El último viaje de Juan Piqueras

Juan Piqueras tomó la peor decisión de su vida cuando aceptó, a primeros de julio de 1936, una invitación para ir a Asturias, la tierra de su mujer. Se la había hecho José Ramón Cabezas, un camarada del PCE al que había conocido en París tras la revolución de octubre. No está claro si hizo el viaje por motivos personales o en misión de partido. Para llegar a Oviedo en tren desde París, había que hacer transbordo en Venta de Baños, cerca de Palencia, a donde llegó el 15 de julio de madrugada. Hacía poco que le habían operado de una úlcera de estómago. En el tren, se le reprodujo y vomitó sangre. Los médicos locales le recomendaron dieta y reposo. Se quedó en la fonda de la estación –pensaba que serían dos días—y allí le atendieron amigos políticos locales. No le dijo nada a su mujer para no alarmarla, pero ese mismo día envió tres telegramas para comunicar su situación a Luis Buñuel, a Cabezas, su anfitrión, y a Vicente Escudero, el bailarín, padrino de su hija, con el que había intimado en París.

El mismo día 15, Antonio Del Amo, un muchacho que había sido ayudante de Piqueras en Madrid en la segunda época de Nuestro Cinema y que militaba, como ellos, en el Partido Comunista, visitó a Buñuel para pedirle que fueran en su coche a socorrerle. Buñuel le tranquilizó, le pidió que le enviara un telegrama y le dio largas. Después del 18, insistió Del Amo, y Buñuel le hizo ver que ya no se podía salir de Madrid hacia el Noroeste. Los recuerdos posteriores de Del Amo son algo confusos, pero destacó el nerviosismo de Buñuel. Cabezas respondió al telegrama y visitó a Piqueras en Venta de Baños el 16 o el 17. Cuando, en la misma estación, se enteró del alzamiento, organizó a los ferroviarios y tomaron el cuartel de la Guardia Civil. Marcharon luego a Palencia, donde fueron detenidos y llevados al penal de Burgos.

También Vicente Escudero acudió a su llamada. Parece que llegó el día 17 y le convenció de que, aunque ya tuviera el alta, lo mejor era trasladarle a un hospital de Valladolid –ciudad natal de Escudero, a 37 kilómetros-  en una ambulancia. Ese mismo día se fue a la capital castellana, tras convenir en que volvería a recogerle a las dos del día siguiente. Tras apalabrar el viaje con el conductor, se retiró a descansar al hotel Inglaterra. Esa misma noche, se escucharon en Valladolid los primeros disparos. Escudero quedó recluido en el hotel, con otros huéspedes, durante varios días. Consiguió abandonar la ciudad, gracias a un médico amigo, y salir hacia Francia. Cuando cruzó la frontera, se enteró de la muerte de Antonia Mercé, La Argentina, de cuya compañía era primer bailarín y con la que tenía previsto hacer una gira por los Estados Unidos. Escudero volvió de París a Barcelona después de la guerra. Siguió bailando con mucho éxito hasta 1966, cuando se retiró con 78 años. Murió en la capital catalana en 1980.

Se cree que Piqueras permaneció preso en la habitación de la fonda de la estación de Venta de Baños hasta la noche del 28 de julio, cuando un guardia civil, un militar y un falangista se lo llevaron en un furgón. No regresó. Pudo ser fusilado esa misma noche en Dueñas o en Cubillas de Santa Marta. No se ha localizado su cadáver. En los papeles que llevaba consigo, y que se incorporaron a su expediente, que se conserva, había una copia de una carta que Piqueras le había escrito a Buñuel, la que le envió Del Amo el día 16 de julio, en la que se mencionaba al de Calanda y el telegrama que ambos le habían enviado ese mismo día. Buñuel aparecía como el contacto de Piqueras en Madrid.

La vida de Piqueras tiene ingredientes folletinescos. Nació en 1904 en un caserío cercano a Requena, hijo de un jornalero. Fue poco a la escuela y a los 9 años la abandonó para ayudar a sus padres en el campo. Algo más estudió en la escuela nocturna, pero el resto de su formación fue autodidacta. Con 13 años, entró de aprendiz en una tienda de ultramarinos y empezó a escribir. A los 15, publicó sus primeros versos en La Voz de Requena. Poco después se instaló en Valencia y con 16 años fundó su primera revista literaria. En 1925, lanzó Vida Cinematográfica, que duró dos números. Se ganaba la vida trapicheando con libros y escribiendo cada vez más de cine. Dejó Valencia en 1928 para instalarse en Madrid, tras pasar por Barcelona. Empezó a publicar en La Gaceta Literaria y en las publicaciones especializadas de la capital. Se introdujo en los cineclubs. Empezó a asesorar a Ricardo Urgoiti para Filmófono.

En mayo de 1930, se instaló en París. Escribía para El Sol con regularidad y colaboraba en  La gaceta y Popular Film, de Barcelona. También hacía gestiones para Urgoiti y los cineclubs. Terminó convirtiéndose en el crítico de cine español más influyente. Durante un tiempo tuvo su propia revista, Nuestro Cinema, de la que aparecieron trece números entre 1932 y 1933 y cuatro más en 1935. Aunque enemigo del arte por el arte y partidario decidido del realismo socialista, parecía más abierto a la vanguardia que otros camaradas. Era hiperactivo, simpático y persuasivo. Durante 1932, se fue haciendo más intransigente. En la segunda etapa de Nuestro Cinema se ve una adaptación a los criterios posibilistas del Frente Popular.

Buñuel ocultó en sus recuerdos casi todo lo relacionado con Juan Piqueras, con el que tuvo una relación intensa en París. Tenían amigos comunes, como Giménez Caballero, le admiraba como realizador y había elogiado sus películas. Por origen social y educación, les separaba un abismo, pero el cine y, a partir de 1932, el Partido les unió. Es posible que el asesinato de Piqueras y el temor a que se le pudiera incriminar de algún modo por los papeles que llevaba encima fueran dos importantes motivaciones añadidas para el nerviosismo que se apoderó de Buñuel en Madrid hasta que se marchó a París.

Como curiosidad, los ecos de la peripecia de Piqueras se escuchan en una de las pesadillas recurrentes de Buñuel: “Voy en tren, no sé a donde voy, las maletas están en la red. De repente el tren entra en una estación y se para. Yo me levanto para estirar las piernas y tomar una copa en el bar de la estación. No obstante, soy muy precavido, pues he viajado ya muchas veces en este sueño y sé que cuando ponga el pie en el andén, el tren arrancará bruscamente. Es una trampa que se me tiende. Por eso desconfío, pongo lentamente un pie en el suelo, miro a la derecha e izquierda silbando para disimular, el tren está quieto, otros viajeros bajan tranquilamente, entonces me decido a poner el otro pie y ¡zas!, el tren sale disparado como una bala de cañón y lo peor es que se ha llevado mi equipaje. Suelto un taco.”

También hay ingredientes novelescos en la vida de Juan Manuel Llopis, el  biógrafo que rescató del olvido a Juan Piqueras. Antiguo sacerdote en Requena, tras dedicarle mucho tiempo y esfuerzo a investigar su vida, falleció dejando un borrador desmedido e inacabado, que finalmente fue publicado por Muñoz Suay.

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