas. Este mandó al general Martínez Campos, el artífice de la paz de Zanjón en 1878. Pronto vio que el nuevo conflicto no se podía resolver con un acuerdo y él mismo propuso a Weyler, por su fama de duro, como el más indicado para sustitutirle. Weyler llegó a disponer de 200.000 soldados y en unos meses frenó el avance de los independentistas. Tenía el apoyo incondicional de los españoles residentes, pero sus métodos fueron criticados por el tercer protagonista del conflicto, los Estados Unidos, protector de sus intereses en la isla.

La situación cambió al ser asesinado Cánovas el 8 de agosto de 1897. Ese mismo mes, Buñuel nombró, por lo bien que hacían su trabajo, a Segundo, apoderado, y jefe de almacén a Gaspar Vizoso, otro gallego casi de la misma edad que Segundo, que había entrado en la empresa en 1888. En octubre, Sagasta volvió al gobierno, sustituyó a Weyler, con disgusto de los españoles residentes, por un general menos resolutivo y puso en marcha la autonomía de la Isla en guerra. Leonardo Buñuel se embarcó para España el 20 de abril de 1898. El 15 de febrero anterior, tras una gran explosión, el Maine se había hundido en el puerto de La Habana. La ferretería estaba a dos pasos del puerto y Leonardo pudo haber sido testigo ocular del suceso. Hubo 256 víctimas. La guerra tomó un giro inesperado. Leonardo se embarcó hacia España tres días antes de que los Estados Unidos declararan la guerra a España, que terminó el 1 de enero de 1899.

Unos meses  después, el 12 de abril de 1899, Leonardo se casó en Calanda con María Portolés Cerezuela, hija del propietario de la única fonda del pueblo, nacida el 11 de septiembre de 1881, según el registro parroquial de la boda. Su madre había muerto cuando ella tenía tres años y había pasado una temporada en casa de un tío abuelo y luego se había encargado de su educación otro tío, Santos Cerezuela, escolapio que vivía al margen de la orden en Calanda. Según Buñuel, era obispo de Pamplona y según su sobrino de Logroño. El obispado pudo ser el de Calahorra. En 1884 fue nombrado obispo de esa ciudad un hijo de la principal familia de Calanda, Antonio María Cascajares, que lo fue hasta que le hicieron arzobispo de Valladolid en 1891. Buñuel lo menciona de pasada en alguna parte, pero es extraño que la familia no alardeara del vínculo, si lo tuvo, con el hijo más ilustre de la villa, en cuya casa solariega se alza hoy el Centro Luis Buñuel de Calanda. Sin mayor base, pudo ser que el tío escolapio, también pariente del prelado, trabajara con él mientras estuvo en La Rioja. Mindán dice que, antes de casarse, su futuro marido la envió unos meses a un convento para mejorar su formación, pero su familia lo negaba.

Fueron de viaje de bodas a París y el 22 de febrero de 1900, en Calanda, nació su primogénito, Luis. A los cuatro meses de nacer, se instalaron en Zaragoza. Casteleiro dijo que Leonardo regresó a la isla en noviembre de 1900. El 8 de agosto de 1901, formó una sociedad en comandita con sus empleados, Casteleiro y Vizoso S. en C., para un periodo de tres años y medio. De los 87.000 dólares de capital con que nació la compañía, 77.000 fueron aportados por Buñuel y el resto, de sus ahorros, a partes iguales, por los socios y empleados. Le quedaron a Buñuel más de 100.000 dólares, de los que se llevó en efectivo la mitad y el resto le fue abonado en trece pagos trimestrales de 4.000, obligación con la que sus socios cumplieron religiosamente. Casteleiro y Vizoso trabajaron duro y les fue muy bien con la nueva situación que favoreció todavía más las relaciones con los Estados Unidos. En 40 meses, multiplicaron las ventas y superaron los 100.000 dólares de beneficios. Volvió Buñuel al notario, cabe que no estuviera en la isla, en 1905, al vencimiento de la sociedad, para dar lugar a otra con el mismo nombre, pero ahora con 190.000 dólares de capital. 80.000 eran de Buñuel, 50.000 de un comanditario llamado Laureano Falla y con 30.000 cada uno participaban los gerentes, Casteleiro y Vizoso. El último viaje de Leonardo Buñuel fue en 1911. No entró en la nueva sociedad, a la que sus antiguos empleados aportaron 150.000 dólares cada uno y Falla siguió de comanditario con 100.000. No se sabe por qué desistió, es posible que no estuviera de acuerdo con las condiciones que le propusieron. Buñuel recuperaría su capital y la parte de los beneficios que no hubiera percibido.

Como antes Cagigal y Buñuel, Casteleiro y Vizoso se dedicaron a la importación y venta de ferretería, instrumentos agrícolas, aperos de labranza y efectos navales. Su éxito fue en aumento y ampliaron el catálogo. En 1907, se instalaron en un edificio nuevo construido por ellos en la calle Lamparilla, 4, un chaflán con las calles Oficios y Baratillo. El edificio sigue en pie, rehabilitado como estacionamiento. En el tercer y último piso residían los empleados solteros en régimen de internado. Vizoso dejó la compañía en 1920 y se instaló en Madrid. Casteleiro siguió adelante con familiares de confianza y en 1930 abrió un edificio mucho mayor. Hizo una brillante carrera empresarial. Perteneció a la cámara de comercio, fue consejero de bancos e hizo negocios en múltiples sectores: seguros, azúcar, papeleras, pesca, alimentación, eléctricas,  etc. En 1958, estaba entre los cien mayores empresarios de Cuba.

Al margen de lo manejado en las diversas comanditas, no se sabe la cuantía de los ahorros y las inversiones de Leonardo Buñuel cuando decidió volver a España la víspera de la guerra. La ferretería, durante los años que estuvo ausente, 1901-1911, le aportó, como mínimo, unos 300.000 dólares. Con el cambio del dólar en torno a las seis pesetas, su fortuna sabida rondaría los dos millones de pesetas de entonces. Para hacerse una idea aproximada, el capital social de la Nueva Azucarera de Zaragoza, que se constituyó en 1899, fue de 2,7 millones de pesetas. Poco más se sabe de su fortuna y de sus inversiones. Es posible que tuviera otros ahorros y hubiera hecho otros negocios, de fletes e importación, de los que se habla sin concretar. Según Mindán, después de casarse, compró “fincas, huertas, montes y casas, todo lo que se le quiso vender.” Se convirtió en el segundo contribuyente del pueblo. Un cochero , un encargado de la Torre y cuatro hombres más trabajaban para él en exclusiva. En la casa, había cocinera, ama de leche y tres doncellas. Tenía tres coches de caballos. Cuando se trasladaron a Zaragoza, un administrador se responsabilizó de las propiedades. Primero fue el tío escolapio de María, Santos Cerezuela, hasta que falleció en 1918. Vivían en Calanda entre junio y octubre. Luis iba a veces en Navidades y con más frecuencia en Semana Santa.

Buñuel evitó dar noticias veraces del origen del 50% de sus genes. Leonardo fue padre a los 46 años, cuando los de su quinta eran abuelos, por lo que es posible que fuera ambas cosas para su hijo. Su muerte temprana favoreció el olvido de un padre del que entonces no estaba muy orgulloso. Pero se sigue llevando encima en automatismos rutinarios, tendencias y pautas de conducta arraigadas en la primera infancia. Buñuel no dejó indicios ni anécdotas sobre el carácter y la manera de ser ni de cómo fue la relación entre ellos, que pasaría por los estadios habituales. Durante la infancia le escucharía contar cómo era la Calanda de su juventud, hazañas bélicas cubanas y anécdotas de la vida colonial, un mundo imaginario, un sistema de valores más del siglo pasado que del suyo. Fue un hombre hecho a sí mismo, que todo lo había aprendido en el ejército y en la ferretería. Al abandonar el pueblo a los dieciséis años, sabía leer, las cuatro reglas y tenía buena caligrafía. En el cuartel debió aprender tareas de furriel. En seis años de guerra no recibió ni un rasguño ni un ascenso. Al licenciarse, puede que antes, entró en un almacén de ferretería. Las claves del éxito de un ferretero, además de ambición y salud, son laboriosidad, formalidad, rigor contable y un cierto don de gentes para tratar con clientes, proveedores y subordinados. Con tesón y suerte, veinte años después, el negocio fue suyo. Tuvo que ser un hombre satisfecho de sí mismo, seguro de su criterio, sus intuiciones y sus manías. Sin que haya mayores indicios, se dice que era liberal, que se codeó con la intelectualidad y que cumplía lo justo con la iglesia. El único amigo conocido, el senador Estevan, era conservador.

Hubo dos etapas claras de la misma duración aproximada en los veinticuatro años que vivió en Zaragoza. La primera estuvo presidida por la hiperactividad: se casó, tuvo cinco hijos, compró todos los campos que le ofrecieron y edificó dos casas en Calanda, amuebló dos pisos en Zaragoza; haría otras inversiones, solicitado por la banca local; se implicaría en el negocio agrícola, del que había estado alejado treinta años, hasta enterarse de su rentabilidad; pudo viajar más de una vez a la Isla. Ese fue su padre hiperactivo, muy distinto del que recordó. Como todo el mundo, apenas conservó recuerdos de la infancia, los que nos conforman sin darnos cuenta. Durante esos años, Leonardo Buñuel tenía un chollo en La Habana, donde sus empleados-socios habían mejorado sus previsiones, su dinero no dejaba de producir en el nuevo mundo sin dar ni golpe. En su último viaje a la isla en 1911, se percató de que habían decidido proseguir sin él.

Luis, el mayor y el único varón hasta que, cumplidos los diez años, nació su hermano Leonardo, debió ser la mayor satisfacción e ilusión de los mejores años de su padre. La única anécdota que repitió sobre él es la del embutido guardado en la caja fuerte y reservado para consumo masculino, que pudo ser la adaptación de un chiste ajeno o una broma ocasional sin trascendencia. Conservó su imagen de regreso a casa con un criado que llevaba el paquetito de caviar adquirido en su paseo matinal. Por las tardes, jugaba a las cartas en el casino. Pertenece a la segunda mitad de su vida zaragozana, la de la entrada en la adolescencia del futuro director. Cuando fueron a buscarle acomodo en Madrid, le avergonzó su manera de vestir, pero puede ser una elaboración posterior. No estaba orgulloso de él, como resulta casi inevitable a esa edad. Un hijo puede conservar el resto de su vida una imagen negativa del padre que interfiere en sus proyectos adolescentes. Se desmorona como modelo a imitar, se olvidan los escasos recuerdos de la confianza y el cariño que inspiró en los primeros años.

Buñuel tuvo una especie de don, natural o adquirido, para el cálculo de producción, facilidad para poner números a decorados, cámaras, película virgen, horas de trabajo de actores y técnicos, imprevistos, etcétera, optimizando costes. Pudo haberla adquirido en la infancia de su padre, de su periodo hiperactivo. La afición al chascarrillo, la socarronería y la anécdota exagerada como recurso descriptivo cínico y bienhumorado pudo ser otro rasgo heredado o aprendido. El paralelismo con la conducta de su padre se hace intrigante en el asunto de la huida ante las amenazas. Leonardo estuvo cinco o seis años en la guerra de Cuba, salió ileso, sin pasar de cabo, sin medallas y sin una mancha en su expediente. Tres días antes de que se declarara una guerra mayor, se marchó de Cuba, abandonando el negocio en manos de sus empleados. Su hijo se vio sumergido en otra guerra, 38 años después, y, en cuanto pudo, se alejó de los combates. Otras huidas sonadas fueron la marcha a París en enero del 25, el viaje a Estados Unidos en 1930, en vísperas del estreno de La Edad de Oro; la salida precipitada de París al enterarse del embarazo de su novia y la marcha a los Estados Unidos en octubre de 1938. Es posible que también fuera otra huida su marcha a México en 1946.


[i] El diccionario de Madoz es de 1850. Informa de que tenía 1632 almas. El siglo anterior había llegado a 3.000, pero la primera guerra carlista (1838-9) había reducido la población a la mitad. También durante el conflicto fue destruido el castillo que fuera del administrador de la encomienda de Calatrava, a la que estuvo supeditada la zona durante siglos. Tenía dos conventos suprimidos, uno en la población y otro alejado. Había una posada grande pero con pocas comodidades. Contaba con hospital y escuelas, una buena iglesia parroquial de fines del XVII, con su servidor y once beneficiados, alguno vacante; un templo dedicado a la Virgen del Pilar, con cuatro capellanes. En los alrededores, había molinos de aceite, harineros, batanes, fábricas de jabón y alfarería. Destacaba por la huerta, los frutales, olivos y moreras. Los caminos estaban descuidados. Producía trigo, cebada, avena, aceite, vino, cáñamo, seda, frutas, legumbres y hortalizas, ganado lanar y cabrío. Se cazaban perdices, liebres y conejos. Había cuatro tiendas textiles y doce de comestibles.

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