Desencuentros y encontronazos con Sender

La fotografía oficial del sexto curso del Instituto General y Técnico de Zaragoza fue tomada en abril de 1917. Hay en ella noventa y dos hombres, incluido el profesor, y sólo una de las tres mujeres matriculadas en aquel curso. En el ángulo inferior derecho del que mira, el quinto de la tercera fila, sentado, es Ramón José Sender. Lleva corbata de lazo, como dos o tres alumnos más, y parece el más sonriente de todo el grupo. En el ángulo superior izquierdo, el tercero de la quinta fila, de pie, es Luis Buñuel. En la foto, ambos aparecen próximos y distantes, como lo volvieron a estar en Madrid, en el Partido Comunista y en varias ocasiones en el exilio. Al estallar la guerra, recién casados y con hijos, vivían a doscientos metros, en la misma calle de Madrid, la avenida de Menéndez Pelayo, en un barrio nuevo frente al Retiro.

Son muchas las circunstancias que los acercan. Nacidos con un año de diferencia, ambos son oriundos del Aragón rural. El pueblo de Sender, Chalamera, es mucho más pequeño, aunque su primera infancia transcurrió en Alcolea de Cinca, que era mayor. Uno pertenece a Teruel y el otro a Huesca. Calanda y Alcolea distan entre sí poco más de 100 kilómetros, los mismos que los separan de la capital de la región, Zaragoza.

La infancia de Sender fue completamente rural, en Alcolea y en Tauste, poblaciones en las que su padre ejerció de secretario municipal. Más tarde, consiguió un empleo y se instaló con la familia en Zaragoza. Su origen social tiene alguna similitud, como el afán de progresar y el abandono de su medio de origen de los progenitores, pero la singularidad de la aventura del padre de Buñuel y su éxito los alejan. Uno fue un señorito, hijo de un indiano, y el otro un pueblerino de clase media baja letrada con aspiraciones. Sender había ido a la escuela en Alcolea, donde su madre era maestra, y en Tauste había empezado el bachiller en 1911, recibiendo clases de un cura y examinándose por libre en Zaragoza. El curso 1913-14 lo pasó interno con los Padres de la Sagrada Familia de Reus. Cuando Buñuel se incorporó al instituto, el otro ya llevaba un año. Hacían el mismo curso, pero Sender era un año menor y bastante más bajo de estatura. Buñuel aparentaba más edad. En una fotografía, con quince años, parece un figurín vestido por un buen sastre, con el pelo muy engominado. Sender debía tener una apariencia muy distinta.

El contacto en el instituto dejó una huella negativa. Es posible que Buñuel siguiera con la mala costumbre de pelearse y molestar a los compañeros con bromas de muy mal gusto. Como fuera, hirió al otro, que, muchos años después, en El mancebo y los héroes, le retrató con malicia. “En la clase se sentaba detrás de mí un chico grandullón de ojos saltones negros y rasgados, ojos de caballo o de yegua. Desde el primer momento aquel tipo, que se llamaba Luis, me fue desagradable. Buscaba muchachos más jóvenes que él y tenía un rasgo de carácter grotesco. Grande y caballuno como era, hablaba de su madre como un bebé.” (véase nota final). Es un retrato bien curioso.

La vocación literaria de Sender fue temprana, laboriosa y decidida. Lo contrario que la de Buñuel, tardía, escasa e insegura. Desde la primera adolescencia, Sender manifestó un excepcional egotismo, que se reforzó en el temprano conflicto con su padre. Tozudo, con asomos paranoicos, estuvo siempre dispuesto a pagar el precio por salirse con la suya. Fue un solitario y su vida familiar abundó en circunstancias dramáticas hasta su matrimonio en los Estados Unidos. No se le recuerdan amigos íntimos en su madurez. Lo más parecido fue la relación epistolar que mantuvo con Joaquín Maurín durante 20 años, dedicada en su mayor parte a asuntos de trabajo. La madre fue importante para ambos, pero de distinta manera. La de Sender, que era maestra, como la de Lorca, pronto fue una presencia lejana.

Con quince años, o sea, un año antes de la foto mencionada, Sender había empezado a colaborar en la prensa zaragozana, así como a relacionarse con anarquistas, aunque es de suponer que no le tomaran demasiado en serio por su edad. Son los años idealizados en Crónica del Alba. En 1917 le publicaron en una revista escolar una semblanza de Kropotkin. Se hizo tan famoso que le costó el curso. Sólo le admitieron, y le suspendieron, al examen de Historia Natural. Como le volvieron a suspender en varias ocasiones, cambió de instituto y las aprobó en Alcañiz en junio de 1918. Aquel curso, Sender dedicó muchas horas a escribir.

Buñuel no le menciona apenas en MUS. En CCB, se refiere a él en la Segunda Conversación, tras un contexto mutilado y parece que respondiendo a una pregunta de Aub. Recuerda con leve maldad lo que cree que se ignora, el trabajo que hizo Sender como guionista de tiras cómicas, Cocoliche y Tragavientos, por las cuales le llegaron a pagar un dinero que se gastó, dice Buñuel, en una estancia de dos días en un hotel madrileño para mirar por la ventana cómo llovía. Su evocación es negativa, pero reprimida, para quedar bien. Un día, de mañana, cuando se dirigía a la academia en la que estudiaba el ingreso en Agrónomos, se lo encontró durmiendo en un banco frente al Ministerio de la Guerra. Llovía, le despertó y le dio dos pesetas para que desayunara. “Era un tipo raro”.

Si la escena se produjo, así o de otra manera, fue en 1918 o 19. Aprobado el bachiller, Sender se había ido a Madrid, con la intención de hacer Filosofía y Letras y mantenerse con su oficio, mancebo de botica. Poco después del armisticio con el que terminó la gran guerra, en noviembre de 1918, publicó su primer artículo, Paz, en Béjar en Madrid, una publicación que hacía el farmacéutico para el que trabajó por poco tiempo. Durante unos meses, vivió a salto de mata, leyendo en la biblioteca del Ateneo, yendo a alguna clase, malcomiendo y durmiendo en pensiones ínfimas y algunos días en la calle. Aquel fue, no sólo en Madrid, el año de la gripe. Se suspendieron las clases en la universidad y los exámenes. En 1919, su padre, avisado por José García Mercadal, fue a Madrid para llevárselo a Huesca, donde siguió aprendiendo el oficio de periodista trabajando. En 1923, marchó voluntario al Ejército de África, donde pasó un año, licenciándose como suboficial de complemento. Regresó a Madrid y al poco entró en la redacción de El Sol, convirtiéndose en uno de los periodistas más sobresalientes.

Entre 1918 y 1921, Buñuel suspendió  en el mes de mayo cuatro exámenes de ingreso en escuelas de Ingeniería. Los tres primeros en Agrónomos y el último en Industriales. Para no ir a la guerra de África, ese mismo año, cuando iba a ser llamado a filas, su padre le enchufó con el capitán general para que hiciera la mili en un regimiento de Madrid que no tenía previsto moverse de la capital. Empezó a escribir de soldado y en dos años publicó cinco piezas cortas de prosa más o menos poética en revistas de poco público, antes de morir su padre en mayo de 1923. Buñuel empezó una nueva carrera en los exámenes de 1922. Sacó dos asignaturas y en septiembre del año siguiente, el de la muerte de su padre, tres. El año siguiente, ocurrió algo prodigioso, no suficientemente explicado, en junio sacó siete, con dos sobresalientes y varios notables, y en septiembre, la que le quedaba. En La otra vida propongo alguna hipótesis aclaratoria para la azaña académica de Buñuel. Ese año, hasta donde es posible saberlo, dejó de escribir.

Por caminos muy distintos, en los años treinta volvieron a coincidir bajo la bandera del Partido Comunista, que en 1933 empezó a buscar el respaldo de los intelectuales y artistas. Durante esos años, Sender tenía mucho éxito como escritor de periódicos, sus libros se vendían bien y era respetado como narrador y hombre de izquierdas, muy cercano al anarquismo. Fue cortejado por los comunistas que le invitaron a visitar la Unión Soviética. Al aceptar lo que Buñuel había rechazado en 1930, renegó de la acracia castiza por el totalitarismo estalinista. Actuó como comunista hasta bien entrada la guerra. Fue el error del que más se arrepintió. En Madrid en esos años se tuvieron que ver en muchas ocasiones. Cuando Buñuel hizo de hombre de paja ante notario para proteger el suspendido Mundo Obrero, Sender llegó a figurar como director de La Lucha, el sustituto de breve vida que los comunistas sacaron para impulsar el frente único. Faltaban dos años para que la Internacional le diera al frente un giro de 90 grados para hacerlo popular. En 1935, coincidían en apoyar al Partido Comunista, pero andaban en círculos, o radios, distintos. Mientras Buñuel rodaba sus primera españolada de incógnito para Filmófono, a Sender le daban el premio nacional por su novela Mr. Witt en el cantón.

El 18 de julio, Sender estaba en San Rafael de vacaciones con su mujer y sus hijos, acompañado por familiares y amigos. Como otros muchos, creyó que el conflicto se resolvería en unos días. Desde San Rafael, a campo través, se dirigió hacia el Alto del León, donde las milicias trataban de detener el avance de los sublevados procedentes de Valladolid. Se sintió obligado por ser alférez de complemento con experiencia militar, mucha más que la mayoría de los milicianos a los que se sumó. Creyó dejar a salvo a su familia -tenía dos hijos, uno de dos años y el otro de meses-, con unos amigos en San Rafael. Su mujer fue a refugiarse a Zamora con su familia. Allí fue fusilada en uno de los abundantes excesos de crueldad del bando nacional. A Sender siempre le atormentó pensar que la habían matado a ella porque no habían podido hacerlo con él. En agosto, también fue asesinado en Huesca su hermano Manuel, republicano, que había sido alcalde de la ciudad en dos ocasiones.

Sender y Buñuel firmaron en Madrid el Manifiesto de la Alianza de Intelectuales del 30 de julio. Buñuel en sus memorias dice que cuando se veían con Sender en la Alianza, les insultaba. Sender en Contraataque dice que chocó con unos snobs a los que retó a subir al frente. Sender entró en el Quinto Regimiento y llegó a capitán. Más tarde, se integró en el Estado Mayor de la unidad que mandaba Líster, con el que tuvo un desencuentro en Seseña a finales de octubre. Líster dijo en sus memorias que había desertado. Debió ser algo parecido, una reacción de indisciplina histriónica en momentos de extrema confusión. Es posible que Sender despreciara las prendas militares de Líster. A finales de diciembre de 1936, fuera del Ejército, seguía siendo una figura elogiada en la prensa de guerra. Al tener que hacerse cargo de sus hijos, trasladados por la Cruz Roja desde Zamora a Bayona, Sender vivió la mayor parte de 1937 en Francia, donde volvió a casarse y tuvo un tercer hijo con una mujer de la que se separó al año siguiente, quedando el niño a cargo de ella. Parece que intentó volver al frente como militar en varias ocasiones, pero no se lo concedieron. Habló en París en la clausura del Congreso de Intelectuales y viajó a Estados Unidos en 1938 para intervenir, con Bergamín, en mítines de recogida de fondos. Hasta el final de la guerra, enfrentado para siempre con sus camaradas estalinistas, mostró su derrotismo a quien le preguntó, aunque guardó las formas. A primeros de marzo de 1939, cogió el barco con sus hijos rumbo a los Estados Unidos, donde Buñuel llevaba varios meses.

Durante parte de 1945, ambos se dedicaron a lo mismo: traducir y adaptar películas al español. Uno terminaba su contrato con la Warner, en Los Ángeles, y el otro empezaba a trabajar, sin experiencia previa, para la Metro, en Nueva York. Cuando, en noviembre, la Warner dejó de hacer doblajes, Buñuel escribió al responsable de la Metro en Nueva York, Vladimir Pozner, para recomendarle a algunos de sus colaboradores parados. Su viuda, Florence Hall, le contó al biógrafo de Sender que, antes, Buñuel le había recomendado a Pozner. Es un dato a su favor.

Catorce años más tarde, volvieron a entrar en contacto por vía indirecta. Acosado por la premura de tiempo, según le contó a Rubia Barcia, Buñuel matriculó en 1959 a su hijo menor, Rafael, en la Universidad de Nuevo México en Albuquerque, donde Sender y su mujer estaban de profesores, para que hiciera allí el primer año de la carrera. En la carta, añade que va a escribir a su antiguo compañero de instituto para que le ayude. Aunque hay un abismo, le dice, “entre la calidad humana de Sender y la de usted, pero qué le vamos a hacer”. No se sabe qué ocurrió ni cómo, pero Martín (EEE) dice que Rubia Barcia le mencionó “un conflicto con Sender allá en Nuevo México”. (p. 833)

Sender mantuvo una correspondencia constante con Joaquín Maurín, desde que este se dirigió a él para pedirle que colaborara en su agencia literaria, la ALA, en 1952, hasta la muerte del de Bonansa en 1973. En mayo de 1962, a propósito de lo que le había contado en su carta anterior sobre unas monjas que había conocido en California, Maurín le preguntó si había visto Viridiana. “Buñuel tiene mucho talento pero es un anticristiano: quiero decir que no conoce el sentimiento de piedad. Sus dramas son moralmente implacables. Todo el mundo es malo.” Le responde Sénder que donde vive no dan la película, pero que irá a verla. En otra carta, Maurín sugiere que en una novela de Sender, Luna de perros, “pasa un poco como en las películas de Buñuel: todo es malo, la sociedad y los personajes”, por contraposición a otra, La tesis de Nancy, que le gusta más, aunque, se trata de una impresión subjetiva. Sender no mencionó el asunto cuando le contestó.

Muñoz Suay le contó a Aub que, en 1966, Buñuel le había dicho que “Ese Sender no me es simpático. Sólo me gusta una novela suya sobre un error judicial”, cuyo título no recordaba. El 23 de enero de 1969, Max Aub comió cocido en casa de Buñuel. Hablaron de su amistad con Sender y de su enemistad posterior. “¡Claro! ¡Era trotskista!” Le contó que le había defendido en el Instituto. Buñuel dice que él era de los más fuertes y que Sender no era tan inteligente. De sus novelas, ya no le gustaba El lugar del hombre.

Nota: Este retrato parte de la lectura en internet de un artículo de Ian Gibson (El periódico, 7-2-2011) en el que comenta la cita de Crónica del alba. El biógrafo de Sender es Jesús Vived Mairal, 2002. Fernando Gabriel Martín es el autor de El ermitaño errante, Buñuel en Estados Unidos, 2010. La correspondencia entre Maurín y Sender la editó Francisco Caudet en 1995.

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