Hernando Viñes

Sobrino, yerno, guitarrista flamenco y pintor

Los tres mejores amigos de Buñuel nacieron en el mes de mayo de 1904. Dalí, el 11; José Bello, el 13 y Hernando Viñes, el 20. En junio de 1934, Hernando y su mujer fueron los testigos de su boda y en las cartas de Jeanne de ese año son la pareja con la que tienen una relación más íntima. Se conocían desde 1925, pero no se sabe cuándo se afianzó la amistad entre ellos. Aunque no se vieron entre 1938 y 1950, la amistad no se interrumpió.

Hernando Viñes nació en París. Su padre, José, ingeniero, era hermano del pianista Ricardo Viñes. Ambos se habían instalado en la capital francesa para que el menor perfeccionara sus estudios de piano. Ricardo llegó a ser una estrella de la interpretación y estrenó obras de los mejores compositores –Debussy, Granados, Falla, etc. Los Viñes habían nacido en Serós, en la provincia de Lérida. La madre de Hernando era hija de un político hondureño que llegó a presidente, Marco Aurelio Soto, y de una guatemalteca.

En 1916 o 17, huyendo de la guerra, los Viñes se instalaron en Madrid, donde Hernando hizo sus primeros dibujos de las reproducciones del Casón. Cuando regresaron a París, según la leyenda familiar, Picasso animó a su padre a fomentar la vocación del muchacho. Hasta 1925, estudió, primero, en la escuela de arte sacro con Maurice Denis y luego con André Lothe y Gino Severini. Elvira, su hermana, fue bailarina clásica española, muy aficionada al flamenco, de moda entonces en París. Hernando, que había estudiado, como Buñuel, violín, aprendió a tocar la guitarra flamenca.

Por esa vía, por la amistad entre su tío Ricardo con Falla y los múltiples contactos familiares con los españoles que vivían en París, nació su amistad con Manuel Ángeles Ortiz, granadino, amigo de Picasso y de Falla y cantaor notable. Por él conoció a Joaquín Peinado, Pancho Cossío, José María Ucelay, Ismael de la Serna, Francisco Bores, el grupo de pintores que después de la guerra se conocerá como la escuela española de París. Viñes, el menor, se llevaba nueve años con Ortiz y uno con Ucelay. Con ellos convivió, en 1924, varios meses el hermano de Federico, Paco, y al grupo se sumó Buñuel al llegar a París en 1925. Buñuel conoció a su mujer en el estudio de Joaquín Peinado, en el que también trabajaba Viñes.

Hernando Viñes debutó en 1923, cuando todavía era estudiante, gracias a Falla. Para cumplir con el encargo de una aristócrata, el músico confió los decorados del Retablo de Maese Pedro a dos pintores granadinos, Manuel Ángeles Ortiz y Hermenegildo Lanz. No es raro que a ellos se sumara Hernando, porque el responsable de la puesta en escena fue su padre, que se encargó de producir los decorados, el vestuario y las marionetas. La familia Viñes al completo intervino en la representación de la obra. Por cartas de Lorca se sabe que, más tarde, un grupo de amigos –en Zaragoza, Juan Vicens–, ayudaron a Falla a llevar la obra por varias ciudades españolas.  En 1926, por empeño de Ricardo Viñes, remozada, la obra se volvió a montar en Amsterdam. De nuevo, toda la familia Viñes intervino en el montaje e implicaron en él a los amigos de Hernando, Pancho Cossío y Joaquín Peinado. Puede que el papel de Buñuel no fuera tan relevante como lo presentó en sus recuerdos, que apareciera como actor-presentador y que el primer día los fallos fueran graves.

Sería difícil encontrar personalidades más contrapuestas que la de Buñuel y la de Viñes. Nacido en un ambiente de músicos y pintores, poblado de bichos raros, aristócratas esnobs, bohemios indigentes, la flor y nata del París musical y los ambientes canallas del flamenco, fue sociable pero discreto y reservado. De natural apacible y poco dado a las confidencias íntimas, siempre fue amable y discreto. A su manera, parece que siempre fue creyente. Negado para la auto-promoción, ofrece la imagen del artista probo, de humildad franciscana, que hizo lo que creía honestamente que sabía hacer, aunque pareciera muy poca cosa en comparación con lo que decían que hacían sus coetáneos.

Nunca dejo de pintar, pero su carrera expositiva fue muy irregular. Entre 1928 y 1936, mostró sus cuadros con regularidad y se vendieron bien. A partir de ese año, los asuntos españoles le tuvieron demasiado ocupado y se desentendió de su carrera. Entre las muchas molestias que trajo la guerra, se hundió el mercado del arte. Después de la guerra, expuso muy poco. Hasta 1965, sólo expuso en solitario en dos ocasiones.

En lo estético, anduvo cercano a Bores, aunque la paleta de uno y otro fuera muy distinta. La de Viñes estuvo más próxima a la de Bonnard. Su gran maestro fue Cezanne y su modo de ver la pintura estuvo más próximo al de Matisse que al de Picasso. Entre 1927 y  1930, se sintió atraído por la vanguardia. A partir de 1931, volvió a pintar del natural y no dejó de hacerlo el resto de su vida artística. Sus cuadros son bodegones, paisajes y figuras, con frecuencia en escenas de interior con una ventana.

Buñuel se benefició de su amistad con Viñes. Aparte de su intervención en el Retablo de Maese Pedro, gracias a él, tuvo sus primeros contactos artísticos en París. Zervos, el editor de la revista  Cahiers d’Art, en la que Buñuel publicó sus primeras críticas de cine, era amigo de los Viñes. Durante la guerra, la clave de su llegada a París y de su cobertura inicial fue el matrimonio Viñes. ¿Por qué recibieron en abril de 1936 el homenaje que se hizo célebre por la fotografía tomada a los postres? Parece que por entonces ambos ya trabajaban en las organizaciones montadas por la Internacional Comunista, en la que el padre de su mujer, Francis Jourdain, era una pieza clave.

Durante su infancia y juventud, la vida de Hernando Viñes giró en torno a la figura de su tío. Desde 1931, cuando se casó con Lucie, su vida estuvo vinculada estrechamente a la de su suegro, Francis Jourdain, hasta la muerte de este en 1958. Es preciso detenerse en este hombre. Jourdain había nacido en París en 1876, hijo de Frantz Jourdain, un notorio arquitecto, esteta y progresista. Francis dejó la carrera de pintor para dedicarse al diseño social. Sus muebles y ornamentos eran bonitos, funcionales y baratos, pensados para mejorar la calidad de vida de las clases trabajadoras. Desde muy joven, primero como anarquista y luego como socialista, había sido activista de las causas de los derechos del hombre y del pacifismo. Le unió una fraternal amistad con Eli Faure, médico y teórico del arte, padrino de su hija. Juntos intervinieron en política y apoyaron la revolución rusa. Con Henri Barbusse y cerca de Willi Munzenberg, estuvo en la primera asociación de amigos de la Urss y en el Socorro Rojo Internacional. Visitó la Unión Soviética por primera vez en 1927.

Jourdain fue durante muchos años un estrecho colaborador de la Internacional Comunista. Un resumen de su currículo da idea de su implicación en todas las causas impulsadas por los soviéticos: miembro fundador de la sección francesa del Socorro Rojo Internacional, lo mismo y presidente de honor de la Sociedad de Amigos de la URSS, secretario general del Comité de Amnistía para los Indochinos, administrador de la sociedad de los amigos de Spartacus, secretario adjunto de la Asociación de Escritores y Artistas Revolucionarios, presidente de las Vacaciones Populares Infantiles, lo mismo del movimiento  Paz y Libertad, miembro del comité director del Instituto para el Estudio del Fascismo y tesorero de los amigos de Henri Barbusse. Con este y con Romain Rolland también estuvo en el movimiento Amsterdam Pleyel.

Viñes había conocido a Lulú en la Grande Chaumiere, una academia de dibujo a la que ambos asistían. Lulú no se dedicó a la pintura y permaneció vinculada a su padre, colaborando con él en sus tareas políticas. Cuando se casaron, los Viñes vivieron en el apartamento paterno de la rue Vavin. Más tarde, se mudaron a un apartamento que estaba a dos pasos, en el boulevard Montaparnasse. En 1936, Hernando se incorporó a las tareas de los comités internacionalistas con naturalidad, para echar una mano a su suegro y a sus amigos españoles. También fue secretario del pabellón de la Exposición Universal. En La otra vida de LB se cuenta todo esto con mayor pormenor.

Tras la liberación, vino una prolongada etapa de olvido para la pintura de Viñes. Siguió pintando en soledad, en una habitación del apartamento de su suegro, que también les ayudaba económicamente. Apenas vendía cuadros. Para mejorar la economía familiar, empezó a dar clases de guitarra flamenca. Fue un conocedor, testigo de la época dorada de los años veinte y experto en instrumentos de calidad, admirado por los jóvenes. Su mujer buscó trabajos como traductora. Hizo la versión al francés de Los Olvidados y pudo coordinar la logística de la primera proyección en París. Hizo más trabajos para sus películas. Entre 1936 y 1965, como queda dicho, sólo hizo dos exposiciones individuales en París y participó en unas pocas muestras colectivas. En 1965, gracias al interés de José Manuel Díaz Caneja, hizo una importante exposición en el Museo de Arte Moderno de Madrid, adonde volvía, oh paradoja, en pleno franquismo, tras treinta años de ausencia. La escuela de París tenía una amplia clientela burguesa en Madrid, preparada para reconocer su talento. Gracias a la galería Theo, Hernando Viñes fue adoptado por su segunda patria y obtuvo merecido reconocimiento en la última etapa de su carrera. Falleció en 1993.

Nota bibliografica

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