Alfonso, el hermano menor

Apenas mencionó en sus recuerdos a sus hermanos. Leonardo nació cuando tenía 10 años. Fue el más discreto y estable, el menos ambicioso y hablador, del que apenas se sabe. Estudió medicina, se especializó en pediatría y terminó dedicándose a la radiología por cuenta ajena. Su hija se casó con Joaquín Aranda, periodista y crítico de cine durante muchos años del Heraldo de Aragón. Sus lectores siempre tuvieron puntual noticia de las andanzas de su ilustre paisano.

El último hijo del matrimonio Buñuel-Portolés, Alfonso, nació en Zaragoza el 20 de noviembre de 1915. Desde que Luis se fue a estudiar a Madrid, sólo vivió con él en vacaciones. Con diez años, cuando se fue a París, empezó a verlo más de tarde en tarde.

Cuando murió su padre, Alfonso tenía siete años. El siguiente curso empezó a ir al colegio. Fue a los corazonistas, donde Luis estuvo dos años, cuyo prestigio en Zaragoza había aumentado entre tanto. Según Ernesto Arce, que recogió los testimonios de quienes le conocieron en torno a 1980, fue “un niño inteligente, extrovertido y comunicativo y enormemente imaginativo”. Un compañero, el futuro historiador del Arte Federico Torralba, que coincidió con él varios cursos, recordó que ya hacían “rancho aparte” en algún rincón del patio, jugando a cosas fantasiosas y teatrales mientras sus compañeros se desfogaban con el marro o la pelota. Concluyó el bachillerato en 1932 con buenas notas. Se matriculó en la facultad de Ciencias para hacer el curso previo que tenían que superar los aspirantes a estudiar Arquitectura. Constaba de siete asignaturas de ciencias, dos idiomas y dos dibujos. Tras cuatro cursos dedicado a ello, en junio de 1936 le quedaban por aprobar todavía tres asignaturas. Según Arce, no tenía especial interés por la carrera y la hizo para complacer a su madre.

Se puede deducir del escaso rendimiento en sus estudios durante los cuatro primeros cursos, que por entonces empezaron a interesarle otras cosas. Se relacionó con un grupo de artistas y escritores zaragozanos, más o menos vanguardistas, reunidos en torno a Tomás Seral y Casas. Es el autor de una, tal vez falsa, entrevista publicada en La Voz de Aragón el 20 de mayo de 1934 (Herrera 06, p. 53-4). Buñuel escribió al periódico para dejar sentado que nunca había hablado con él. El origen de las palabras puestas en su boca pudo haber sido lo que Alfonso había creído entenderle. No le gustó a Sánchez Ventura, que en una carta llama a Seral “cretino literatillo que además se dice vanguardista”. A Seral se le recuerda como galerista y librero de prestigio en Zaragoza y en Madrid. Eran habituales del grupo Javier Ciria, Ildefonso Manuel Gil, González Bernal y Federico Comps, todos mayores que Alfonso, excepto el último, de su misma edad y también estudiante de Arquitectura, fusilado en Zaragoza en los primeros días del alzamiento.

Un hito importante en su vida tuvo que ser el viaje que hizo con sus hermanos en septiembre de 1933. No había cumplido los dieciocho. Luis, tras el rodaje en Las Hurdes, había regresado a París avanzado junio y volvió a Madrid en octubre. Los tres hermanos estuvieron juntos en París y en Londres. Se especula sobre si, en ese viaje, Alfonso pudo conocer a Breton y a Max Ernst. No se daban las circunstancias más favorables para el encuentro. Hacía más de un año que Buñuel había dejado de considerarse surrealista por haberse hecho comunista, aunque no hubiera solicitado el ingreso en el Partido. Procuraba mantener buenas relaciones personales con sus antiguos compañeros, pero no parece que en ese momento los frecuentara mucho. En cualquier caso, debió ser un viaje inolvidable para el muchacho. Es casi seguro que Luis no les hablaría de la complicada situación profesional por la que atravesaba.

Fue un melómano apasionado, otra afición compartida con su hermano mayor. Siempre mantuvo una estrecha relación con Pilar Bayona, dieciocho años mayor que él. Junto con su madre, son las mujeres de su vida.

A la vuelta del viaje, Alfonso siguió de estudiante poco aplicado en Zaragoza.  Ese curso, 1933-34, y el siguiente, 1934-35, viajó a Madrid para examinarse de dibujo. Pasó uno en 1934 y el otro se le atascó. El curso 1935-36, su madre se instaló con sus hijos menores en Madrid. Leonardo, para estudiar pediatría y Alfonso, para estudiar Cálculo integral, que tenía pendiente en Zaragoza, e Inglés, la única asignatura que aprobó, y practicar el Dibujo de Formas Arquitectónicas. Fue el año más importante de su vida. Estuvo cerca de su admirado hermano y conoció a muchos de sus amigos.

Alfonso salió muy hablador y dio mucho que hablar por su distinción, aunque nadie entrara en detalles. Fue gay. Como suele ocurrir, estos temas no se tratan en público. Juan Ramón Masoliver (Zaragoza, 1910 – Barcelona, 1997), un primo lejano, habló con Aub del asunto con la claridad de que era capaz y Federico Álvarez lo conservó. Tras mencionarlo de pasada, el interrogador le insistió: “¿Y fue un problema público, conocido?” Masoliver: “Sí, un caso perdido, tremendo. No sé si influido por Federico, en fin, el origen de la cosa no lo sé. Pero era una cosa desatada, con gran escándalo, vamos, con terrible contrariedad de Luis, para quien realmente era un hijo.” Masoliver era culto y tolerante, dentro de lo que cabía, pero muy conservador en materia de costumbres. La alusión a García Lorca podría señalar otro posible conflicto o motivo de malestar entre el director de cine y el poeta.

Pudo ser un año clave en la maduración sentimental de Alfonso. Conservó el Llanto por la muerte de Sánchez Mejías con la dedicatoria de Lorca. En la foto del homenaje a Viñes, aparece detrás de Lorca, tal vez con una mano sobre su hombro. Si durante el curso que pasó en Madrid hubiera intimado también con Gustavo Durán –los tres aparecen, con otras veintisiete personas, en la fotografía famosa–, que no se sabe, la trama novelesca de su vida hubiera ganado en complejidad y su hermano podría haber tenido un motivo más, inconsciente si se quiere, de prevención hacia Durán.

Repollés, un coetáneo de Calanda, posible autor de libros de temas muy dispares, estuvo muy locuaz con Aub y le habló de Alfonso, al que trató más después de la guerra. Cuenta que sentía las mismas aficiones que su hermano, “salvo su tendencia, claro, ¡qué lástima!” El propio Alfonso hacía la broma de que Luis, que también se reía cuando lo decía, había sido su padre. Aub ya lo había oído. Resalta su falta de voluntad para trabajar de arquitecto, “se murió sin dar golpe”. Jeanne recordó a su cuñado la primera vez que le conoció, cuando Luis la presentó a su familia. Estaba fumando en un sofá y tocó el timbre para llamar a una doncella para que le acercara un periódico que podría haber alcanzado sin levantarse. Cuando se lo comentó a su marido, este, tras comprometerse a que sus hijos no serían señoritos, le dijo: “No es culpa de Alfonso, así nos educaron.”

Todas las esperanzas de la primavera de 1936, desaparecieron en el verano. El 18 de julio estaba en Zaragoza, con su madre y su hermano Leonardo. Se trasladaron, o acaso ya estaban, a Sallent, en el Pirineo de Huesca, a una decena de kilómetros de la frontera, donde estuvieron varias semanas. De allí fueron a la casa de San Sebastián, donde los nacionales habían entrado el mismo día que su hermano abandonó Madrid, el 4 de septiembre. Fue denunciado y estuvo cerca de ser encarcelado por desafecto. Regresaron a  Zaragoza y allí, a punto de ser llamado a filas por su quinta, se alistó voluntario porque le permitía elegir destino. Hizo la guerra en el arma de Ingenieros, especialidad de Transmisiones, sin salir de Aragón, más o menos cerca del frente, en Quinto, Calatayud, Almudévar, Alcubierre y Cella. Según Arce, acabó de sargento e incluso se planteó seguir en el ejército.

Volvió a Madrid para examinarse en los primeros exámenes después de la guerra y sacó las dos de las asignaturas que todavía tenía pendientes del curso previo. A partir del curso siguiente, se matriculó en Barcelona en otro complementario y fue sacando el resto de la carrera con regularidad y muchos aprobados. Sólo en el último curso, 1944-45, obtuvo notables en todas las asignaturas. Durante estos años, vivió en casa de su hermana Margarita. Entre 1940 y 1943, en Zaragoza, conoció e influyó en Juan Eduardo Cirlot, mientras el poeta hacía allí la segunda ronda del servicio militar. En los veranos, en San Sebastián, empezó a relacionarse con sus futuros amigos madrileños: Federico Sopeña, Paulino Garagorri, Juan Benet, Chueca Goitia y Pérez Páramo. Los dos últimos eran arquitectos y con ellos hizo sus escasos proyectos.

Terminada la carrera, Alfonso se instaló en Madrid, cerca de su amigo Tomás Seral, que ese mismo año, 1945, abrió en la capital la sala Clan, como había hecho cinco años antes en Zaragoza con la sala Libros. Según Arce, sus amigos habituales de esos años fueron Edgar Neville, Chueca, Carlos Arniches hijo, otro arquitecto, Domingo Ortega, Camón Aznar, Juan Benet, Julián Marías, Paulino Garagorri, los Dominguín, etc. José Bello se unía al grupo cuando abandonaba el negocio peletero familiar de Burgos. Todos los testimonios coinciden en que le gustaba mucho hablar y acaparaba la atención con su voz, imponente presencia y habilidades narrativas. Coqueteó con el hipnotismo y otros espectáculos más o menos espiritistas. En 1949, fundó la orden de los Caballeros de don Juan Tenorio, en la senda de la de su hermano veinticinco años antes y con semejante admiración por el personaje de Zorrilla. Esta decena de años ociosos en Madrid fueron una compensación por las penalidades de la guerra y los oscuros años de estudiante en Barcelona, de los que nada se sabe.

Su gran pasión fue la música. Sus preferencias melómanas, las de su hermano: Wagner, Brahms y los últimos cuartetos de Beethoven. Adoraba a la pianista Pilar Bayona y fue para ella una especie de paje y escudero, agente informal y publicista. Como arquitecto, trabajó muy poco. Decoró la librería Clan de su amigo Seral y la peletería Lobel, anagrama de sus propietarios, los Bello, en la calle Serrano de Madrid. Con Chueca hizo una casa en El Escorial, una placita para los Dominguín y una remodelación de la de Vista Alegre.

En 1955, regresó a Zaragoza. La economía familiar iba de mal en peor y puede que los síntomas iniciales de la enfermedad de su madre hicieran aconsejable su presencia. Allí reanudó su trabajo junto a Pérez Páramo, haciendo un colegio que se conserva, un chalet y proyectos para concursos. Su obra más perdurable, la que mereció la atención de Ernesto Arce y otros historiadores, como Manuel Pérez de Lizano, fueron sus collages, producto de su ocasional dedicación al género siguiendo la estela de Max Ernst. No llegan a la veintena los que se conservan. Fue un alumno aventajado y maestro de futuros practicantes del género, como Luis García Abrines.

Otro recuerdo perdurable suyo está en Burgos, en la estatua del Cid. El escultor encargado del monumento que se inauguró en 1955, el almeriense Juan Cristóbal González Quesada, conocido por su nombre, utilizó su cabeza y acaso su porte como modelo para su estatua del Campeador. Entre el casco y las barbas frondosas, apenas se le ven la nariz y los ojos.

En 1958, se le detectó un tumor pulmonar. Disminuyó su actividad y pasó largas temporadas en Calanda, dedicado a la huerta y a los jardines. Se conserva una fotografía de la familia en Calanda durante una visita de los tres hermanos Dominguín, amigos íntimos de los años madrileños. Muñoz Suay recordó que Buñuel le llamó el 4 marzo de 1961, durante el rodaje de Viridiana, para decirle que había muerto su hermano y que no trabajaría al día siguiente. “Luego, supimos, más tarde, que había ido a Zaragoza a ver el cadáver de su hermano”. Es posible que su madre no llegara a enterarse.

 Nota: La mayor parte de las noticias proceden de Ernesto Arce Oliva, Aportación al estudio del surrealismo en Aragón: Alfonso Buñuel y sus “collages”, Memoria de licenciatura, inédita, presentada en septiembre de 1983.

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